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Capítulo VI 唯信 (Parte 2)

EGOISM · por Digor/Integral · 20 de julio de 2026

—¿Qué deseas de mí...? —le pregunté, con la voz quebrada, apenas audible entre el susurro del viento.

Mi doble inclinó la cabeza lentamente, imitando mi gesto, como un espejo burlón.
Su sonrisa se formó despacio, una línea delgada que se estiró con una calma casi inhumana.

Lo mismo que tú deseas de mí... —respondió—. Comprender.
Pero su tono no era humano. Era como si mil voces hablaran a través de la suya, distorsionando cada palabra, haciéndola sonar familiar y extraña al mismo tiempo.

Dio un paso hacia mí. Los pétalos a su alrededor se marchitaron al tocar el suelo, ennegreciéndose como ceniza.
—Yo soy lo que dejaste atrás... lo que fingiste no ser.
—¡No eres real! —grité, retrocediendo— ¡Eres solo una ilusión!
—¿Ilusión? —rió suavemente, ladeando la cabeza—. Entonces, ¿por qué te duele verme?

Sus ojos... eran idénticos a los míos, pero reflejaban todo lo que temía: culpa, ira, vacío.

—No puedes huir de mí, Kira —susurró acercándose—. Porque yo soy el peso que te mantiene en este infierno.

De pronto, una tormenta de arena negra azotó el campo de sakuras, arrancando los pétalos y desintegrándolos en el aire como cenizas ardientes.
El cielo morado se desgarró en grietas oscuras, y un rugido profundo, casi inhumano, retumbó en todas direcciones.

Kazumi no estaba.
El reflejo desapareció.
Y ante mí... emergió Dokuri.

Su silueta era inmensa, su cuerpo parecía hecho de piedra fundida y carne viva, con grietas que brillaban en tonos carmesí.
sus ojos me atravesaban como fuego líquido.

—Kira Shiranui... —su voz resonó como un trueno contenido—.
Creí que tu reflejo bastaría para quebrarte, pero sigues de pie...

Tragué saliva, mis piernas temblaban, el aire se sentía pesado, casi sólido.
—¿Por qué... estás aquí? —dije con voz quebrada—. No es real, esto no puede ser real...

Dokuri sonrió.
Su sonrisa no era humana, era una mueca que partía su rostro, mostrando dientes de obsidiana.

—¿Real?... Nada en el Jigoku es un sueño, Kira... Aquí, yo soy lo real.

El suelo tembló.
Los sakuras se marchitaron por completo, y el cielo se volvió negro.
La arena comenzó a elevarse en espirales, formando una tormenta que rugía su nombre.

—Esta es tu condena... y mi dominio.

Cada paso de Dokuri hacía temblar el suelo; el sonido era un eco de metal chocando contra piedra

Cada paso de Dokuri hacía temblar el suelo; el sonido era un eco de metal chocando contra piedra.
El aire se volvió tan denso que respirar dolía.
Las sombras parecían moverse con él, como si el mundo entero obedeciera a su presencia.

Kira... —su voz resonó grave, arrastrada, como si hablara desde mil lugares a la vez—.
¿Nunca te preguntaste por qué estás aquí? ¿Por qué caminas por este infierno fingiendo buscar respuestas... cuando ya las conoces?

Di un paso atrás, tropecé con una raíz retorcida que emergía del suelo negro.
El polvo me entró en los ojos, pero no me atreví a parpadear.
Él se acercaba.

—Yo... —intenté hablar, pero mi garganta se cerró—.
Esto no tiene sentido... no eres real.

Dokuri se detuvo.
Su silueta era más alta de lo que recordaba, y una luz roja ardía en el centro de su pecho, latiendo como un corazón enfermo.

—No soy real... —repitió con una risa hueca—.
¿Y tú crees que  lo eres?

El viento se alzó.
Su voz me atravesó como un eco dentro de la cabeza.
—Tu "aventura", tus "recuerdos", tus "enemigos"... todos son ecos del mismo origen.
Tú fuiste el primer vacío, Kira.

La arena negra se alzó en espirales a nuestro alrededor, girando más rápido, cubriéndolo a él y casi tragándome a mí también.

Yo retrocedí, aterrada, sintiendo que algo ardía en mi pecho, justo donde alguna vez Kazumi me había tocado con su mano.
—¿Qué... qué estás diciendo?

Dokuri extendió su mano hacia mí.
Sus dedos, largos y deformes, se detuvieron a pocos centímetros de mi rostro.

Estoy diciendo que todo comenzó contigo.

Dokuri dio un paso más. El aire se tornó pesado, casi líquido, y el mundo de sakuras empezó a marchitarse.
—Ryu... —susurró—, cometió el error de querer traer de vuelta algo que nunca debió regresar.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, dando un paso atrás.

El gigante inclinó la cabeza, su sombra cubriéndome por completo.
—Cuando el corazón desea lo imposible, el alma se corrompe para alcanzarlo.
Y tú, Kira... fuiste el resultado de ese deseo.

—¿Qué...?

Dokuri sonrió, con esa calma que helaba la sangre.
—No todo lo que se ama puede ser devuelto. Pero él lo intentó. Y ese intento cambió el destino de ambos.

Una ráfaga oscura se alzó, mostrando por un instante una imagen:
Ryu, de rodillas frente a un círculo de sellos, con lágrimas que caían sobre la tierra.
Pero antes de poder acercarme, la visión se desintegró en cenizas.

Y detrás de Ryu... unas criaturas aberrantes emergían del polvo oscuro.

unas criaturas aberrantes emergían del polvo oscuro

—¡¿Qué trataba de traer de vuelta?! —grité.

Dokuri calló. Solo el sonido del viento contestó, arrastrando sus palabras hacia la nada.
—Esa respuesta... no te pertenece aún.

El suelo tembló y el campo se quebró como un espejo, absorbiéndome hacia la oscuridad mientras la voz de Dokuri resonaba entre los ecos del vacío:
—Cuando recuerdes lo que él deseaba... sabrás por qué todo comenzó contigo.

Dokuri extendió su mano...
Únete a mí, Kira... —susurró con una voz que parecía resonar dentro de mi mente y no en el aire—. Deja atrás tu pasado, tus miedos, tus culpas...

Sus ojos, vacíos pero infinitos, brillaban con un tono carmesí mientras el campo de sakuras comenzaba a marchitarse a nuestro alrededor. Los pétalos se ennegrecían, convirtiéndose en ceniza.

El egoísmo te liberará.
—¿Egoísmo...? —dije, retrocediendo, sintiendo cómo el suelo bajo mis pies se agrietaba.
—Sí, Kira. Has sufrido por los demás... por Juju, por Ryu, por un mundo que jamás te devolvió nada. ¿Por qué sigues luchando? ¿Por qué sigues intentando salvarlos?

Su voz sonaba casi... compasiva.
—Porque todavía creo en ellos —respondí con firmeza, aunque mi voz temblaba.

Dokuri inclinó la cabeza con lentitud, su sonrisa blanca ensanchándose.
—¿Creer...?
Dio un paso hacia mí, y el aire se volvió pesado, casi líquido.
—La fe destruye más almas que el pecado. Yo puedo darte lo que realmente deseas, Kira. Solo di que sí... y olvida.

Su mano seguía extendida frente a mí, irradiando una energía oscura, como un remolino que intentaba absorber todo a su alrededor.
Podía sentir cómo la tentación me susurraba en los oídos, mostrándome destellos de Ryu sonriendoJuju libreun mundo sin dolor...

Pero detrás de todo eso... se escondía algo más.
Algo que sabía que, si aceptaba, me borraría para siempre.

—No necesito tu egoísmo para sentirme libre — le dije, y mi voz retumbó en el vacío.
El eco volvió hacia mí, pero sonaba distinto... como si otra versión mía lo hubiese repetido desde lejos.

Dokuri me observó en silencio. Su sonrisa se torció de una forma antinatural, como si su rostro estuviera forzado a imitar algo humano. Dio un paso hacia mí, y el suelo tembló bajo su peso.

—Entonces... sufrirás.

Su voz no fue un sonido. Fue un pensamiento que se clavó directamente en mi mente, como una aguja en la conciencia.

El cielo morado comenzó a agrietarse. Cada grieta dejaba escapar una luz carmesí que pulsaba como un corazón moribundo. Sentí que el aire se hacía pesado, que el suelo vibraba, que algo dentro de mí también se estaba rompiendo.

Caí de rodillas. Me cubrí la cabeza, pero las voces no se detenían.
Eran muchas.
Algunas gritaban mi nombre. Otras... eran las de Juju. Y entre ellas, escuché a Ryu.

—¿Ryu...? —susurré, buscando su presencia entre las grietas que se abrían ante mí.

Dokuri se inclinó, su sombra cubriéndolo todo.
—El infierno no es un lugar, Kira... es lo que dejas entrar en ti.

El suelo se partió en dos. Una ráfaga de polvo negro me envolvió por completo.
Por un instante, vi el rostro de Ryu, mirándome con tristeza desde el otro lado del abismo.

Y entonces todo se quebró.
El cielo, la tierra, mi mente.
El mundo se rompió en dos.

Todo se puso negro.
Un flash repentino me cegó y, en un parpadeo, volví a la mina.
El aire era denso, casi irrespirable. Mi cuerpo temblaba, mi mente aún atrapada entre la ilusión y la realidad.

—¡Kira, reacciona! —gritaba Kazumi, su voz sonaba lejana, distorsionada, como si viniera desde el fondo del agua.

Cuando abrí los ojos, Yuishin estaba frente a mí.
Su rostro blanco y sin vida me observaba de cerca... demasiado cerca.
Su mano enorme rodeaba mi cuello. Sentí cómo sus dedos se clavaban en mi piel, cómo la presión me cortaba el aire.

Intenté respirar, pero solo logré emitir un sonido ahogado.
Mi vista se nublaba, los cristales dorados de la cueva titilaban a lo lejos, como estrellas que se apagaban.

Kazumi intentaba golpearlo con sus ramas, pero Yuishin ni se inmutaba; parecía disfrutar viéndome luchar.
Sus ojos vacíos me reflejaban... y por un instante, vi mi propio rostro dentro de ellos, distorsionado, quebrado, como si ya formara parte de su oscuridad.

—Kira, resiste... por favor alcanzó a decir Kazumi antes de que todo volviera a desvanecerse.

Yuishin desenvainó sus garras con la otra mano, el sonido metálico y húmedo de su carne al abrirse me heló la sangre.
Su sonrisa se extendió más allá de lo humano, una mueca grotesca, llena de un placer enfermizo.

Pude sentir su respiración fría contra mi rostro, mientras me alzaba del suelo con una sola mano.
Intenté golpearlo, arañarlo, hacer algo, pero su fuerza era descomunal, mi cuerpo apenas se movía.

Kazumi gritaba mi nombre, pero todo se volvió un eco lejano, ahogado por el sonido del pulso en mis oídos.
El aire me faltaba. Sus garras negras brillaron bajo la luz tenue de los cristales dorados, y supe que iba a hacerlo...
Iba a desgarrarme.

Su sonrisa seguía creciendo, tan amplia que parecía dividirle el rostro en dos.
No había emoción, no había rabia... solo una mente retorcida disfrutando del acto de destruir.

Y justo cuando sentí el primer roce de sus garras acercarse a mi pecho...

Sin pensarlo, abrí el pergamino.
Las runas doradas empezaron a brillar con una intensidad cegadora, y lo presioné contra el brazo de Yuishin.

Un chorro de chispas estalló, quemando su piel negra como carbón.
Yuishin soltó un rugido inhumano, tan grave que la caverna tembló bajo mis pies.

Su cabeza se giró bruscamente hacia mí, esa sonrisa eterna distorsionándose en una mueca de furia.
El aire se volvió pesado, denso... como si el Jigoku mismo contuviera la respiración.

—¡KIRA, CORRE! —gritó Kazumi con desesperación.

Me solté del agarre de Yuishin y corrí tan rápido como pude, llevando el pergamino aún en mis manos.
Kazumi se aferró a mi hombro mientras nos lanzábamos dentro de una de las cavernas laterales.

Apenas nos ocultamos cuando una explosión estremeció todo el túnel.
El eco resonó como un rugido divino, y un resplandor dorado iluminó cada grieta de la cueva.

El suelo tembló.
Sentí el aire arder en mis pulmones.
Y, por un instante... el silencio absoluto reinó.

Kira, ¿estás bien? —me preguntó Kazumi, con la voz entrecortada, su respiración aún agitada.

—Sí... —respondí, tambaleándome mientras me levantaba del suelo. La tierra todavía temblaba levemente bajo mis pies, como si algo en la mina siguiera retumbando.

Nos miramos por un instante, sin necesidad de palabras, y regresamos corriendo hacia donde había ocurrido la explosión. El aire estaba denso, cargado de polvo y un olor metálico que se pegaba en la garganta.

El pergamino seguía allí, en medio del suelo agrietado... intacto, brillando con un resplandor tenue que parecía pulsar con vida propia. Pero Yuishin... ya no estaba.

No había cuerpo, ni rastro de sangre, solo un eco lejano, como si algo hubiera sido arrancado de la realidad misma.

—¿Crees que... murió? —susurró Kazumi, con la mirada fija en el vacío.

Negué lentamente, aún temblando.
—No lo sé... pero algo me dice que no. Nadie desaparece así... no sin dejar una sombra.

El pergamino emitió un último destello, y pude sentir una voz... no audible, sino dentro de mi mente. Un susurro breve, oscuro, que me heló la sangre.

"Aún no termina."

Tomé el pergamino con fuerza, todavía tibio por la energía que había liberado. Pude sentir una corriente recorrerme el brazo, como si el objeto aún respirara.

—Rápido, Kazumi —dije con la voz temblorosa, pero decidida—, busquemos los cuatro que faltan: Poder, Belleza, Justicia y Alegría.

Kazumi me asintió; su expresión era firme, aunque la tensión en su voz la delataba.
—El Pergamino de la Reina de la Belleza está en el pastizal del pueblo, Kira... Tenemos que ir por ahí, pero con cuidado. Los Gadokai saben que estamos aquí.

Al escuchar ese nombre, mi cuerpo se estremeció. Los Gadokai... los sirvientes de Dokuri. Sombras humanas que habían abandonado toda voluntad, guiadas solo por la devoción ciega a su dios. Si ya conocían nuestra ubicación, el tiempo jugaba en nuestra contra.

Me guardé el pergamino con cuidado, aún tibio por la energía que había liberado contra Yuishin. El silencio que quedó tras la explosión era denso, casi artificial. No se escuchaba ni el goteo de la mina.

—Debemos salir antes de que algo más aparezca —dije, intentando mantener la calma.

Kazumi asintió, y comenzamos a avanzar por el túnel estrecho. La luz de su linterna temblaba sobre las paredes cubiertas de cristales dorados, mientras el aire se volvía más liviano con cada paso. Finalmente, vimos una grieta en la roca por donde se filtraba una débil claridad.

Salimos al exterior. El viento helado me golpeó el rostro y aspiré aire por primera vez en lo que parecía una eternidad. Frente a nosotras, el pueblo abandonado se extendía en penumbra: casas derruidas, postes caídos y una neblina violeta que cubría los caminos como un velo.

常晴

"Descubrí que la felicidad es cara... así que empecé a cobrarla con sangre."

- 常晴

.

..

...

Revisé mis alrededores con el corazón aún acelerado, buscando cualquier sombra, cualquier rastro, cualquier señal de Yuishin.
El silencio era inquietante... demasiado perfecto.

—No está por aquí —dijo Kazumi después de un momento, aguzando sus pequeñas orejas de madera, como si escuchara vibraciones en la tierra misma—.
—Rápido, Kira... vamos al pastizal antes de que algo más aparezca.

Asentí y seguimos avanzando entre la niebla violeta, sintiendo que el Jigoku respiraba detrás de cada esquina, como si esperara el más mínimo error para devorarnos.

Inesperadamente, mientras avanzábamos entre la neblina violeta, una figura apareció en nuestro camino.
Se quedó de pie, inmóvil, justo al centro del sendero.
Su silueta era imposible de ignorar: un cuello anormalmente largo, demasiado delgado para algo humano, y un yukata tradicional que colgaba de su cuerpo como si no tuviera peso.

Lo observé a través de la bruma, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda.
No respiraba.
No se movía.
Solo... sonreía.

Kira... —susurró Kazumi, con un tono que jamás le había escuchado—.
Rápido, ven conmigo.

Me tomó de la muñeca y nos escondimos detrás del pilar semiderruido de una de las antiguas casas del pueblo. Pegué mi espalda a la madera fría, mientras mi respiración se aceleraba sin control.

—¿Quién es... él? —pregunté en un susurro casi inaudible, sin atreverme a mirar de nuevo.

Kazumi tragó saliva, sus ramas temblaban.

Ese es Tokiharu...
—¿Tokiharu...?
—El hombre que intentó hacer reír al mundo...
Kazumi bajó la mirada.
—...y terminó encontrando la felicidad solo cuando los demás dejaban de respirar.

y terminó encontrando la felicidad solo cuando los demás dejaban de respirar

Kira Shiranui... —pronunció Tokiharu con una voz suave, casi cantada.

Su cuello se estiró como goma elástica, doblándose hacia la izquierda y luego hacia la derecha con un movimiento fluido y antinatural. La sonrisa en su rostro se mantenía fija, amplísima, como si estuviera pintada en su piel.
Yo sentí un hielo brutal bajarme por la columna.
No podía moverme. No podía ni respirar.

—Sé que estás ahí... —continuó, girando su cabeza de una forma que ningún humano podría—.
¿Por qué no sales de tu escondite... y charlamos?

Kazumi me agarró del brazo con fuerza, temblando.
—No lo escuches... no lo mires... —susurró desesperada.

Entonces lo escuché.

Un leve chasquido de dedos.
Tan suave que parecía una burla.
Tokiharu ladeó su cabeza como si escuchara una melodía distante.

Y el aire cambió.
El olor a polvo quemado... regresó.

Antes de que pudiera pensar, algo enorme cayó detrás de él, haciendo vibrar el suelo bajo mis pies.
Una sombra oscura emergió de la neblina...

Era Yuishin.
Seguía vivo.
Su cuerpo ennegrecido por la explosión, la piel desprendiéndose en algunos lugares, las garras más largas, la sonrisa más abierta...
Pero vivo.
Muy vivo.

Tokiharu no se inmutó; siguió sonriendo hacia nuestro escondite.
Yuishin se colocó detrás de él como un perro fiel... pero un perro rabioso, temblando con ansias de matarme.

Kazumi apretó mi brazo aún más fuerte.
—Kira... estamos atrapadas entre dos monstruos... —susurró con un pánico que nunca había escuchado en ella.

Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que ellos podían escucharlo.

Y entonces Tokiharu habló otra vez, suave, casi dulce:

—Sal, Kira.
Prometo que esta vez...
te haré reír.

Esas palabras me helaron; no supe cómo reaccionar.

Tokiharu sonrió más ancho, inclinando la cabeza con esa calma que daba nauseas.
—Mi maestro Dokuri quiere asegurarse de que las llamas de este infierno ya te hayan consumido, —dijo con voz cantarina— pero parece que eres demasiado escurridiza, como una rata. Así que nos encargaremos de acelerar el proceso.

La frase cayó en el aire como un martillo. Sentí cómo todo alrededor se cerraba; la niebla, las sombras, sus sonrisas. No había escapatoria sencilla.

Nos metimos rápidamente en un agujero estrecho debajo de la casa derruida, arrastrándonos entre la tierra húmeda y raíces retorcidas. El aire era tan denso que cada respiración parecía un rugido en mis oídos.

A través de una abertura entre las tablas podridas, pude ver el pastizal extendiéndose frente a nosotras. Y allí, entre la hierba alta que se mecía con la neblina violeta, distinguí una silueta...
El santuario.
El Pergamino de la Reina de la Belleza estaba justo a unos pasos.
Tan cerca... pero sentía que cualquier movimiento podía firmar nuestra sentencia.

Kazumi me tocó el hombro, su voz era apenas un susurro tembloroso.
—Kira, por ahí... pero con mucho cuidado.

Asentí, tragando saliva.
—No te preocupes, Kazumi... —respondí en un hilo de voz— solo vamos a movernos en silencio... arrastrándonos.

Me deslicé hacia adelante, sintiendo la tierra fría pegándose a mis manos, mientras cada centímetro que avanzaba hacía que mi corazón latiera más fuerte.
Encima de nosotras, escuché pasos... lentos... pesados.
Yuishin.
Y una risa suave, casi susurrada.
Tokiharu.

No podían vernos aún.
Pero sabían que estábamos cerca.

Me apreté contra el suelo, rogando no hacer ruido.
El pergamino estaba ahí, a unos metros.
La belleza... custodiada por dos monstruos.

Cada segundo contaba.

Podía ver cómo Tokiharu se paseaba por la zona, indiferente, mientras Yuishin nos rastreaba entre la hierba alta. Era perverso; su sonrisa no necesitaba palabras para decir lo que planeaba.

Entonces su voz surgió, baja y afilada como una navaja:
—Kira, comprende una cosa: tú nunca debiste existir. Eres un parásito que merece morir. Tu hermano lo sabía... por eso te abandonó.

Mi estómago se contrajo. Las palabras se clavaron en mí como agujas. Sentí la sangre helarse, pero también se encendió algo en mi pecho: una rabia fría, afilada, que empujó a mis manos a apretar el pergamino con más fuerza.

No sabía si responder con gritos, con insultos o con la verdad —la que Ryu quizá había intentado ocultar—, así que en vez de hablar dejé que mi mirada dijera lo que mi voz no lograba.
No iba a permitir que su veneno se convirtiera en sentencia.

Kazumi me susurró al oído, apenas un hilo de voz: —No caigas en su juego, Kira. Ellos esperan que reacciones para atraparte.

Me quedé callada. El peso de la conciencia me aplastaba el pecho; cada palabra de ellos era como una daga que removía recuerdos que no quería enfrentar.

—Tú nunca debiste existir, Kira... —dijo Tokiharu, clavando en mí esa sonrisa perversa—. Me pone muy feliz saber que se acerca tu fin.

A lo lejos, en el pastizal, algo empezó a moverse bajo la hierba. Al principio pensé que era viento, pero no: manos gigantes brotaban de la tierra, arrancando la hierba con violencia, como si el suelo mismo vomitara condenados.
Me quedé paralizada. El mundo se volvió un cuadro en lenta combustión: dedos enormes, uñas oscuras como carbón, manos que buscaban, que arañaban, que señalaban hacia nosotras con intención.

Yuishin giró la cabeza con lentitud, y en sus ojos vacíos vi una contemplación fría, casi artística, como quien contempla una obra maestra desmoronándose. No había prisa en su movimiento; había deleite.
Tokiharu no necesitó moverse. Señaló con un gesto teatral, como un director que ordena la última escena. Su voz, calma y cortante, atravesó la niebla:
—Destruyan a la luz... y que nunca más vuelva a respirar.

—Kira, los monstruos del Jigoku ya saben que estás aquí

—Kira, los monstruos del Jigoku ya saben que estás aquí... —susurró Kazumi, temblando en la oscuridad del agujero bajo la casa—. Debemos tomar el pergamino de la Belleza, ir por los demás... y salir de aquí antes de que nos encuentren.

Asentí sin hablar, porque cualquier sonido podía delatarnos.
Desde debajo del suelo, a través de las rendijas de madera podrida, veía las siluetas de Tokiharu y Yuishin moviéndose afuera, entre la neblina violeta.
Tokiharu pasaba frente a la casa con pasos lentos, casi bailando, su cuello anormalmente largo doblándose hacia todos los ángulos.
Yuishin... simplemente se detenía y olfateaba el aire, como si pudiera olerme entre la tierra.

El pergamino de la Belleza estaba cerca.
Podía ver el brillo rosado del santuario al fondo del pastizal, a solo unos metros de nuestro agujero.
Tan cerca... y tan imposible.

Kazumi se presionó contra mí y susurró:
—Kira... por ahí. A la derecha. Avancemos en silencio.

Tragué saliva.
El túnel bajo la casa era estrecho y húmedo. Las raíces me raspaban los brazos mientras me arrastraba. Cada movimiento levantaba tierra... y cada grano parecía un grito esperando ser escuchado.

—No te preocupes, Kazumi... —respondí con un hilo de voz—. Solo avancemos despacio.

Me arrastré un poco más, sintiendo la tierra húmeda pegarse a mis manos... cuando de pronto el suelo vibró bajo mis codos.
Las manos gigantes en el pastizal se detuvieron todas al mismo tiempo, como si hubieran escuchado algo que yo no.
No era normal.
Nada en el Jigoku se detenía así... a menos que algo mayor hubiera llegado.

Kazumi me apretó el brazo con fuerza.
—Kira... ¿lo sientes?

Sí.
Lo sentí.
Una presencia... enorme, profunda, como si el corazón del Jigoku hubiera abierto un ojo.

Y entonces, desde el pastizal, la luz rosada del pergamino palpitó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Como si respondiera a esa presencia.

Las manos gigantes se inclinaron hacia el santuario, temblando.
Las sombras de Tokiharu y Yuishin también se detuvieron.
Como si esperaran.
Como si obedecieran.

Kazumi susurró, aterrada:
—Kira... no estamos solas aquí abajo.

Antes de que pudiera responder, algo —un sonido apenas perceptible, como un susurro justo detrás de mi cuello— habló por primera vez desde que llegamos:

"Has tardado... demasiado."

Mi sangre se congeló.
Kazumi jadeó.
Y detrás de nosotras, en la oscuridad del túnel...
alguien respiró.

Ella está aquí...

狂信者どもは、己らの呪われし血脈を葬り去る〈光〉を、必ずや抹殺しようとしている。

狂信者どもは、己らの呪われし血脈を葬り去る〈光〉を、必ずや抹殺しようとしている

 

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