"El conocimiento fue su alimento... y el hambre lo devoró a él."
-唯信
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Observé cada rincón a mi alrededor. El Jigoku no era el infierno que imaginaba: no había ríos de lava ni almas consumiéndose en las llamas. En su lugar, se extendía un interminable bioma carmesí, un horizonte vivo donde criaturas solitarias acechaban en silencio... esperando encontrar a su próxima presa.
—Kira —dijo Kazumi con voz grave—, en este recorrido el Jigoku creará réplicas distorsionadas de tu realidad. Debes mantener la cabeza fría al atravesarlas, pues los de la secta Gadokai aprovecharán cada ilusión para volcarla en tu contra.
—¿Te refieres a que este lugar usará mi propia mente en mi contra? —pregunté, dejando escapar un tono de queja que apenas disimulaba mi incomodidad.
—Exactamente —respondió Kazumi, con una seriedad que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
Para llegar al Espejo de la Redención, tomaremos un camino casi oculto, pero la naturaleza del Jigoku lo distorsionará. Puede que nos estén cazando, pero yo te ayudaré —dijo Kazumi.
Caminamos por casi 30 minutos, y mientras avanzábamos, mis ojos recorrían un paisaje bizarro y extraño. Los árboles parecían observarme, inmóviles pero vigilantes, y partículas ígneas flotaban en el aire, como brasas suspendidas en un eterno crepitar. ¿Qué misterios esconde este lugar...? me pregunté en mi cabeza.
El tiempo aquí no existe, Kira —me dijo Kazumi—. Todo es relativo, diez minutos en el mundo físico pueden ser diez horas aquí... es por eso que el sufrimiento en este lugar es duradero. Exclamó Kazumi.
Esas palabras me dieron escalofríos. En el mundo físico, el capitán Amagumo y las autoridades deben estar buscándome a mí y a Ryu... Ugh, debí hacerle caso al capitán. Ahora que la secta Gadokai se salió con la suya y yo aquí, en el infierno, no ando ni cerca de encontrar a mi hermano.
Estuve pensando que Kazumi y Juju tienen una similitud: ambas buscan ayudarme. Eso demuestra que no todo lo sobrenatural y desconocido es malo...
...pero me implanté algo en mi mente: Debo salir de aquí y salvar a Juju... Debo salvar a todos.
Llegamos a lo que parecía ser un pueblo abandonado... Las construcciones estaban deterioradas y había estatuas de ángeles en los rincones, pero lo que me aterraba era que los ángeles no tenían expresiones faciales; sus rostros estaban completamente vacíos. El ambiente estaba cargado de una sensación horrenda...
Lo que me causó curiosidad fue que al fondo había una capilla con un símbolo que ya había visto antes...
Por la entrada de la capilla estaba ese símbolo extraño que ya había visto en la casa de Eiku, en el templo de Kugoku y Kyogan, además de la fortaleza de Eisu...
Era una espiral parecida a un caracol, tallada con una precisión inquietante en la madera oscura.
Pero algo me aterró mucho más...
Eso era... que el símbolo no solo estaba grabado en la torre, sino incrustado en el pecho de Kyogan, brillando con un fulgor infernal, como si latiera al ritmo de algo vivo y maligno.
Y, sobre todo... Dokuri también lo tenía, pero en la frente, ardiendo como un sello que proclamaba su pertenencia.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Esto solo podía significar una cosa: estábamos en territorio de los Gadokai... y ellos ya sabían que estábamos aquí.
—Kira... —la voz de Kazumi sonó grave, casi como un susurro que cargaba siglos de advertencias—.
Eso de ahí... es el sello de la doctrina Gadokai. Es su símbolo... su marca... y significa que todo lo que ves, cada piedra, cada sombra, pertenece a su dominio.
Sus ojos se endurecieron, como si intentara transmitir fuerza en medio de aquel ambiente sofocante.
—Aquí no habrá escapatoria fácil... —añadió—. Debemos ser fuertes... y luchar, aunque el miedo quiera quebrarnos.
A lo lejos, el silencio del pueblo parecía responder, pesado y expectante, como si algo estuviera aguardando nuestro primer movimiento.
—¿Luchar...? —pregunté, con la incredulidad dibujada en mi voz y un nudo formándose en mi garganta.
Kazumi me miró con firmeza, sin apartar la vista del símbolo espiralado que brillaba como una herida abierta en la entrada de la capilla.
—Sí... —respondió con una calma inquietante—. Aquí, la única forma de seguir con vida es resistir. Los Gadokai no conocen la piedad... y si el sello está presente, significa que ya nos han visto.
Un escalofrío me recorrió la espalda, como si las estatuas de ángeles sin rostro me estuvieran observando, esperando el momento de moverse.
—Para cruzar esta trampa, Kira... —dijo Kazumi, con la voz baja pero cargada de determinación— tenemos que quitar el sello que hay en la capilla.
Sus palabras me dejaron inmóvil unos segundos. El viento soplaba entre las construcciones deterioradas, produciendo un silbido hueco que parecía imitar susurros.
—¿Quitar... el sello? —repetí, intentando asimilar la idea mientras mi mirada se dirigía hacia la torre. El brillo infernal de la espiral parecía pulsar, como si respirara.
Kazumi asintió.
—Ese sello mantiene el dominio de los Gadokai activo. Mientras esté ahí, este pueblo es su cacería... y nosotros, su presa.
Mis manos temblaron levemente. Quitar el sello significaba acercarse... y entrar en el corazón del territorio enemigo.
—Es algo necesario para continuar, Kira... —dijo Kazumi, su mirada fija en la espiral ardiente—. El problema es que si retiramos el sello, las aberraciones de este culto podrán salir de este dominio. Básicamente... es como si estuvieran encarceladas aquí.
Sentí un frío recorrerme la espalda. El pueblo entero parecía escucharnos, como si cada muro agrietado y cada estatua sin rostro aguardara nuestra decisión.
—Entonces... —tragué saliva— si lo quitamos, liberamos lo que está atrapado... pero si no lo quitamos, nos quedamos atrapadas nosotras.
Kazumi asintió lentamente, y en sus ojos había un reflejo de duda, aunque intentaba ocultarlo.
—Exacto... Y no sabemos cuál es la peor opción.
—Para extraer el sello, Kira... —Kazumi entrecerró los ojos, como si pesara cada palabra— tenemos que encontrar cinco pergaminos.
—¿Cinco? —pregunté, intentando ignorar el viento helado que silbaba entre las casas vacías.
—Sí... —asintió— cinco pergaminos que hacen referencia a los Cinco Reyes creados por El Arquitecto.
Esto tenía sentido...
Recordé las palabras de Juju, como si su voz volviera a mi oído desde otra vida: "Los Cinco Reyes... Justicia, Alegría, Belleza, Sabiduría y Poder. Cada uno creado por El Arquitecto, cada uno custodiando un aspecto del orden... y del caos."
Mientras caminábamos entre las calles desiertas, el silencio parecía escucharme. Las estatuas de ángeles sin rostro nos vigilaban como jueces mudos, y con cada paso sentía que algo, o alguien, estaba siguiendo nuestras huellas.
—Si Juju tenía razón... —susurré— entonces estos pergaminos no son solo llaves... son fragmentos de ellos mismos.
—Los Gadokai dejaron estos pergaminos bajo la custodia de uno de sus miembros... —dijo Kazumi con un tono grave, sus ojos reflejando más preocupación que miedo—. Esto significa que tenemos que tomarlos y evitar que nos atrape... si no, sería nuestro fin.
Su voz resonó en mi mente como una sentencia. Un solo error... y ese "miembro" del que hablaba no nos daría segundas oportunidades.
Sentí un peso en el pecho, no solo por el aire denso del lugar, sino porque sabía que aquel guardián no sería un simple soldado... sino algo moldeado por el culto para cazar sin descanso.
En silencio, miré hacia la capilla a lo lejos. El sello brillaba débilmente, como un corazón latiendo bajo un manto de sombras, marcando el territorio donde tendríamos que entrar... y donde ese ser nos estaría esperando.
—Cada pergamino —continuó— guarda un fragmento de la clave para romper el sello. Sin ellos... el símbolo seguirá brillando hasta que este lugar nos consuma.
Kazumi guardó silencio unos segundos, como si las mismas ramas que la formaban se crisparan con el recuerdo.
—Ese "miembro"... no siempre fue un monstruo. Antes fue humano, un genio... alguien que eligió la senda oscura para obtener más de lo que ningún mortal debía poseer.
La escuché con atención, sintiendo cómo cada palabra se clavaba en mí como espinas.
—Se hace llamar Yuishin —continuó, su voz quebrándose apenas—. Un prodigio que cambió su humanidad por una mente perversa e infinita. Su ambición no conoció límites: buscó la inteligencia eterna... y el Jigoku le respondió transformándolo en un cazador perfecto para los Gadokai.
Me quedé helada. No era un simple guardián... era el depredador que esperaba en este dominio, y nosotros acabábamos de entrar en su jaula.
Y entonces lo sentí. Una presencia que desgarraba el aire mismo. Mis ojos se clavaron en los árboles retorcidos... y allí estaba él.
Yuishin, su silueta torcida apenas asomando entre las sombras carmesí. Sus ojos brillaban con un fulgor asesino, como si toda su inteligencia se hubiera convertido en un veneno letal.
No necesitó hablar. Su mirada era un veredicto: yo era su presa.
Su apariencia era bizarra, casi imposible de procesar como algo nacido de este mundo.
Un humanoide de piel negra, alto y deforme, se erguía frente a mí.
Pero lo más aterrador no era su tamaño ni su sombra... era su cabeza: parecía cocida al resto del cuerpo con hilos grotescos, como si alguien lo hubiese remendado a la fuerza.
Su rostro no era un rostro. Era una máscara blanca, inerte, con una enorme sonrisa abierta, tan antinatural que parecía querer devorarme solo con mirarla.
En ese instante lo comprendí: ese ser no era solo un enemigo... era el monstruo que alguna vez fue humano.
—Kira... —me dijo Kazumi con un hilo de voz, sus ramas temblaban como si el viento las agitara, aunque no había viento alguno—. Hagas lo que hagas, no le quites la mirada de encima...
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Por qué...? —pregunté, apenas atreviéndome a mover los labios.
Kazumi tragó silencio antes de responder, como si temiera que él pudiera escucharla.
—Yuishin... se mueve cuando no está dentro del rango de visión. —su tono era aterrador, cargado de un respeto involuntario hacia esa criatura—. Su enorme inteligencia le permite encontrar la estrategia perfecta para cazar... y siempre lo consigue.
Mis manos comenzaron a sudar frío. Ese ser inmóvil, con su sonrisa cosida y su máscara blanca... podía estar calculando cada parpadeo mío.
No podía apartar mis ojos de él. Yuishin permanecía inmóvil, su sonrisa blanca, grotesca, parecía abrirse más a medida que el silencio nos envolvía.
Mis párpados ardían. El instinto me pedía parpadear, pero el terror me obligaba a resistir. Cada segundo era un suplicio.
—Kira... no lo hagas —susurró Kazumi, tan bajo que apenas la escuché.
Y entonces... parpadeé.
Un latido. Un instante. Yuishin había desaparecido.
El aire a mi alrededor se volvió denso, cargado de un susurro apenas audible, como si las sombras mismas se rieran de mí.
—No... —murmuré, con la respiración entrecortada—. ¡Ya no está!
—¡Rápido, Kira! —la voz de Kazumi temblaba, pero aún sonaba firme—. Debemos encontrar los pergaminos y romper el sello de la capilla... Si no lo hacemos, este pueblo seguirá siendo el dominio del culto Gadokai.
Mis piernas dudaron un instante, el terror de Yuishin aún pesaba sobre mí, pero la urgencia de Kazumi me devolvió al presente.
—¿Y si nos encuentra primero? —pregunté con un hilo de voz.
Kazumi apretó sus ramas como si fueran puños.
—Entonces será nuestro fin.
El aire carmesí se espesó. Entre las casas destruidas y las estatuas sin rostro, las sombras parecían vigilar cada movimiento.
Sentí un escalofrío.
No teníamos tiempo.
Nos internamos en el pueblo con pasos cautelosos. Las casas estaban torcidas, como si fueran esqueletos de madera a punto de derrumbarse. Kazumi me guió hacia la primera construcción, un almacén abandonado.
—No olvides, Kira —me dijo Kazumi con seriedad—, los pergaminos pertenecen a los Cinco Reyes, y están escondidos en este lugar.
Me miró con cierta duda, como si no quisiera revelarlo, hasta que añadió:
—Pero hay un detalle que no te conté...
—¿Cuál? —pregunté, desconfiada.
Kazumi respiró hondo.
—Yuishin no puede acercarse a ellos... en realidad, ningún miembro de la secta Gadokai puede.
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque es un poder demasiado peligroso para los seres de oscuridad de la secta... —su voz sonaba grave—. Sería mortal para ellos.
Un destello de esperanza me cruzó por la mente.
—¿Entonces podemos usarlo como defensa? —cuestioné.
Kazumi negó con la cabeza.
—No, Kira... Los pergaminos, al estar cerca de criaturas oscuras, sí les hacen daño... pero también causan un efecto colateral en quien los sostiene. Si abusamos de ellos, podrían destruirnos a nosotras también.
Mis manos temblaron al asimilarlo. Los pergaminos eran tanto un arma como una condena.
Empezé a escuchar unos pasos pesados y secos acercarse desde detrás de una de las casas en ruinas. Cada pisada retumbaba como si el suelo mismo se quejara de su peso.
Kazumi me tomó del brazo con fuerza y, sin darme tiempo a pensar, me empujó debajo de las escaleras de una vivienda destrozada. Me tapé la boca, conteniendo la respiración mientras mi corazón golpeaba con violencia.
Desde las rendijas de madera podrida, alcancé a verlas... las patas de Yuishin. Negras, largas, deforme como ramas secas que crujían al moverse. Permanecía de pie, inmóvil, como si supiera que estábamos allí, disfrutando del silencio que nos ahogaba.
El aire se volvió insoportable, cargado de esa sonrisa pintada en su máscara que ni siquiera necesitaba ver para sentirla sobre mi piel.
De pronto, una voz siniestra retumbó en mi mente, tan helada que me atravesó los huesos:
—Solo buscas algo que te va a destruir a ti misma...
Me quedé paralizada. Esa voz no pertenecía a Dokuri, ni a Yuishin, ni a ningún miembro de la secta Gadokai. Era algo mucho más como una advertencia.
Era la voz de Shitsugan.
Ese ente extraño, maligno, cuya presencia se filtraba como un veneno invisible. Sentí que no hablaba desde afuera, sino desde lo más profundo de mi mente, como si ya tuviera dominio absoluto sobre esta pesadilla.
El Jigoku mismo parecía vibrar con su risa muda.
—Kira... —me susurró Kazumi, apenas moviendo los labios, como si temiera que hasta el aire pudiera delatarnos—. El pergamino del Rey de la Sabiduría está en una de las minas del pueblo...
Señaló discretamente un agujero oscuro, justo debajo de la casa donde nos escondíamos. Parecía un refugio improvisado, un acceso subterráneo que llevaba directo a las entrañas de la tierra.
—Podemos ir por aquí... —continuó con la voz temblorosa—. Si salimos ahora, Yuishin nos encontrará al instante.
Tragué saliva, mirando aquel boquete angosto que se hundía en las sombras. El dilema era claro: enfrentar al cazador en la superficie... o descender a lo desconocido.
Asentí sin decir una palabra, y juntos nos deslizamos hacia el agujero. El pasadizo era tan angosto que apenas podía moverme, obligándome a arrastrarme con los codos hundidos en la tierra blanda, mientras Kazumi, por su tamaño menudo, lograba avanzar con más facilidad.
El aire era pesado, cargado de un olor a humedad y óxido, como si cada respiración me llenara los pulmones de moho. Las paredes, de una tierra rojiza y húmeda, se pegaban a mis brazos y a mi ropa, dejando manchas oscuras que parecían sangre seca.
Intentaba no hacer ruido, pero cada vez que mi rodilla rozaba contra el suelo, un eco apagado retumbaba en el túnel, como si la misma tierra se quejara de nuestra presencia.
Kazumi se detuvo un instante, volvió la cabeza y, en un susurro, me dijo:
—Shh... ¿lo escuchas?
Me quedé inmóvil. Al principio solo sentía el latido de mi propio corazón, pero luego... algo más. Un goteo constante, y detrás de él, como un murmullo lejano... voces. Voces que no venían de nosotros.
Me quedé quieta, conteniendo la respiración mientras mis músculos temblaban. El goteo en la mina se volvió más nítido y, entre las sombras, las voces empezaron a tomar forma.
—...ayúdanos... —susurraba una, con un tono quebrado.
—...no abras el pergamino... —gimió otra, como si llorara desde muy lejos.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Eran murmullos ahogados, no gritos, como si las paredes mismas me hablaran desde sus grietas.
Kazumi apretó mi muñeca con fuerza. Su rostro estaba pálido, sus ojos abiertos como platos.
—Kira... esas no son voces vivas... —susurró, apenas audible.
Entonces, la voz grave y oscura interrumpió todo, retumbando directamente en mi cabeza:
—¿De verdad crees que esos pergaminos salvarán este pueblo? ... Son cenizas, Kira... cenizas que se quemarán contigo.
Lo reconocí al instante. Dokuri.
El túnel entero vibró, como si algo colosal se moviera en las profundidades. Polvo cayó del techo, y a lo lejos resonaron unos pasos... pesados, lentos... como si Yuishin también hubiera entrado a las minas.
Mientras avanzaba por el estrecho túnel, el olor a humedad y tierra mojada me sofocaba más que nunca. Pero lo que realmente me estaba asfixiando era mi propia mente.
¿Dónde estará Juju ahora? —me preguntaba, con el corazón apretado—. No puedo estar tranquila sabiendo que está en las garras de Dokuri y la secta.
El recuerdo de su sonrisa me golpeó, como una herida abierta. Juju era mi luz, y pensar en ella atrapada en ese infierno hacía que el miedo se transformara en rabia.
¿Y Ryu...? —mi pensamiento se quebró en un suspiro—. No sé si está vivo, si me busca... o si todo esto ya lo consumió también.
Por un instante sentí que el aire del túnel se volvía más pesado, como si alguien disfrutara de mis dudas. Y lo entendí: Dokuri estaba alimentándose de mi angustia.
Kazumi notó mi mirada perdida y me sacudió suavemente del brazo.
—Kira... no te dejes atrapar por ellos —me dijo con firmeza—. Tus pensamientos son su alimento.
Tragué saliva, intentando calmar el temblor en mis manos. Sabía que tenía razón, pero las imágenes de Juju sufriendo no dejaban de aparecer.
Llegamos a una especie de caverna que tenía cristales dorados en las paredes, la tenue luz que desprendían hacía que todo se viera como un espejo distorsionado.
El ambiente olía a húmedo y tierra, pesado, como si aquel lugar hubiese estado cerrado durante siglos.
Y entonces lo vi...
Ahí estaba el primer pergamino, encerrado dentro de un pilar de roca antigua.
Sobre él, tallado con un brillo apenas perceptible, un kanji solitario se dejaba leer:
「運」 – Fortuna.
Un escalofrío recorrió mi espalda..., será una trampa de los Gadokai?
Kira, es el rollo del Rey de la Sabiduría... hay que tomarlo —exclamó Kazumi con una mezcla de urgencia y reverencia.
La voz de la pequeña resonó en la caverna como un eco sagrado, y por un instante sentí que aquel kanji de Fortuna brillaba con más fuerza, como si supiera que habíamos llegado.
Mi corazón latía con fuerza... si ese pergamino era tan poderoso como Kazumi decía, ¿qué clase de prueba me esperaba al tocarlo?
Abrí el pilar y con manos temblorosas tomé el rollo. Apenas lo tuve en mis dedos, un estremecimiento recorrió la caverna entera... como si el lugar mismo hubiera reconocido lo que sostenía.
Entonces lo sentí. Esa presión asfixiante en el aire, como si una sombra hubiese caído sobre mi espalda. Yuishin.
Sus pasos pesados y arrastrados retumbaban en la tierra rojiza del túnel, avanzando lentamente hacia la caverna. El eco de sus movimientos se mezclaba con el crujido de las rocas, cada vez más cerca.
Me quedé helada, el rollo apretado contra mi pecho. Ya estaba dentro. Había seguido nuestro rastro... y ahora no había escapatoria fácil.
Kazumi me susurró con urgencia, sus ramas temblaban como si el mismo Jigoku respirara sobre nosotras:
—Kira... Yuishin está en uno de los túneles alternos. Eso significa que no pudo entrar por el estrecho pasadizo por el que vinimos... pero ahora nos espera adelante. Tenemos que elegir con cuidado... solo uno de estos túneles nos llevará a la salida.
Me mordí el labio, mirando los oscuros pasajes que se abrían como gargantas devoradoras frente a mí. El eco de los pasos de Yuishin retumbaba en el aire, cada vez más cerca, cada vez más erráticos... como si jugara con nosotras.
—Si nos equivocamos... —Kazumi bajó la voz, casi quebrada— chocaremos de frente con él. Y ahí todo se acaba.
Caminamos hacia adelante y nos topamos con tres túneles, cada uno abriéndose como bocas hambrientas que parecían llamarnos al mismo tiempo. Teníamos que elegir rápido, pero sobre todo... alejarnos de Yuishin.
Kazumi se detuvo en seco, levantando una mano para hacerme guardar silencio. El aire se volvió denso, y en ese instante, el sonido de las pesadas pisadas de Yuishin retumbó en la oscuridad, resonando con un eco sádico que se acercaba cada vez más.
De pronto, Kazumi me susurró con firmeza:
—Kira, por aquí... —apuntó hacia el túnel de la derecha—. Yuishin está en la izquierda, lo siento en el suelo... si entramos aquí, no podrá alcanzarnos.
Tragué saliva y asentí, pero antes de moverme, escuché un golpe seco proveniente del túnel del centro... como si algo nos esperara también allí.
El Jigoku no iba a dejarnos escapar tan fácilmente.
Corrimos hacia ese túnel con toda la velocidad que mis piernas podían dar. El aire húmedo y espeso me quemaba los pulmones mientras el sonido de Yuishin se alejaba detrás de nosotras.
Kazumi trepó a mi espalda con agilidad, aferrándose a mi cuello mientras yo mantenía el pergamino apretado contra mi pecho, como si de mi propia vida dependiera. Cada paso resonaba en la tierra rojiza, cada respiración era un recordatorio de que aún estábamos vivas.
Pero entonces, ocurrió lo peor.
Terminamos cara a cara con Yuishin.
El corazón me dio un vuelco. ¡Era imposible! Él estaba en la izquierda... ¿cómo podía estar ahora frente a nosotras en la derecha?
Kazumi, con el rostro desencajado, apenas alcanzó a susurrar con un hilo de voz:
—Kira... Yuishin logró engañarnos. Su inteligencia es tan grande que... que puede burlar las leyes de la física a voluntad propia.
Yo lo miré horrorizada. Yuishin permanecía inmóvil, su cuerpo alto y grotesco proyectando una sombra que lo devoraba todo. Esa sonrisa perversa, cosida en su máscara blanca, jamás se movía, pero aún así parecía reírse de nosotras.
Kazumi elevó la voz, lo suficiente para que yo la escuchara pero sin provocar a la bestia:
—No lo pierdas de vista, Kira... si lo haces, aunque sea por un segundo... estaremos acabadas.
El aire se volvió espeso. Las paredes del túnel temblaban como si compartieran el mismo pulso que Yuishin.
Y entonces, él dio un solo paso hacia adelante. El sonido fue tan fuerte que sentí que el suelo se quebraba bajo mis pies.
El ambiente era etéreo.
Una bruma rojiza nos envolvía, flotando como si el aire mismo estuviera vivo... vigilante. Yuishin no se inmutaba; su cuerpo permanecía inmóvil, inclinado apenas hacia adelante, con esa sonrisa blanca y vacía que parecía tallada con crueldad.
Ni un parpadeo. Ni un suspiro. Solo el sonido húmedo de algo goteando desde su cuello cosido.
Kazumi temblaba en mi espalda, y yo podía sentir su miedo traspasando mi piel.
—Kira... —susurró casi sin voz—, si no se mueve, es porque ya nos tiene donde quería.
Mis manos apretaron con fuerza el pergamino. Yuishin ladeó apenas la cabeza, como si hubiera escuchado nuestros pensamientos.
Entonces... todo se volvió silencio absoluto.
Ni el viento, ni los ecos, ni mi propia respiración. Solo él.
Y su sonrisa.
—¿Qué hacemos...? —pregunté en un susurro, casi sin aire.
Kazumi no respondió al instante. Podía sentir cómo sus pequeñas manos, hechas de madera y raíces, temblaban sobre mi hombro. Sus ramas crujían con un sonido leve, como si hasta el miedo se filtrara en su corteza.
Yuishin seguía ahí. Inmóvil. Observando.
Era como si esperara que tomáramos la primera decisión... o el primer error.
Kazumi tragó saliva —si es que podía hacerlo— y me dijo con voz baja, tensa, quebrada por el pánico:
—No corras. No parpadees. No le des la espalda.
—¿Y cómo salimos de aquí entonces? —le respondí sin despegar los ojos de esa sonrisa eterna.
—No saldremos caminando... —susurró ella—, tendremos que romper su juego.
Yo no entendía del todo, pero antes de que pudiera preguntar, Yuishin inclinó lentamente la cabeza hacia un lado, con un chasquido grotesco, como si su cuello se partiera.
Y dio un paso hacia nosotras.
No pude evitarlo.
Mis ojos se cruzaron con los de Yuishin... y en ese instante todo se quebró.
El aire se volvió denso, pesado, como si el tiempo mismo se detuviera. La mina desapareció.
El sonido de los pasos, el olor a tierra húmeda, la oscuridad... todo fue borrado en un parpadeo.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba ahí.
Ante mí se extendía un campo infinito de cerezos en flor, sus pétalos rosados danzaban con el viento bajo un cielo morado, casi irreal, como pintado con luces de otro mundo.
El suelo era suave, cálido... demasiado perfecto.
—¿Dónde... estoy? —susurré, con el corazón acelerado.
Los pétalos caían lentamente, girando a mi alrededor como si celebraran mi llegada. Pero había algo extraño.
El aire olía dulce, demasiado dulce, casi sofocante.
Y entre las ramas, podía jurar que las flores me observaban.
Entonces escuché una voz, suave y melódica, idéntica a la mía.
—Volviste al único lugar donde aún no te has perdonado, Kira...
Giré lentamente.
Frente a mí, entre los cerezos, había alguien con mi rostro.
Pero su mirada... su mirada no tenía vida.
(Parte 2 en la siguiente página)