-Se refiere a mí... -dijo una voz oscura y pesada, como si arrastrara siglos de odio en cada palabra.
De pronto, las sombras detrás del trono comenzaron a moverse, como si cobraran vida propia. Desde la oscuridad emergió Dokuri, lento con su enorme y pesado cuerpo.
Cada paso que daba hacía crujir el suelo de piedra, y sus ojos -dos abismos sin fondo- se clavaron en mí, como si pudieran ver mis recuerdos más profundos.
Yo retrocedí mientras él se acercaba a mí de manera amenazante. Eisui observaba desde un lado, con esa sonrisa sádica que parecía indicar que este era el fin para mí.
Sentía como mi visión se ponia borrosa....
En mi mente, no podía dejar de preguntarme dónde estaba Juju.
-Posiblemente ya la tomaron Kugoku y Kyogan como rehén... -me dije a mí misma, sintiendo cómo el miedo comenzaba a apretar mi pecho como una garra invisible.
-Tu sangre... tu nombre... tu miedo... Todo encaja en el diseño. Tú eras la última pieza.
Me lo dijo, con esa voz grave que parecía salir desde el mismo centro de la tierra.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Mis piernas temblaban, pero no retrocedí más. Solo podía mirarlo, mientras la oscuridad a su alrededor pulsaba... como si respirara.
Inesperadamente, las puertas del templo se abrieron, dejando escapar un crujido largo y profundo. Vi cómo el hombre encapuchado, junto a Kyogan y Kugoku, entraban con pasos sutiles, casi silenciosos, como si ya supieran exactamente dónde pisar.
-¡¿Dónde está Juju?! -les grité con rabia, la voz temblándome por la furia y el miedo.
Kugoku y Kyogan lanzaron un rugido ensordecedor y se colocaron frente al hombre encapuchado, como si fueran sus guardianes. Sus cuerpos imponentes bloqueaban completamente el paso.
Yo no podía hacer nada. Me doblaban en tamaño y, fuera de eso... yo ahí solo era el aperitivo.
El hombre encapuchado dio un paso adelante y, en un gesto lento y ceremonioso, hizo una reverencia hacia Dokuri.
-Mi señor... -dijo con una voz imponente-. Estamos listos para el sacrificio.
Un escalofrío helado me recorrió la espalda.
¿Sacrificio?
Mis ojos se abrieron con horror, y di un paso atrás, temblando. Sentía que el aire dentro del templo se hacía más espeso, más difícil de respirar.
-N-No... -susurré- ¿Q-Quién...? ¿Quién va a ser el sacrificio?
Pero en el fondo, ya lo sabía.
Todas las miradas se clavaron en mí.
Kugoku y Kyogan me tomaron de los hombros, inmovilizándome con una fuerza brutal. Me arrodillaron en el suelo como si fuera un simple objeto.
-¡SUÉLTENME! -grité con una mezcla de rabia y terror, forcejeando inútilmente contra sus garras.
-Pequeña bastarda... -exclamó una voz desagradable desde la oscuridad-. ¿Creíste que escaparías de esta realidad...?
La voz me golpeó como un puñal. Era familiar. Ya la había escuchado antes...
En mis pesadillas.
En las visiones.
O quizás... en el pasado que siempre traté de olvidar.
De la oscuridad emergió Eiku, con esa sonrisa torcida que me heló la sangre.
Era imposible olvidarla.
La primera miembro de la secta con la que nos enfrentamos durante la búsqueda de Ryu...
Su presencia traía consigo el peso de aquel encuentro... y el dolor que dejó.
Eiku se acercó lentamente, cada paso resonando como una amenaza.
-¿Sigues buscando a tu hermanito, Kira? -dijo con burla venenosa-. Siempre tan... ilusa.
La rabia me nubló. Intenté liberarme de los brazos de Kyogan y Kugoku, pero era inútil.
-¡¿Dónde está Ryu?! -grité con furia.
Eiku solo rió, agachándose frente a mí como si yo fuera un trofeo derrumbado.
-Tal vez más cerca de lo que crees... o tal vez, ya es uno de nosotros.
-Todo tiene un precio, Kira -me dijo Eiku, con una mirada fría y venenosa-. Ryu buscaba recuperar algo que perdió... pero a cambio, entregó un factor importante para él.
Mi corazón dio un vuelco. Sentí un nudo en el estómago.
-¿Q-Qué cosa...? ¿Qué entregó...? -pregunté, aunque ya temía la respuesta.
Eiku rió con malicia.
-Tú.
No tenía sentido...
¿Qué fue lo que perdió Ryu que podía ser tan importante como para sacrificar a su propia hermana?
Él no estaba aquí. No podía defenderse. No podía explicarme nada.
No...
Están jugando conmigo. Están intentando quebrarme.
Están inventando mentiras.
Quería creerlo con todas mis fuerzas... pero en el fondo, algo dentro de mí comenzó a temblar.
Dokuri alzó una mano lentamente, y antes de que pudiera reaccionar, una fuerza invisible me envolvió.
Su telequinesis.
Mi cuerpo fue alzando el vuelo bruscamente, sin que pudiera hacer nada para resistirme, y fui lanzada directamente hacia su mano abierta, como un muñeco sin voluntad.
Igual que lo hizo con Takashi...
El contacto con su piel era como tocar piedra viva... fría, pesada, imposible de romper.
Eisui, Kyogan, Kugoku y Eiku observaban el espectáculo en silencio, como si cada uno saboreara la tensión de una manera distinta... inhumana.
Eisui ladeaba la cabeza, con una calma enfermiza, como si viera una obra de teatro que ya conocía de memoria.
Kyogan y Kugoku gruñían bajo, sus cuerpos se tensaban, como bestias esperando devorar.
Y Eiku...
Eiku no sonreía.
No podía.
Su boca abierta de par en par dejaba ver una masa abominable de tentáculos negros y viscosos, que se retorcían como si tuvieran vida propia, como si olieran mi miedo. Algunos colgaban hasta su pecho, goteando una sustancia oscura que chisporroteaba al tocar el suelo del templo.
Sus ojos eran blancos, sin pupilas, sin alma. Me miraban con hambre.
-Este no es tu final... -susurró Dokuri, aún sujetándome en el aire-
-Es solo el principio del sacrificio...
-¡SUÉLTALA, DOKURI! -tronó una voz melodiosa y cálida, como una campana resonando en medio de la oscuridad.
Todos se giraron con sorpresa.
Era Juju.
Estaba encerrada en una diminuta jaula de cristal, colgando del cinturón del hombre encapuchado como un amuleto grotesco. Su pequeño kimono estaba rasgado en los bordes, y su rostro, aunque sucio y cansado, mantenía esa mirada firme, serena y desafiante, típica de su esencia mágica.
-Juju... -balbuceé con los ojos llenos de lágrimas- ¿Qué... qué estás haciendo aquí?
El hombre encapuchado soltó una risita áspera, y alzó la jaula con dos dedos, dejándola colgando en el aire como si fuera una pieza de joyería inútil.
-¿Esta cosita? Solo un recordatorio de lo que se puede atrapar, incluso en lo más profundo de la magia -murmuró con desdén.
Pero Juju no apartó la vista de Dokuri.
A pesar del encierro, su voz seguía sonando como una melodía antigua, una que cargaba secretos olvidados y advertencias veladas.
-Kira no es el sacrificio que buscas -dijo, sin temblor ni miedo-. Yo soy el precio. Siempre lo fui.
Un silencio espeso cayó sobre todos.
Dokuri entrecerró los ojos.
Kyogan y Kugoku se miraron por un instante.
Eiku emitió un gorgoteo desde su horrenda boca de tentáculos, incapaz de sonreír.
-¿Y por qué tú? -preguntó Dokuri, girando apenas su cabeza, con interés repentino-. ¿Qué tiene una simple muñeca mágica que no tenga una sangre real?
Juju respiró hondo, cerró los ojos y respondió con una voz cargada de historia:
-Porque yo fui creada con parte del alma de una diosa.
-Y tú, Dokuri, sabes bien lo que eso significa.
La mirada de Dokuri se oscureció... pero no de furia.
Era nostalgia.
Sus pupilas opacas y hundidas dejaron de mirar a Juju como a un objeto. Por un segundo, solo uno, el aire dejó de vibrar con violencia. Fue como si el tiempo mismo dudara.
Sus dedos aflojaron ligeramente su agarre.
Juju, aún en su jaula, notó el cambio.
-¿La recuerdas...? -susurró ella, con dulzura.
La voz de Juju era como un eco lejano de algo que Dokuri había olvidado hace mucho tiempo, enterrado entre capas de odio, traición y oscuridad.
Una escena fugaz cruzó su mente:
Un jardín en flor.
Una mujer de cabello largo y ojos dorados cantando mientras tejía algo delicado con hilos de luz.
Y una criatura sin forma definida, sentada a su lado, escuchando en silencio...
Era él.
-Nuestro padre le encargó a ella formarte como alguien de luz... -dijo Juju, con voz firme pero impregnada de tristeza.
Esa frase cayó como un rayo en medio del silencio.
Dokuri dejó de respirar por un segundo.
-Ella... te tejió con esperanza. Con la luz más pura de la creación. Tú eras el primero. El más querido.
Fuiste hecho para guiar... no para destruir -continuó Juju, ahora con los ojos brillando, presionando su diminuta mano contra la jaula como si quisiera alcanzarlo.
Los tentáculos de Eiku se congelaron. Kugoku retrocedió un paso.
Eisui, siempre neutral, pareció contener la respiración.
Incluso Kyogan entrecerró su ojo, como si todo eso le resultara demasiado familiar.
Pero Dokuri no gritó esta vez.
No alzó la mano.
No lanzó a Kira contra el suelo como antes.
En lugar de eso, dio un paso atrás.
Su garra tembló.
-No...
-Ella te amaba como a un hijo, aunque eras creación de nuestro padre, Dokuri -insistió Juju-.
¿Por qué lo olvidaste? ¿Qué te hicieron para convertirte en esto?
-Porque ellos me olvidaron primero... -dijo Dokuri, con la voz quebrada, cargada de una rabia contenida que temblaba como fuego bajo hielo.
De pronto, un portal se abrió detrás de él.
El portal seguía girando detrás de Dokuri, vibrando con energía oscura y antigua. Pero entonces algo cambió.
El velo entre este mundo y el otro se hizo más fino. Vi por el portal... y lo reconocí.
Ese lugar...
Ese paisaje de sombras carmesí, de ríos de almas arrastradas por cadenas, de árboles retorcidos que lloraban sangre...
Era el Inframundo.
El verdadero.
Jigoku.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No era una dimensión cualquiera... no era solo una prisión. Era el origen del tormento. Un lugar que devora lo que queda del alma.
-Gracias por hacer esto posible, Kira... -me dijo Dokuri, con una voz tan cargada de odio y rabia que parecía quemarme por dentro.
Sus palabras eran cuchillas. Como si todo este tiempo hubiera estado esperando este momento. Como si mi existencia fuera la chispa que encendiera el incendio final.
De repente, Dokuri me lanzó al portal.
No tuve tiempo de gritar.
No tuve tiempo de pensar.
Solo sentí cómo todo se quedaba quieto.
El aire se congeló en mis pulmones. Mis brazos dejaron de responderme. Era como si el tiempo mismo se hubiera detenido, como si el universo contuviera el aliento mientras yo caía hacia el abismo.
Y en ese instante, mientras mi cuerpo cruzaba el umbral, no escuché nada. Ni el viento, ni los gritos, ni siquiera mi propio corazón.
Solo un silencio espeso... eterno.
Pero lo peor no fue la caída.
Lo peor fue sentir que una parte de mí... empezaba a borrarse.
Solo pude escuchar el grito de Juju.
-¡NOOOOO! -su voz quebró el silencio como un cristal al estrellarse contra el suelo.
Fue lo último que escuché antes de que todo se desvaneciera.
Su grito... su desesperación... quedó grabado en mi mente como una llama tenue en medio de la oscuridad. Pero incluso esa llama comenzó a apagarse mientras el portal me tragaba por completo.
Caía sin caer.
Flotaba sin cuerpo.
Y sentí algo rozarme... algo frío, húmedo... como si manos invisibles me arrastraran hacia abajo, hacia lo más profundo de Jigoku.
Quise gritar, pero ya no tenía voz.
Quise aferrarme a algo... pero mis dedos se disolvieron como ceniza al viento.
Solo quedaba mi conciencia.
Y el dolor.
Un dolor que no era físico.
Era como si cada recuerdo, cada emoción... cada parte de mí, fuera arrancada, una por una.
Aterricé de golpe sobre un suelo duro y helado... pero, sorprendentemente, salí ilesa.
Mi cuerpo temblaba. Mis pulmones buscaban aire que no parecía existir.
Con esfuerzo, abrí los ojos.
Y lo vi.
Dokuri, de pie sobre mí, mirándome desde lo alto con su icónica sonrisa torcida... esa mezcla de burla, odio y dolor que lo convertía en un monstruo incomprendido. Esa sonrisa que ahora me helaba la sangre.
A su lado, estaban ellos.
Kugoku, con esa mirada animal y salvaje.
Eisui y Eiku, impasibles, como estatuas sombrías.
Kyogan, con una media sonrisa de satisfacción.
Y el hombre encapuchado... ese ser que aún no lograba descifrar, pero cuyo silencio pesaba más que mil gritos.
Me observaban. Todos.
Como si yo fuera un espectáculo. Como si mi caída hubiera sido parte de su obra macabra.
Pero lo que me quebró... lo que verdaderamente me hizo pedazos por dentro... fue verla a ella.
Juju.
Extendiendo su brazo desesperadamente hacia mí, luchando contra algo invisible que la retenía. Sus ojos inundados de lágrimas. Su voz apenas audible, quebrada, repitiendo mi nombre como si con ello pudiera evitar que cayera más profundo.
Y yo... yo no podía moverme.
No podía gritar.
Solo mirar.
Y sentir cómo mi alma comenzaba a hundirse.
Y entonces, el portal se cerró.
No hubo explosión. No hubo sonido.
Solo un silencio absoluto, tan denso que parecía aplastarme el pecho.
La última imagen que vi fue la de Juju, luchando por alcanzarme, sus pequeñas manos mágicas golpeando la nada, su voz ahogada en desesperación.
Y después... oscuridad.
Oscuridad real. Como si el mundo hubiera sido tragado por un pozo sin fondo.
No había más risas sádicas.
No más miradas burlonas.
No más Juju.
Solo yo... y el Jigoku, el dominio del que Shitsugan, su gobernante, me habia advertido.
Mi garganta estaba seca. Intenté gritar, pero no salió nada.
Me habían abandonado.
Dokuri me lanzó como si fuera una carga indeseada. Como si yo fuera la responsable de todo su dolor. Como si de verdad creyera que esto... esto era justicia.
¿Qué hice para merecer esto?
¿Salvar a mi hermano? ¿Buscar la verdad?
¿Confiar?
Hundí mis manos en el suelo. Era duro, irregular... pero también estaba vivo. Latía levemente bajo mis dedos, como si el inframundo respirara. Como si me sintiera.
Me arrodillé lentamente. A mi alrededor, no había paredes ni cielo. Solo una neblina oscura que se retorcía como sombras líquidas.
Y entonces lo entendí.
Este no era un lugar de castigo.
Era un lugar de consumo. Una prisión para desgarrar el alma lentamente. Para romperte sin tocarte. Para convertirte en algo... como ellos.
Mi nombre es Kira... y estoy en el infierno.
Me levanté con la respiración agitada, como si hubiese despertado de una pesadilla... pero no era un sueño. Todo a mi alrededor estaba retorcido, distorsionado, como si el propio mundo se estuviera derritiendo. El aire ardía, olía a ceniza y desesperación, como si algo se estuviera quemando lentamente, desde adentro.
El suelo temblaba bajo mis pies, no con fuerza, sino con una vibración sutil... como el latido de una criatura dormida. Cada sombra parecía mirarme, cada rincón del Jigoku susurraba cosas que no alcanzaba a entender.
-¿Dónde estoy... realmente? -susurré, aunque sabía la respuesta.
Era como si las reglas de la realidad se hubieran roto. La gravedad tiraba de mí en todas direcciones, el cielo -si es que podía llamarse así- se abría en espirales de humo rojo y negro.
Sentí mi pecho apretarse. No por miedo... sino por algo más profundo. Como si el lugar intentara arrancarme los recuerdos, quitarme mi nombre, romperme desde dentro.
Y sin embargo, seguía de pie.
Porque no iba a rendirme tan fácilmente. No aquí. No después de todo.
Del suelo, algo se movió. No era una roca ni una sombra. Era una figura... pequeña, frágil, pero viva.
Emergió lentamente, como si brotara del mismo corazón de este lugar maldito. Una mujercita, de apenas medio metro, con un cuerpo de madera envejecida, como si hubiese sido esculpido por la propia naturaleza en medio del caos. De sus brazos brotaban ramas, algunas floreciendo tímidamente con pétalos que temblaban como si sintieran miedo. Sus ojos eran grandes y brillaban con un verde húmedo, como rocío atrapado al amanecer.
Se detuvo a unos pasos de mí, me observó con una mezcla de curiosidad y compasión, y en su rostro no había amenaza... solo una tristeza ancestral.
-¿Eres... real? -pregunté, todavía jadeando.
Ella asintió lentamente. No habló con palabras, pero su presencia decía más que mil voces.
Sentí por un instante que ese ser no pertenecía al Jigoku... o al menos, no por elección.
-Me llamo Kazumi -dijo finalmente, con una voz suave, como el susurro de las hojas al viento-, y soy la guía de los que son condenados a este lugar por la eternidad.
Sus palabras se sintieron como una sentencia, como si una parte de mí hubiera sido sellada para siempre. El Jigoku... no era solo una prisión. Era una tumba de memorias, de errores, de almas rotas.
-No puede ser... -murmuré, con la garganta seca-. Yo no merezco esto... ¡Yo no hice nada!
Kazumi me miró con compasión, pero sin quitarle el peso a lo que acababa de decir. Su mirada me atravesó como si pudiera ver todo lo que había vivido... y lo que aún no sabía.
-Aquí no importa lo que hiciste. Solo lo que fuiste para ellos. Y para quienes te arrojaron aquí... fuiste un obstáculo.
Sentí que el suelo me tragaba. Cada palabra de Kazumi era como una daga envuelta en flores.
-Estoy aquí por culpa de la secta Gadokai -dije con la voz rota, sintiendo cómo esas palabras sabían a veneno.
Kazumi inclinó la cabeza, sus ojos hechos de resina y savia reflejaban una tristeza antigua, como si ya hubiera oído esa historia muchas veces antes... y aún así doliera.
-Muchos lo están. Los Gadokai han condenado más almas de las que el Jigoku puede soportar -susurró, como si nombrarlos más fuerte pudiera despertar algo aún peor-. Pero tú... tú eres especial, Kira.
Esa frase me perforó.
-¿Especial? -repetí, sin entender-. Me traicionaron. Me usaron. Y ahora... me arrojaron a este infierno como si nunca hubiera importado.
El suelo crujía bajo mis pies. El aire ardía. Pero no era fuego... era el peso del rencor, del abandono, del dolor acumulado.
Kazumi se acercó y extendió una mano de ramas suaves, pequeñas flores brotaban donde pisaba.
—Tu alma aún arde, Kira. No por venganza. Por verdad. Y si sigues ese fuego... puede que aún haya un camino fuera del olvido. Además, Shitsugan se manifestó ante ti cuando todavía estabas viva —dijo Kazumi con una expresión seria—. Aunque no fue su verdadera forma, solo una sombra, una proyección de su voluntad. Nosotros, quienes pertenecemos al Jigoku, jamás hemos visto su presencia directamente. Hemos sentido su influencia y conocemos su nombre, pero nunca se mostró ante nosotros. Y aun así, decidió aparecer frente a ti.
-¿Qué quieres decir? -pregunté, dando un paso hacia atrás. No confiaba en nada, ni en nadie. No después de lo que acababa de pasar.
Kazumi no se movió. Su expresión no cambió, pero las ramas de sus brazos se cerraron como si intentaran abrazar el dolor del mundo entero.
-Digo que no todo está perdido. Que este lugar... este infierno, también guarda respuestas.
-¿Respuestas? -escupí con rabia-. ¿A qué? ¿Por qué me traicionaron? ¿Por qué me usaron como un peón?
Kazumi asintió lentamente.
-A todo eso... y más. Pero el Jigoku no entrega sus secretos tan fácilmente. Devora, desgarra, transforma. Y solo aquellos que aún conservan una chispa de verdad en su alma pueden encontrar el camino.
Mi pecho ardía. No sabía si por ira, miedo o desesperación. Tal vez por todo junto.
-¿Y qué se supone que haga yo ahora... aquí?
Kazumi sonrió por primera vez. Una flor blanca brotó de su hombro.
-Sobrevivir. Recordar. Y cuando estés lista... luchar.
-Kira, tu alma no está condenada aquí -dijo Kazumi, con esa voz suave que parecía entrecruzar raíces y susurros del bosque-. El egoísmo de la secta te trajo hasta aquí... y al no ser condenada, es posible salir de aquí para ti.
Me quedé en silencio. Cada palabra suya era como una gota de agua cayendo en un desierto dentro de mí que no sabía que tenía.
-¿Salir? -susurré-. ¿Entonces esto no es... el final?
Kazumi negó con la cabeza.
-Para los verdaderos condenados, sí. Para ti... esto es una grieta. Una oportunidad. Pero cuidado: el Jigoku no distingue entre los inocentes y los arrastrados. Si te quedas demasiado... te volverás parte de él.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna. No solo por lo que decía, sino porque... parte de mí quería quedarse. Quería hundirse en ese lugar, como si mi cuerpo ya supiera que había algo que debía encontrar en lo más oscuro de mí misma.
-¿Y cómo salgo?
Kazumi se giró. El suelo bajo sus pies parecía florecer en su paso, aunque todo a su alrededor seguía siendo ceniza y muerte.
-Debes encontrar tu reflejo. Aquella parte de ti que dejaste atrás cuando entraste aquí. Solo al enfrentarlo podrás abrir tu portal.
-¿Reflejo? -pregunté, sintiendo cómo esa palabra se hundía en mi pecho como una semilla en tierra húmeda.
Kazumi se detuvo. Las ramas de sus brazos crujieron suavemente mientras giraba su cabeza hacia mí. No necesitaba ojos para mirarme; su presencia atravesaba cualquier máscara que pudiera tener.
-Sí -asintió, su voz sonó como viento entre hojas secas-. Tu reflejo es la versión de ti que negaste, que ocultaste... o que abandonaste. Aquí, en el Jigoku, ese reflejo toma forma, camina, siente... y a veces, odia.
Un nudo se formó en mi garganta. Sentí mis manos temblar.
-¿Y si... no quiero verla?
Kazumi se inclinó levemente hacia mí.
-No verla significa no escapar. El Jigoku se alimenta de eso: del miedo a uno mismo. La única salida es a través de lo que más temes.
Mi respiración se volvió más pesada. ¿Qué parte de mí me esperaba en este lugar? ¿Qué había enterrado tan hondo que ahora caminaba por su cuenta?
Kazumi extendió una mano hecha de corteza y raíces, apuntando a un sendero oscuro y retorcido que se abría frente a nosotras.
-Sigue el camino, Kira. Tu reflejo te espera. Pero recuerda: no estás aquí para derrotarla... estás aquí para entenderla.
-La encontraras en El Espejo de la Redención. Está en lo más profundo de este lugar -dijo Kazumi con solemnidad-.
Está resguardado por los dos Guardianes Supremos: Masaki y Takeshin.
Ellos te juzgarán.
Decidirán si eres digna de enfrentar tu reflejo.
-¿Quiénes son? -pregunté, con la voz apenas saliendo de mi garganta.
Kazumi bajó la mirada, como si al nombrarlos evocara algo sagrado... o aterrador.
-Masaki y Takeshin fueron creados por el Arquitecto, la entidad que creó a Dokuri mismo y que estan bajo las ordenes de Shitsugan en el jigoku.
Su único propósito es juzgar las almas que buscan la redención... que anhelan una segunda oportunidad.
Hizo una pausa. El aire parecía haberse vuelto más denso.
-Pero debes saber algo, Kira... nadie ha tenido éxito.
Ninguna alma ha regresado jamás.
-No importa -dije, apretando los puños con fuerza-. Yo sé que no hice nada malo, y voy a volver... para recuperar a mi hermano y acabar con la secta.
Y con Dokuri también.
Kazumi me observó en silencio por un instante. Luego, asintió lentamente, como si reconociera una chispa de algo que hacía mucho no veía: esperanza.
-Entonces tu juicio está por comenzar.
Prepárate, Kira... porque los Guardianes no miden acciones. Miden verdades.
-Yo te acompañaré en este viaje, Kira -dijo Kazumi con una calma que contrastaba con el caos de mi interior-. Y un detalle más...
Se detuvo. Su silueta vegetal pareció estremecerse como un árbol al viento.
-Varios miembros de la secta Gadokai están aquí.
Están esperando a que Dokuri cumpla su profecía.
Sentí que el aire se volvía más denso, como si las palabras de Kazumi hubieran despertado algo en las raíces mismas del Jigoku. Una punzada de rabia me atravesó el pecho, pero también miedo.
-¿Qué... profecía? -pregunté con cautela.
Kazumi me miró con esa presencia que veía más allá de los ojos.
-La profecía del Reino Invertido. Una era donde el dolor reemplaza al alma... y Dokuri se convierte en algo más que un verdugo: en un dios.
De pronto, la visión regresó. Como un eco imposible de apagar, se proyectó otra vez en mi mente, más clara... más cruel.
Tokyo, una vez más... ardiendo.
Las calles convertidas en ríos de fuego.
El cielo teñido de rojo sangre, cubierto por nubes negras que lloraban ceniza.
Había gritos, llanto, desesperación...
La ciudad no estaba viva. Estaba siendo devorada.
Y allí estaba él.
Dokuri.
Flotando sobre las ruinas como un dios oscuro, con esa sonrisa retorcida que jamás podría olvidar. A su alrededor, los miembros de la secta Gadokai, generando el caos mas brutal jamas visto...
Sentía cómo me observaban.
No era paranoia. Era real.
Las sombras se movían.
Sus ojos, invisibles pero presentes, se clavaban en mí como agujas.
Los miembros restantes de la secta Gadokai... ya sabían que estaba aquí.
No necesitaban palabras.
Su odio atravesaba el aire, envolviéndome con una densidad que me costaba respirar.
Yo era una intrusa. Una amenaza. Un error que debía ser borrado.
Kazumi lo notó también. Sus ramas se tensaron, como si el bosque mismo se estremeciera.
-Ya han empezado a moverse -dijo en voz baja-. El Jigoku reacciona ante tu voluntad... y ante su miedo.
Pero yo no me detendría.
Si ellos sabían que estaba aquí... mejor.
Porque también sabrían que no pienso rendirme.
Kazumi se detuvo en seco. Sus ramas se erizaron como si una tormenta invisible las agitara.
-No... -murmuró, helada.
-¿Qué sucede? -pregunté, el corazón golpeando como un tambor dentro de mi pecho.
Sus ojos invisibles se alzaron hacia la oscuridad más allá del sendero.
-Él ya nos encontró.
Nos está mirando.
De pronto, el suelo tembló sutilmente bajo mis pies. Las sombras se alargaron como si quisieran devorar la luz.
Un susurro sin boca, sin idioma, rozó mi oído...
Y sentí una presencia.
Enorme. Antigua. Despierta.
Como si una conciencia colosal hubiera girado la mirada... y la hubiese clavado directamente en mí.
La voz de Kazumi fue apenas un soplo.
「龍は滅びを拒まなかった。静寂の中、彼は九つの目を開いた。」