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Capítulo V 永瑞 (Parte 1)

EGOISM · por Digor/Integral · 19 de julio de 2026

"Cada nota que canto es un grito de alguien que olvidaste."

-永瑞

.

..

...

—¿Quién eres? —pregunté atónita, con la voz quebrada por el miedo y la confusión.

La figura no respondió de inmediato.

Permaneció allí, flotando sobre el agua como una sombra que no pertenecía al mundo. Su silueta ondulaba lentamente, como si estuviera formada por niebla y oscuridad líquida.

No se movió.

No habló.

Entonces sentí algo atravesar mi mente.

No fue una voz.

Fue un pensamiento que no nació de mí.

Una presencia que se abrió paso dentro de mis recuerdos.

"Los vivos temen a la muerte..."

"Pero pocos comprenden lo que ocurre después de ella."

Sentí que mi cuerpo se congelaba.

"No soy el final de tu historia."

"Soy quien observa cuando llega ese momento."

La figura permaneció inmóvil.

"Mi nombre es Shitsugan."

"Gobernante del Jigoku."

Mi corazón se detuvo por un segundo.

El agua a nuestro alrededor comenzó a vibrar, como si el océano reconociera su presencia. Pequeñas ondas crecieron hasta que la superficie parecía respirar.

Juju se estremeció.

Sus ojos se abrieron con terror y soltó mi mano.

—Kira... —susurró.

Por primera vez, escuché miedo verdadero en su voz.

—Ese ser...

Bajó la mirada.

—Es Shitsugan.

La miré confundida.

—¿Lo conoces?

Juju tardó unos segundos en responder.

—Conozco su nombre.

—Todos los que conocen el Jigoku lo conocen.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Pero nunca pensé que aparecería frente a un alma que todavía pertenece al mundo de los vivos.

Yo no podía moverme.

Algo me mantenía anclada al bote.

No era una fuerza física.

Era la sensación de estar frente a una existencia que estaba más allá de mi comprensión.

Shitsugan extendió lentamente su brazo incorpóreo hacia nosotros.

No parecía atacar.

Parecía advertirme.

"Kira Shiranui..."

"Tus decisiones ya han abierto un camino."

"El egoísmo que buscas destruir no desaparecerá sin dejar una marca."

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

"Recuerda esto..."

"Derrotar a un mal no significa escapar de sus consecuencias."

La figura comenzó a deshacerse como humo sobre las aguas negras.

Antes de desaparecer, una última idea llegó a mi mente.

"Nos volveremos a encontrar cuando tu alma cruce la frontera que separa ambos mundos."

Y entonces desapareció.

En ese entonces una gigantesca ola se levantó y nos arrojó fuera del bote con brutal fuerza.

AHHHHHH!!, grité y sentí un golpe fuerte en la nuca.

Todo se volvió oscuridad.

.

..

...

....

Abrí los ojos intentando reincorporarme con mucha dificultad mientras me trataba de poner de pie.

Me pregunté mientras aún temblaba por lo que acababa de ver:

—¿Qué clase de existencia era capaz de gobernar un lugar como el Jigoku?

El viento se volvió más denso, como si el aire mismo supiera una respuesta que no estaba permitido revelar.

Una nueva duda se clavó en mi pecho:

—¿Y si Dokuri no era el único problema?

—¿Y si el egoísmo... solo era una parte de algo mucho más grande?

El mar guardó silencio.

La luna seguía ahí, observándonos desde la oscuridad.

Juju permanecía callada.

Por primera vez, parecía no tener respuestas.

Y entonces, cuando todo volvió a quedar inmóvil, un pensamiento ajeno rozó mi mente.

Una frase que no sabía si había escuchado...

o si el propio abismo me la había dejado.

"El egoísmo es solo el primer susurro del abismo..."

Fijé mi mirada en el campo desolado que se extendía frente a nosotras, cubierto por la niebla tenue y la luz pálida de la luna.

-¿Qué debemos hacer ahora...? -pregunté con la voz apagada, aún con el corazón agitado por lo ocurrido.

Juju flotó lentamente hacia el cielo, su pequeño cuerpo iluminado por un leve resplandor. Escudriñó el horizonte durante unos segundos en absoluto silencio.

Entonces, señaló con firmeza hacia la lejanía.

-¡Por ahí! -exclamó-. Veo un templo... parece estar iluminado. Tal vez... allí podamos encontrar más pistas.

Sus palabras me dieron una chispa de esperanza, aunque el escalofrío que recorría mi espalda me advertía que ningún camino, en este mundo, sería seguro.

Y aún así... no teníamos otra opción más que avanzar.

Comenzamos a caminar por el campo desolado, un paraje muerto que no ofrecía rastro alguno de vida. No se escuchaban grillos, ni el susurro del viento entre hojas... porque no había hojas, ni árboles, ni nada más que tierra seca y agrietada. Era como si el lugar hubiese sido olvidado por el mundo... o peor, arrancado de él.
El frío se colaba por mi ropa como agujas invisibles, pero lo que más me helaba la sangre era el pensamiento constante de que Kugoku, Kyogan... y ese hombre encapuchado seguían tras nosotras.
No sabíamos cuán cerca estaban, ni por cuánto tiempo podríamos seguir huyendo.

Pero una cosa era segura: no podíamos detenernos.

Cada paso que dábamos levantaba una tenue nube de polvo gris, como si ese suelo no hubiera sentido vida en siglos. No había ni un solo sonido, ni insectos, ni viento, ni siquiera nuestras pisadas parecían querer romper el silencio. El aire se volvía más espeso, cargado de una energía extraña que me hacía sentir como si algo invisible nos observara desde la nada.

A lo lejos, el templo brillaba con una luz tenue, casi irreal. No parecía que proviniera de lámparas o fuego... sino que el mismo templo emanaba una especie de resplandor, como si fuese un faro en medio de un mundo muerto.

-Juju... -murmuré, sin detener mis pasos-, ¿por qué este lugar se siente... como si estuviera soñando?

Juju flotaba a mi lado, más silenciosa de lo normal. Solo respondió después de un momento, con voz suave:

-Este campo fue una vez un bosque vivo. La secta lo drenó... para usar su energía en sus rituales. Todo lo que ves, Kira... es un eco de lo que fue.

No dije nada más. No podía.
Algo me decía que al llegar al templo... no solo encontraríamos pistas sobre Ryu.

Tal vez encontraríamos una verdad que cambiaría todo.

A lo lejos se escuchaba un canto femenino, completamente hermoso, como si cada nota acariciara el alma.
Era un sonido que no pertenecía a este mundo marchito.
Era... demasiado perfecto.
Demasiado puro para este lugar desolado.

Cerré los ojos solo un segundo y sentí que mis heridas, mi miedo, incluso mi tristeza, se desvanecían momentáneamente.
Por un instante... creí que un ángel había descendido para guiarnos.

-Es... hermoso -dije, casi sin aliento.

Juju, sin embargo, se detuvo en seco.
Sus ojos se entrecerraron y su expresión cambió a una que nunca había visto antes: una mezcla entre miedo... y lástima.

-No... no escuches más, Kira -susurró.
-¿Qué? ¿Por qué? Es tan...
-No es un ángel.
-¿Entonces...?
-Es ella.
-¿Ella...?

Juju bajó la mirada.

-Eisui.

Mi piel se erizó.
La melodía seguía flotando en el aire, envolviéndonos, acariciando nuestras emociones, despertando recuerdos...
Pero ahora que lo sabía, esa belleza... se volvió perturbadora.

Porque si esa voz pertenecía a una criatura de la secta Gadokai...
Entonces era probable que lo que parecía ser luz... escondiera una oscuridad mucho más profunda.

Cuando alzamos la vista, la vimos.

Una figura danzaba sutilmente sobre el borde del tejado del templo, iluminada por la luna. Su kimono verde se mecía con el viento, y su silueta parecía flotar con cada paso delicado que daba.

Su voz... no era humana. Era perfecta, como una nota de cristal resonando en lo más profundo de la mente. Hermosa... pero insoportablemente triste.

-¿Vienen a buscar algo... que ya está perdido para siempre? -repitió con suavidad, ladeando su cabeza con una sonrisa torcida-. Pues aquí... no lo van a encontrar.

Juju retrocedió un poco. Pude notar cómo su luz interna parpadeaba, nerviosa.

-Kira... ella es Eisui -susurró-. Y si ha comenzado a cantar... es porque ya está jugando con nuestra voluntad.

Yo no podía dejar de mirarla. Algo en mí deseaba escuchar más. No entendía si me atraía su voz, su pena... o su locura.

Eisui era una mujer de inquietante belleza. Vestía un yukata verde esmeralda, adornado con patrones tradicionales que parecían moverse bajo ciertas luces. Su cabello, oscuro como la tinta, estaba recogido en un moño firme, sostenido por dos palillos ornamentales, y del lado izquierdo florecía una delicada flor rosada.

Lo más perturbador de su apariencia eran sus ojos.

Su ojo derecho poseía una retina dorada, brillante y profunda, como si escondiera un secreto ancestral. En el centro de su frente, un tercer ojo -rojo y completamente abierto- parecía observarlo todo, incluso lo que el tiempo intentaba enterrar. En cambio, su ojo izquierdo estaba vacío, una cuenca oscura sin pupila ni iris, como si algo hubiera sido arrancado o jamás hubiera existido allí.

No solo su apariencia perturbaba, sino la sensación que dejaba a su paso: una calma falsa, como la que precede a una tormenta brutal.

No solo su apariencia perturbaba, sino la sensación que dejaba a su paso: una calma falsa, como la que precede a una tormenta brutal

Eisui se recostó con elegancia en la barandilla del balcón. Sus movimientos eran suaves, casi etéreos, como si flotara más que caminar. Desde esa altura, contemplaba el mar nocturno de Tokio, donde las olas susurraban secretos antiguos que solo ella podía entender.

Entonces, sonrió.

Pero no era una sonrisa cualquiera.

En un parpadeo, sus dientes humanos se transformaron, alargándose y afilándose hasta volverse una hilera de colmillos depredadores, curvados como cuchillas mojadas en sangre. Ya no era la sonrisa de una mujer, sino la de algo que finge ser humano.

El aire se volvió más frío.

Y por un instante, el silencio de la noche se sintió... observado.

-Él no está aquí... -susurró Eisui, con su voz gélida y arrastrada como la brisa del mar en la madrugada.

Su sonrisa se curvó aún más, revelando sus colmillos depredadores. No era burla, era una advertencia.

-Lo único que estás haciendo... es acelerar la destrucción de todo lo que llamas hogar...

Las palabras parecían deslizarse como serpientes por el aire, envolviendo al interlocutor en una sensación de asfixia invisible.

En el horizonte, el cielo nocturno se oscurecía aún más, como si el mar estuviera conteniendo la respiración... o preparándose para devorar algo.

Esto... esto parecía tener relación con la visión que tuve.

Tokio, consumido por llamas negras, sus edificios cayendo como cartas de papel, y en el centro... Dokuri, el ser sin rostro, avanzando con pasos firmes mientras una multitud encapuchada -la secta Gadokai- le abría camino con cánticos en un idioma imposible.

Recordé los ojos rojos en el cielo.
Recordé el fuego que no quemaba edificios, sino memorias, personas, historia.

Y ahora... Eisui, con su sonrisa monstruosa y su ojo abierto en la frente, hablaba como si ya conociera ese destino, como si ya estuviera escrito y nosotros solo actuáramos en su obra.

Eisui, con su sonrisa monstruosa y su ojo abierto en la frente, hablaba como si ya conociera ese destino, como si ya estuviera escrito y nosotros solo actuáramos en su obra

Eisui dio un chasquido de dedos.

El sonido no fue natural: parecía el eco de algo ancestral, algo prohibido. Se expandió por la zona como una onda invisible que agitó los árboles retorcidos, quebró las raíces del suelo y despertó murmullos desde lo más profundo de las grietas.

El aire se volvió denso, casi líquido.

Juju se quedó quieta. Vi cómo su cuerpo se tensaba, suspendido en el aire, mientras yo permanecía perpleja, tratando de entender qué estaba ocurriendo.
De pronto, desde los árboles, comenzaron a escucharse pasos animales que se dirigían hacia nosotras, cada vez más cerca.
Graznidos extraños los acompañaban, como si una bandada de criaturas deformes también se acercara...

Eran Kyogan y Kugoku. Habían recibido la señal y venían hacia nosotras...

-¡Kira, rápido, corre! -me gritó Juju-. Entra al templo y escóndete. Yo distraeré a esos dos, pero debes mantenerte oculta.

Entré corriendo al templo y cerré la puerta. Este templo se veía más grande que el anterior, pero no tenía una biblioteca. Era como una sala gigante, y al fondo había un trono. Parecía pertenecer a un antiguo rey o un samurái poderoso.

-Kira Shiranui... -dijo la melodiosa voz de Eisui.

Me quedé helada y cerré los ojos, pensando en lo peor...

Sentí su presencia detrás de mí, como una sombra que no proyecta cuerpo, pero que oprime el aire. Cada paso que daba resonaba en las paredes del templo vacío, como si el lugar mismo lo reconociera.

-No deberías estar aquí sola -susurró, con una calma que helaba la sangre-. Este trono no espera por ti... sino por él.

Abrí los ojos lentamente. El trono al fondo del templo parecía más imponente ahora. Algo dentro de mí comenzó a temblar, no por miedo... sino por lo que podía significar.

-¿Q-Qué... qué quieres decir? -pregunté tartamudeando.

(Parte 2 en la siguiente página)

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