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Capítulo IV 空獄 (Parte 2)

EGOISM · por Digor/Integral · 18 de julio de 2026

...Su voz, aunque serena, estaba teñida de preocupación. Ella sabía que ese lugar era nuestra única esperanza, un refugio efímero antes de que la oscuridad nos alcanzara otra vez. Asentí sin dudar y corrimos entre los árboles, dejando atrás el crujir lejano de las criaturas que venían por mí.

Nos dirigimos con paso acelerado, cruzando árboles y arbustos que arañaban nuestra ropa y piel como si intentaran detenernos. El aire era denso y húmedo, cargado con el eco lejano de los perseguidores que no pensaban rendirse. Las ramas crujían bajo nuestros pies, y las hojas secas se agitaban con cada paso como susurros de advertencia.

El bosque parecía infinito, cada árbol una sombra alargada, cada rincón un posible escondite de algo peor. Los kodamas nos seguían desde lejos, ocultándose entre los troncos con sus ojos brillantes y temerosos. Unos pocos más valientes caminaban tras nosotros en silencio, como si quisieran asegurarse de que no nos perdiéramos.

El cielo comenzaba a abrirse entre las copas, dejando pasar una luz tenue y azulada que le daba al sendero un aire onírico. Podía sentir cómo la energía en el aire cambiaba... estábamos acercándonos. Juju no decía nada, pero su agarre se volvió más firme, y su pequeña figura desprendía una tenue luminosidad que parecía marcar el camino.

No sabíamos cuánto más podíamos correr, pero sí sabíamos una cosa: si no llegábamos al Mar de los Sueños Perdidos, no habría segunda oportunidad.

-¡Kira, mira! -exclamó Juju, señalando con urgencia hacia la orilla entre los árboles-. ¡Es uno de los botes al Mar de los Sueños Perdidos! ¡Tomemos uno y salgamos de aquí!

Mi corazón palpitaba con una intensidad incontrolable. Cada paso que dábamos se sentía más pesado que el anterior, y podía escuchar claramente los veloces y descompasados pasos de Kugoku, acompañados de los graznidos desgarradores de Kyogan, acercándose con furia por entre la maleza. Se me erizó la piel al instante, como si mi alma hubiese detectado que el peligro estaba a segundos de alcanzarnos.

-¡Ya la vi! -retumbó la voz del hombre encapuchado a nuestras espaldas, cargada de autoridad y furia-. ¡Atrápenla!

El bosque entero pareció estremecerse con aquella orden. Los árboles susurraban advertencias en el viento y el suelo vibraba con la fuerza de la persecución. Juju saltó con agilidad sobre las piedras del río y alcanzó la orilla donde se encontraba el viejo bote de madera, decorado con símbolos antiguos que brillaban débilmente con una luz azul.

Yo me lancé tras ella sin mirar atrás, con el aliento entrecortado y el miedo desgarrando mis pensamientos. No podía, no debía detenerme. Si lo hacía... sería el final.

Juju, sin perder un segundo, soltó la cuerda que ataba el bote a la vieja muralla de piedra. El bote, como si entendiera la urgencia, comenzó a deslizarse lentamente hacia el Mar de los Sueños Perdidos. Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar los pasos brutales y furiosos acercándose cada vez más.

-¡Vamos, vamos! -susurré entre dientes, desesperada.

Con el corazón latiéndome en los oídos, me giré y, usando toda la fuerza que me quedaba, pateé la orilla con violencia, impulsando el bote hacia aguas más profundas. El impacto me hizo caer de rodillas dentro de la embarcación, justo cuando un gruñido gutural resonó en la orilla. Kugoku y Kyogan se abalanzaban con todo su salvajismo.

El bote se alejaba lentamente, y yo podía sentir el filo invisible de su presencia rozando mi espalda. Pero nos estábamos yendo... nos estábamos escapando... al menos por ahora.

De pronto, Kugoku y Kyogan irrumpieron en la orilla como bestias desatadas, sus cuerpos frenando con violencia al borde del agua al darse cuenta de que no podían alcanzarnos. Gruñían con frustración, arrastrando sus garras por la tierra húmeda, mientras sus ojos deformes nos seguían con odio ardiente.

Entonces, desde las sombras, emergió la figura del hombre encapuchado. Su silueta se dibujó con inquietante calma bajo la tenue luz del mar. Dio un paso adelante, su voz cortó el silencio como una daga afilada:

-No te preocupes, Kira... -dijo con un tono casi paternal, pero cargado de veneno-. Huye todo lo que quieras, escóndete, lucha... grita si así lo deseas.

Alzó la mano hacia el horizonte brumoso.

-Aun así... sigues en el dominio del Soberano Solitario. -Su voz bajó a un susurro temible-. Solo corres en círculos... como un hámster enjaulado.

La risa baja y gutural que le siguió se extendió por el aire, y aunque el bote se alejaba cada vez más, su eco pareció incrustarse en mi pecho como una maldición.

La neblina del mar comenzó a envolver la orilla, tragándose lentamente las figuras de Kugoku, Kyogan y el hombre encapuchado. Sus siluetas se desvanecieron en el manto brumoso como si nunca hubieran existido. El silencio regresó, roto solo por el suave chapoteo del agua contra el bote. Al verlos desaparecer, supe que estábamos a salvo... al menos por ahora. Pero el alivio no duró mucho. Mi pecho seguía agitado, mi mente era un torbellino de miedo, rabia y confusión. Necesitaba tiempo... necesitaba ordenar mis ideas antes de enfrentar lo que vendría.

Me pregunté en qué momento todo esto se volvió tan oscuro. ¿Cuándo dejé de ser solo una chica normal y me convertí en la presa de un culto demoníaco? Pero algo dentro de mí, una chispa aún viva entre tanta sombra, me decía que si había llegado hasta aquí... no era por casualidad.

De pronto, el bote se estremeció bruscamente, como si algo debajo hubiera golpeado el casco. Juju se aferró a mi brazo.

-¿Qué fue eso? -susurró Juju con voz temblorosa.

No alcancé a responder. Un sonido burbujeante emergió del agua, justo a nuestro lado. De entre la niebla, una figura se alzó a pocos metros del bote... tenia ojos brillantes blancos como puntos, solo una marca en su frente flotante con un kanji tallado: 「虚」(vacuidad). Su cuerpo era como una silueta líquida humanoide y a su alrededor el mar comenzó a agitarse como si la misma realidad rechazara su presencia.

-Eso no es parte de la secta... -dijo Juju, retrocediendo un paso dentro del bote-. ¡Eso es... un Error del Mar!

La criatura no habló. Solo extendió una mano de agua espesa hacia nosotras.

Mi corazón se paralizó. El mar de los sueños perdidos no era seguro. Nada en este mundo lo era ya.

-¡No lo mires a los ojos! -me ordenó Juju con desesperación-

-¡No lo mires a los ojos! -me ordenó Juju con desesperación-. ¡Si lo haces... verás el peor futuro que podrías imaginar!

Era demasiado tarde. La criatura ya me tenía en su campo de visión... y yo en el suyo. Sentí como si algo invisible se hundiera en mi mente, rasgando lentamente mi percepción. La realidad comenzó a distorsionarse: los colores se desvanecían, las formas se derretían y el suelo temblaba bajo mis pies. Lo entendí al instante. Aquel monstruo me había arrastrado a mi peor pesadilla... y no había escapatoria.

Pude ver en esta proyección a Tokio... pero era distinto. Todo estaba envuelto en llamas, una ciudad reducida a cenizas. Los edificios colapsaban entre explosiones, el cielo era un infierno rojo y negro. Sobre las ruinas, Dokuri se elevaba con su sonrisa macabra, los ojos brillando como carbones encendidos, contemplando con placer la destrucción que él mismo había provocado.

Abajo, los miembros de la secta Gadokai corrían por las calles, dejando un rastro de caos. Atacaban sin compasión, riendo con una locura que helaba la sangre, mientras los gritos de los civiles se perdían en el eco ardiente de una ciudad moribunda.

Todo ocurría como una serie de destellos fugaces, como si alguien proyectara mis peores miedos en mi mente. Y entonces lo vi... a Ryu. Estaba en medio del desastre, de espaldas a mí. Reconocí su camisa, su silueta... pero su rostro seguía oculto. Algo dentro de mí gritaba que lo llamara, que corriera hacia él, pero mis piernas no se movían.

De pronto, la voz de Dokuri resonó en todo Tokio como una sentencia:

-¿Dónde está tu profecía ahora, padre? -rugió con rabia y burla-. ¿Lo ves? Me desechaste como si fuera nada... pero mírame ahora, resurgiendo del abismo y reclamando el lugar que siempre me perteneció.

Y tras esas palabras, los miembros de la secta Gadokai estallaron en carcajadas grotescas, mientras el mundo ardía a su alrededor. La desesperación, el dolor y el fin parecían inevitables.

Desperté bruscamente, con el corazón aún latiendo con fuerza por la visión. Mis pulmones ardían y sentía las manos entumecidas por el miedo. Apenas abrí los ojos, vi cómo la criatura sumergida alzaba su grotesca silueta y golpeaba el agua con brutalidad una vez más.

¡SPLAAASH!

Una enorme ola nos azotó de lleno. El bote crujió con fuerza y se sacudió violentamente. Perdimos el control. El mar nos lanzó hacia un costado y, antes de que pudiera reaccionar, el bote impactó con fuerza contra algo sólido. Rodamos sobre la cubierta mientras sentía que nos arrastraba la corriente.

Cuando logré incorporarme, me di cuenta: habíamos encallado en una orilla.

El bote estaba detenido, semihundido en una especie de pantano rodeado de neblina. Alrededor, un campo desolado y silencioso se extendía hasta donde la vista lo permitía. El suelo era húmedo, fangoso, y el aire, denso. No se oía nada más que el vaivén lento del agua y mi propia respiración entrecortada.

¡JUJU! -grité con la voz quebrada, mi pecho subía y bajaba descontroladamente-. ¡DOKURI EN LA CIUDAD... Y LA SECTA... LA DESTRUCCIÓN...!

Me aferré al suelo mojado, como si el mundo se me estuviera desmoronando. El aire me faltaba. Hiperventilaba. El temblor en mis manos no cesaba y sentía como si el peso de toda esa visión se hubiera clavado en mi espalda. Los sonidos, los gritos, el fuego, la risa de Dokuri... todavía resonaban en mi mente, como un eco maldito.

-No puede ser... no puede ser real... no puede ser real... -repetía entre sollozos.

Juju corrió hacia mí, se subió a mi hombro con apuro y me abrazó el rostro con sus pequeñas manos luminosas.

-¡Kira, mírame! ¡Respira, por favor! -dijo desesperada-. ¡¡Fue una proyección!! ¡Fue una ilusión creada por esa criatura para quebrarte...! ¡¡No dejes que gane!!

Yo no podía detenerme. Las lágrimas me nublaban la vista y sentía que el pecho se me iba a romper. La imagen de Ryu de espaldas, de Takashi muerto, de Tokio cayendo... era demasiado.

-¡Kira, escúchame! -me dijo firme-. ¡Tu mente está fuerte, tú viste lo que nadie más podría soportar y sigues aquí! ¡¡Tú puedes más que esa visión, tú tienes el poder de cambiar ese destino, no dejes que te controle!!

Me aferré a su voz. Cerré los ojos con fuerza y empecé a respirar como ella me decía. Lentamente... uno, dos, tres... Y otra vez. Me limpié la cara con el dorso de la mano, aún temblando, pero de pie.

-¿Y si... y si todo eso realmente pasa? -pregunté temblorosa, apenas audible-. ¿Y si Tokio cae?

Juju bajó la mirada, y con una tristeza solemne respondió:

-Entonces nos aseguraremos de que no pase. Pero solo si no te rindes ahora.

Mientras recuperaba el aliento y la vista volvía a estabilizarse, escuché algo...

Un susurro.

No venía de Juju. No venía del viento. Era... como si el mar mismo hablara.

-Ya lo viste... ya sabes lo que viene... -susurró la voz, áspera y lejana.

Volteé lentamente hacia el agua negra.

En medio del reflejo de la luna, una figura se levantaba desde la superficie, como si emergiera del fondo de los sueños más retorcidos. No tenía rostro, solo una silueta oscura que parecía observarme, inmóvil, flotando.

-¿Qué es eso...? -pregunté en un susurro, pero Juju no respondió.

Solo me tomó de la mano con fuerza.

Y dijo con la voz temblorosa:

-Eso... no debería estar aquí.






「地獄の檻が錆びつくとき、逃げ出すのは悪魔ではない...私たちの最悪の姿だ。」

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