"El pacto le devolvió todo... menos su humanidad."
-空獄
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Entramos al templo, y como era de esperarse, todo estaba envuelto en penumbra. El espacio era amplio, silencioso, y apenas iluminado por unas pocas velas dispersas sobre mesas antiguas y altas estanterías repletas de libros polvorientos. Todo indicaba que estábamos en una biblioteca imperial o en algún recinto sagrado del conocimiento. Sin embargo, no podía concentrarme. La imagen de aquella bestia desgarrando a Takashi me perseguía como una sombra. Sentía un nudo en la garganta, el pecho apretado. Caminaba cabizbaja, más callada de lo habitual, como si mi voz se hubiera roto junto con mi corazón.
-Kira, escúchame -dijo Juju con suavidad, intentando no alterar más mi ya quebrado estado-. Debemos encontrar una palanca que abra esa compuerta -añadió, señalando con firmeza una enorme puerta al otro extremo de la biblioteca.
Observé el lugar con detenimiento. Era evidente que no sería sencillo hallarla en ese mar de estanterías colapsadas, libros antiguos y sombras que parecían moverse por sí solas. El ambiente cargado y silencioso no ayudaba, y mi mente seguía sumida en un torbellino de tristeza... pero no podíamos detenernos ahora.
Depronto a lo lejos se escuchó un rugido algo difuso, que cuando lo oimos nos quedamos tiesas del miedo
Se escuchó denuevo ese rugido apagado, gutural... como si algo grande y primitivo hubiese despertado de un largo sueño. El sonido reverberó entre los estantes y las paredes del templo, haciendo que el aire se volviera más denso.
Juju y yo nos quedamos inmóviles, con la sangre helada y los ojos bien abiertos. Ese rugido no era de un simple animal... era algo más. Algo que no debía existir.
¡Kira, escóndete! -me ordenó Juju con urgencia, sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y decisión-. Hagas lo que hagas, no salgas hasta que yo te avise.
No entendía qué estaba pasando, pero su tono no dejaba lugar a dudas. Asentí rápidamente y busqué refugio tras una estantería, conteniendo la respiración mientras el rugido se hacía cada vez más cercano... cada vez más real.
Juju se metió rápidamente en uno de mis bolsillos y apagó por completo su luz corporal. Su pequeña figura dejó de emitir ese cálido resplandor que solía reconfortarme. Ahora solo sentía su respiración agitada contra mi pierna.
Todo quedó en penumbras. El silencio se volvió tan espeso que podía escuchar los latidos de mi corazón retumbando en mis oídos. Unos pasos pesados comenzaron a escucharse, arrastrándose por el suelo de madera, seguidos por un gruñido gutural que erizaba la piel.
Algo -o alguien- estaba dentro de la biblioteca.
De pronto, una figura completamente irracional se asomó por uno de los pasillos oscuros. Su silueta era grotesca, cubierta por una piel negra como el hollín, con una hilera de púas irregulares sobresaliendo de su espalda. Caminaba en cuatro extremidades, como una bestia deformada que jamás debió existir.
Lo más siniestro de todo era su cabeza: un cráneo enorme, similar al de una vaca, pero corroído, agrietado y adornado con cuernos retorcidos. Sus mandíbulas estaban llenas de dientes afilados como navajas oxidadas, y chasqueaban como si esperaran carne fresca. Su respiración era pesada, gutural, casi animal, y sus movimientos eran lentos pero aterradoramente firmes, como si supiera exactamente dónde estábamos.
Sentí el sudor frío recorrerme la espalda. Esa cosa... no era humana. Ya no.
La desagradable criatura empezó a avanzar con pasos lentos y grotescos, sus patas se arrastraban por el suelo con un sonido húmedo y repulsivo, como si su cuerpo estuviera hecho de carne podrida y pesada. Cada movimiento hacía crujir las baldosas antiguas del templo, y el eco de su andar resonaba por toda la biblioteca, como si anunciara una muerte inevitable.
Se estaba acercando... a donde yo estaba.
El pánico me invadió de golpe. Sentí cómo mi respiración se volvía temblorosa y mis manos sudaban incontrolablemente. No podía moverme. No debía moverme. Si esa cosa me descubría... era mi fin.
El corazón me latía con tanta fuerza que juraba que él también podía escucharlo. Cerré los ojos un segundo, esperando que pasara de largo... pero entonces sus pisadas se acercaban más y más.
La respiración de Juju se empezaba a acelerar más y yo me comenzaba a preocupar. Porque Juju le temia tanto? ¿Es miembro de la secta? ¿Cual es su proposito? No cabia duda que esta criatura es mas peligrosa que Eiku y que un paso en falso seria el fin
La respiración de Juju empezaba a acelerarse dentro de mi bolsillo, podía sentir cómo temblaba levemente. Eso me preocupó aún más. ¿Por qué le temía tanto? ¿Acaso conocía a esta criatura? ¿Era también parte de la secta? ¿Cuál era su verdadero propósito?
Las dudas me carcomían por dentro, pero no había tiempo para respuestas. Solo una cosa era clara: aquella criatura no era como Eiku... era algo peor. Se sentía más antigua, más violenta, más primitiva. Su sola presencia parecía corromper el aire a su alrededor.
No cabía duda: un solo paso en falso... y sería nuestro fin.
La criatura comenzó a olfatear el aire con lentitud, como una bestia hambrienta siguiendo el rastro de su presa. Sabía que había un intruso en la biblioteca. Lo sentía. Lo olía. Estaba obligado a eliminarlo...
Pero aún no sabía dónde.
Sus resoplidos eran pesados, casi como gruñidos ahogados. Caminaba arrastrando sus patas, con los huesos del cráneo crujendo cada vez que movía la cabeza. Podía sentir cómo su instinto asesino recorría cada rincón, cada sombra... y yo estaba allí, inmóvil, tratando de no respirar.
De pronto lo mas aterrador ocurrió...
La criatura bajó la cabeza de golpe, con una velocidad antinatural, clavando su cráneo cornudo debajo de la mesa donde me ocultaba. Su respiración era tan fuerte que podía sentir el calor salir de sus fauces abiertas. Sus dientes afilados rechinaban al entrechocar, y su aliento apestaba a sangre seca y podredumbre.
Yo apenas logré reaccionar. Me deslicé lentamente detrás de una pila de libros viejos y polvorientos que bloqueaban parcialmente la visión del monstruo. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que él podía oírlo.
Sabía que si movía un solo músculo más... sería mi final.
El cuerpo de Juju temblaba incontrolablemente dentro de mi bolsillo, y entre el silencio denso del lugar podía escuchar sus suaves sollozos, ahogados por el miedo. Jamás la había sentido tan vulnerable, y eso me aterraba aún más. Si ella, un ser de luz, temía tanto a esta criatura... ¿qué esperanza tenía yo?
Me tapé la boca con ambas manos, intentando contener el llanto y los sollozos que amenazaban con escaparse de mi garganta. Las lágrimas caían sin control por mis mejillas, calientes y silenciosas. El pánico me comprimía el pecho. Cada segundo que pasaba con aquella criatura a tan poca distancia era una eternidad viviente...
La criatura emitió un gruñido áspero y gutural, como si su garganta estuviera hecha de piedra y ceniza. Movió la cabeza lentamente de un lado a otro, sus filosos dientes rechinaban entre sí con un sonido que me taladraba los oídos. A cada respiro, su aliento apestaba a sangre seca y tierra podrida.
Luego... algo cambió.
Se quedó quieta, como si hubiese perdido el interés. Olfateó una vez más, pero esta vez su gruñido fue bajo, casi resignado. Alzó la cabeza con lentitud y dio media vuelta, alejándose con pasos pesados y arrastrados, como si algo invisible lo llamara a otro lugar.
Podía oír cómo sus garras raspaban el suelo de madera y su respiración se hacía cada vez más lejana. Solo entonces Juju se atrevió a emitir un leve suspiro.
-Eso fue... demasiado cerca -susurró con voz quebrada desde mi bolsillo.
Yo aún no podía hablar, pero mis lágrimas seguían cayendo. ¿Qué era esa cosa? ¿Por qué incluso Juju estaba aterrada?
Afuera, los gruñidos se desvanecían... pero sabíamos que no habíamos visto lo último de esa bestia.
-¿Q-Qué era eso...? -pregunté aliviándome apenas, aunque mi voz aún temblaba. Sentía el corazón latiendo en mi garganta.
Juju titubeó un momento. Pude sentirla moverse ligeramente dentro de mi bolsillo, como si estuviera evaluando si debía decirme la verdad.
-Ese ser... se llama Kugoku -susurró finalmente, con una seriedad que no le había escuchado antes-. Es uno de los más peligrosos miembros de la secta Gadokai. No habla, no razona... solo caza.
-Eres una creación del Arquitecto... -le susurré, aún escondida tras los libros-. ¿Por qué le temes a un miembro de esta secta?
Juju tardó en responder. Su voz salió apenas audible, como si le costara hablar.
-No soy su única creación... -dijo Juju con una voz apagada, casi temblorosa-. Éramos cuatro geishas de luz, destinadas a resguardar este templo y alertar a nuestro Padre si algo ocurría...
Bajó la mirada, y una lágrima invisible pareció caer con el peso de los recuerdos.
-Pero Kugoku... les arrebató la vida a mis hermanas. Una por una...
Yo... solo fui la única que logró sobrevivir.
-¿Cómo es posible...? -pregunté con asombro y rabia contenida-. ¡Él es solo un miembro de la secta! ¡Se supone que ustedes son más poderosas que cualquier criatura como él!
-Hace mucho tiempo... -dijo Juju con voz melancólica, como contando una antigua leyenda-. Kugoku hizo un pacto con Dokuri para tener todo lo que deseaba. Pero el precio fue su propia humanidad. Se convirtió en aquello que, en lo más profundo de su alma, siempre había anhelado ser: una bestia. Su cuerpo adquirió fuerza bruta descomunal... y ahora es capaz de aplastar con facilidad a seres de luz pequeños como yo.
Todo comenzaba a tener sentido... Si criaturas como Kugoku existían bajo la voluntad de Dokuri, eso solo podía significar una cosa: la secta Gadokai estaba compuesta por miembros implacables, deformados por su egoísmo y sed de poder. Dokuri ya no era solo una amenaza... en esta realidad, se había vuelto un ser casi invencible, un dios oscuro cuyo dominio se extendía más allá de la razón.
Juju salió con cautela de mi bolsillo, su pequeña figura flotaba tenuemente iluminada mientras inspeccionaba los alrededores. Su rostro serio lo decía todo: necesitaba asegurarse de que Kugoku no estuviera cerca para poder continuar con seguridad.
-No está cerca... podemos continuar -dijo Juju en voz baja mientras flotaba hacia mí-. Pero debemos hacerlo en silencio. Hay que subir al segundo piso y buscar la palanca que abre la compuerta.
Asentí con determinación, aún sintiendo el temblor en mis piernas. No podíamos rendirnos ahora... no después de haber llegado tan lejos.
Subimos a la segunda planta en completo silencio. El lugar estaba repleto de libros y objetos antiguos, cubiertos de polvo pero rebosantes de historia. Cada rincón parecía susurrar secretos olvidados. Había estantes de madera oscura que crujían con el más mínimo roce, y el aire olía a pergamino viejo y humedad atrapada por los años.
A lo largo del pasillo, cuadros de arte tradicional japonés colgaban torcidos, sus rostros antiguos parecían observarnos mientras pasábamos. Algunas pinturas mostraban paisajes serenos... otras, figuras distorsionadas y perturbadoras. Reliquias misteriosas descansaban en vitrinas cubiertas por una tenue capa de ceniza, como si llevaran siglos esperando que alguien las tocara.
El corazón me latía con fuerza. Algo en esta planta parecía... vivo.
Juju se metió dentro de un jarrón antiguo, con su luz tenue guiando el interior polvoriento en busca de pistas. Desde afuera solo podía ver su pequeño resplandor moviéndose entre sombras. Parecía desesperada, como si supiera que no quedaba mucho tiempo. Esa maldita palanca no estaba a simple vista, y todo indicaba que solo Kugoku conocía su ubicación exacta.
El silencio del lugar pesaba más que nunca, y la sensación de que algo nos observaba desde la oscuridad no me dejaba respirar con tranquilidad.
De pronto, nos sobresaltamos. Las enormes puertas por donde habíamos ingresado al templo se abrieron lentamente con un chirrido estremecedor, como si algo -o alguien- hubiese entrado sin permiso. El eco del viento recorrió el templo como un susurro siniestro, apagando una de las velas cercanas. Juju se congeló dentro del jarrón. Yo, sin atreverme a mover un solo músculo, sentí cómo la tensión se clavaba en mi pecho como agujas.
-¿Q-Qué es eso? -pregunté alterada, sintiendo cómo el corazón se me subía a la garganta.
-Oh no... -susurró Juju con una expresión de auténtico terror en el rostro, tan seria como jamás la había visto.
Una figura encapuchada con una túnica negra cruzó lentamente el umbral del templo. Sus pasos eran casi etéreos, pero su sola presencia parecía hacer que el aire se volviera más denso, más difícil de respirar. A su lado, arrastrando los pies de forma errática, avanzaba una criatura cuya sola apariencia congelaba la sangre.
El ser tenía una forma humanoide distorsionada, de piel azul oscuro casi negra, como si su carne estuviera hecha de sombra sólida. Su cuerpo temblaba constantemente, como si una energía inestable y desquiciada lo recorriera de forma interminable. En el centro de su pecho, brillaba débilmente un símbolo retorcido y familiar: el mismo que había visto antes... el símbolo de la secta Gadokai.
Lo más perturbador era su rostro: un solo ojo, desorbitado y brillante, que parecía buscar sin cesar a su presa... y una sonrisa torcida, casi infantil, pero tan llena de maldad que parecía sacada de una pesadilla viviente.
La criatura se estremecía una y otra vez, como si estuviera a punto de estallar. Cada movimiento suyo era errático, como el de un títere sostenido por hilos invisibles de locura.
Juju y yo intercambiamos una mirada rápida, y en ese instante supimos la verdad inevitable: estábamos en graves problemas. La atmósfera cambió por completo. Ya no era solo una misión peligrosa... era una trampa viva, una pesadilla que respiraba y nos tenía justo donde quería.
狂眼
"No hablaba, no gritaba. Solo temblaba de rabia contenida, recordando que fue ignorado por quienes debieron amarlo."
- 狂眼
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Juju y yo nos lanzamos al suelo con rapidez, escondiéndonos tras un viejo estante cubierto de polvo. Contuvimos la respiración mientras nos arrastrábamos con cuidado, asomándonos apenas lo suficiente para observar a esas dos figuras sin ser vistas. El ambiente se volvió más pesado, como si el aire mismo estuviera conteniendo el aliento junto a nosotras.
Ambas criaturas avanzaban lentamente por el pasillo central de la biblioteca, entre las columnas de madera antigua. La figura encapuchada parecía guiada por una intención precisa, pero era su acompañante quien helaba la sangre: aquel ser de piel oscura y temblorosa, con un solo ojo en el rostro y una sonrisa torcida que parecía tallada por el sufrimiento.
-Ese es... Kyogan... -susurró Juju con voz apenas audible.
"Kyogan no buscaba justicia, solo venganza por una infancia hecha cenizas. En su silencio retumbaban los gritos que nadie escuchó."
Nos quedamos quietas, sabiendo que cualquier movimiento en falso podría significar nuestro final.
La figura encapuchada levantó una mano delgada, cubierta por un guante oscuro, y su voz resonó con un tono seco y autoritario:
-¡Kugoku! -llamó con firmeza, como si su sola palabra pudiera atravesar los muros del templo.
El eco de su voz se expandió por toda la biblioteca como un trueno contenido. Todo se silenció por un instante, incluso Kyogan detuvo su temblor incontrolable, como si supiera que algo despiadado estaba por aparecer.
Juju y yo nos miramos con el rostro pálido. El suelo mismo pareció vibrar tenuemente.
-¿Está... llamando a esa cosa? -murmuré con pánico.
Un gruñido lejano respondió desde las profundidades del templo. Era un sonido cavernoso, gutural, como el crujir de huesos mezclado con un lamento animal. No había duda: Kugoku estaba cerca, y había escuchado el llamado.
Kyogan comenzó a respirar con más fuerza, como si sintiera placer o emoción ante la inminente llegada del monstruo. Su único ojo se movía en todas direcciones, y su sonrisa se ensanchaba de forma imposible, como si supiera que el caos estaba por empezar.
Juju tragó saliva.
-No podemos quedarnos aquí... Si esos tres se reúnen en este lugar, no saldremos con vida -susurró, temblando.
Kugoku apareció entre las sombras, su cuerpo cuadrúpedo avanzando con ese andar irregular y grotesco. Al llegar ante la figura encapuchada, se inclinó levemente, como si reconociera autoridad. Kyogan, a su lado, soltó un chillido agudo y gutural, golpeando con fuerza sus garras contra el suelo.
La figura levantó su brazo lentamente y habló con una voz calmada, serena... demasiado serena.
-Todo está avanzando como debía ser... Encuéntrenla -dijo sin levantar la voz, pero con una autoridad que helaba la piel.
Juju se aferró a mi brazo y susurró con voz temblorosa:
-Ese hombre... no es Dokuri... pero tampoco es un miembro conocido de la secta...
-¿Entonces quién es? -le pregunté, susurrando.
Ella negó con la cabeza.
-No lo sé. Nunca lo vi. No se parece a nadie que haya conocido... y eso me preocupa aún más.
Ambas nos quedamos en silencio, observando cómo Kugoku y Kyogan obedecían al encapuchado con una sumisión que ni siquiera mostraban hacia Dokuri. El ambiente se volvió aún más pesado. No era solo un enemigo más... era alguien nuevo. Alguien de quien ni siquiera la enviada del Arquitecto tenía registro.
Kugoku y Kyogan se separaron sin decir una palabra. El primero se escabulló entre las sombras con su andar cuadrúpedo, los huesos de su cráneo crujían ligeramente mientras olfateaba el aire con sus fosas vacías. Kyogan, por su parte, temblaba de emoción, su único ojo se movía frenéticamente de un lado a otro, como un animal rabioso buscando su presa.
Ambos sabían que yo estaba ahí.
-¡Nos descubrieron...! -susurró Juju, agazapándose aún más.
Podía sentir cómo la presión en el ambiente se volvía asfixiante. El eco de sus pisadas se mezclaba con el sonido tembloroso de mi respiración. Mi corazón latía tan fuerte que me parecía imposible que no lo oyeran desde el otro lado del templo.
-Debemos movernos en silencio... si nos encuentran, será nuestro fin -dijo Juju con los labios apenas moviéndose.
No teníamos tiempo. Kugoku y Kyogan ya estaban cazando, y yo... era la presa.
-¡Kira, mira! -susurró Juju, señalando con urgencia hacia un rincón apenas iluminado de la primera planta-. ¡Es la palanca!
Volteé rápidamente y entre las sombras, distinguí un pequeño cuarto oculto tras una estantería desplazada. La puerta de madera estaba entreabierta, y dentro, sobre un pedestal de piedra agrietado, reposaba una palanca dorada cubierta de polvo... justo como la describió Juju.
Pero no había tiempo para admirarla.
El sonido de las garras de Kugoku rasgando el suelo se intensificaba. Desde otro pasillo, los temblores erráticos de Kyogan se acercaban peligrosamente. Nos estaban acorralando.
-¡Rápido! -exclamó Juju sin perder su tono bajo-. ¡Debemos tomarla antes de que nos atrapen!
Corrí, conteniendo el aliento, rezando por no hacer ruido... cada paso era una sentencia.
-¡Ahí está! -gritó con fuerza el hombre encapuchado, su voz resonó por toda la biblioteca como un trueno contenido.
Su silueta oscura se irguió con autoridad entre las sombras, mientras su túnica ondeaba levemente con un viento inexistente.
-Tráiganmela... viva y completa -ordenó con un tono imponente, casi ritual, como si cada palabra cargara un peso divino e inapelable.
Volteé desesperada para ver qué sucedía, y mis ojos captaron la escena del terror:
Kugoku embestía con furia un estante de libros, derribándolo con un estruendo brutal. Las maderas crujieron como huesos rotos mientras los libros caían como lluvia de ceniza.
Kyogan bajaba las escaleras como un demente desatado, sus pasos eran erráticos pero veloces, y su único ojo brillaba con una locura insaciable mientras su cuerpo temblaba sin control, ansioso por atraparme.
Entré a la pequeña habitación y, sin pensarlo dos veces, jalé la palanca con fuerza. Un sonido metálico retumbó en todo el templo, como si engranajes antiguos despertaran después de siglos dormidos. Desde el fondo del pasillo se escuchó un ¡CLANK! seco, y un temblor leve recorrió el suelo.
-¡Lo lograste! -gritó Juju desde mi hombro-. ¡La compuerta se ha abierto!
Pero el alivio fue breve.
Un rugido gutural emergió desde las escaleras. Kyogan ya estaba casi sobre nosotras, sus uñas arañaban el suelo con desesperación. Kugoku embistió por el costado, rompiendo parte del marco de la puerta con sus cuernos espinosos.
-¡Vamos, Kira! ¡Debemos llegar a la compuerta antes de que nos atrapen! -chilló Juju, encendiendo su luz tenue como guía en la penumbra.
Corrí lo más rápido que pude, sabiendo que un solo tropiezo sería el fin.
Los dos lograron romper el marco de la puerta, y en cuestión de segundos, fueron disparados hacia mí a toda velocidad, como bestias liberadas del mismo abismo.
-¡Kira, ¡CORRE! -gritó Juju desde mi hombro, mientras su luz parpadeaba por el pánico.
El cuerpo espinoso de Kugoku embistió con una fuerza devastadora, arrasando con estanterías a su paso, mientras Kyogan, con sus movimientos descontrolados, saltaba por los muebles como un depredador al acecho. Sentía sus pisadas pesadas detrás de mí, temblando el suelo a cada paso.
Corrí por el pasillo de la biblioteca con el corazón en la garganta, esquivando columnas de libros y fragmentos de madera volando por los aires.
Justo cuando estaba a punto de llegar a la compuerta abierta, una garra espinosa rozó mi espalda, desgarrando parte de mi ropa.
-¡NO LA DAÑEN! -gritó el hombre encapuchado desde la distancia- ¡¡La necesito viva!!
Eso les hizo frenar por un segundo... y ese segundo fue mi oportunidad.
Me lancé por el umbral de la compuerta como si me arrojara al vacío, y Juju la cerró con un hechizo de luz justo antes de que Kugoku pudiera meter su cabeza.
Un rugido frustrado y furioso sacudió la puerta sellada.
Caí de rodillas, jadeando. Estaba a salvo... por ahora.
-Buen trabajo, Kira -dijo Juju, aún agitada-.
Me levanté y miré a mi alrededor, todavía jadeando por la carrera frenética. Estábamos en una especie de campo, completamente distinto al oscuro templo del que escapamos.
Cerezos en flor (Sakura) adornaban el lugar, sus pétalos caían suavemente al ritmo del viento, como si la naturaleza quisiera consolarme. El cielo era de un morado pálido con tonos lavanda, y una brisa cálida acariciaba mi rostro. Por un instante, el mundo parecía... en paz.
-¿Dónde estamos...? -pregunté, aún desconcertada.
Juju salió de mi bolsillo, su luz ahora más estable, y miró alrededor con una mezcla de nostalgia y respeto.
-Estamos en los Jardines del Silencio -dijo en voz baja-. Un santuario secreto entre dimensiones. No todos pueden llegar aquí... solo quienes han enfrentado el terror y sobrevivido con el corazón intacto.
Caminé unos pasos, sintiendo la hierba suave bajo mis pies, mientras los pétalos se posaban sobre mis hombros. La sensación de haber escapado de la muerte aún pesaba en mi pecho, pero el paisaje me daba una calma que no sentía desde hacía mucho.
-¿Y ahora qué? -pregunté, girándome hacia Juju.
Ella cerró los ojos por un segundo, como si escuchara algo distante, y luego señaló hacia el este, donde un pasaje de árboles de Sakura se extendia hacia el horizonte.
-Por ahí... -dijo Juju con su voz serena, señalando el sendero entre los cerezos-. Si mis cálculos son correctos, este camino nos llevará directo al Mar de los Sueños Perdidos.
El nombre resonó como un susurro antiguo entre los árboles. Yo tragué saliva. Nunca había oído algo así, pero sentía que lo conocía... como si mi alma lo recordara.
-¿Mar de los Sueños Perdidos...? -repetí.
-Donde van los recuerdos que han sido robados, olvidados... o arrancados -respondió Juju, con una expresión melancólica.
Escuchamos los graznidos retorcidos de Kyogan detrás de la puerta. Ese sonido enfermizo resonaba con fuerza entre los árboles de sakura, como una advertencia siniestra. Todo indicaba que seguían cazándonos, incansables, como sabuesos hambrientos.
El hombre de la capucha negra... ese ser que hablaba con autoridad incluso sobre monstruos como Kugoku, me necesitaba con vida. Pero...
¿Para qué?
La pregunta se clavó en mi mente como una espina. ¿Qué propósito podía tener alguien como él conmigo?
¿Qué sabía de mí... que ni yo misma comprendía aún?
-Sígueme, Kira -dijo Juju con urgencia, su voz ya no tan serena como antes-. Kyogan y Kugoku encontrarán la forma de romper el hechizo que lancé en la puerta. Debemos movernos rápido... y no mirar atrás.
-Bestias inútiles... -se escuchó la voz profunda y desdeñosa del hombre encapuchado del otro lado de la puerta-. ¿No pueden romper un simple hechizo? Déjenmelo a mí.
Mi maestro, Dokuri, me enseñó una forma práctica de quebrantar este tipo de barreras...
Juju me tomó de la mano.
Su pequeña palma estaba temblando, pero cálida. A través de ese contacto sentí su energía de luz, tenue pero firme, como una llama que se niega a extinguirse en medio de la tormenta.
-No lo mires, Kira... solo corremos hacia adelante. -susurró, con la voz quebrada pero decidida.
Y así lo hicimos. Mientras las sombras se alzaban detrás de nosotros, corrimos hacia el bosque de sakuras, dejando atrás el eco de la voz del sirviente de Dokuri, que ya comenzaba a rasgar los límites del hechizo.
Corrimos sin rumbo claro, solo siguiendo los pasos de Juju entre la niebla rosa del bosque de cerezos.
Los árboles parecían susurrar secretos, y el crujir de nuestras pisadas sobre las hojas caídas era lo único que rompía el silencio. Eventualmente, nos detuvimos cerca de un riachuelo cristalino. El agua corría tranquila... como si el mundo, por unos segundos, se olvidara del caos.
Me dejé caer de rodillas y respiré profundamente. Mi cuerpo dolía, mi alma aún más. Cerré los ojos y sentí cómo las lágrimas querían salir.
-¿Por qué yo, Juju? -pregunté con voz quebrada, mirando el reflejo de mis ojos cansados en el agua-. ¿Por qué todo esto... por qué tuve que perderlo todo?
Juju se sentó a mi lado en silencio. No intentó darme una respuesta mágica. Solo me miró con esos ojos brillantes y dijo con calma:
-Porque no todos están destinados a huir del dolor... algunos están destinados a enfrentarlo.
Me quedé callada.
Una flor de cerezo cayó suavemente en el agua, llevándose un suspiro mío con ella.
-Takashi no murió por nada, ¿verdad...? -pregunté sin mirar.
-No, Kira. Murió creyendo en ti. Y ahora... tú debes creer en ti también.
-La secta Gadokai busca algo que yo tengo... ¿verdad? -pregunté con la voz rota, bajando la mirada al suelo-. ¿Pero qué es...? -hice una pausa, sintiendo cómo el aire dolía en los pulmones-. No soy nada... ni nadie. Solo una chica que no pudo salvar a su hermano...
Juju me miró con tristeza, pero también con firmeza. Caminó despacio hasta ponerse frente a mí, sus pequeños pies descalzos apenas rozando la tierra.
-Eso es lo que ellos quieren que creas, Kira. Porque si logran quebrarte por dentro... entonces sí que no serás nadie. Pero mientras tengas fuerza para hacerte esa pregunta... aún eres alguien muy peligrosa para ellos.
Me atreví a alzar la mirada.
-¿Peligrosa...? ¿Yo?
-Sí. Porque tú llevas una chispa que Dokuri teme... y que los Reyes reconocen. Esa chispa puede encender la llama que queme su egoísmo para siempre.
Me quedé en silencio. El viento movió los cerezos, y por un instante sentí que algo dormido dentro de mí... estaba despertando.
De pronto, unas pequeñas criaturas blancas y rechonchas emergieron de entre los árboles de sakura y del agua cristalina del río cercano. Sus cuerpos eran suaves como el algodón, con pequeñas extremidades y rostros inexpresivos, apenas marcados por unos ojos negros brillantes. Se movían en grupo, como si fueran guiadas por una misma conciencia, observándonos con una mezcla de confusión y curiosidad.
Se detuvieron a pocos metros de nosotras, inclinando sus pequeñas cabezas como si trataran de entender quiénes éramos y qué hacíamos en aquel lugar tan oculto del mundo. Algunas se escondían tras los troncos, mientras otras daban saltitos suaves, acercándose sin miedo.
-¿Qué... son? -susurré, fascinada y con el corazón aún palpitando por la huida reciente.
Juju los miró con una expresión melancólica.
-Son Kodamas, espíritus perdidos del Los Jardines del Silencio. Solo aparecen cuando una gran decisión está por tomarse... o cuando una verdad está por revelarse.
Una de las criaturas se acercó más que las demás y alzó su diminuta mano como si intentara tocar la mía.
Y entonces entendí... aquel bosque no era solo un escape, era también una prueba.
-Debes confiar en tu destino, Kira -dijo Juju con voz serena pero firme mientras los Kodamas se movían a su alrededor como si también la escucharan-. Tú tienes el poder de cambiarlo todo... Si realmente deseas salvar a tu hermano, deberás creer en ti, más que nunca.
-Tienes razón, Juju -dije con determinación, apretando los puños mientras sentía cómo algo en mí comenzaba a encenderse-. He llegado hasta aquí... y no pienso rendirme ahora.
De pronto, un estruendo retumbó a lo lejos, haciendo que la tierra vibrara bajo nuestros pies. El hechizo había sido quebrado. El hombre encapuchado, Kyogan y Kugoku... lo habían destruido, y ahora venían directamente hacia nosotros.
Los pequeños kodamas, asustados por el sonido y la energía oscura que se acercaba, se dispersaron rápidamente, escondiéndose detrás de los árboles y arbustos. Sus cuerpecitos temblaban, y algunos apenas podían contener sus chillidos de terror.
-¡Tenemos que movernos! -recalcó Juju con urgencia, tomando de nuevo mi mano-. En el Mar de los Sueños Perdidos no podrán alcanzarnos... al menos por ahora...
(Parte 2 en la siguiente página)