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Capítulo III 永苦 (Parte 2)

EGOISM · por Digor/Integral · 18 de julio de 2026

...Había una estatua en el centro de la habitación... pero no era una común. Era la figura de un oni, un demonio tradicional japonés, tallado en piedra pulida. Sus ojos brillaban con un fulgor rojo intenso, casi como si me observaran directamente. En su frente, un símbolo extraño -incomprensible pero inquietante- ardía con la misma luz. Tenía el pecho rasgado por múltiples cortes que también brillaban, como si algo dentro de él siguiera vivo... o sufriendo.

El ambiente era denso. A su alrededor, velas negras parpadeaban débilmente, y justo frente a la estatua descansaba una almohada pequeña, como si alguien se arrodillara allí para rendirle culto. A unos pasos más allá, frente al oni, había un espejo antiguo que reflejaba la imagen con un leve temblor, como si distorsionara la realidad... Y junto al espejo, lo vi: un cofre antiguo, cubierto de polvo y sellado con un símbolo similar al de la frente del oni.

Tuve la certeza: allí estaba lo que buscábamos.

Desde la segunda planta, escuchaba con claridad los ecos que llegaban desde abajo

Desde la segunda planta, escuchaba con claridad los ecos que llegaban desde abajo. Los pasos apresurados, los gruñidos de Takashi luchando por mantenerse con vida... y, sobre todo, esos sonidos antinaturales que provenían de Eiku. Chasquidos húmedos, risas distorsionadas y ese susurro que parecía arrastrarse por las paredes como una sombra viva.

Cada sonido me helaba la sangre. Sentía cómo el miedo crecía dentro de mí, un miedo profundo, visceral, que se enredaba en mi pecho y me hacía temblar. Takashi estaba peleando con algo que no pertenecía a este mundo... y yo solo podía apretar los dientes, rezando para que resistiera un poco más mientras buscaba esa maldita llave.

Después de registrar cada rincón con desesperación, mis ojos finalmente la encontraron. Ahí estaba, en el interior del cofre polvoriento: una llave dorada, exactamente como Juju la describió. Su cabeza tenía la forma de un espiral de caracol, y brillaba tenuemente bajo la luz de las velas, como si reconociera mi presencia.

Sentí un impulso de esperanza, como un suspiro entre tanta oscuridad. La tomé con cuidado, intentando no hacer ruido, y me la guardé de inmediato. Sin perder tiempo, salí de aquella habitación silenciosamente, sabiendo que el verdadero desafío aún no había terminado.

Salí en silencio...
Pero Takashi pasó volando por mi lado, con el rostro desfigurado por el pánico.

-¡Corre, Kira! -gritó.

Volteé...
Y ahí estaba Eiku.

Corriendo a toda velocidad.
Sus extremidades se movían de forma antinatural.
Y de su garganta salían chillidos desgarradores, inhumanos.

Un sonido que no era de este mundo.
Un grito que atravesaba los huesos.
Un rugido que no quería decir: "te voy a alcanzar"...
Sino: "no tienes a dónde escapar."

Corrimos con todas nuestras fuerzas

Corrimos con todas nuestras fuerzas.
Los latidos de mi corazón retumbaban más que los pasos.
Podía sentirlo...
Los tentáculos de esa bestia -fríos, viscosos y llenos de odio- estaban a punto de alcanzarme.

Takashi llegó primero a la salida.
Con manos temblorosas deslizó la puerta de madera...
-¡Vamos! -gritó, y sin dudarlo me tomó de la mano.

En un solo movimiento, se lanzó conmigo afuera.
Caímos al suelo húmedo, la noche nos envolvió con su aliento helado.
Y justo cuando la puerta se cerró detrás de nosotros...
Se oyó un golpe brutal del otro lado.

Eso de ahí...
no estaba feliz de que escapáramos.

A lo lejos, en medio del eco distorsionado de aquella mansión maldita, se escuchó con claridad una voz profunda, cargada de veneno y desprecio:

-No son más que simples errores que el mundo debería borrar... Tu hermano te odiaba, por eso te abandonó.

Mis pasos se detuvieron. Sentí un peso helado en el pecho, como si algo dentro de mí se rompiera lentamente. Apreté la llave contra mi pecho y mis ojos se humedecieron sin que pudiera evitarlo.

-Eso... no es verdad... -susurré temblorosa, pero mi voz apenas se escuchaba en el silencio abrumador. La duda se deslizó como una sombra en mi mente, silenciosa y cruel.

Las palabras de Eiku eran cuchillas afiladas que cortaban directo a mi corazón.

Pero debía seguir. Tenía que hacerlo, aunque doliera.

Juju estaba ahi esperandonos con una mirada de esperanza, ella tenia fe de que logramos conseguir la llave

-¡Lo lograron! -exclamó Juju con una alegría que iluminó su rostro-. ¡Perfecto! Con esto podremos entrar al Templo Gadokai y buscar las respuestas que necesitamos.

Su voz, cálida y vibrante, rompió el silencio sombrío que nos había acompañado todo el camino. Yo aún sostenía la llave con fuerza, como si al soltarla todo se desvaneciera. Takashi llegó jadeando, su ropa algo desgarrada, pero con una sonrisa orgullosa.

-Buen trabajo -añadió Juju con una sonrisa dulce-.

-Qué locura... mis disparos no le hicieron daño a esa cosa -cuestionó Takashi, con frustración en su voz-. Creo que esta arma es inútil aquí...

-Sí... -respondí en tono apagado, sintiendo cómo las palabras de Eiku aún retumbaban en mi mente, dejando un vacío profundo en mi pecho.

-No hagas caso a lo que dijo -intentó animarme Takashi, con una voz firme pero amable-. Recuerda que es una criatura maldita, y sus palabras no tienen ni una pizca de verdad.

Juju intervino con su tono sereno y reconfortante:

-Tiene razón, Kira. Eiku fue corrompida por una codicia insaciable y un egoísmo abrasador... eso la convirtió en el monstruo que vieron.
-Lo más importante ahora es que tenemos la llave... y con ella, estamos un paso más cerca de encontrar a Ryu.

Esas palabras me alentaron. Respiré hondo, apreté con fuerza la llave en mi mano y asentí con decisión. No podíamos permitir que el miedo o el veneno de Eiku nos detuvieran.
Takashi me dedicó una pequeña sonrisa, como si también encontrara fuerzas en mi determinación.
Me puse de pie, sacudí el polvo de mi ropa y miré a Juju.

-Estoy lista. Sigamos con nuestro camino.

La pequeña geisha asintió con dulzura y dio media vuelta hacia el sendero oculto entre los árboles. El bosque nos esperaba... y el templo Gadokai también.

El bosque se cerraba ante nosotros como un túnel de sombras. Las copas de los árboles ocultaban la luna, y solo nuestras linternas improvisadas -las velas que Juju nos entregó- rompían la oscuridad.

El crujido de las hojas bajo nuestros pies, los sonidos lejanos de animales nocturnos y el susurro del viento entre los árboles le daban al camino una atmósfera mística... y peligrosa.

Nadie hablaba. Takashi iba un poco por delante, alerta. Juju, aunque parecía frágil, se movía con total seguridad, como si cada raíz y piedra del camino fuera parte de su memoria.

-Este sendero solo aparece para quienes portan la llave -nos dijo en voz baja-. Lo ocultaron los antiguos monjes que enfrentaron al egoísmo siglos atrás.

Mientras avanzábamos, una ligera neblina comenzó a cubrir el suelo, y el aire se volvió más denso. Un sentimiento de solemnidad nos invadía.

-Ya casi estamos... -murmuró Juju.

Tras un último recodo del sendero, los árboles se abrieron de golpe, como si cedieran ante algo sagrado. Y allí, frente a nosotros, lo vimos.

El templo Gadokai.

Se alzaba entre la niebla como una reliquia olvidada por el tiempo. Sus enormes columnas estaban cubiertas de lava, sus puertas de madera parecían grabadas a mano con símbolos antiguos. Dos grandes estatuas de guerreros con máscaras demoníacas custodiaban la entrada, y una brisa ardiente recorría el lugar, como si el tiempo se hubiera detenido en este punto exacto del mundo.

-Hemos llegado... -dijo Juju con una mezcla de nostalgia y tristeza-. Aquí empieza la parte más difícil.

De pronto, el ambiente cambió.

Un sonido seco, profundo, como si la tierra misma retumbara, llegó desde el bosque a nuestras espaldas.

-¿Escucharon eso? -susurró Takashi, empuñando su arma por instinto.

Las pisadas eran pesadas, arrastradas... como si una criatura enorme avanzara lentamente, rompiendo ramas y hundiendo el suelo a cada paso.

Juju se quedó inmóvil. Su expresión se tornó seria, sus ojos reflejaban una mezcla de reconocimiento y preocupación.

-Eso no es un miembro de la secta, ni un espíritu... -murmuró-. Es algo peor.

Juju guardó silencio unos segundos. Se giró lentamente hacia nosotros, su rostro iluminado solo por el resplandor tenue del templo. Su expresión era grave, muy distinta a la habitual sonrisa que acostumbraba.

-Dokuri está aquí... -dijo Juju con una voz temblorosa, por primera vez mostrando verdadero miedo.

Sus ojos, usualmente brillantes y seguros, ahora temblaban como una vela al borde de apagarse. Sentí un escalofrío recorrerme la columna. Takashi apretó los puños.

-¿Aquí... como en aquí mismo? -preguntó él, con la voz quebrada.

Juju asintió lentamente.

-Su esencia está impregnada en este bosque, en el aire, en el templo... Él nos observa desde cada sombra. Tal vez no en cuerpo... pero su voluntad... su odio... están presentes. Y mientras más cerca estemos del templo, más fuerte será su influencia.

Nos quedamos en silencio. Incluso los árboles parecían contener la respiración.

-Entonces debemos apurarnos -dije al fin, decidida-. Si ya sabe que estamos aquí, no podemos darnos el lujo de detenernos.

-Quietos... -dijo la voz profunda de Dokuri, resonando como un trueno contenido que surgía desde todos lados y desde ninguna parte a la vez.

Nos detuvimos en seco.

El aire se volvió denso, como si el bosque mismo hubiera contenido el aliento. Las hojas dejaron de moverse. Las llamas de nuestras velas temblaron, y luego se apagaron una por una.

-No puede ser... -murmuró Juju, aferrando con fuerza su talismán.

La tierra bajo nuestros pies vibró levemente. La sombra del templo se alargó como si quisiera envolvernos. Takashi alzó su arma, temblando. Yo solo podía mirar hacia la entrada oscura, sintiendo cómo mi corazón latía como un tambor a punto de romperse.

-¿Por qué avanzan... si saben que no pueden cambiar lo que está escrito? -volvió a hablar la voz, ahora más cerca... más adentro de nuestras mentes.

Volteamos a mirar al lado donde estaban las plantas y en eso... vemos al soberano solitario parado mirandonos fijamente sobre las plantas...

vemos al soberano solitario parado mirandonos fijamente sobre las plantas

Su apariencia era imponente, de una forma casi antinatural. Los cuernos dorados que sobresalían de su cráneo curvado brillaban incluso en la penumbra, como si absorbieran la poca luz que nos rodeaba. Sus ojos rojos, intensos y penetrantes, parecían encenderse con rabia contenida, y en su rostro se dibujaba una sonrisa maníaca, tan amplia que revelaba una hilera de dientes amarillentos. Similar a la estatua en la casa de Eiku.

Una melena blanca y salvaje caía sobre sus hombros y espalda, contrastando con el tono de su piel, un negro oscuro como el abismo, que parecía absorber la esperanza. En el centro de su pecho, una cicatriz irregular, como si algo lo hubiese partido una vez desde dentro, ardía débilmente con un tono carmesí... como si aún sangrara en un plano espiritual.

Yo...
Me quedé aterrada hasta los huesos.
Mi cuerpo temblaba, el aire se volvió más espeso, y por un instante, incluso olvidé respirar.

Esa criatura no solo estaba allí para amenazarnos...
Estaba allí para quebrarnos.

Juju se puso delante de nosotros, extendiendo los brazos como si su diminuto cuerpo pudiera detener a aquel monstruo. Su kimono ondeaba con el viento helado que trajo consigo la presencia del Soberano Solitario. Su mirada no era de miedo... era de pura determinación.

-No los tocarás, Dokuri. -dijo con firmeza, su voz suave pero inquebrantable.

El aire pareció estremecerse.

El Soberano Solitario ladeó levemente la cabeza, y una mueca de burla curvó su sonrisa maníaca.

-¿Una luciérnaga defendiendo a los corderos? Qué conmovedor... -dijo con tono burlón, su voz profunda y vibrante resonaba como un eco desde lo más hondo de la tierra-. ¿Acaso tu luz cree que puede detener la oscuridad que se traga mundos enteros?

Ninguno de los dos dijo ni una sola palabra.

El miedo nos había robado la voz.
Takashi apretaba los dientes, con el sudor bajándole por la frente, mientras yo solo podía mirar a Dokuri con los ojos muy abiertos, sintiendo cómo mi corazón golpeaba mi pecho como si intentara huir de mi cuerpo.

El mundo parecía haberse detenido.
Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y el crujido suave de las hojas movidas por el viento.
Juju, firme frente a nosotros, era el único obstáculo entre el abismo viviente que teníamos delante y nuestras vidas.

Sabíamos que un solo paso en falso... y todo terminaría.

Dokuri comenzó a caminar lentamente, rodeándonos con pasos pesados pero elegantes, como si estuviera saboreando nuestro miedo.
El suelo parecía estremecerse con cada pisada suya, y las plantas a su paso se marchitaban, como si su presencia drenara toda la vida a su alrededor.

El suelo parecía estremecerse con cada pisada suya, y las plantas a su paso se marchitaban, como si su presencia drenara toda la vida a su alrededor

Se detuvo justo delante de la gran puerta del templo, bloqueando nuestra entrada con su enorme figura.
Nos miró con esos ojos rojos brillantes como carbones encendidos, penetrando nuestras almas.

-¿En serio creyeron que podrían llegar tan lejos... sin pagar un precio? -dijo con una sonrisa torcida, dejando ver sus dientes amarillentos como colmillos-.
Este templo está consagrado con la sangre de los que fallaron antes que ustedes... ¿quieren ser los siguientes?

Yo tragué saliva con fuerza.
Takashi estaba paralizado, con la mano en su arma, pero sabíamos que nada físico podía contra eso.

Juju permanecía firme, con los brazos abiertos como si pudiera contener a un demonio con su luz, aunque su voz temblorosa de antes revelaba que ni siquiera ella sabía cómo terminaría esto.

Me armé de valor, o quizá fue la rabia la que habló por mí. Di un paso al frente, temblando pero decidida, y grité con el corazón en llamas:

-¡Devuélveme a mi hermano, demonio infeliz!

El eco de mis palabras resonó entre los árboles y chocó contra las paredes del templo como un trueno.

Juju se volteó hacia mí de inmediato con una expresión de alarma, sus ojos suplicaban que me callara, como si hubiera despertado algo mucho peor.
Su mirada decía claramente: "¡No hagas eso!", pero ya era tarde.
Las palabras habían salido de mis labios como un disparo, cargadas de dolor, furia y desesperación.

Dokuri alzó una ceja, como si la osadía lo divirtiera. Su sonrisa se amplió aún más, mostrando sus horribles dientes afilados.

-Vaya... qué dulces son los gritos de la desesperación -dijo con voz grave, como si disfrutara cada sílaba-.
¿Y qué te hace pensar que él sigue siendo tu hermano?

Takashi, en un acto impulsivo pero valiente, se adelantó y se colocó frente a Juju y a mí. Su respiración era agitada, sus ojos ardían de furia contenida. Con un movimiento rápido sacó su arma y la apuntó directamente al rostro de Dokuri.

-¡Dinos dónde está! -gritó con la voz cargada de rabia y miedo, su tono tan fuerte que rompió el silencio de la escena como un relámpago.

Dokuri ni siquiera se inmutó. Su sonrisa permaneció torcida, como si aquello fuera parte de un juego que disfrutaba demasiado. Su mirada demoníaca se posó en Takashi, como un depredador que observa a su presa antes de devorarla.

-¿Así es como me exiges respuestas? -respondió con tono gélido, sus palabras cargadas de burla-. Apuntarme con ese juguete humano... ¿acaso crees que puedes desafiarme con eso?

Una presión invisible comenzó a llenar el ambiente. El aire se volvió denso, como si el mismísimo bosque se hubiese detenido a mirar la escena.

-El valor no te servirá aquí, muchacho -añadió Dokuri con una voz aún más profunda-. Pero... me divierte verlos desesperados. Quizás, si me entretienen lo suficiente...

-Así que... tendré que enseñarte modales -dijo Dokuri con una frialdad que heló hasta los huesos. Su voz no fue un grito, ni una amenaza estruendosa. Fue calma... demasiado calma. Y eso lo hacía aún más aterrador.

Dokuri extendió su brazo con una simpleza escalofriante, y Takashi salió disparado hacia él como si el aire mismo lo hubiera traicionado.

El impacto fue brutal. El demonio lo atrapó por el cuello con una sola mano, levantándolo con facilidad mientras lo observaba con esa sonrisa desagradable, una mezcla de burla y desprecio. Los pies de Takashi pataleaban en el aire, buscando tierra firme que ya no existía bajo él.

-Mírate...-susurró Dokuri con voz gruesa y maliciosa-. ¿Eres el escudo de esta niña? ¿Tú eres su fuerza? Patético...

Takashi forcejeaba con desesperación, golpeaba el brazo de Dokuri, lo arañaba, intentaba usar su arma, pero era como intentar herir a una montaña con una pluma. Nada funcionaba.

-¡TAKASHI! -grité con todas mis fuerzas, mi corazón golpeando como un tambor de guerra.

Intenté correr hacia él, pero Juju se interpuso, sujetándome con fuerza.

-¡No, Kira! ¡No te acerques! gritó Juju.

-¡Kira, no! ¡NO vayas! ¡Es peligroso! -gritó Takashi con los ojos llenos de terror.
-¡No puedo dejarlo morir! ¡No aquí! ¡No así! -le rugí con la voz quebrada, luchando contra sus brazos, mis lágrimas escapando sin permiso.

Juju temblaba, pero no me soltaba. Sabía que si llegaba a acercarme, Dokuri me mataría sin dudarlo. Aún así, yo quería hacerlo, aunque fuera lo último.

La escena frente a nosotros era insoportable. Takashi jadeaba, su rostro ya se estaba tornando morado, sus manos cada vez más débiles. Dokuri lo observaba como un niño cruel observa a un insecto antes de aplastarlo.

-¿Qué harás, Kira? -preguntó Dokuri con burla, sin mirarme-. ¿Gritar? ¿Llorar? ¿Ofrecer tu vida a cambio?

Yo cerré los ojos, con rabia, con impotencia... y con miedo. Un miedo tan puro que dolía en el pecho.

Takashi luchaba, pataleaba, pero no había escape.
El aire comenzaba a faltarle, su rostro enrojecido, sus ojos a punto de estallar.

Entonces, con la voz quebrada, y las lágrimas formándose en sus ojos, dijo:

-Lo siento... Kira...
-No pude... protegerte...

Y en ese segundo... el infierno se desató.

-Nos vemos en el infierno -murmuró Dokuri con crueldad absoluta.

Y le aplastó la cabeza.

El crujido fue seco, atroz.
La sangre salpicó por todas partes.
El cuerpo sin vida de Takashi cayó como un peso muerto frente a nosotros.

Mi grito no salió.
Solo un silencio vacío, ensordecedor.
Mi pecho se comprimió con una rabia, un dolor, un fuego incontrolable.

-¡NOOOOOOO! -grité finalmente, desgarrada, sintiendo cómo una parte de mí moría con él.

Dokuri solo rió. Una risa oscura, arrogante, insensible.

-¿Ese era tu héroe? Qué pena...

Juju temblaba, su luz palideciendo.
Pero yo no lloré más.

Algo dentro de mí cambió para siempre.

Y te juro, Takashi... esto no se quedará así.

Dokuri lanzó el cuerpo de Takashi como si fuera un pedazo de trapo sucio.
Cayó con un golpe sordo, sin dignidad, sin respeto.

-¿Lloras por alguien que no pudo salvarte? -dijo el demonio con su voz grave y venenosa-.
¿Y así piensas encontrar a tu hermano?

Su sonrisa se amplió hasta deformarle el rostro.
Una risa apenas audible salió de su boca, seca, cruel, casi burlona.
No necesitaba carcajearse... su silencio decía todo lo que quería demostrar: desprecio absoluto.

Yo solo lo miraba. Mis manos temblaban, pero no de miedo.

Era odio puro.
Dolor convertido en furia.

Las lágrimas resbalaban, sí, pero no era debilidad.
Era la despedida del dolor humano... para abrir paso a algo más.

Mi voz salió temblorosa, pero decidida:

-No tengo miedo de ti...

Juju estaba detrás de mí, sin decir una palabra.
El aire estaba más frío. El cielo parecía apagarse.

-...y aunque tenga que bajar al infierno mismo, recuperaré a Ryu.
Y tú... pagarás por cada alma que destruiste.

Dokuri soltó una última risa baja y seca, esa que parecía arrastrar el eco de mil condenados.
Luego, su cuerpo se desvaneció entre las sombras del bosque, como si el mismo mundo lo rechazara.

El aire quedó muerto.

Yo no podía moverme. Mis piernas temblaban, mis puños estaban cerrados con tanta fuerza que me dolían, y mis ojos...
Mis ojos solo veían el lugar donde Takashi había caído.

-Kira... -dijo Juju en voz baja, con una dulzura que intentaba romper el frío de la tragedia.
Se acercó lentamente y puso su mano en mi hombro.

Yo no reaccionaba.

-Sé que duele... -añadió-. Lo que pasó aquí no tiene perdón, pero no podemos dejar que su sacrificio haya sido en vano...

Intentaba ser fuerte, pero mi corazón se sentía como si se hubiera partido en mil pedazos.
Takashi, con quien compartí en este lugar...
Ya no estaba.

Y aun así... sabía que debía seguir.

-Él creyó en ti hasta el final. Ahora tú debes creer en ti también -dijo Juju con voz firme, secando una lágrima con su manga.

Respiré hondo, tragándome el llanto, y respondí con un hilo de voz:

-Vamos... al templo. No dejaré que esto quede así...

Juju asintió, y juntas caminamos hacia la puerta del Templo Gadokai, llevando en el alma la herida de una pérdida...
y la promesa de venganza.

Y así, con el corazón destrozado y la sangre de un amigo aún tibia en el suelo, dimos el siguiente paso.

La puerta del Templo Gadokai se abrió con un crujido profundo, como si el mismo infierno nos invitara a entrar.

No sabíamos qué horrores nos esperaban dentro.
No sabíamos si Ryu seguía con vida.
Pero una cosa era segura...

Ya no éramos los mismos.

El miedo se había transformado en fuego.
El dolor, en propósito.
Y la pérdida... en una deuda que solo la justicia o la venganza podrían pagar.

Cruzamos el umbral.

Y el templo se tragó la luz.

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