"Lo maté con palabras...
y ahora cada vez que hablo, algo dentro de ti muere."
- 永苦
.
..
...
Estábamos caminando por el oscuro bosque.
La ansiedad me crecía en el pecho con cada paso, como si el aire mismo se volviera más pesado.
Pero no era solo el bosque. Era esa luna... esa luna extraña, perturbadora, que parecía observarnos desde lo alto, colgada en el cielo como un ojo inmóvil y enfermo.
Volteé hacia Juju, que avanzaba sin mirar atrás.
-Juju... ¿qué es esa luna? ¿Qué significa en este reino oscuro?
Juju se detuvo. Miró hacia arriba.
Por primera vez desde que la conocí, su expresión cambió.
No a miedo... sino a duda.
-No lo sé... -murmuró-.
Siempre está ahí. Siempre.
Como si el cielo la hubiera olvidado.
Hizo una pausa.
-Algunos dicen que es el ojo de algo que duerme.
Otros creen que es el resto de un dios que se devoró a sí mismo.
Pero nadie... nadie la nombra.
-¿Y los de la secta Gadokai?
Juju bajó la vista, inquieta.
-Cuando rezan, no miran al suelo... ni al cielo.
Quizá... ya saben que alguien los está mirando de vuelta.
Takashi y yo nos miramos, confundidos, intentando comprender en qué clase de universo nos habíamos metido, porque la verdad era que nadie nos había preparado para esto. Nadie nos explicó lo que pasaría ni nos advirtió sobre lo que nos esperaba. Veía a Takashi inquieto, con el ceño fruncido y los ojos llenos de ansiedad; era evidente que le costaba asimilar todo, y aunque yo también sentía ese mismo nudo en el pecho, ese miedo denso que se arrastra por dentro, me aferraba con fuerza a una calma frágil, como si quedarme sereno fuera lo único que podía evitar que todo se rompiera por completo.
Juju exclamó con entusiasmo, alzando los brazos como si anunciara la llegada a un paraíso olvidado:
-¡Llegamos!
Habíamos llegado a un pequeño minka muy iluminado. A su alrededor colgaban lámparas de papel y velas encendidas que proyectaban una luz suave y danzante. Las paredes, de una madera oscura y elegante, desprendían un aire acogedor y antiguo. Las puertas corredizas estaban enmarcadas con papel japonés tradicional, decorado con dibujos delicados e interesantes que captaban la atención de inmediato. Todo el lugar se sentía cálido, seguro... como un refugio en medio de la oscuridad.
Takashi recorrió el lugar con la mirada y asintió con leve aprobación. Todo indicaba que era una zona segura. Su instinto militar parecía estar de acuerdo: no había señales de peligro, ni rastros de presencia hostil. Lo que más lo intrigaba era que ese amplio minka, elegante y lleno de detalles, parecía ser el hogar de Juju. No podía evitar preguntarse cómo una pequeña y adorable geisha mágica habitaba un lugar tan grande y sereno. Aquello rompía por completo su lógica... pero ya nada parecía tener sentido en ese mundo.
Juju se subió con gracia sobre una mesa baja de madera y se sentó con las piernas cruzadas. Tomó una pequeña tetera ornamentada y empezó a servir té en delicadas tazas de porcelana. Su expresión se volvió tranquila y amable mientras nos miraba.
-Pueden tomar asiento -nos pidió con una sonrisa serena, señalando los cojines distribuidos alrededor de la mesa-. Aquí estarán seguros... al menos por ahora.
Takashi y yo nos sentamos en silencio sobre los cojines, aún procesando todo lo vivido. El aroma del té llenaba la habitación, mezclándose con el leve crepitar de las velas.
Juju, aún sentada sobre la mesa con su taza entre las manos, tomó un sorbo y luego habló con voz suave pero firme:
-Tengo algo muy importante que decirles -dijo Juju, bajando la mirada por un instante. El silencio en la sala se volvió espeso-. Ryu está aquí... pero Dokuri lo tiene bajo su dominio.
Sentí que el corazón me caía al estómago. Abrí la boca para hablar, pero no salía sonido alguno.
-Y hay más -continuó con gravedad-. La secta Gadokai está en tu búsqueda, Kira.
Mis ojos se abrieron con asombro. Una corriente helada recorrió mi espalda.
-Ellos saben quién eres. Saben que eres la amenaza para su legado... y harán lo que sea para detenerte.
-¿Yo? ¿Una amenaza? -pregunté confundida, sintiendo cómo el pecho se me apretaba-. ¿Cómo podría ser yo la amenaza de un ser tan poderoso como Dokuri... y sus seguidores?
Juju asintió con una seriedad que no le había visto antes. Sus ojos brillaban con un extraño fulgor.
-Porque en ti vive algo que ellos no comprenden... algo que ni siquiera tú has descubierto aún -respondió en voz baja, casi como si temiera que alguien más pudiera oírla-. Pero que, si despierta, puede cambiar el destino de este mundo.
Takashi interrumpió, aún incrédulo:
-Pero... Kira es una adolescente de 17 años. Apenas está cursando la preparatoria. ¿De qué clase de poder estamos hablando?
Juju guardó silencio por unos segundos. Su expresión se volvió más pensativa, aunque no perdió esa carismática sonrisa que la acompañaba incluso en los momentos más tensos. Finalmente, dejó la taza de té sobre la mesa con delicadeza y habló:
-No estoy segura. Mi padre nunca me contó nada sobre esto. Pero... que la secta Gadokai y Dokuri te tengan en la mira... es bastante curioso, ¿no crees?
Sus ojos brillaban con una mezcla de intriga y preocupación, y por un momento, el ambiente cálido del minka se sintió un poco más pesado.
De pronto, las advertencias del señor Amagumo vinieron a mi mente con fuerza. Su voz resonaba como un eco lejano pero claro. Me sentí invadida por una punzada de culpa. Por mi terquedad... por no escuchar... terminé metida en todo esto. Y lo peor de todo: arrastré a Takashi conmigo, sin que él tuviera culpa alguna.
-Para poder encontrar a Ryu y salir de aquí con vida, debemos cruzar el bosque -nos advirtió Juju con firmeza-. Será un camino largo, y es casi seguro que nos toparemos con los miembros de la secta Gadokai.
Hizo una pausa, tomó aire y luego nos miró con una suave sonrisa.
-Pero no se preocupen... Yo los guiaré. Y cuando llegue el momento, les diré cómo enfrentar a cada uno.
Juju sonrió con ternura al ver la impaciencia de Takashi. Con un tono sereno y apacible, respondió mientras dejaba la taza de té sobre la mesa:
-Entiendo tu preocupación, Takashi... Pero la prisa solo nubla el juicio. El bosque que debemos cruzar no es un lugar común; está lleno de trampas y presencias oscuras que se alimentan del miedo y la desesperación.
Se acercó a él lentamente, mirándolo con dulzura.
-Iremos, claro que sí... pero primero deben estar preparados, no solo en cuerpo... sino en alma.
Takashi bajó la mirada, reflexionando. Se dio cuenta de que Juju tenía toda la razón. La secta Gadokai conocía ese territorio como la palma de su mano, y si ellos se adentraban sin preparación, serían simples presas en su juego. Allí, en ese bosque envuelto en misterio, no bastaba con valentía: necesitaban estrategia, conocimiento... y luz.
-Entonces... ¿a dónde iremos y con quién nos encontraremos en nuestro primer viaje? -pregunté con calma, intentando mantener la serenidad mientras mi mente se llenaba de preguntas sin respuesta.
-Eiku... -dijo Juju con un tono serio y tétrico, tan distinto al brillo habitual en su voz que hizo que Takashi y yo nos miráramos con inquietud
A Takashi y a mi se nos congelo la sangre al escuchar eso.
El aire en el minka pareció volverse más denso, como si el simple nombre de Eiku hubiera invocado su sombra.
-Eiku es una de los varios miembros de Gadokai, ella no suele usar el dolor físico para tratar de acabar contigo, ella usa el dolor emocional... -nos mencionó Juju, bajando la mirada con cierta tristeza.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Takashi, frunciendo el ceño, visiblemente confundido y tenso.
-Ella usa el dolor psicológico contra sus víctimas -nos dijo Juju con seriedad-. Les susurra las palabras más hirientes que alguien pueda imaginar, te hace sentir como escoria... y cuando tu mente está más quebrada, ataca por detrás, sin piedad.
Hizo una breve pausa. Su voz se volvió más tenue, casi dolida.
-Su lengua es venenosa, y su comportamiento cruel la convirtieron en un monstruo. Fue su propio egoísmo lo que la llevó a destruir lo que más amaba... y desde entonces, no ha dejado de arrastrar a otros hacia su miseria.
-¿Cuál sería nuestra misión contra ella? -pregunté, con un leve nudo en la garganta, sabiendo que no sería una simple batalla física.
-Eiku vive en una antigua mansión a unas millas de aquí -explicó Juju con seriedad-. Deben ir a ese lugar y encontrar la llave del Templo Gadokai. Esa llave nos permitirá entrar al santuario y buscar pistas sobre el paradero de Ryu.
-Yo los acompañaré hasta la entrada... pero no podré entrar con ustedes a la mansión -dijo Juju con cierta pena en la voz-. Es una zona maldita por Dokuri. Mi luz no puede interferir ahí.
-Él lo hizo a propósito... -añadió, bajando la mirada-. Maldijo ese lugar para que no pudiera cumplir con la misión que me encomendó mi padre.
Takashi y yo nos levantamos de golpe, con determinación en los ojos.
-¡Pues vamos a darle! -dijimos al unísono, con un impulso compartido que nos llenaba de valor.
Juju sonrió con dulzura al vernos tan decididos, aunque en el fondo sabía que lo peor aún estaba por venir.
-¡Esa es la actitud! -exclamó la pequeña geisha con mucha alegría, agitando ligeramente las mangas de su kimono mientras daba un pequeño saltito sobre la mesa.
-Vamos -nos ordenó Juju con firmeza, bajando de la mesa con ligereza. Su voz, aunque dulce, cargaba una autoridad inquebrantable.
Abrió la puerta corrediza del minka, y una ráfaga de viento frío entró al instante, como si el mundo exterior quisiera advertirnos de lo que estaba por venir. La luz cálida del interior contrastaba con la penumbra del bosque que nos esperaba.
Sin decir más, Juju comenzó a guiarnos, y Takashi y yo la seguimos, sin mirar atrás.
-¿Realmente crees que dos simples mortales podrán acabar conmigo? -resonó una voz grave, helada, como un eco que salía de las sombras mismas-. Este es mi dominio... y tus historias infantiles no son más que delirios patéticos, inventos sin peso alguno.
El aire se volvió más denso, como si cada palabra hubiese cortado el viento, y el suelo tembló sutilmente bajo nuestros pies.
Juju frunció el ceño, su rostro iluminado por la tenue luz de las lámparas. Sabía que las burlas del Soberano Solitario no eran más que un intento desesperado de quebrarnos, de sembrar el miedo en nuestros corazones. Pero no lo lograría.
Ella dio un paso al frente con determinación.
-No debemos caer en su juego -dijo con firmeza, mirando a Takashi y a mí-. Si queremos salvar a Ryu de este infierno... debemos mantenernos fuertes. Más que nunca.
Caminamos durante lo que, en nuestra percepción, fueron apenas quince minutos... pero en esa realidad distorsionada, el tiempo parecía alargarse eternamente. Cada paso que dábamos se sentía más pesado, como si el bosque mismo tratara de retrasarnos, susurrando con las hojas y haciendo crujir la tierra bajo nuestros pies como si estuviéramos siendo vigilados.
-¿Qué hora será? -murmuré entre dientes, casi sin darme cuenta.
Pero Juju, con sus oídos atentos como siempre, lo escuchó y respondió sin detenerse:
-Aquí el tiempo no obedece a los relojes, Kira. En este lugar, el miedo y los recuerdos dictan el ritmo... y ahora mismo, ellos lo están ralentizando todo.
En nuestro recorrido, finalmente emergió ante nosotros una mansión imponente, sumida en la penumbra como si la oscuridad misma la hubiera reclamado. Su fachada estaba cubierta de enredaderas secas y su silueta recortada por la tenue luz del entorno parecía susurrar advertencias.
A través de las rendijas de sus puertas y ventanas, se colaban destellos de luz: lámparas de aceite y velas parpadeaban en su interior, proyectando sombras danzantes que parecían vigilar desde las paredes.
Un escalofrío recorrió mi espalda, y un miedo intenso se apoderó de todo mi cuerpo al contemplar aquella mansión. Era como si cada centímetro de sus muros respirara hostilidad. El aire se volvió más denso, pesado... casi irrespirable.
Algo dentro de mí suplicaba que no diera un paso más, pero mis piernas seguían avanzando, impulsadas por una mezcla de valentía y desesperación.
-Escúchenme con atención -dijo Juju con voz firme, su expresión ya no mostraba la dulzura habitual-. No podré entrar con ustedes. Ese lugar está maldito, y mi luz sería repelida apenas cruce el umbral.
Tendrán que hacerlo solos...
-Su mirada se clavó en la mía-. Busquen una llave dorada. Tiene un espiral en la cabeza, como un caracol. Esa es la única forma de abrir el templo Gadokai.
Encuéntrenla... y salgan de ahí antes de que la oscuridad los reclame.
Hizo una pausa. El ambiente pareció volverse más pesado, más denso.
-Y hagan lo que hagan... -añadió con un hilo de voz que erizó mi piel- jamás hagan caso a las palabras venenosas de Eiku.
Sus palabras no solo hieren... pueden quebrar tu alma.
Aquello no nos gustó ni a Takashi ni a mí. El temor nos caló hondo, pero sabíamos que debíamos mantener la cabeza fría. Confiábamos en Juju, y sus palabras aún resonaban en nuestra mente como un eco de advertencia.
Sin decir una sola palabra, tomamos unas velas que estaban dispuestas en el suelo. Su tenue llama danzaba como si también tuviera miedo. Nos acercamos lentamente a la puerta corrediza de madera, que crujió levemente al tocarla. Un escalofrío recorrió mi espalda.
Nos miramos por un segundo. Luego, en completo silencio... entramos.
Entramos, y el ambiente era oscuro y siniestro. Las paredes estaban desgastadas y el suelo crujía con cada paso, revelando que el lugar llevaba años sin mantenimiento. Comencé a mirar a mi alrededor: había algunas velas casi consumidas, cuya luz débil apenas lograba penetrar la oscuridad de la mansión. El lugar era enorme... pero profundamente inquietante.
Takashi me susurró al oído, con voz tensa:
-Encontremos esa cosa y salgamos de aquí... quién sabe qué cosas extrañas pueden estar acechando en este lugar...
-Tienes razón... pero, ¿dónde podría estar esa llave extraña? -pregunté en voz baja, mientras mis ojos recorrían cada rincón en penumbra de aquella siniestra mansión.
De pronto, un frío infernal recorrió mi espalda como una sombra helada, y por la expresión de Takashi, supe que él también lo había sentido. No cabía duda... Eiku ya sabía que estábamos allí. Nos observaba desde la oscuridad, acechando en algún rincón invisible, esperando el momento perfecto para atacar nuestras mentes.
-Kira... -susurró Takashi, con el rostro pálido y los ojos clavados en algún punto de la oscuridad. Su voz temblaba, cargada de un miedo que rara vez le había visto.
Con manos tensas, desenvainó su arma lentamente, el sonido del metal rozando la funda fue lo único que rompió el silencio sepulcral del lugar. Sus ojos escaneaban cada rincón, buscando entre las sombras aquello que los acechaba.
El aire se volvió aún más denso, como si el mismo ambiente se cerrara sobre nosotros. Entonces ocurrió.
Un sonido seco, como un susurro que rasga la realidad, atravesó la sala. Las velas parpadearon violentamente y una figura fugaz cruzó la habitación, demasiado rápido para distinguirla... pero lo suficiente para helarnos la sangre.
Takashi y yo nos quedamos paralizados. Ya no estábamos solos.
-Hmmmm... intrusos... -susurró una voz femenina, profunda y espectral, como si viniera de todos los rincones a la vez-. Parece que tenemos carne fresca para el sacrificio a nuestro Señor...
El aire se volvió más frío. Las velas titilaron como si fueran a apagarse, y una risa baja, distorsionada, se filtró entre las paredes.
Takashi apretó con fuerza su arma, y yo sentí que mis piernas flaqueaban. Esa voz... no era solo maldad. Era puro veneno disfrazado de dulzura podrida.
Le susurré a Takashi, tratando de mantener la calma pese al miedo que me oprimía el pecho:
-Tenemos que separarnos... -dije con seguridad fingida-. Si lo hacemos, podríamos confundir a Eiku. Yo iré al segundo piso, y tú revisa todo lo que puedas en este nivel. ¿Te parece?
Takashi me miró con duda, sus ojos reflejaban temor, pero también una determinación creciente. Asintió lentamente, apretando su arma con fuerza.
-Está bien... pero si algo pasa, grita. Iré de inmediato -me advirtió con voz grave.
Nos miramos un instante más, sabiendo que quizá ese momento sería el último antes de que todo se desatara.
Corrí escaleras arriba con el corazón latiendo como un tambor de guerra. Al llegar al segundo piso, comencé a revisar cajones y cajas apiladas en cada rincón. Solo encontré objetos antiguos, valiosos, cubiertos de polvo y recuerdos olvidados.
Pero entonces... se me erizó la piel.
El ambiente se volvió más pesado. El aire frío y denso me rozó la nuca como si alguien-o algo-estuviera justo detrás de mí. Y lo supe. No hacía falta voltear.
Ella estaba allí.
Podía oírla respirar... lenta, profunda... como si disfrutara el miedo que me estaba provocando.
-¿Buscas algo...? -susurró una voz femenina detrás de mí, con un tono burlón que heló mi sangre.
Mi cuerpo se quedó inmóvil. Sentía su presencia, su voz resonando como un eco venenoso en mis oídos.
Volteé de golpe, impulsada más por el instinto que por el valor. Y mis ojos se toparon con algo que parecía salido de la más profunda pesadilla.
Frente a mí se alzaba una figura femenina, alta y perturbadora. Vestía un kimono tradicional japonés, manchado y raído por el paso del tiempo. Su cabello, largo y completamente desordenado, caía enmarañado sobre su rostro, ocultando casi por completo unos ojos apenas visibles... vacíos, carentes de alma.
Su piel tenía un tono verdoso enfermizo, como si la podredumbre la habitara desde dentro. Pero lo más escalofriante de todo era su boca...
De entre sus labios entreabiertos emergían tentáculos delgados y viscosos que se movían como si tuvieran voluntad propia. De ellos goteaba un líquido negro espeso que caía lentamente al suelo, formando pequeñas manchas que humeaban como si quemaran la madera.
Era Eiku. No cabía duda.
Un monstruo nacido del egoísmo, el odio... y el dolor.
-No eres nada más que una sucia rata que se mete donde no debería -escupió Eiku con una voz profunda, que parecía surgir desde las profundidades de un pozo maldito-. Buscas algo... que jamás te valoró...
Sus palabras eran como cuchillas oxidadas, cargadas de veneno emocional. Cada sílaba se arrastraba en el aire con una lentitud escalofriante, como si saboreara el dolor que podía causar.
Yo sentí cómo mi estómago se revolvía. La forma en que me miraba -si es que eso podía llamarse mirar- me congelaba la sangre. Aquel ser sabía exactamente qué decir... y cómo clavarlo como una daga en el alma.
-Mientes... -le espeté con la voz temblorosa pero decidida, clavando mi mirada en esos ojos vacíos.
Eiku soltó una risa rasposa, antinatural, como si mil almas quebradas se rieran dentro de ella al mismo tiempo.
Ella me agarró de los brazos con una fuerza antinatural, casi quebrándome. Su boca comenzó a abrirse de forma inhumana, como si sus mandíbulas se desencajaran para revelar una oscuridad infinita. Los tentáculos que colgaban de ella se alargaron repentinamente, serpenteando con frenesí alrededor de mi cuerpo. Me envolvieron sin piedad: torso, piernas, brazos... me inmovilizaban por completo.
Intenté liberarme con todas mis fuerzas, pero fue inútil. Ella me acercó hacia su rostro lentamente, con un sadismo goteante, como si quisiera saborearme antes de devorarme. Uno de sus tentáculos se enroscó en mi cuello y comenzó a apretar con odio puro, sofocándome. El aire me faltaba, y sus ojos vacíos se fundían con mi terror.
-¡Takashi...! -grité con la poca voz que me quedaba, intentando llamar a mi amigo. Pero no sentí su presencia... no escuché pasos, ni su voz, ni siquiera un ruido que me diera esperanza.
El silencio me respondió como un cuchillo, y por un momento, lo acepté. Sentí que este era el final, que ese monstruo me había atrapado para siempre. La presión en mi cuello se volvió insoportable. Mi visión comenzó a oscurecerse y el frío de la muerte se deslizó por mi espalda.
Ya me daba por muerta.
De pronto, el estruendo de un disparo retumbó en la habitación.
El impacto fue directo al hombro de Eiku. La criatura soltó un chillido gutural, mezcla de furia y sorpresa, y sus tentáculos se aflojaron bruscamente. Mi cuerpo cayó al suelo como si fuera basura, sin fuerzas, jadeando por aire.
-¡¡¡Kira, corre!!! -gritó Takashi con urgencia, su voz cortando el silencio espectral como una espada.
Vi cómo él apuntaba de nuevo, disparando sin dudar. Pero Eiku solo se tambaleó unos segundos... luego, como una muñeca endemoniada, giró lentamente su cabeza hacia él. Su sonrisa se desfiguró aún más, y sus tentáculos se alzaron como látigos oscuros.
No lo pensé dos veces.
Corrí.
Corrí como si mis pies ardieran en fuego, como si mi alma supiera que no habría segunda oportunidad. Porque sí... mi vida dependía de ello.
-Pedazo de basura... -escupió Eiku con desprecio, su voz resonando como un eco maldito entre las paredes podridas de la mansión-. Tus compañeros te mandaron aquí solo para que mueras... como el animal desagradable que eres.
Sus palabras eran veneno puro, y el aire mismo parecía volverse más denso con cada sílaba. Takashi apretó los dientes con rabia, pero también con temor. Sabía que estaba frente a algo que no podía entender ni enfrentar con fuerza bruta.
Eiku se abalanzó con una fuerza inhumana sobre Takashi, sus gritos eran un crujir de locura. Por fortuna, él logró esquivarla por centímetros y salió corriendo a toda velocidad, con el corazón a punto de estallar.
Ella lo perseguía como una pesadilla viva, arrastrando sus pies con un sonido seco y antinatural, mientras sus tentáculos se retorcían furiosos, golpeando paredes y el suelo, intentando atraparlo como una trampa de dientes afilados dispuesta a romperlo en pedazos.
Yo buscaba como loca esa maldita llave, revolviendo cajones, abriendo cofres antiguos, levantando tapices polvorientos... Nada. La desesperación empezaba a apoderarse de mí.
Hasta que, de pronto, sentí una vocecilla susurrando en mi cabeza, suave como un suspiro, pero firme como una orden:
-Más allá del espejo... donde lo que eres se refleja distorsionado... ahí yace lo que buscas...
Me quedé helada. Esa voz no era mía... pero tampoco parecía hostil. Me giré lentamente, buscando algún espejo, cualquier pista que me confirmara que no estaba perdiendo la cordura.
Corrí por el extenso pasaje, con el corazón aún latiendo con fuerza. Al final del pasillo, noté una habitación que destacaba por su tamaño; era más grande y más imponente que las demás. Me acerqué con cautela, deslicé lentamente la puerta corrediza...
Y lo que vi al otro lado me heló la sangre...
(Parte 2 en la siguiente pagina)