"Guíame, pues eres mi roca y mi fortaleza, dirígeme por amor a tu nombre"
Salmo 31:3
Otro día amanecía. La luz del sol entraba por mi ventana y el calor se posaba en mis brazos, despertándome poco a poco.
No tuve clases porque la maestra estaba enferma. Recé por ella; siempre disfrutaba sus lecciones. Froté mis ojos y sentí cómo una energía recorría mi cuerpo. Era hora de pasear por el convento.
— El señorito Alexandre amaneció de buen humor hoy — susurraban las monjas.
Yo tarareaba con calma mientras dibujaba en mi cuaderno. Aunque casi siempre estaba solo, encontraba maneras de ser feliz, y eso parecía alegrar a los demás.
— Si tan solo mis fantasías fueran reales...
Garabateaba al ritmo de mi canción. Detuve el lápiz al terminar el dibujo, dejando un pequeño rastro negro que, a mi parecer, le quedaba perfecto. Me había dibujado como un caballero con armadura, empuñando una espada dorada capaz de derrotar a cualquiera que se opusiera al rey.
Aunque esos tiempos ya no existieran, podía resucitarlos con mi imaginación infantil, y eso me emocionaba.
Escuché pasos cerca.
— Qué buen dibujo... ¿Lo hiciste tú?
Me giré. Mi padre estaba sentado en la mesa de atrás.
— ¡Sí!
Corrí a sentarme a su lado y le mostré cada detalle: los colores, los trazos, la idea. Él me escuchaba asombrado; siempre apoyaba mis fantasías, por más descabelladas que fueran.
— Tienes buena imaginación — me dijo. Sentí mis mejillas calentarse.
Conversamos un buen rato hasta que tuve que ordenar mi cuarto. Ya había terminado mi tarea y parte del trabajo en equipo que entregaríamos cuando la profesora regresara.
A veces recordaba aquel suceso del duende... aquella aura que vi rodeando al amigo de mi padre, aunque él insistiera en que no era nada. Me preguntaba si lo había imaginado o si estaba perdiendo la cordura. ¿Serían capaces de usar magia? Era una buena idea para un cuento; quizá podría leerlo frente a todos.
Aunque vivía en una iglesia, me llevaba bien con mis compañeros. Siempre la pasábamos genial.
—El almuerzo está listo — dijo una voz dulce.
— ¡Voy!
Me puse los zapatos y corrí al comedor. Estaba vacío, como siempre a mi hora. Me habían preparado mi plato favorito: pasta con carne y un aroma picante que hacía imposible resistirse. En menos de un instante ya estaba devorándolo.
— Con más cuidado, glotón — bromeó la cocinera, riendo.
Después de reposar, salí al jardín a jugar con mi balón. Lo pateaba de un lado a otro cuando una brisa fría me rozó. No era común en un lugar tan cálido.
— Uno... Dos... ¡Tres!
Pateé la pelota tan alto que no vi a la señorita que caminaba por los jardines. Cerré los ojos y recé para que no la golpeara. La brisa volvió a rozarme. Abrí los ojos: la pelota se había detenido a unos metros de ella.
— Niños... siempre en sus travesuras — dijo con un tono suave.
Sus ojos color avellana me observaron con una calma inquietante. Su cabello naranja y su atuendo moderno resaltaban entre las rosas. Me quedé mudo; la piel se me erizó. La brisa helada volvió a golpearme.
— ¿Es tuyo este jardín? — preguntó.
Negué con la cabeza. Ella rió suavemente.
— Dios debió bendecir las manos de quien cuida estas rosas.
Era muy alta, más que mi padre. Había algo en su presencia... como si fuera alguien importante. Misteriosa, pero clara en sus gestos. Al pasar junto a mí, sentí de nuevo el frío.
Bromeé para mis adentros: parecía una reina. Me dio risa. Seguí jugando.
Mientras tanto, Smith estaba inquieto. Había recibido la noticia de que alguien había llegado al convento. Al escuchar su nombre, salió a recibirla.
Allí estaba.
Esperaba con paciencia, aunque su sola presencia hacía el ambiente pesado. Su tono suave apenas lograba disiparlo.
— Buenas tardes, sacerdote Smith — dijo. Su voz helaba la sangre.
Él hizo una reverencia y la acompañó mientras observaba el convento.
— Qué bien cuidado está el lugar desde que asumió el cargo — halagó.
Leonardo tenía razón: había recibido la visita de una de las mayores exorcistas de la cofradía. Me sentía incómodo, las manos sudorosas... pero también tranquilo. Alguien con verdadera experiencia analizaría el caso.
— Me encargué de levantar cada cimiento después de lo sucedido aquella noche, señorita — tras decir aquello, me quedé completamente quieto mirándola.
— No tiene que tratarme con tanta formalidad, sacerdote Smith.
El silencio se instaló entre nosotros. Podía sentir el palpitar de mi corazón; su presencia siempre me provocaba nervios.
— Solo vine a ver si todo estaba bien. La cofradía no me envió, vine por mi propia voluntad — dijo con aquella voz angelical.
Cualquier rastro de duda se disipó al escucharla. A pesar de ser una verduga, su palabra siempre había sido sincera... o al menos eso me contaron durante mi visita al Vaticano hace no mucho.
— A decir verdad, llegué a pensar que la cofradía la había enviado — murmuré, haciendo un gesto nervioso al detenernos frente a las puertas de la iglesia.
Ella se quedó mirando hacia la nada; su mirada perdida reposaba dentro del templo. Por su lenguaje corporal, podía sentir que recordaba aquella noche en la que terminó convirtiéndose en una de las pocas supervivientes.
— Escuché que hubo una segunda brecha.
Habló tras salir de su trance. Adentro, todo seguía en reconstrucción; aquel fuego había reducido demasiadas cosas a cenizas. De seguro sabía que su compañero había venido a suprimir la brecha. Podía sentir su energía, pero, aunque intentara transmitir seguridad, una tercera vez sería inevitable.
— Está en lo correcto — asentí, recordando la versión de los hechos que había recibido. No era un secreto para nadie lo que había sucedido.
El silencio volvió, pesado, casi como una sentencia. Como si estuviéramos frente a un juez esperando el veredicto.
Ella sonrió con melancolía.
— Hemos estado a la defensiva desde hace doscientos años. No poseemos un arma capaz de eliminar demonios de alto rango — hizo una breve pausa —. Podemos hacerles frente, pero aún nos falta demasiado para pasar a la ofensiva.
Somos simples humanos, y el ejército de la oscuridad nos ha mantenido atrincherados detrás de nuestras iglesias durante siglos. No existe un arma capaz de inclinar la balanza. El único mérito real del Vaticano ahora mismo es contar con un exorcista que logró acorralar a un miembro del círculo demoníaco.
— La entiendo.
Su sonrisa me lo confirmó todo. Aunque poseyeran un enorme poder, aún eran capaces de preocuparse por sus semejantes. Siempre imaginé que los altos rangos serían monstruos, pero esta señorita me demostraba lo contrario, y eso era más que suficiente.
— Señorita — interrumpí su monólogo; ella me miró extrañada —. Si usted no fuera una exorcista, ¿qué sería?
La pregunta la tomó por sorpresa. Se llevó una mano a la comisura de los labios, como si buscara una respuesta enterrada muy dentro.
— Señor Smith... aún no sabría decirle. He sido exorcista desde que tengo memoria — respondió, hasta que miró su reloj. Era hora de partir.
La acompañé hacia la salida. Aquella mujer del Vaticano debía marcharse con el reporte de lo sucedido y la confirmación de que su compañero había cumplido con lo competente.
— Muchas gracias por la hospitalidad. Cuando pueda, le respondo su pregunta — agregó antes de subir a su auto.
El motor rugió y, mientras se alejaba, algo parecía inquietarla.
Me pareció haber sentido una presencia demoníaca en ese lugar... pensó, recordando situaciones ambiguas. Y también sentí una brecha espiritual en el sacerdote... Qué raro.
Yo, por mi parte, seguía procesándolo todo mientras posaba un dedo en la comisura de mis labios. Lo mordí sin querer y un hilo de sangre brotó.
— Smith... — susurró María.
Las horas pasaron volando. Me movía de un lado a otro en la cama, retorciendo las sábanas y apretando la almohada. Aunque la reina ya se había marchado, mi padre nunca pudo responderme quién era o qué quería. Aquella brisa misteriosa se parecía demasiado a lo ocurrido días atrás con la niña... algo que aún no lograba explicar.
Quisiera entender mejor las cosas que observo.
La cama tembló. Luego retumbó con más fuerza y vi cómo el vidrio de la ventana se agrietaba.
— ¡Qué mierda! — grité, saliendo a toda velocidad de mi habitación para avisar a los demás. El temblor terminó justo entonces. Solo fue eso... un temblor.
Mientras tanto, en la oficina del sacerdote, también hubo un ligero movimiento. Sus manos sudaron a pesar del frío de la noche.
Lentamente estás despertando, pensó Smith, observando la fisura en el cuadro de la pared.
Aquella reliquia escondida en el fondo de la iglesia había resonado por la brecha espiritual del poder residual de Satán... o por algo más. El recuerdo de lo ocurrido días atrás aún le carcomía la mente. Ya podía ver demonios de muy bajo rango; eso significaba que el sello se deterioraba con el tiempo.
— En algún momento todo pasará — susurré, y mi voz se perdió en la oficina solitaria.
El día volvió a alzarse. Las olas abrazadoras del sol atravesaban el vitral agrietado. Me desperté de golpe, babeando como siempre. Me había dormido tarde, pensando en qué había provocado el temblor.
— ¿Eh? — susurré al asomarme. El vitral estaba roto y, afuera, flotaban unas partículas oscuras, similares a ceniza.
¿Qué significaba todo eso?
Desayunaba cuando una mosca se posó en mi comida. El comedor siempre estaba limpio. La espanté y luego fui a vestirme. Pregunté a los demás si podían ver las partículas en el aire; todos respondieron que no. Solo yo las veía.
Entonces no tenía caso insistir.
El camino a la escuela fue normal, como siempre. Al llegar, lo primero que hago es dar los buenos días, pero simplemente... nadie respondió.
— Chicos... ¡Ya llegué! — saludé a mis amistades, pero todos me dieron la espalda y se marcharon.
De seguro tenían un mal día hoy.
Fui al baño para lavarme las manos; mientras enjabonaba mis dedos, me golpeé. Hice una gran mueca y el espejo frente a mí se agrietó, asustándome en el proceso. Un pequeño vidrio se clavó en mis dedos. Lo retiré como pude y una pequeña cantidad de sangre salió de la herida.
— Qué día tan extraño — murmuré. En clases, a veces podía percibir el olor a ceniza; nadie más lo notaba. Solo yo, y eso me extrañaba; me hacía sentir confundido.
De vez en cuando sentía miradas amenazantes cerniéndose sobre mí. Mis amigos no me dirigían la palabra o no me querían tener cerca; no los veía sonriendo como siempre y eso me confundía aún más, pero quise darles su espacio porque de seguro se sentían algo decaídos hoy.
Las clases terminaron. Terminé pasando por el camino; aquellas partículas aún seguían en el ambiente y el olor a ceniza se volvía más intenso. Pero lo raro es que a nadie parecía importarle o siquiera percibir su aroma. Coloqué un aviso en los bomberos y me dijeron que no registraron incendios hoy. Eso hizo que una presión se estacionara en mi pecho.
Pateé una piedra para distraerme; sin darme cuenta, escuché un sonido proveniente de la hierba, como si fueran pisadas.
— El hijo del Padre — una voz me sonó familiar.
Eso me distrajo y, en un instante, sentí el impacto seco de un golpe que me dejó tirado en el suelo. Al levantar la mirada, noté que era uno de mis amigos. ¿Qué le pasaba?
— ¿Qué es lo que te sucede? — pregunté mientras recuperaba el aliento en el suelo.
Al girar un poco más mi cabeza, me di cuenta de que mis otros amigos comenzaron a sostenerme de los brazos mientras me empujaban hacia abajo. Grité con todas mis fuerzas mientras forcejeaba.
— ¿Recuerdas cómo te ignoramos hoy en el colegio? Creemos que ya no tienes que ser nuestro amigo — pasaba su mirada sobre mí y su tono era hostil—. Menos si tienes una mancha...
¿Mancha? Aquel tono amable que antes los caracterizaba se convirtió en uno sádico de un momento a otro.
— ¿De qué hablas?
En ese momento noté algo: sus ojos eran de un color ceniza oscuro, como las partículas que llevo viendo desde la mañana. Intenté forcejear aún más, pero no tenía la fuerza suficiente debido a que siempre he sido débil en comparación con otros de mi edad.
— Creo que deberíamos darle un castigo — dijeron los otros.
Los rayos del sol se reflejaban en aquella hoja de acero; era una navaja que había tomado de su bolsillo. La apuntó hacia mí y lentamente se iba acercando.
— Aleja eso de mí, Tadeo — forcejeé como pude... pero nada.
Mi corazón comenzó a palpitar más fuerte; mi piel se erizó y mis ojos lentamente mostraban el miedo que se estaba instalando en mí. Miedo a que me hicieran daño o a que se metieran en problemas por un malentendido... Porque aún éramos amigos, ¿verdad?
Aquel cuchillo se clavó un poco en mi piel. Un dolor punzante se hizo presente; grité y una gran cantidad de llamas de color naranja cercenó a mis compañeros que me tenían tomado de los brazos. Se convirtieron en cenizas.
—Vaya... — susurró Tadeo, casi inaudible.
Incrédulo por lo que sucedió, escuché aquella risa distorsionada que me retumbaba los tímpanos; como pude, saqué el cuchillo, expulsando un poco de sangre. El ardor que siguió después era del infierno.
— ¿Por qué lo hiciste? — le pregunté, pero su rostro se encontraba oscuro y aquella risa se convertía en algo insoportable de escuchar.
El olor a ceniza se hizo insoportable; inundaba todas mis fosas nasales, al igual que impregnaba mi ropa.
— Por fin demostraste tu verdadera cara, hermano.
Una gran cantidad de moscas comenzó a zumbar a mi lado mientras aquel sujeto que tenía la apariencia de mi amigo me miraba con un rostro sumamente macabro.
¿Qué mierda está sucediendo? ¿Por qué me llama hermano?
— ¿Qué sucedió con mis otros amigos? ¿Están bien?
Comencé a tomar bocanadas de aire de forma irregular. La presión en mi pecho se hizo cada vez más pesada.
— Nuestro padre me envió para buscarte — su tono se hizo fuerte, áspero e insípido.
Sus palabras no poseían ninguna emoción que pudiera describir con palabras.
— Este maldito cuerpo humano no podrá soportar mi presencia un segundo más.
Se abalanzó sobre mí a gran velocidad; como pude, lo esquivé y me puse de pie.
¿Nuestro padre? ¿A qué se refería?
Una especie de garra me tomó del pie y me azotó contra el suelo de vuelta; mi cabeza dolía debido al impacto y mi visión se había nublado.
— 'Volvieron los setenta con gozo diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre' — aquella voz sonaba familiar y pude notar cómo Tadeo se resentía un poco.
Primero un ligero temblor; después sus músculos comenzaron a contraerse y sus dedos expulsaban un polvo igual a la ceniza.
— Y él les respondió: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda la fuerza del enemigo, y nada os dañará".
Al terminar de recitar, lanzó una botella de agua bendita que, al quebrarse, impactó contra el cuerpo inhumano de Tadeo. Unas cuantas gotas de agua bendita cayeron en mí, haciéndome arder un poco la piel.
— ¡Maldito seas! — gritó, y su voz se distorsionó hasta el punto de no poder entenderse.
Las partículas de ceniza se volvieron más densas. Smith tomó a su hijo y comenzó a correr, intentando huir de aquel monstruo.
Llegamos a la iglesia y me bajó de sus brazos; se le notaba la agitación que le había provocado aquella carrera. Le pregunté qué pasaba y no me habló en todo el camino.
— ¿Por qué esa cosa me llamó hermano? — pregunté, y no recibí respuesta.
— ¡Por favor, escúchame!
Apreté mis puños y algunas paredes se agrietaron, como si sintieran que mi presencia tenía un peso capaz de hacerlas ceder cuando yo quisiera.
Esto lo notó mi padre, que me sonrió; pero aquella sonrisa me parecía demasiado calmada para todo lo que estaba pasando. Hizo una seña y las monjas acataron. Se prepararon y desaparecieron entre nosotros.
Al quedarnos solos, escuché cómo la puerta de la iglesia se abría, invitándome a pasar junto a él.
— Papá — dije con cierto miedo.
Estaba asustado; mis manos sudaban y mis ojos recorrían el lugar buscando una salida posible. No me gustaba estar ahí.
— ¿Qué es lo que está sucediendo?
No respondió. Más bien noté que buscaba algo. Al abrir aquella caja encontró una espada envuelta en una funda negra.
— Quiero que por nada del mundo dejes que esta espada caiga en manos equivocadas — dijo, entregándomela. Mis manos temblorosas la tomaron.
Pero cayó al suelo, provocando un temblor. Al recogerla sentí un ardor en las manos, como si quemara, aunque no tenía heridas visibles.
— Protégela con tu vida — hizo una pausa. — Mientras la lleves contigo, estaré a tu lado.
Su voz era calmada, sin temblores ni titubeos; pero sus manos sí temblaban. Su mirada ya no era la de cada día, sino una mirada perdida.
— ¿Qué es esto? — pregunté con la espada en las manos.
El silencio se volvió pesado, como si buscara palabras que no me hirieran... o como si no quisiera decirme la verdad.
— Si algo malo sucede, quiero que utilices los pasadizos de este lugar para escapar y contactes este número — señaló el pasadizo y me entregó un teléfono con un solo contacto.
Se giró, dándome la espalda. ¿No iba a decirme lo que sucedía?
— ¡Quiero que digas la verdad! — exigí por primera vez. Necesitaba una respuesta; necesitaba que él me dijera que todo estaba bien.
Se detuvo un segundo, me miró... pero no dijo nada.
— Si entendieras lo difícil que es para mí decir todo esto — susurró Smith.
Era hora de contarme la verdad, con cuidado. La bestia lo buscaba. Todo esto estaba sucediendo por mí. Mi corazón latía con fuerza; sabía que debía dar mi vida para proteger la suya. Que debía entregarme para que él pudiera ver un día más de sol.
—Hijo... — Smith tragó saliva.
Su garganta estaba seca; el nudo en ella ardía.
— Tú no eres humano.
Aquellas palabras hicieron que Alexandre temblara de ira. ¿Por qué mi padre decía eso?
— ¡Claro que soy humano! —exclamé. — Soy de carne y hueso.
Bajé la voz, pero lo suficiente para que me escuchara. Miré al suelo mientras apretaba la espada con tanta fuerza que sentía que me lastimaba.
— Por tu bien, tienes que vivir — dijo Smith, cerrando el pasadizo y dejándome solo.
Lo primero que me atacó fue el recuerdo de cuando convertí en cenizas a mis propios amigos; personas con las que compartí risas, alegrías, tristezas... y que ya no existían.
¿Qué estaba pasando? Me recosté contra la pared mientras las lágrimas ardientes recorrían mis mejillas.
Mientras tanto, Smith estaba a punto de enfrentarse al demonio.
— No sabes cuánto te amo y lo mucho que me duele hacerte esto — susurró, santiguando la entrada del pasadizo.
Al girarse, vio al rey de las moscas frente a él, usando un cuerpo humano como recipiente.
Sus manos temblaban; su cuerpo no quería responder, pero ya estaba ahí afuera. Estaba listo para enfrentar lo que creía correcto.
— Veo que destruiste todas nuestras defensas.
Se despojó de su túnica y apretó los puños. Había hecho un pacto usando su alma, y lo que creyó una maldición ahora era su única bendición. Podía usar ese poder una última vez para proteger a su sangre.
Una nube de moscas invadió el lugar. Smith las dispersó y conectó un ataque directo al demonio. Esquivó otro golpe y ganó distancia. Se enfrentaba a uno de los grandes; debía ser precavido.
Yo, en el pasadizo, seguía llorando. Me aferraba a la espada como si mi vida dependiera de ello.
— ¿No soy humano? — susurré. Dudaba de mí mismo. — ¡Soy de carne y hueso!
Arrojé la espada contra la pared. Al impactar, emanó una energía oscura. Si era verdad... podía usarla para ayudar a mi padre.
El combate ya se había decidido. Smith yacía en el suelo mientras el demonio lo aplastaba con fuerza abrumadora.
— Qué patético — murmuró el demonio.
Smith ya no era rival para un demonio de alto rango. Su poder se había debilitado con los años.
— Tengo a Dios conmigo — dijo, liberándose lo suficiente para conectar un par de golpes.
El cuerpo humano del demonio comenzó a desintegrarse. Algo estaba mal.
Giró y me vio fuera del pasadizo. Lo había desobedecido. Un frío intenso le atravesó el pecho. La sangre brotó; la herida era mortal.
— ¡Papá! — grité al verlo caer.
Él murmuró algo y una brecha espiritual se abrió. Ambos serían arrastrados a su origen.
Apreté la espada.
El aire comenzó a arder; no era calor normal, era pesado, espeso, como si el cielo estuviera demasiado cerca. Las velas se inclinaron al mismo tiempo.
— Papá — susurré al verlo de pie.
No gritaba ni corría. Solo me miró. Esa mirada no era la de siempre; era una despedida.
El suelo tembló. Las paredes crujieron. Las ventanas vibraron. Y entonces lo vi.
No completo, no claro; solo una sombra enorme, imposible de contener en el pasillo.
El olor llegó primero: ceniza, metal quemado, algo dulce y podrido. Me faltó el aire.
— Alexandre — la voz de mi padre ya no era tranquila. — Quiero que me escuches.
Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.
La espada resonó, más caliente que antes. Me quemaba, pero no la solté.
— No la desenvaines — ordenó, con sangre en las comisuras.
No entendía nada. La sombra detrás de él crecía; las paredes se agrietaban. Las sombras se movían donde no debían.
— ¿Qué está pasando? — pregunté, con voz pequeña.
Él sonrió, como cuando me enseñaba a atarme los cordones.
— Perdóname — dijo.
No hubo tiempo para más. Un rugido llenó el convento; las vidrieras estallaron; el aire se volvió naranja. Mi padre se movió rápido, demasiado rápido.
La espada salió de mis manos. No recuerdo haberla soltado. Solo recuerdo el sonido. Un impacto, un suspiro, y luego calor.
Las llamas me rodearon sin tocarme. Giraban, rugían, como si me reconocieran. Vi a mi padre frente a mí, atravesado por la espada. Sus ojos aún abiertos. Quise correr, pero no pude.
Las marcas en mis muñecas ardieron. Algo dentro de mí se rompió... o despertó. Grité y el fuego respondió. Cuando abrí los ojos, el pasillo ya no existía. Solo quedaba ceniza.
Y mi padre ya no respiraba.
Una mariposa cayó frente a mí. Sus alas negras se deshicieron. Luego otra, y otra. El jardín ya no existía, pero las mariposas seguían cayendo, convirtiéndose en ceniza antes de tocar el suelo.
Extendí la mano para salvar una; se deshizo entre mis dedos. El viento sopló y las cenizas volaron hacia el cielo naranja.
Pensé en mi padre. Quise llorar, pero no salió nada. Solo el fuego en mis muñecas.
El viento levantó las partículas negras mezclándolas con el humo. Parecía que nevaba. Algunas cenizas cayeron al suelo y yo me quedé allí, de pie, sin entender por qué seguía vivo.
— ¿Algo que decir, Alexandre Morningstar? — una voz resonó entre las ruinas.
Desde ese día dejé de rezar.