"Guíame, pues eres mi roca y mi fortaleza, dirígeme por amor a tu nombre"
Salmo 31:3
¿Qué pasaría si existiera entes en el más allá? Fuera de la comprensión humana, tales como los demonios y los ángeles, cuidadores de luz como de la oscuridad, ¿En qué lugar serían capaces de dejar a los humanos? ¿Por qué crear una obra tan elaborada como el planeta tierra? Eran preguntas que me hacía antes de convertirme en un sacerdote, un guerrero de Dios acá en la tierra. Leal a su palabra y a sus convicciones.
— Lucia... — Exhale con el humo en mi boca debido al frio.
Era una noche helada, ya hace unos 12 años atrás. Mi amada Lucia fue poseída por un demonio y sucedió un suceso que aun en día sigo sin creérmelo del todo. Tras abrir aquella puerta y en ella tras nueve meses de una extraña agonía mi querida fallece dejándome en brazos a un niño... El cual bautice como "Alexandre"
Me desperté de golpe. Otra pesadilla.
La habitación estaba en silencio mientras sentía un zumbido leve, constante, bajo mi piel, como si algo dentro de mí vibrara sin mi permiso. Me quedé sentado al filo de la cama, sin emitir ruido. Cada respiración hacía que mi pecho doliera.
No sé en qué momento comencé a sentirme de esa manera, pero cada mañana era una lucha constante para poder levantarme, como si una mano invisible me tomara del pie y me jalase hacia abajo. Me pasé una mano por el rostro, intentando sacudirme el cansancio, pero la sensación seguía allí, adherida a mí.
— Papa — pensé.
Puse un pie en el suelo; el frío recorrió toda la planta del pie. Me quedé inmóvil por un segundo y luego miré hacia abajo. ¿Siempre ha sido así la madera? Las vetas parecían más oscuras, más torcidas, como si hubiera cambiado mientras dormía.
Recordar que esos monstruos lo asesinaban me ponían mi piel de gallina. Entré al baño y me subí en un banco de madera ya viejo; se sentía igual de frío.
El espejo se encontraba empañado. Lo limpié con mi mano abierta, sintiendo la humedad que transmitía al entrar en contacto con mi calor corporal; mi rostro, de rasgos infantiles, era digno de mi edad.
— Nada de mí cambia — me hablé a mí mismo.
El cepillo de dientes limpiaba con precisión mis dientes. Después de eso, examiné mi pelo, de un castaño oscuro; mis ojos cafés brillaban. Me detuve mucho más en mis dientes, de aspecto canino antes de sonreír.
Escuche un golpe seco en la puerta que me hizo salir del trance por un segundo.
— Buenos días — salude a una de las monjas que estaba al otro lado de la puerta.
— Buenos días para usted; que Dios le guie hoy — respondió.
— Igualmente.
Comencé a caminar los pasillos del convento. El coro del cantico de la iglesia significaba que mañana se celebraría la gran misa.
— Es muy temprano hasta para ti. ¿Verdad, Alexandre? — dijo mi padre al darme la vuelta. Vestía sus túnicas de sacerdote.
Era el sacerdote del pueblo y muchos lo veían como un ejemplo. Yo también. Lo admiraba más de lo que podía admitir, y a veces pensaba en seguir los caminos de Dios cuando llegue a hacerme mayor.
— Tuve una pesadilla — hice un puchero.
— Solo fue eso, una pesadilla
Sentí cómo colocaba sus manos en mis cabellos y lo revolvía con cariño. Me transmitía una seguridad que no podía explicar. Su sonrisa era como el sol.
— Mientras confíes en que el Señor te proteja, nada te hará daño —agregó—. Tienes que desayunar.
Mi estómago rugía como un león. A la señora Laura le conmovía tenerme allí todos los días para probar sus exquisitos platillos.
— ¡Buenos días! —dije en voz alta.
Como pude, me senté en uno de los enormes bancos de las mesas. Para las monjas del lugar, tenerme allí era una bendición: la inocencia de un niño significaba que Dios habitaba en el convento.
Además, eran mis acompañantes en pequeñas travesuras, como llenar las paredes de dibujos, estropear los arbustos intentando moldearlos y otras cosas.
— Señorito Alexandre — llamó mi atención mientras veía como sostenía mi cuaderno de clases. Me habían atrapado...
— Se me olvido hacer la tarea — hice una cara de sorpresa y luego respiré hondo.
— Lo siento, señora Laura
Puse mis manos juntas y me apoyé en la mesa para suplicar piedad. Ella me miró con una mirada seria, y el silencio se hizo evidente.
— No te justificare esta vez, jovencito — dijo para luego entregarme mi desayuno —. Cuando termines, vas a hacer tus deberes.
Al terminar de desayunar, tomé mi cuaderno de deberes. Me coloqué frente a la ventana que daba al patio; desde allí podía escuchar, de vez en cuando, el tintineo de las campanas del convento, movidas por la ligera brisa que corría afuera. También sentía la mirada de la señora Laura, fija en mí.
Las mariposas se posaban en los cristales, típico del jardín que cuidaba mi padre con mucho amor y esmero.
Una voz llamó mi atención.
— Vaya... — murmuro alguien con un tono serio. — Hacía tiempo que no visitaba este lugar.
Afuera, un hombre con traje formal estaba junto a mi padre, no pude evitar inclinarme un poco más hacia la ventana para poder escucharlos. Pensé que hablarían sobre asuntos de negocios lo más probable, o quizá la organización de algún evento religioso.
— Dios te tiene en lo más alto de su gracia, Sacerdote Smith —dijo mientras se sentaba en los asientos de madera del patio y observaba la belleza del lugar. — Incluso en este plano terrenal, Dios se encargó de hacer todo tan lleno de vida.
Agregó esto antes de sorber un poco de café de la taza que reposaba sobre el plato de vidrio.
— Dios me ha bendecido lo suficiente. He tenido todo lo que esperaba de este mundo —murmuró Smith, como si no quisiera que su hijo, que los observaba desde la ventana, lo escuchara.
— ¿Incluso para ti?
— Sí, incluso para mí, que soy un pecador.
— Eso puedo notar — hizo una pausa para luego mirar al sacerdote a los ojos.
Su presencia me inquietaba. Podía sentir el aura que emanaba; me ponía los pelos de punta solo de pensarlo. Era como tener al mismísimo Vaticano investigándote.
— Tu hijo ya tiene doce. Es todo un hombrecito — hizo una pequeña carcajada para luego sonreír.
— Alexandre ha sido una de mis mayores bendiciones, después de la muerte de su madre — dijo Smith.
El café se había acabado en la taza que estaba tomando, así que lo repuse con la jarra que había preparado exactamente para esta ocasión. No todos los días se recibe la visita de alguien tan influyente.
— Ten por seguro que es así. Es un regalo — respondió el hombre, antes de añadir con una sonrisa—. Además, eres el único sacerdote del país que tiene un hijo bajo su cuidado.
Sonreí también, recordando que antes de convertirme en sacerdote me habían recomendado entregar a mi hijo a un orfanato. Qué sentimiento tan amargo... Pero quise hacerme cargo de mi responsabilidad. Había tenido una vida antes de sumirme en estos caminos, y cuidar de él era mi forma de honrar esa parte humana que aún quedaba en mí.
El teléfono del hombre comenzó a sonar, interrumpiendo nuestra reunión. Ya era hora de partir.
— Qué mal. Yo quería seguir aquí — dijo con un tono casi infantil mientras se levantaba—. Fue un placer saber de usted, sacerdote Smith.
Entonces, una fuerte y extraña corriente de viento recorrió su cuerpo. No pude evitar mirarlo más de cerca. Cuando estrechó la mano de papá, pude notar un aura blanca envolviéndolo. ¿Era yo el único que veía eso?
— Que mierda — balbucee para luego recibir el golpe seco de un palo de madera en mi cabeza.
— Otra vez con las malas palabras.
— Perdón, se que no tengo permitido decirlas — me disculpe para luego mirar de vuelta a la ventana y notar que ya nadie estaba allí.
Para cuando terminé todos mis deberes. — limpie mi cuarto, cambié las sabanas y estudie un poco para el examen del lunes — ya habían pasado unas cuantas horas. Todo estaba hecho.
— ¡Hoy fue un día productivo! — me tiré en la cama y miré el techo de madera que me protegía de la lluvia. Aun así, no podía dejar de pensar en el aura blanca que rodeaba a aquel hombre—. Posiblemente ya estoy quedando loco de tantas historias que leo en la biblioteca del pueblo — me dije a mí mismo mientras apretaba el puño.
— Alexandre, ¿puedes hacerme un pequeño favor? —Una de las monjas necesitaba mi ayuda, y era hora de lucirme en la tarea.
— Menuda porquería —reclamé para mí mismo al darme cuenta de que me habían traído a la iglesia para cuidar a una niña pequeña. Tendría unos seis años, quizás. ¿Para esto me llamaron? pensé, antes de seguir al pie de la letra las instrucciones que me dejaron: cuidarla y estar pendiente de ella como si fuera su niñero hasta que su familia terminara de hablar con el sacerdote.
Estaba en mi oficina atendiendo a aquella familia, que presentaba casos peculiares alrededor de su hija, la misma que se encontraba afuera.
— Su hija es totalmente normal. No tiene nada malo —dije, aunque por dentro sospechaba que la preocupación de esos padres tenía un origen más... sobrenatural.
— ¿Eso dice? Al caer la noche, sacerdote, ella cambia su actitud por completo —la preocupación en su voz era evidente.
Mientras seguían dándome información, deslicé mi mano derecha dentro del cajón que estaba justo debajo de mi escritorio.
— Tengan esto. Mientras su hija lo use, nada malo podrá sucederle.
Les extendí un antiguo rosario que usaba cuando iba a la iglesia de niño. Al verlo, lo aceptaron como si fuera el objeto más valioso del mundo.
— Muchas gracias —dijeron, levantándose.
— Gracias a ustedes. Permítanme acompañarlos.
Nos acercamos a la puerta y, al abrirla, caminamos hacia la pequeña, que estaba siendo custodiada por mi hijo. Alexandre movía las piernas de un lado a otro, intentando espantar el aburrimiento, pero algo me dejó extrañado... era la mirada que tenía sobre la niña.
— ¿Alexandre? —pregunté al ver aquella escena. Me sentí incómodo ante esa mirada fija. Era como si estuviera inspeccionando algo con demasiada curiosidad, aunque en el fondo sabía que estaba observando su alma.
— ¿Es su hijo? —la voz de la madre me sacó del trance. Asentí, y la vi acercarse a su hija para abrazarla y ponerle el rosario en el cuello.
Se detuvo un momento para mirar a Alexandre.
— Es muy parecido a usted —comentó con una sonrisa radiante, antes de reunirse con su esposo, que esperaba pacientemente para darle cariño a la pequeña.
— Papá —Alexandre hizo una pausa—. ¿Es normal ver un aura alrededor de las personas?
La pregunta me dejó en silencio unos segundos. Coloqué mi mano en su hombro y sacudí suavemente su pequeño cuerpo.
— Qué buena imaginación.
Una sonrisa boba se formó en su rostro. Le ordené que fuera a bañarse mientras yo me quedaba teniendo una pequeña conexión con Dios antes de terminar mi jornada. Es algo que siempre hago desde que él nació.
— Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre — me encontraba orando con total calma hasta que una pequeña brisa gélida roza mi cuerpo.
Una energía extraña hizo aparición detrás de mí. Con total calma me giro y me encuentro con el hombre que atendí esta mañana, había regresado para seguir con la conversación que se nos quedó pendiente.
Se encontraba cruzado de piernas en uno de los asientos mientras miraba la imagen de Dios que estaba en el techo; suspiro para luego mirarme fijamente a mis ojos.
— Sacerdote Smith, tengo entendido que su caso fue muy ruidoso en los pasillos del vaticano hace unos años — hablo para luego levantarse.
— Su esposa fue uno de los miles de intentos de Satanás por entrar en nuestro mundo.
Se acercó a mi para luego arrodillarse para empezar a rezar. Hizo una pequeña pausa para luego un aura de color blanco comenzara a rodearle desde los pies a la cabeza.
— Nosotros los exorcistas, mejor dicho... Yo en especifico estuve entusiasmado tras escuchar la noticia de que una humana concibió un bebe demoniaco — lo ultimo lo dijo casi susurrando.
— Hijo que está bajo su cuidado actualmente.
Los exorcistas eran sujetos elegidos por Dios para hacerle frente a las amenazas que provenían desde el plano espiritual. Plano que indetectable para los humanos comunes, pero para nosotros no que fuimos ungidos bajo el despertar y enlazamos nuestras almas a aquel mundo y este trabajo.
— Se que lo dejaron bajo mi cuidado bajo una condición que he cumplido — agarre aire para lo que iba a decir a continuación. — Exorcista Leonardo.
Tras acabar mi oración lo mire a los ojos directamente a sus ojos. Su poder era denso, ya que es un mago que utiliza energía angelical para exorcizar demonios, aparte de ser uno de los 10 exorcistas del rango más alto dentro de la cofradía.
Me miro unos cuantos segundos hasta que aparto su mirada al atril donde me paraba frente a todos para dirigir la palabra de Dios.
— Algunas personas dentro del vaticano sabemos que usted sello los poderes de su hijo en la reliquia que le permitimos conservar — soltó sin mucha preocupación para levantarse.
Es cierto... Aquella espada que fue fabricada en el mismísimo infierno, un arma que un exorcista no puede manejar incluso con el entrenamiento mas avanzado. Arma capaz de acercar a su portador a algo que no era humano.
— He sido benevolente manteniendo el secreto en solo unas cuantas personas, personas que me he encargado de asesinar
Su tono se hizo más serio de repente. Era cierto, los rangos más altos tenían privilegios sumamente especiales dentro de la cofradía de exorcistas y lo que ellos pedían era ley ya que eran sumamente poderosos dentro de su clase, capaces de con solo quererlo doblegar a países enteros.
— Usted fue el primero en enterarse del rumor y confirmarlo, lo mínimo que pudo hacer por este pobre hombre es mantener eso como lo que es... Un simple rumor — aquellas palabras de mi parte hicieron que Leonardo sonriera.
— Lo hice por devoción a este convento, la gente de este lugar me protegió un buen tiempo cuando mis poderes despertaron.
Se persigno para luego bajar su mirada.
— Su secreto estará oculto bajo mi manto — dijo con mucha sinceridad en sus palabras para luego desaparecer dejando el rastro del viento en la habitación.
Me presente en ese lugar en mi forma espiritual. Tras regresar de vuelta a mi cuerpo miro a mi lado y encuentro un libro santificado, era mi antigua arma cuando apenas iniciaba en esto de ser un exorcista, pero con el paso del tiempo deje de necesitarlo.
— Quizás algún día llegara el momento de enfrentarnos al ejército de la oscuridad — suspire para luego levantarme de mi asiento e irme a una reunión que tenia prevista para unas horas.
La noche llego y yo me encontraba en mi habitación. Logre terminar todos mis deberes y los pendientes que aparecían a lo largo de hoy, arregle mi bolso para posteriormente cepillar mis dientes.
— Mañana es la misa; el momento perfecto para viajar un poco — dije mientras limpiaba mis dientes.
Al retirarlo me doy cuenta que se enciende en unas flamas de color naranja para luego apagarse inmediatamente, lo suelto de mi mano debido al susto, raspe un poco mis ojos para intentar entender que había pasado.
Me quede callado por un buen momento para luego recogerlo y sentirlo frío, me encogí de hombros y deje que era creación de mi imaginación.
Las bóvedas ocultas del convento habían sido abiertas. A paso lento, el sacerdote avanzaba hacia el recinto donde, protegida por invocaciones celestiales, reposaba una reliquia de enorme importancia, perdida durante los últimos cien años.
— Cada noche que pasa — murmuró, deteniéndose para posar la mano sobre la espada—, el sello se debilita aún más.
Desenvainó el arma y comprobó que el conjuro que él mismo había impuesto tiempo atrás comenzaba a fracturarse.
— Espero que Dios me siga dando la fortaleza necesaria para ayudarte cuando llegue el momento de enfrentar tu destino — suspiró con pesadez.
La mañana siguiente trajo consigo la misa dominical, cuando numerosos creyentes acudían a rendir honor a Jesús, nuestro salvador y mesías.
— Como dice el Salmo 31:3 — tomé aire para aclarar mi garganta—: "Guíame, pues eres mi roca y mi fortaleza; dirígeme por amor a tu nombre".
Los presentes escuchaban con atención mientras el sacerdote explicaba el significado de aquellas palabras sagradas.
—Tengo la hermosa dicha de ser padre fuera de mi rol como sacerdote — continuó—, y es una de las razones por las que me aferro aún más a mi fe. Dios me envió a mi hijo como prueba, para que yo rindiera amor a su santísima gloria.
Mientras hablaba, yo me encontraba al fondo, escuchando la misa como cada domingo. La mayoría de quienes visitaban la iglesia me conocían; solían verme en los jardines, dibujando rosas en mis cuadernos. Al finalizar la misa, muchos se acercaron a mi padre para despedirse o pedirle guía en sus problemas cotidianos.
— ¿Algún día podré ser como mi padre? — me pregunté, moviendo las piernas mientras estaba sentado frente a las fuentes que antecedían la entrada de la iglesia.
— ¿Eh?
Algo llamó mi atención: una pequeña criatura... ¿Un duende? ¿De verdad mis ojos estaban viendo eso? Y no estaba solo: lo acompañaba la niña que había venido ayer con sus padres.
— ¡Mi bolso! — gritó ella cuando el ser verde le arrebató el bolso de un tirón.
Me levanté de inmediato y corrí tras él.
— ¡Ven acá!
A cada paso aumentaba mi velocidad, pero la criatura era tan ágil como un gato. Tropecé con mis propios pies y caí al suelo. La chica también lo perseguía, y ambos llegamos hasta un área donde había restos de madera podrida. El duendecillo saltó sobre un listón y lo empujó, haciéndolo caer directamente hacia ella.
— ¡No! — me levanté de golpe, me lancé hacia la chica y la aparté. Nuestros cuerpos chocaron contra el suelo.
En cuestión de segundos, el estrépito atrajo a varias personas. La niña, que yacía entre mis brazos, tenía un pequeño golpe en la frente del que brotaba un hilo de sangre carmín.
— ¿Qué fue lo que sucedió aquí? — preguntó el sacerdote al llegar a la escena.
En ese momento noté la presencia de aquella criatura y me maldije por no haber hecho un chequeo más exhaustivo cuando tocaron mi despacho por ese asunto. Entre dientes murmuré un conjuro, y el monstruo desapareció.
— ¡Papá! Algo la estaba persiguiendo. Yo la salvé, mira, está allá — dijo Alexandre.
Cuando me giré, me di cuenta de que la criatura ya no estaba. Corrí hacia los brazos de mi padre al notar que muchas personas me miraban con extrañeza.
— Algo me estaba persiguiendo. Lo que dice ese niño es verdad — la niña se incorporó como si nada hubiera pasado. Me señaló y luego me miró fijamente—. Estoy bien. El golpe habría sido peor si su hijo no me hubiera salvado.
Las palabras de la niña tranquilizaron al sacerdote.
— Gracias, pequeño, por salvar a nuestra hija — agradecieron los padres.
El sacerdote apretó su crucifijo, que resonaba por la energía que había absorbido. Aquella niña sufrió una herida espiritual, pensó. Las palabras de la familia le dieron un respiro: no sospechaban del fenómeno que ahora atormentaría a su hija.
Pero claro... ¿cómo podrían saberlo unos simples humanos ignorantes del mundo espiritual?
La gente comenzó a dispersarse, y pronto solo quedamos Alexandre y yo junto a la fuente. Él estaba inquieto, moviéndose de un lado a otro.
— Alexandre, ya es hora de irse a la cama — ordené. Él asintió y se marchó.
Mientras caminaba hacia su habitación, Alexandre no dejaba de pensar en lo sucedido. ¿Había sido real? La niña también lo había visto. ¿Entonces eso significaba que ambos estaban locos de alguna forma?
Ya era de noche, y el convento estaba vacío. Solo Smith patrullaba, hasta que llegó frente a la iglesia. Las puertas estaban abiertas...
Al dar unos pasos dentro, escuchó la voz de alguien oculto entre las sombras. Apenas puso un pie en el lugar, las luces comenzaron a apagarse. Una figura oscura, humanoide, se materializó en uno de los asientos.
— Sacerdote... — escupió con una voz distorsionada.
Era un hombre alto, con el cabello peinado hacia atrás. Sus ojos parecían muertos, aunque a veces emitían un tenue brillo naranja.
Mis manos comenzaron a temblar. Saqué mi crucifijo como pude y me planté frente a aquel ente.
— El Señor es fiel, y Él nos fortalecerá y nos protegerá del maligno — dije, alzando la cruz de madera. En un parpadeo, se quebró en pedazos y ardió en el suelo con llamas naranjas.
Había recibido la visita de alguien muy especial.
— Señor Smith — dijo la figura, clavando sus ojos en mí—. ¿Crees que los humanos están preparados para una visita del diablo en persona?
En sus pupilas brillaba una cruz invertida, perdida en aquel naranja enfermizo. Su rostro estaba cubierto de patrones negros, como tatuajes tribales.
— ¿A que viniste? — pregunté y en forma de respuesta comencé a escuchar una risotada ronca y a la vez juguetona.
Poco a poco caminaba hasta donde se encontraba aquel ser que estaba al frente de la figura de Jesucristo crucificado.
— Inclusive para mí que soy el ser supremo del infierno es difícil andar en el mundo terrenal — hizo una pausa. Me miro de reojo mientras que yo entre dientes recitaba algunos canticos que no surtían efecto. — Eso no hará nada en mi contra, Smith — agrego para luego mirar hacia el frente.
Un recuerdo vino a mí, uno trágico de mi juventud. Mi esposa, Lucía, sufría de una enfermedad que ningún médico logró diagnosticar. Aquello me había hundido en el alcohol, creyendo que así podría suprimir un poco el dolor.
Botella tras botella. Trago tras trago.
Aquella noche insulté el nombre de Dios y todo lo que representaba.
¿Por qué alguien tan bondadoso sería tan cruel conmigo y mi familia? Me lo pregunté una y otra vez, cuestionando mi fe.
Terminé caminando por los callejones, tambaleándome con una botella en la mano.
— ¿En algún momento todo mi sufrimiento acabará? — murmuré antes de caer al suelo por mi propia estupidez.
Estaba mareado. La vista se me nublaba. Aun así, entre mi poca audición, escuché unos pasos pesados acercándose. Eran rítmicos, constantes, a pesar del frío y de la tormenta de nieve que se avecinaba.
— ¿Puedo ayudarte? — preguntó una voz calmada.
Sentí una mano posarse en mi pecho y luego tomarme del brazo. Acepté su ayuda sin dudar; en ese estado no podía distinguir bien sus rasgos. Parecía un joven de unos veinte años, aunque su voz sonaba mucho más madura.
— ¿Qué es lo que te aflige? — preguntó. El viento frío movía su cabello.
Guardé silencio. Él continuó:
—Lo siento si sonó brusco, pero en tu rostro puedo ver que dudas de lo que se te ha conferido. Es como si odiaras un poco a Dios.
La palabra Dios salió de su boca sin vida, como si no significara nada para él.
Me quedé callado hasta que apoyó su mano en mi hombro. Me pidió que caminara con él y terminamos sentados en una banqueta. Su voz era ronca, casi apagada, pero había algo amable en su tono.
— Por cómo te encuentras, puedo suponer que sufres por un ser querido — dijo.
Asentí lentamente. Una pequeña sonrisa se formó en su rostro.
— Dicen que el amor es doloroso. ¿Ella está bien? ¿Está enferma?
Me quedé helado. ¿Cómo lo sabía? Era como si estuviera leyendo mis pensamientos, como si pudiera sentir exactamente lo que yo sentía.
—¿Estás enojado con tu creador por haber enviado una enfermedad para acabar con la vida de tu esposa? ¿Eso crees? — preguntó, dándome un leve golpe en la espalda.
En mi visión nublada noté que su sonrisa dejaba ver unos colmillos afilados. El dolor era insoportable. ¿Qué importaba desahogarme con un completo desconocido?
—Dios me maldijo desde... — comencé a decir, pero él me interrumpió.
— ¿Quieres una segunda oportunidad?
Sentí un escalofrío recorrer mi columna. Era algo tenebroso... y a la vez lleno de luz.
—Puedo hacer que tu esposa sane — dijo, extendiendo su mano —. Y darte todo lo que quieras, a cambio de una sola cosa.
La tomé.
Todo se volvió difuso. Me quedé dormido y, al despertar, seguía en la misma banqueta.
Cuando regresé a casa, Lucía había mejorado milagrosamente. Recuperó todo lo que la enfermedad le había arrebatado, como si jamás hubiera estado en cama. Era un sueño hecho realidad... hasta que dejó de serlo.
Poco después recibí la noticia de que sería padre. Todo parecía marchar bien, pero con el tiempo noté que Lucía ya no era ella misma. Algunas noches se levantaba y comenzaba a divagar. Pensé que era preocupación por el bebé, pero nunca imaginé que estaba poseída.
—Lucía... — susurré.
Tras dar a luz, falleció en circunstancias extrañas. Cuando tomé al bebé en mis brazos, su cuerpo se incendió. Un fuego que no pude apagar.
Más tarde supe que eran las flamas del inframundo: una señal de que Satanás estaba entre nosotros.
— Te di lo que querías, sacerdote Smith —dijo el diablo, acercándose lentamente. Su aura era imponente, y de sus ojos brotaba una energía demoníaca en forma de un tenue haz naranja.
— Sí... sé lo que significa — solloce.
—Hiciste un pacto conmigo. Yo te conferí una herida espiritual y un despertar, a cambio de tu alma y la de tu esposa, para crear un hijo a mi imagen y semejanza —sonrió—. ¿Crees que por escoger este camino obtendrás tu tan ansiado perdón?
— Sé que mi alma no tiene salvación — respondí, sintiendo una gota de sangre caer de mi nariz—. Pero prefiero servir al camino del Señor, aunque no reciba perdón, antes que dedicarme al tuyo.
El diablo tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo.
— Qué sincero de tu parte... — sus colmillos brillaron mientras los asientos de la iglesia se encendían con fuego naranja, la señal de que él estaba cerca—. Señor Smith, tarde o temprano vendré por su alma para otorgarle un castigo digno de mis territorios.
Las llamas se apagaron. La entidad desapareció, dejando una densa energía demoníaca en el aire.
Mi respiración era irregular. La sangre ahora brotaba de mis labios. Había sobrevivido a dos encuentros con el diablo.
— Señor Smith — una monja apareció en la entrada. Le hice una seña para que no entrara; la energía demoníaca aún era peligrosa.
— Estoy bien... — tosí —. Llamen al señor Leonardo.
Horas después logramos contactarlo.
— Sacerdote Smith, qué bueno verlo con vida tras un segundo encuentro con el diablo —dijo, sonriendo mientras se quitaba los lentes de sol, revelando sus ojos azul cielo—. Menos mal que me llamó. No es la primera vez que esta iglesia recibe su visita.
Era cierto. En el pasado ocurrió algo similar. Los exorcistas lo llamaron La noche de la luna carmesí.
Durante un ritual para sellar a un miembro del círculo del infierno, el sacerdote a cargo recibió la visita de Lucifer al día siguiente. Murió, dejando un mensaje claro.
La iglesia había sufrido un daño irreparable. Aunque los exorcistas de alto rango lograron suprimirlo, la brecha espiritual podía ceder en cualquier momento.
— ¿Puedes hacer algo para arreglarlo? — pregunté mientras me limpiaba la nariz. Aún sangraba.
—Claro — respondió, apenas un murmullo, antes de volver la mirada hacia la iglesia.
Hubo una pausa mientras analizaba la situación.
— Con mi sello será suficiente para que esta iglesia no sufra otra brecha espiritual por unos cuantos años — dijo finalmente, preparándose para realizar la técnica de sellado.
Colocó las palmas en el suelo y un pentagrama se dibujó bajo él, conteniendo la brecha. El término "sellar" era más una cortesía que una realidad. Lo usaban para tranquilizar a los demás, pero las brechas espirituales creadas por el mismísimo Lucifer eran casi imposibles de reparar, incluso para exorcistas de alto rango.
Cuando terminó, se colocó nuevamente los lentes y me miró fijamente, esperando que hablara, que le contara lo ocurrido durante la noche.
— ¿Y qué quiso el diablo de usted? — preguntó sin apartar la vista.
Nadie en la cofradía sabía que yo había hecho un pacto con Satanás. Si llegaban a enterarse, sería ejecutado por violar una de las reglas fundamentales. Sí... yo fui exorcista en el pasado. En el registro declaré que mis poderes provenían de un encuentro con un demonio de alto rango, pero era mentira. Mi despertar me lo otorgó el dios del inframundo.
— Atormentarme por el fallecimiento de mi esposa — respondí con lo que pensé que él quería escuchar, no la verdad.
— Entiendo... ¿Y su hijo? — cambió de tema abruptamente.
Mi hijo estaba en el colegio, ajeno a todo lo que ocurría aquí.
— El Vaticano... bueno, no exactamente el Vaticano. Algunas personas están interesadas en su hijo — dijo mientras tomábamos café en el jardín.
Habíamos decidido sentarnos allí para despejarme. Nunca pensé en contarle a mi hijo su verdadero origen, y no quería hacerlo.
— Lo sé — respondí.
— En la escuela de exorcistas podríamos protegerlo muy bien, siempre y cuando permanezca bajo mi cuidado —añadió.
La idea cruzó mi mente, pero era demasiado arriesgado. Entregarle la reliquia que sellaba sus poderes levantaría sospechas, incluso en mí mismo.
— Sé de lo que habla —dije, mientras él se llevaba la mano a la frente. Estaba preocupado.
— Le recuerdo que la noticia de la segunda aparición de Lucifer ya corrió por todos los pasillos del Vaticano.
Sus palabras pesaron en el aire. Una gota de sudor descendió por su frente.
—Posiblemente pronto reciba la visita de alguien con mucho renombre dentro del Vaticano —me miró fijamente.
— ¿A qué te refieres?
Se quitó los lentes de sol, mostrando un gesto serio.
— Este lugar es famoso por aquel fatídico evento — hizo una pausa—. Es posible que venga alguien tan famosa como la señorita María.
Mi sangre se volvió hielo al escuchar ese nombre. Lady María, la ejecutora del Vaticano. Su presencia aquí significaría que estaban analizando esta brecha con lupa. —Incluso para mí es difícil imaginar lo que haría alguien como Lady María en este caso —declaró, y mi miedo se disparó.
Su nombre resonaba en toda la cofradía: había desterrado más de cinco mil demonios desde que obtuvo su rango, además de ser la única superviviente de la Noche Carmesí.
— Es solo una sugerencia, sacerdote Smith — dijo tras una pausa—. Pero mientras tenga a su primogénito aquí, algunos demonios podrían venir a visitarlo... ansiosos por conocer a su príncipe.
Se levantó y se marchó. Ya había logrado su cometido. Medité un momento, y entonces sentí la presencia de mi hijo: había regresado del colegio.
— Papá, ¿quién era él? — se abalanzó sobre mí, aún sucio del partido de fútbol. Era su deporte favorito.
— Un amigo — respondí, despeinándole el cabello.
Esa noche dormí tranquilo, pero un mal presentimiento se aferraba a mi cuerpo. Tarde o temprano tendría que aceptar que Alexandre tiene un destino marcado.