"Guíame, pues eres mi roca y mi fortaleza, dirígeme por amor a tu nombre"
Salmo 31:3
La tierra sonaba hueca cuando caía. No miré el ataúd; miré los zapatos negros, alineados, quietos. Alguien hablaba, pero las palabras llegaban rotas, como si estuvieran bajo el agua. No entendía ninguna. Solo la pala. Otra vez. Otra. Y otra.
Tenía las manos escondidas dentro de las mangas de mi suéter. Las marcas ardían como el demonio, más cuando la tierra golpeaba la madera, como si cada sonido las despertara. Quise que se detuvieran. No el ardor... el sonido. Si dejaban de cubrirlo, todavía podía respirar.
Eso pensé. Di un paso hacia adelante. Alguien me sujetó del hombro. No miré quién, porque si lo hacía tendría que escuchar su voz, y si la escuchaba, todo sería real. Me quedé quieto. El olor a humo seguía impregnado en mi ropa. Rasqué con el pulgar la uña del índice: salió ceniza.
No recordaba haberla tocado. La pala se detuvo. El silencio se hizo presente, peor que el ruido. Me dejaron solo. Consecuentemente, saqué la espada de la manga. El metal estaba frío; pesaba más que antes.
La apoyé en la tierra, despacio, para que no hiciera ruido. La punta se hundió, quedó inclinada hacia el montículo, como si mirara en mi lugar. Nadie dijo nada. Nadie miró. O tal vez sí...
No levanté la cabeza para comprobarlo. Las marcas ardieron fuerte, me quemaban encima de la ropa. Apreté los dientes. No aquí. No frente a él. Me arrodillé y toqué la tierra: estaba húmeda.
Pensé en cavar con las manos. Si abría el ataúd, él volvería a respirar. No me moví. Mis dedos se quedaron allí, enterrados solo en la superficie. El viento pasó entre los árboles y trajo consigo el mismo calor del fuego, pero no había fuego. Solo el recuerdo.
Me levanté y dejé la espada clavada. No la limpié. No miré atrás.
— Chico — aquella voz lejana cobró sentido. Era la que escuché cuando me encontraron.
— ¿Eh? — musité mientras me refugiaba de la lluvia que ahora rociaba.
— Tienes dos opciones de ahora en adelante — su voz se volvió seria mientras acomodaba su traje negro.
— ¿Cuáles son esas dos opciones? — pregunté.
Desde que había dejado de ser humano, solo he renegado de mí mismo. No podía verme en el espejo como antes, porque veía en lo que me he convertido.
— Quedarte acá y esperar a que algún exorcista te mate — hizo una pausa y miró la espada—. O puedes irte conmigo y hacer algo bueno con tus poderes.
No respondí. Solo me di la vuelta y me marché lentamente.
La habitación era más pequeña que la celda del convento. Había una cama, una mesa y nada más.
Las vendas cubrían mis muñecas. Debajo, el ardor seguía. Alguien había dejado ropa sobre la silla: oscura, nueva. No era ropa de oración. La toqué; la tela era áspera.
—Mañana partirás — dijo una voz desde la puerta.
No pregunté a dónde. No pregunté por qué. Cuando se fue, la habitación volvió a quedar en silencio. Me senté en la cama y mis manos dejaron manchas de tierra en las sábanas. No las limpié.
Cerré los ojos. No recé.
La habitación seguía en silencio cuando los abrí. Entonces encontré el espejo.
Era pequeño y estaba apoyado contra la pared, sobre la mesa. No recordaba haberlo visto antes. Me acerqué despacio. El reflejo tardó en moverse, como si no quisiera copiarme. Mis ojos ya no eran los mismos: el naranja no era color, era luz.
Una luz baja, como brasas cuando el fuego ya no tiene forma. Parpadeé y no desapareció. Toqué mi cara. La piel estaba fría. Todo normal. Pero los ojos no...
Abrí un poco más los párpados. La luz creció y el ardor en las muñecas regresó. Las vendas se tensaron solas y, debajo, las marcas latían.
Una... dos... tres. El aire de la habitación se volvió más pesado. El reflejo respiró antes que yo y me hizo dar un paso atrás. El no... El espejo tembló contra la pared. El naranja se filtró fuera de mis ojos, no como fuego, como calor.
Las sombras detrás de mí se alargaron hacia el reflejo, no hacia mí. Quise cerrar los ojos. No pude. Las marcas ardieron más fuerte. El vidrio crujió. Una línea fina atravesó el reflejo, cortando los ojos en dos.
La luz se partió con él. El sonido fue seco. El espejo se quebró desde el centro hacia afuera. Los fragmentos no cayeron de inmediato: se quedaron en su lugar, sosteniendo pedazos distintos de mi cara. En uno, los ojos seguían brillando.
En otro no había pupilas, solo luz. Solté el aire y la presión desapareció. Los fragmentos cayeron al suelo uno por uno. El último en caer fue el que tenía los ojos.
Lo pisé sin querer. El vidrio crujió bajo mi pie. Apagué la luz de la habitación, pero el reflejo no desapareció. Seguía viéndolo en los pedazos del suelo.
El auto se detuvo sin hacer ruido. La puerta se abrió sola. El aire de afuera era más frío que el de la habitación donde dormí anoche. Bajé sin que me lo pidieran. La piedra del suelo estaba húmeda y oscura, como si jamás hubiera visto sol.
El edificio se levantaba frente a mí: demasiado alto para entender su forma completa, demasiado complejo para creer que desaparecía frente a mis ojos de vez en cuando.
Miré la entrada: un arco, personas adentro, sombras moviéndose, voces que susurraban en mi oreja. No hablaban como en el convento. No había rezos. No había silencio.
Había risas secas y cortas. Alguien pasó a mi lado y miró las vendas en mis muñecas. No dije nada. No intenté esconderlas. Cuando me di cuenta, esa persona ya se había ido. El auto también. No recordaba haber escuchado el motor.
Entré y el sonido cambió. Mis pasos ya no eran huecos. El suelo absorbía el ruido. Las paredes no tenían huecos: poseían marcas, como si alguien hubiera probado un cuchillo en ellas.
Un grupo de estudiantes estaba reunido al fondo. No hablaban entre ellos. Solo se observaban, como animales que no comparten territorio. Nadie me dio la bienvenida. Nadie preguntó mi nombre. Me quedé quieto en la entrada. El ardor regresó.
Alguien me llamó y me pidió que entrara a otra sala. Era más pequeña que el pasillo. Había una mesa y nada más. La figura detrás de ella no levantó la vista cuando entré. Deslizó un objeto sobre la superficie.
Se detuvo frente a mí. No dijo mi nombre. No preguntó si era yo. Miré la placa: metal oscuro, fría incluso sin tocarla. Portaba un número. No lo leí en voz alta. No sabía si debía hacerlo.
— Tomalá — la voz era seca, sin interés.
La recogí. Pesaba más de lo que parecía. En el metal había un símbolo grabado. No lo reconocí, pero las marcas en mis muñecas ardieron cuando lo toqué. Intenté soltarla, pero no lo hice.
—Desde ahora respondes a ese registro — no dijo "nombre". No dijo "título".
Registro. Le di la vuelta a la placa. En la parte trasera había una línea vacía, como si algo faltara.
—Aún no — agregó con la misma voz seca.
No pregunté qué. Guardé la identificación. No sabía dónde ponerla: no tenía bolsillos. La sostuve en la mano. El ardor disminuyó, como si el metal lo absorbiera. Me pidió que me retirara. Lo hice.
Cuando salí, los estudiantes seguían en el pasillo. Uno miró la placa en mi mano y apartó la vista de inmediato. Di un paso y el sonido de la campana vibró en las paredes. Apreté la identificación hasta que los bordes se clavaron en mi piel. No la solté.
La campana no generaba un sonido limpio: vibraba demasiado. Algunos se movieron y otros no. Yo tampoco. Una figura cruzó el pasillo frente a mí. Sus ojos brillaban. No del mismo color, pero brillaban. Por un momento pensé en el espejo. No miré el reflejo en las ventanas. Sabía lo que vería.
Una puerta se abrió al final del corredor. La misma voz de la habitación habló desde la oscuridad.
— Llegas tarde — suspiró pesadamente.
No recordaba que me hubieran dado una hora. Caminé hacia la puerta. Mis pasos no sonaban. Cuando pasé junto a los otros estudiantes, dejaron de moverse. No me miraron, pero sentí el espacio que abrían.
No era respeto. No era miedo. Era distancia. Crucé la puerta sin preguntar. Se cerró detrás de mí.
— ¿El último? — la voz venía desde el frente del aula, dispersa entre la multitud.
No levanté la mano. Alguien lo hizo por mí. Sentí las miradas antes de entender la pregunta. No miré a nadie. Solo al escritorio. Un chico apartado del resto, de cabello negro. No hablaba. Eso lo hacía visible.
— Otro becado — la palabra se movió por el salón como un objeto pesado.
Algunos giraron. Otros no. Sentí el peso de la identificación en mi bolsillo. Ardió un poco. El chico de cabello negro habló sin mirarme.
— Nos van a odiar — su voz era baja, como si no quisiera gastar aire.
No respondí. No tenía nada que decir. Alguien golpeó la mesa frente a nosotros.
— Rangos — una mano extendida, esperando la respuesta.
Sebastián levantó la mirada por primera vez.
— A+ — dijo tajante.
El silencio cambió de forma. La mano se retiró. Nadie volvió a pedir nada. El profesor entró sin anunciarse. No miró a los estudiantes. Miró las ventanas y luego el reloj.
— Página quince — los libros aparecieron sobre los pupitres. No los abrí de inmediato.
El símbolo en la portada era el mismo de la placa. Las marcas en mis muñecas resonaron. Cuando abrí el libro, vi el nombre antes de leerlo: Belcebú.
Las letras parecían más oscuras que el papel. El profesor hablaba. No escuché las palabras. Solo el zumbido de las moscas. El aire del aula se volvió más pesado. Cerré el libro de golpe. Demasiado tarde.
— ¿Alguien ha sobrevivido a un encuentro? — la pregunta quedó suspendida.
Levanté la mano antes de pensar. Todos se giraron. No miré sus caras. Miré el borde del pupitre.
— Sí — respondí.
El profesor me observó más tiempo del necesario. No sonrió.
— Interesante — fue lo único que dijo.
El resto de la clase continuó. Las palabras pesaban. No se quedaban. La placa en mi bolsillo dejó de arder.
El pasillo estaba vacío al terminar la primera clase. Demasiado recto. Demasiado blanco.
Alexandre dio un paso y el sonido de sus botas se disolvió antes de tocar el techo, como si el lugar no quisiera conservar ningún eco. Entonces llegó el olor... madera quemada, resina derretida, ceniza húmeda.
Su garganta se tensó. Por un instante, el mármol bajo sus pies dejó de ser mármol. Se volvió negro. Carbonizado. Cubierto por restos de algo que ya no existía.
Parpadeó. La academia regresó. Su mano se cerró alrededor de la placa de exorcista. Fría. Luego tibia. Luego ardiente. El símbolo grabado vibró contra su palma como un corazón ajeno. Las marcas en su cuello respondieron, no con dolor: con reconocimiento.
El aire se volvió denso. Una ventana a su derecha devolvió un reflejo que tardó una fracción de segundo en obedecerle. Los ojos naranjas, encendidos desde dentro. El vidrio emitió un crujido seco. Una grieta apareció en el centro del reflejo, fina, precisa, como si algo hubiese intentado abrirse paso desde el otro lado.
Alexandre apartó la mirada. El olor desapareció. El mármol volvió a ser mármol. La placa dejó de arder. Las marcas se apagaron bajo el uniforme. Silencio.
No estaba solo. Al final del pasillo, un estudiante lo observaba sin moverse. No había sorpresa en su rostro. Ni miedo. Solo distancia. Y un paso hacia atrás.
Cuando Alexandre entró al aula, las conversaciones no se detuvieron: se adelgazaron, como si hubieran perdido peso de golpe. Había asientos vacíos. Varios. Ninguno cercano.
Su nombre apareció en el registro proyectado sobre el tablero y desapareció un segundo después, reemplazado por una línea gris sin rango asignado. Un murmullo breve recorrió la sala. No hostil. Peor: indiferente.
El profesor no lo miró al nombrar la lista. Tampoco mencionó la omisión. Solo señaló, sin palabras, una silla al fondo, separada del resto por un espacio que no parecía accidental. Alexandre caminó hacia ella. Cada paso sonó más alto que el anterior, aunque nadie se movió.
Se sentó. La madera estaba fría. En el metal había un símbolo grabado, antiguo, demonológico. Cuando apoyó la placa sobre la superficie, el símbolo se oscureció un tono. Retiró la mano. Nadie reaccionó.
Un minuto después, alguien cruzó el espacio vacío. Sin prisa. Sin mirar a los lados. Sebastián dejó su cuaderno en la mesa contigua. No habló. No lo miró directamente. Solo empujó con dos dedos un lápiz que había rodado hasta el borde de la mesa de Alexandre.
Un gesto mínimo. Suficiente para romper la geometría del aislamiento. Desde el frente del aula, alguien dejó de escribir. Otro cambió de asiento. El vacío volvió a cerrarse, pero ya no era perfecto.
La academia no necesitaba fuego para quemar. Solo distancia.
La habitación era demasiado grande para una sola persona. O demasiado vacía. Alexandre dejó la placa sobre el escritorio. Esta vez no ardió. Solo emitió un pulso breve, como si confirmara que estaba solo.
No se quitó el uniforme. Las marcas en su cuello no dolían, pero tampoco se apagaban. Sacó la espada envuelta en tela. No la desenvainó. La apoyó contra la pared, frente al espejo. Durante un momento no miró su reflejo.
Observó la espada. Luego la placa. Luego sus manos. Cuando finalmente alzó la vista, el reflejo tardó en obedecerle. Los ojos naranjas aparecieron un segundo antes que el resto del rostro. No había grietas esta vez, pero el vidrio estaba empañado desde dentro.
Alexandre apoyó la mano sobre la superficie fría. Detrás de su reflejo, por un instante, el contorno de algo más se insinuó. No era una figura. Una forma. Como alas hechas de humo. Parpadeó. Desapareció.
La placa emitió un pulso más fuerte. La tela que cubría la espada se tensó, como si algo en su interior hubiese respondido. Alexandre apartó la mano del espejo. No retrocedió, pero tampoco se acercó. Se sentó en el suelo, entre la cama y la espada, con la espalda contra la pared.
La habitación volvió a quedar en silencio. Un silencio distinto al del aula. Cerró los ojos. Las marcas en su cuello brillaron apenas en la oscuridad, como brasas que se niegan a morir.
La espada aún no había sido desenvainada, pero ya lo había elegido.