Era la última vez que Pablito trataba de comerse las galletas antes de la comida. La última, lo había prometido, se lo habían hecho prometer.
Estaba llorando ante un frasco roto, migajas por todo el suelo, caras amargas por doquier, una marca roja en el antebrazo.
Se lo habían dicho, una y otra vez, que robar las galletas sin permiso era algo que solo hacían los niños malos, los que no valían la pena, los que sus padres abandonaban y ahora pedían limosna o vendían sus pocos dulces en las calles. Que a esos niños no los quería nadie, y siempre serían rechazados por los demás.
En cuatro años, no acababa de entenderlo, la primera vez que había alcanzado el frasco, sus padres sonreían, le habían dado ellos mismos esa deliciosa galleta que sabía a triunfo y a cariño. La primera vez que había logrado poner el crayón sobre algo y darle forma, todo eran risas y felicitaciones. Ayer lo había puesto sobre la pared, esa pared blanca de la sala que parecía rogar por un poco de color, pero en el acto lo alejaron de la pared y le quitaron su preciado instrumento de arte, de ese precioso color azul. Había visto, hacía tiempo a un señor pintando ese mismo lugar del color de las nubes, ¿por qué él no podía colorear el cielo? No parecía justo para nada.
La idea no dejaba de tomar forma en su cabeza mientras miraba ese rincón de la estancia donde siempre lo castigaban. No podía moverse, no podía hablar, o se arriesgaba de nuevo al dolor del cinturón de Papá. Solo podía llorar y pensar. Cuando hacia las dos cosas al mismo tiempo, siempre llegaba a la misma conclusión. Era un niño malo y si era así, pronto estaría como aquellos niños.
No eran las cosas que hacía, no estaba cometiendo errores, de los errores se aprende, o eso decía siempre Mamá, pero Pablo, como lo llamaban cuando estaban enojados, estaba cada vez más confundido. No estaba mejorando ni iba a mejorar, porque era un niño malo. Por eso a veces escuchaba a lo lejos que sus padres se reclamaban cosas sin sentido. Era todo su culpa, pero quería mejorar.
Al otro día, pensó en demostrar que era bueno, que podría seguir siendo un niño merecedor de amor; se llevó esos feos papeles que hacían enojar a Papá. Pensó en que Mamá siempre se cansaba de poner la mesa y hacer la cena. Así que decidió que él lo haría por ella.
Desastre, uno de los platos se le cayó al sacarlo de la alacena, el ruido lo asustó y le hizo caer del banco en que se había subido. Se pegó en la cabeza, empezó a llorar, cuando sus padres llegaron, no les importó su dolor, solamente se fijaron en el plato roto y le gritaron fuerte. Mamá incluso estaba llorando.
Cuando Papá fue a tirar los pedazos del plato a la basura, vio los trozos de esos papeles tan malos. Pablito esperaba que eso lo hiciera sonreír, por eso no vio venir la bofetada.
Encerrado en su cuarto, sin sus juguetes, pues esta vez el rincón no había sido suficiente, escuchaba los gritos de reclamo de sus padres, palabras de sonidos feos que no conocía, otras aún peores que le eran familiares. Se las lanzaban el uno al otro como él lanzaba terrones de arena en el parque vecino.
Los siguientes días fueron a peor y peor, ya no tenía que hacer nada para que lo miraran feo, o le gritaran. Había veces que alguno de sus padres, sobre todo Mamá, lo abrazaba llorando, musitando palabras complicadas. Luego dejaron de gritarle a él, y se concentraron en gritarse el uno al otro. Cada vez más fuerte, a veces le parecía escuchar su propio nombre, o recuerdos de cosas que había hecho.
Unos días más tarde, Papá no regresó del trabajo como de costumbre. Estaba pasando, tenía razón, era un niño malo, un despojo, como lo habían llamado una vez, aunque no sabía lo que significaba. Estaban a punto de abandonarlo.
Papá terminó por regresar esa misma noche, se veía mareado, tenía la ropa desarreglada, gritaba más fuerte que nunca, pero era mucho más difícil entenderlo. Mamá quiso golpearlo, le gritaba que se fuera, pero Papá era más grande, la lanzó a un lado antes de ir a por él.
No supo cómo ni cuando, pero de repente sus padres estaban tirando de sus brazos en distintas direcciones, gritándose más fuerte que nunca. Mamá además estaba llorando, quizá por el feo golpe en su cara. Lo estaban lastimando, en uno de sus brazos tenía feas marcas de uñas, en el otro, dolorosos moretones. Al final Papá cedió y se fue.
Nunca más regreso. A veces Mamá lo mencionaba llorando. Ella tampoco regresó, porque ya no era la misma. Ya no le gritaba ni le pegaba, porque ya no hablaba con él. Se quedaba recostada en el sillón, tomando algo de una botella, o se encerraba en su cuarto a llorar.
Pablito lo entendió tiempo después. No se trataba de las cosas que había hecho, sus padres lo habían abandonado, le habían hecho daño, y se habían destruido a sí mismos por una sola razón.
Porque era un niño malo, todo lo que venía de él era malo, todo era su culpa, por eso sus padres lo odiaban, y por supuesto se lo merecía.
Nunca más en toda su vida intentó ser feliz. Fue a la escuela eventualmente. Pero se alejó de todos los que pudo, muchos quisieron ayudarle; maestros, compañeros, unos señores raros que se llamaban trabajadores sociales. Pero es que ninguno de ellos entendía. No podían, no debían ayudarle, no se suponía que él fuera feliz, debía ser castigado y abandonado por todos, cargaba el pecado de separar a sus padres y hacerlos las personas derrotadas y rencorosas que eran ahora.
Todo porque era un niño malo, un monstruo.