Removiendo el caldero, el “mago” se dirigió a su aprendiz.
—¡Zim Zalabim! ¡Clish Clash! —a cada golpe de voz, añadía pizca tras pizca de un polvo negro a la extraña mezcla que se encaminaba a hervir —recuerda pequeño brujo, las palabras tienen poder, úsalas en el momento adecuado y todo saldrá a pedir de boca.
El proceso le parecía al aprendiz tan fascinante y difícil de entender que las respuestas se le atoraron en la garganta. La pócima burbujeaba y despedía su olor característico mientras cambiaba su color del blanco mas puro a un negro sucio.
—Esquivas te son todavía, pero tranquilo, a su tiempo, a todos nos viene la comprensión, y con ella el poder sobre la naturaleza, las personas… ¡Alakazám! —gritó entusiasmado mientras, al ver las primeras burbujas añadía el peligroso ingrediente secreto, aquel que en exceso corrompía a los hombres y arruinaba hasta el más mágico caldero; exactamente dos cucharaditas, ni una más. Bueno, un poquito… aunque si la reina de los brujos se enteraba estarían en problemas.
El aprendiz intentó una vez más imitar a su maestro, pero los sonidos le salieron balbuceantes, la magia que el mago mayor esperaba no sucedió. Ninguno de los dos perdió el ánimo.
—¡Píkitus, Píkitus! —esta vez las repeticiones se correspondieron con cada vez que, con maestría, pasó el líquido a dos recipientes más pequeños, le pertenecían una al maestro, la otra, al aprendiz. Hecha para protegerlo de su inexperiencia con las peligrosas sustancias mágicas.
—Estamos casi listos, falta solamente un paso mi querido aprendiz de mago, observa… ¡Hocus, pocus! —sacó dos cubos de una sustancia ligera, gelatinosa de una bolsa que mantenía fuera del alcance del aprendiz, tras presionarlos entre sus dedos, y comprobar su textura, los dejó flotando, uno en cada recipiente, observó cómo lentamente se derretían, dando el toque final a la poción.
El aprendiz estuvo mucho más cerca de lograr su cometido, tenía ya tiempo imitando en todo a su tutor, estaba decidido a hacer la magia suceder, una vez más se quedó a medias, en sonidos que se acercaban pero no eran las palabras que buscaba.
El mago ofreció el recipiente especial a su aprendiz con una sonrisa, la magia que contenía sería nueva para él. Ambos estaban deseosos del momento de beberla. Pero el aprendiz debía esperar un poco, la poción debía asentarse o podría lastimarlo.
—¡Juan! —resonó por la casa la voz de la reina de los brujos —¿Qué haces? Nuestro hijo es muy pequeño para beber el chocolate tan caliente.
—Tranquila Nora, —respondió el mago que sostenía en brazos a su aprendiz —estamos esperando que se enfríe un poco. Además pronto será un niño grande de dos años.
De pronto, sucedió, tan inesperada como la magia suele ser, de los labios del aprendiz salió el hechizo correcto.
—Papá.