—Entonces, señor Fonseca. Sabe por qué lo llamamos.
—Sí, señor, no estoy orgulloso, pero tampoco pendejo.
—Para el expediente, declara usted ser Carlos Fonseca Arreigue, originario de Bacamuchi, Sonora. Nacido en 1979…
—Sí, sí, y soy aluminero, estoy divorciado y todo eso. No me haga perder el tiempo, por favor. Chingada madre.
—Como guste, de cualquier modo lo conozco. Le pido, por favor, aclare dónde estuvo el día de ayer, entre las dieciséis y las dieciocho horas.
—Estaba en mi casa, que es la suya.
—Le agradezco la cortesía. ¿Está totalmente seguro?
—A huevo que sí.
—¿Alguien puede corroborarlo?
—Nomás mi hijo Joaquín.
—¿Comprende que eso es un problema?
—Pos, ¿cómo no?
—Tengo aquí la declaración de cinco albañiles que aseguran que estaba usted en las obras del nuevo centro comercial, al otro lado de la ciudad. Todas muy detalladas y verosímiles.
—¿Muy vero… qué?
—Que es fácil creerles.
—No, a esos batos no les crea nada. Son banda. “El güero” los organiza, y se pusieron de acuerdo para echarme la mano. Yo sí estaba en la casa.
—Me dicen que usted debía hacer la instalación de varios canceles y herrajes para las ventanas. A decir verdad, ya están instalados…
—Oh, ¡qué la verga! Ahora me vienen a decir mentiroso por ser chingón. Acabé mi chamba el lunes.
—No lo dudo, don Carlos. Pero para recibir su confesión, tiene que tener sentido, ajustarse a la evidencia. No lo puedo ayudar si no puedo convencer al fiscal.
—Hasta para entregarse uno la hacen de pedo. Ta bueno, ¿qué tengo que decir?
—Dígannos qué pasó. Que le crea.
—La morrita iba a la casa a veces, Joaquín la ayudaba a estudiar; creo que a ella le hacía tilín, porque se le repegaba mucho. Ayer me quedé, no fui a chambear, porque andaba crudo. Mi hijo se salió; quién sabe qué madres ocupaba. La muchacha se quedó en el comedor; creo que no sabía que yo estaba. Y pos, ya sabe que mi vieja se fue hace años, y me pudieron las ganas. Me le acerqué, me la llevé a la recámara y me di gusto. Pero la morra no dejaba de gritar, le metí un madrazo contra la cabecera, y ahí quedó. Cuando llegó el chaval, entre los dos la fuimos a aventar a la zanja.
—¿Y no hay forma de que su hijo y esa chica estuvieran haciendo… ya sabe, de común acuerdo, ella resbalara o algo y se golpeara con la cabecera? Que fuera un accidente, así solo acusaríamos a su hijo de estupro…
—Nel, ya le dije qué pasó, Joaquín solo me ayudó a moverla, porque lo amenacé al muy joto.
—Entiendo, no debe salir implicado de ninguna manera.
—No, señor. Porque mi hijo no hizo nada. No voy a caer y dejar que lo acuse de haberla violado. Nomás tengo la cara de pendejo.
—Espero que esté seguro de lo que hace. La pena que le impondrán será menor a lo que el delito amerita. Pero aun así son varios años, y usted debe saber que en prisión…
—Ya, cállese el hocico; si me van a entambar, que sea de una vez; si no, me voy a pelar a Torreón.
—Bien, creo que tenemos suficiente. No creo que el juez pida periciales habiendo una confesión; es un huevón de mierda.
***
—Don Carlos, gusto de verlo.
—Pos tú que tas afuera wey. Yo tengo cuatro meses entambado y ya no me da gusto ver a pinches nadie. El primer día me madrearon entre cuatro y al segundo me agarraron de su mayate. Tengo el ano en carne viva y ando zurrando con sangre.
—Esa fue su cagada, no la mía, yo le dije que iba a estar de la verga, mejor se hubieran pelado los dos.
—Pá que luego nos agarraran y nos metieran una verguiza, y pá que mi hijo acabara aquí también. Tas bien pendejo, Alejandro.
—El sargento Ortiz le dio chance, ¿se acuerda? Y usted se echó toda la culpa. Nomás para que el culero de Joaquin no pisara la cárcel.
—De un hijo mío no vas a estar hablando mal. Ta estudiando pa arquitecto, chambea en el aluminio como pocos, nunca me dio pedos como tú y tus hermanos le dieron a mi compadre. Si me doy cuenta de que andas rajando con la tira vas a amanecer en un hoyo en Cananea.
—Ya, padrino, no se alborote. Ya sabe que lo estamos ayudando aunque haga pendejadas.
—Ya pues, ¿qué te dijo el licenciado? ¿Me van a poder mover de reclusorio?
—Pa qué le miento padrino. Dice que no podemos solicitar un traslado hasta que pase un año, no importa lo que le estén haciendo. Y que el juez, por el tipo de delito, le vale madres si a usted lo están violando diario.
—Puta madre. Ese culero nomás ha de querer más feria. Dile al Joaquín que de ser necesario, saque del negocio, él sabe quienes nos deben de trabajos. Apúrense, tengo dos días aislado, pero nomás me sueltan y el que no me mete un navajazo, ya tú sabes.
—Esa es otra, padrino, es que Joaquín anda perdido.
—No mames, cabrón. ¿Se les escondió o qué pedo?
—No, el puto no puede ver un pinche peso porque en chinga le corre a gastárselo en chupe.
—Tus mamadas, si mi hijo ni toma.
—Pos eso sería cuando usted estaba, ahora acaba en una obra y si le dan dos pesos se chupa tres.
—Con razón no me viene a ver el hijo de la chingada.
—La neta, padrino, nos habría de traspasar el negocio a mis carnales y a mí, el Joaquín no es de fiar.
—Te digo, pues que estás pendejo. Mira, no te encabrones, pero me da más confianza él que ustedes. De todos modos te voy a pasar una cuenta donde tengo unos pesos aparte. Si con eso no jala el licenciado, por lo menos que me den chance de ver un doctor de fuera.
***
—Buenas tardes, señor Fonseca.
—Buenas, licenciado. ¿Cómo está?
—Muy bien, don Carlos, gracias, no lo ofenderé devolviendo la pregunta. Honestamente, lo veo mucho peor que en mi última visita.
—¿Pos cómo no va a estar uno mal? Tres años esperando mi juicio, cuando no me tienen encerrado, en las de aislamiento, cualquier pendejo cree que me puede chingar, me hice un filero, pero en cualquier descuido termino en la enfermería.
—En verdad lamento su situación, temo que es común en casos como el suyo.
—Sí, ya me lo ha dicho. Pa lo que me sirve. ¿Viene a avisarme que ya está mi juicio?
—Eso quisiera, don Carlos, es otro asunto, y temo que no son buenas noticias.
—Ya no le dé vueltas, más puto jodido no puedo estar.
—Se trata de su hijo, Joaquín Fonseca Martínez. En la mañana del día diez, lo arrestaron. Se le acusa de violación e intento de asesinato.
—No mame, si por ese asunto estoy yo aquí. Ya saben todos que fui yo.
—Se trata de un caso diferente, esta vez los hermanos de la víctima salieron a buscarla cuando una vecina del barrio les avisó que la vieron en compañía de Joaquín. Quien se ha hecho, ¿cómo decirle? Bastante infame en la colonia. Fueron derechos a la casa de usted e irrumpieron en ella. Encontraron a la muchacha golpeada en el suelo de la recámara. Sometieron a Joaquín y llamaron a las autoridades.
—Hijos de su puta madre, de seguro fueron los sobrinos de Epigmenio, el de los vidrios. Nos la trae jurada por ganarle la obra del centro comercial.
—Sea como sea, la muchacha testificó y pudo demostrar el asalto sexual. Por lo que esta tarde, Joaquín será traído a este mismo recinto a esperar su juicio en prisión preventiva. Supongo que en el fondo es buena noticia, tengo entendido que no lo ve hace… ¿Qué? ¿Unos dos años?
—No me chingue, licenciado. Preferiría no volverlo a ver, que verlo aquí metido.
***
—Hey, jefe, ¿cómo anda?
—¿Tú cómo crees cabrón? Dos putos años no sé de ti y ahora me sales con estas.
—No jefe, cómo cree que va a ser neta eso. El que se madreó a la Susana fue el “Vicio”. Andaba bien crico y ni se acuerda. Me la fue a aventar a la casa, pero la tira no me cree. El sargento Ortiz me pegó un madrazo ya estando esposado. La morra hasta me defendió.
—Ya ves, pendejo, por andarte juntando con puro malandro y alucín. En lo que sale tu juicio te van a sacar de la carrera.
—Uy, jefe, ya tiene más de un año que me sacaron. Pos es que no se puede estudiar y quedar bien con el negocio. Como anexaron al “Balero” me quedé sin chalanes.
—Vales verga, pinche Joaquín. Ya me había dicho Alejandro que te la pasas chupando. Nomás falta que te metieras esas madres.
—Ya, jefe, como si usted fuera un pinche santo. Si de morro casi que mejor le echaba chela a los corn flakes. Porque era lo único que había en el refri.
—Nada te faltó, culero. Harto que me sacrifiqué cuando tu madre se fue con un pendejo y dejó atrás. Nunca te levanté la mano, aunque te lo merecieras cabrón. Vete, te está hablando el guardia. Si alguien te la hace de pedo, me dices. Ya más o menos le sé para que no te pase lo que a mi.
—Simón. Y perdóneme, es que me calentó lo que me dijo.
***
—¿Y qué, pues, mi Carlitos? Yo creía que te ibas a poner contento con eso de que al Joaquín lo van a soltar.
—Pos si, carnal, eso está chingón. No te lo niego. Pero es que imagínate, para pagarle al juez y al licenciado le vendí mi negocio al Epigmenio, mi ahijado me mandó a la verga y ya no me ayuda pa nada. Apenas si salvé la casa, pero me dijeron que se metieron y no dejaron ni el pinche cableado. Y de todos modos mi hijo se va a tener que ir de Bacamuchi, ya todos se la tienen jurada por lo que dijeron la Susana y sus hermanos. Si lo ven por allá me lo matan, hasta creo que iba a estar mejor acá. Con él no se pasaron de verga como conmigo.
—Ay, Carlitos, estás viendo y no ves, chingao. Te dice uno las cosas y no haces caso. Por algo ha de ser que tu hijo no lo quieren en ningún lado más que aquí.
—No mames, mi “chilaquil”, no tú también.
—Sí, yo tambor, y todos los que somos tus compas te lo vamos a decir. Ese cabrón es maña. Se pasó de alucinado que no le iba a pasar nada si hacía sus chingaderas y se metió con esas niñas. Y el que acabó embarrado fuiste tú por pendejo solapador. Y como no entiendes por las buenas, ora te va a tocar por las malas. Ven, y no te hagas pendejo.
***
—¡Hijo de tu puta madre!
—¡Ya jefe!, ¡No se manche! ¡AAH! ¿Qué pedo? ¿Por qué me está pegando jefe? Ya me sacó la sangre. ¡Bájele!
—Ora si te voy a dar todos los chingadazos que te tenía que dar de morro. Y ni se te ocurra ponerte gallito o saco el filero con el que te estuve cuidando. Mírate, en el piso como un pinche animal, no vales pa nada cabrón.
—Jefe, le juro que todo lo que dicen es puro paro…
—Ya estuvo bueno de mentiras, ya supe que el “Vicio” es tu conecte con el cartel. Que les llevabas morritas a los jefes. ¡Hasta tu pinche prima! Ojalá trajera mis botas del jale pa patearte el hocico más fuerte.
—Ya jefe, ya, me tiró dos dientes, le juro que ora que salga…
—¡Va a salir tu puta madre, cabrón! Tú de aquí no vas a salir más que en una caja. Y ya sé que los mañas que te cuidaban aquí me van matar. Pero más merezco por pendejo alcahuete. ¿Sabes por qué se fue tu madre cabrón? Porque cuando te cachó metiéndole mano a una chavita, yo no le creí. Tenías trece, yo dije “ta morro, ni sabe”. Y mira que bien sabías y sabes. Eres un culero. Pero es mi culpa por dejarte hacer lo que daba la gana. ¿Sientes eso? Nunca te quisiste poner la corbata en la secundaria, que porque tenías el cuello delicado. Mira nomás que eso sí era cierto, mi cuchillo está bien romo, pero mira cuanta sangre te sacó con la pura puntita.
—Jefe… Arghhh…
—Listo. Yo sé que con esto no se va arreglar el mundo. Pero lo que pase a partir de ahora, ya no es mi culpa. Nos vemos pronto hijo. ¡Guardia! Estoy listo.