Una silla salió disparada del ventanal de la casa de un noble y se destrozó al caer al suelo. Una chica de aspecto frágil y vestido de sirvienta parecía mirar cabizbaja, hoy no era la noche de Léa.
—¡Zorra! ¡Eres una zorra! —Gritó el Noble. —¡Ya me jodería! ¡El gremio de hostelería me va a joder por tu culpa!
Ernesto Barreras, un noble muy conocido. Pensó Léa. Un hombre de nervios fatales, siempre golpeando a las criadas por idioteces. ¿Por qué me está gritando? Oh, pues por comerme el tomate de la caja equivocada. Justo estaban transportando la fruta para llevarla a su comercio, pero bueno, un error lo comete cualquiera. ¿Cuántas veces me ha dicho "zorra". Ah... he perdido la cuenta. Sin inmutarse mucho, evitó un jarrón que iba directo a su cara. Era lo normal en aquella mansión, pero eso estaba a punto de cambiar. Trescientos piñales dorados por llevarlo vivo, cuatrocientos si su cabeza está cortada de manera óptima. Le quieren más muerto que vivo, con razón. ¿Cómo se llamaba este idiota? ¿Gax? Le llamaré Gax.
—¿¡ME ESTÁS ESCUCHANDO!? —Exclamó "Gax", con el rostro enrojecido por la furia.
Léa cálculo mentalmente cuanto tardaría en darle un puñetazo a la nariz, normalmente gente como él solía dar dos segundos y medio para que la persona agredida pensase en que decir, y cuando estaba a punto de hablar para excusarse "Zas" puñetazo en la cara. Excepto que yo soy más rápida, creo. Léa se quedó en silencio, sosteniendo una mirada relajada al noble. El señor preparó un golpe que iría directo a su mentón, pero ella, como no, fue más rápida. El noble recibió un impacto en los testículos, un rodillazo bien dado. El señor Barreras quedó tirado en el suelo, aullando de dolor. Léa se quitó el delantal y desabrochó los botones de sus mangas, se retiró los guantes y abrió la cómoda bajo un espejo enorme. En el interior había una katana. Lo primero que hice al infiltrarme aquí fue buscar la famosa sala de "riñas". Como esta habitación a penas entra nadie, fue fácil ocultar mi arma. Dos, dos días y mi encargó terminó. Pude haberle matado en un instante, pero eso me delataría. Veamos... ¿Cómo suplicará ahora? Pensó Léa.
Se dio media vuelta, mostró su arma con una amplia sonrisa satisfecha.
—No... ¡No! ¡AYUDA! —Suplico. —¡AYUDA!
—Mala idea insonorizar la habitación. —Dijo ella. —La historia sería muy distinta si fueses un hombre más correcto, no tendrías a los nobles hasta las narices y tu vida se abría alargado... ¿Cinco años más?
—Por favor... —Los ojos del noble empezaron a lagrimar. —¡Te daré todo el dinero que quieras!
Tentador. ¿Qué más?
Léa dio un paso.
—¡Te ofrezco a mi hija!
Prefiero a un varón bien vestido y con estudios, pero gracias.
Desenfundó la katana, su hoja era tan brillante que reflejó las luces de las lámparas al rededor.
—¡Confesaré! ¡Lo juro! ¡LO JURO!
¡Ostras! ¡Eso es nuevo! Da igual, hoy no es tu día.
—¿Esas serán tus últimas palabras? —Dijo la mujer, alzando la espada.
El noble reflexionó.
—Quiero hablar con mi esposa Marta. Quiero confesar ante ella mis atrocidades...
—Pues está de viaje, como siempre.
La mujer cortó la cabeza del hombre, cualquier asesino dejaría un rastro de sangre a su alrededor, pero él corte fue tan veloz y perfecto que apenas brotó sangre. Rápidamente, la mujer tomó el delantal del suelo y lo puso en el cuello abierto para evitar que saliesen gotas. Tenía que ser aún más rápida con sus hechizos si no quería dejarlo todo perdido. Extendió la mano izquierda, donde tenía una pulsera con una roca rojiza. De su palma invocó el fuego, uno tan poderoso que calcinó la herida de inmediato. Un cuerpo decapitado que no sangraba, como siempre, un encargo limpio y sin desastres de por medio. La chica se sentó en la cama, con un pañuelo empezó a limpiar su espada, a penas estaba manchada. Del bolsillo de la falda sacó un pequeño pote que contenía cera, siempre guardaba algo en el bolsillo para limpiar sus armas. Frotó el mejunje en la espada de forma rápida y profesional, la devolvió a su funda y miró debajo de la cama. Saco una maleta negra, había una ropa de paisana dentro y otras mudas similares. Se quitó el vestido de sirvienta, lo dobló y lo colgó en un armario. Se vistió con las prendas de paisana y metió la cabeza cercenada en la maleta. Ya vestida, se miró en el espejo un momento para arreglarse el cabello un poco.
Su rostro era estrecho, pestañas marcadas, piel pálida como un espectro y sin maquillaje. Siempre pensó que era una chica guapa, como la mayoría de granjeras del reino, para ella el maquillaje y retoques estéticos eran una idiotez. Su cuerpo era muy delgado, claro, dado al trabajo que tenía era una chica que estaba fuerte, pero aun así era más delgada que la mayoría de mercenarias. "Enclenque" la llamarían algunos. Trabajo terminado. Espera... Revisó la habitación, no había gotas de sangre, tampoco restos de piel. Nada se había quemado al hacer el hechizo de fuego, eso significaba que era un trabajo excelente y de calidad. Sonrió satisfecha de su labor, estaba muy orgullosa.
Con naturalidad caminó por los pasillos de la mansión. Un mayordomo superior estaba fumando una pipa en la entrada del vestíbulo. Se fijó en ella, sonrió con elegancia e hizo una reverencia.
—¿Termináis ya el plazo de sustitución?
—Sé que es temprano, pero me surgió un asunto importante. Lo siento, señor Mansón. —Respondió Léa.
—No pasa nada querida, justo también se van tres sirvientas de vacaciones a las afueras. ¿Has escuchado de la pradera naranja?
Ese lugar... ¡No! ¡No te pongas nerviosa! Estás haciéndolo genial... ¡Ni se te ocurra recordar nada de ese sitio! Pasado es pasado. Pensó.
—Si, si... Un lugar espléndido desde que... —trató de decir, pero su voz iba quebrandose poco a poco.
El mayordomo se ajustó las lentes.
—La caza de York, menudo problema... Dicen que no quedaron soldados. Pero ahora hay un lago cristalino donde detonó la explosión, y las flores crecen bellas y brillantes. Un lugar agradable donde pasar las vacaciones, sin duda yo iré. Esto... ¿Puedo contar con usted para cuando suceda algo?
—Claro, por supuesto que sí. —Retomó la compostura. —Puede llamarme cuando lo desee, habito en el barrio, cerca de la muralla, donde los edificios añejos.
—Un sitio humilde... dicen que es un barrio terrible, pero seguro que es al contrario. ¿No?
—Claro que sí, señor Mansón. Bueno, me marcho.
—Ha sido muy amable con las sirvientas y sirvientes, y que decir de su profesionalidad. Es usted excelente para este oficio. No dudaré en llamarla, se lo prometo. Adiós, señora Elisa Camus.
—Adiós, Mansón.
¿Elisa Camus? ¿Por qué se me ocurrió un nombre tan "noble" para la infiltración? El siguiente será: "Manola Gracias" o algo por el estilo.
Léa atravesó el arco de mármol que llevaba al gran vestíbulo. Bajo las escaleras de la entrada y salió de los terrenos de la mansión. Dejo la maleta en una esquina del muro, se aferró a la pared con una mano y tomó aire, retuvo las lágrimas. Es el pasado... es el pasado... pasado.... pasado... pas... Se quedó petrificada, estaba pisando la línea de la acera. Tomó la maleta y retrocedió dos pasos. Ahora podía caminar correctamente. Como odio pisar las líneas...
Anduvo con naturalidad por la calle adoquinada, intentando despejar la mente mientras observaba su alrededor como de costumbre, siempre se fijaba en algo nuevo. La moda de la ciudad aún no había cambiado mucho, los habitantes portaban prendas coloridas como de costumbres, menos los zapatos, estos eran negros en su totalidad, botas oscuras que tanto hombres como mujeres llevaban. Ahora que se acordaba, el mismo heredero de Trobanhead, Lord Selwyn, vistió unas botas idénticas.
En las paredes colgaban carteles referentes a las noticias públicas sobre el consejo de Erwin, donde ofrecen información sobre las nuevas tecnologías en avance. Léa se detuvo un instante para analizar el cartel, se comentaba el uso de la magia responsable y las aperturas de las puertas para tener nuevos estudiantes entre sus pasillos. Desde que el antiguo régimen cayó y se otorgó poder a las instituciones intelectuales, la gente parecía más apañada que de costumbre O eso pensaba Léa. Realmente jamás vivió el periodo anterior a la monarquía familiar y las tres órdenes. Ella solo conocía su ciudad, sus habitantes y que el despotismo real había cesado, siendo controlados por el ojo que todo lo ve, la universidad. De allí venían los estudios religiosos, teológicos y cultura general.
Caminó por la avenida principal que conducía al titánico castillo de Trobanhead, una enorme fortaleza inexpugnable pero elegante. Contaba con seis torres a su alrededor con tejados picudos y retorcidos. Desde la lejanía eran notorias las enormes vidrieras coloridas, enormes ventanales y arcos imposiblemente grandes para remarcar los portones. Si uno se acercaba bien, podría notar que en cada esquina había una enorme gárgola o estatua, incluso fusionada entre las paredes.
Léa no entendía de arquitectura, pero le parecía increíblemente magnífico. Sin darse cuenta se chocó contra una estatua, siempre había estatuas desperdigadas por las calles, sea un toque artístico o no, era sumamente molesto.
Cerca de donde estaba ella se encontraba una enorme catedral de color blanco, puede que la única estructura blanca en toda la ciudad. La catedral inmensa y retorcida era otro de los pocos edificios que gozaba de un reloj gigante funcional con engranajes y sistemas eléctricos. Sus puertas doradas siempre permanecían selladas, nunca se habían abierto, o eso creía Léa. Estaba en la plaza de los caballeros, justo delante de la enorme sede dirigida por La orden de Acero (O acero platinado).
Un nombre muy lujoso para una sede aún más increíble. Intentó calcular a ojo la altura del edificio, pero se rindió nada al mirar la altura donde estaban situados los capitales. Era un lugar precioso de día, pero siniestro de noche, las estatuas de caballeros alzándose sobre enemigos muertos daban malas vibras.
Salió de la enorme avenida principal, para caminar entre callejones. Las estructuras normales de las capitales en el pasado eran puramente clasistas, separando barrios ricos de pobres. En la enorme ciudad de Nova Urlia nobles y paisanos convivían de manera justa, como semejantes. Los nobles eran más adinerados, claro, pero no a un nivel tan injusto como en la antigüedad. La nueva sangre real trajo la igualdad económica, los impuestos bajaron después de las guerras y la nación de Urlia había terminado con todos sus enemigos en la última de las guerras, pues había tiempo para corregir los problemas sociales, para contentar al pueblo. "La última nación del mundo" decían los carteles publicitarios cerca de las grandes tiendas. Pero el ser la única nación del mundo, también tenía sus problemas. A pesar de no haber revueltas entre trabajadores y nobles, sí había problemas con las sectas. La universidad decía que querían conocimiento prohibido, la realeza cuenta que desean su dinero, los religiosos opinan que quieren inculcar un falso dios... Los mismos sectarios hablan sobre que quieren acelerar el apocalipsis. Cada loco con sus locuras. Pensó Léa.
Giró a la izquierda pasando delante de una tintorería, unos edificios más adelante se encontraba una enorme mansión grisácea que, no tenía ni pies ni cabeza, estaba construida en medio del distrito comercial, entre tiendas variopintas. Era una zona lujosa, pero a su vez era extraña. El distrito comercial era más grande de lo que podría uno esperar, cabían bancos (el único de hecho) tiendas de moda, algunos almacenes y por supuesto, restaurantes muy variados. Era la época de oro para la ciudad. El estandarte real de los Luxia colgaba de varios balcones, era una bandera muy extraña, cuatro cuadrados, dos rojos y dos azules. Arriba a la derecha estaba grabado un bufón en uni ciclo, a su izquierda en el cuadrado rojo, dos máscaras, una riendo y otra llorando. Abajo de las máscaras expresivas había una mano cercenada con un ojo "Saber real". A su derecha la representación de un caballero torpe y perezoso. Una bandera confusa para Léa.
Siempre había algún soldado patrullando las calles, con sus grandilocuentes armaduras decoradas, portando capas rojas y azules. Aquel día no había mucha vigilancia, lo que era bueno, porque tenía que entregar su recompensa lo antes posible. Nadie la miro extraño, hasta que pisó la raya de una losa. Maldijo en voz alta y retrocedió dos pasos para empezar una vez más. Empezó a pensar en un discurso interesante para su jefe mientras andaba hasta la mansión.
Mi señor... No. Lord. ¿Lord? ¿No era Sr.? ¿Pero si es Sr. puede ser Lord? ¿Cómo funcionaba la jerarquía nobiliaria? Pisó otra raya, dos pasos hacia atrás, otra vez. No soportaba las líneas de los adoquines, a veces necesitaba una precisión admirable para pisar bien los ladrillos del suelo con los pies, es como si hubiese memorizado su extraño andar. Ojalá el suelo siempre fuese liso, mucho más limpio y ordenado. Se detuvo en la puerta entreabierta, pensó antes de entrar. ¿He de llamar a la puerta? Pensó. Creo que sí, voy a llamar... ¡Espera! ¡Pero el timbre está usado! Como sea... Hazlo. Léa dio un tímido toque al timbre y luego se limpió el dedo con la camisa. Un guardia abrió la puerta del todo y le cedió el paso.
—No tiene por qué tocar el timbre señorita, está roto. —Dijo el guardia, que seguramente se percató
—Ah, claro. Se me olvidó.
Pasó al lujoso interior de la mansión, que más que una casa parecía una enorme galería de arte y moda. Un sirviente muy bien vestido y de peinado elegante, le guío hasta el despachó del jefe. Siempre he querido una mansión, pensó Léa. Adoro los espacios grandes, cuando era niña me solía estresar en casa, mi cuarto era demasiado pequeño, me costaba dormir... Pasaron por una enorme sala de baile, las luces eléctricas habían sustituido las velas y candelabros que eran retirados por otros criados. Aunque alguno que otro quedaba por allí. En el extremo de la sala había una chimenea de un tamaño considerable, una persona entera podía caber sin problemas. Los atizadores estaban cruzados entre sí, como espadas siendo expuestas lujosamente. Léa siempre se fijaba en aquellos detalles, le gustaban los museos no por su alto contenido en cultura, sino más bien por lo llamativo de las armaduras y artefactos que desconocía. Cada sala, cada pasillo... ¡Es como un museo entero! Pensó ella. Siempre hay alguna arma colgada, alguna armadura, tesoro o artefacto mágico... ¡Es genial! Caminó por un pasillo del mismo color crema que la sala de bailes, se estaban acercando a la profundidad de la mansión. Tras esquivar algunas criadas apresuradas, ella se paró ante una puerta roma y gruesa.
—¿Lista para su visita? —Dijo guía.
No lo sé, aún no he dado con mi discurso. Vale... calma... tú puedes. ¿Cómo era? Esto... Sr... ¿Lord? ¿Era Lord o Sr?
La puerta se abrió como si adivinaran su presencia. Una sirvienta proveniente del interior le cedió el paso con elegancia. En el fondo de la habitación, un hombre anciano, pero bien cuidado, tecleaba un tipógrafo con prisas. Su mandíbula era afilada, con un bigote corto y unas patillas largas, su cabellera gris era tan larga que le tocaba los hombros. Vestía un traje caro y adornado con emblemas, fue militar al aparecer. Pero no eran suyas. El señor estiró los brazos y bostezó, hizo crujir sus dedos con un gesto rápido y se encaró a la recién llegada.
—¡Mira a quién tenemos aquí! ¡Dos días sin decir nada! —Exclamó el noble. Era alegre y energético, demasiado para su edad. Nunca dejaba de esbozar una sonrisa placentera. Léa analizó su rostro para saber si estaba mirando de más, pero no fue el caso. Era un hombre de fiar, más o menos.
—Sr. Marmaduke. —Léa hizo una reverencia torpe. —Su misión ha concluido. Hoy, veintitrés del trece del mil setecientos uno, a las doce del mediodía.
—¿Era necesario esa palabrería? —Preguntó el noble dando media vuelta a su silla.
—No. —Afirmó con algo de vergüenza.
—Pues genial. —Marmaduke se levantó y estiró el uniforme para quitar las arrugas. —Soy "Lord" no "Sr". Ese título está reservado para los caballeros del reino.
—Perdone, Lord. —Dijo Léa con un tono bajo.
—¡No voy a echarte bronca muchacha! ¡Veamos que me traes! ¿Es el regalo que tanto estaba esperando?
Léa se agachó, puso la maleta sobre la mesa con cuidado. Quitó el seguro y giró una manilla que hacía posible la apertura completa de la maleta negra.
—¿Está usted seguro? ¿Tiene estómago?
Las criadas se retiraron de la habitación inmediatamente, no era la primera vez que algo parecido sucedía en aquella sala.
—Tranquila muchacha, he visto cosas en la guerra. ¿A caso voy a sorprenderme?
La mercenaria abrió la maleta, la cabeza cercenada del noble "Gax" había palidecido, su expresión aún mostraba sorpresa. Parecía un pez en la pescadería, excepto que... bueno... Los peces suelen estar congelados para no oler peor. Pensó Léa.
Lord Marmaduke se tapó la nariz y emitió una arcada. Con la mano restante indicó que cerrara la maleta.
—Puag... ¡Qué terrible! Creo que uno nunca se acostumbra a estas cosas.
—Perdóneme Lord.
—Nada, no es... —El Lord intentó no echar el desayuno. —Nada... —El noble volvió a tener una postura mucho más formal, se ajustó la torera militar y miró al reloj. —Bien... bien. Ejem... ¿Cuánto era el precio?
—Trescientos Piñales dorados.
—Claro, claro... —Léa vio como el hombre le ofrecía las monedas mientras le hablaba, prestar atención a lo que decía mientras contaba mentalmente las monedas se le hacía una tarea algo complicada. —Sabes... Ese hombre que has asesinado era un noble muy desgraciado. Un rival de negocios muy molesto, siempre compraba propiedades que no le tocaban usando dinero que no era suyo. Supongo que te habras enterado también sobre el trato de las criadas.
—En fin, misión cumplida. ¿No? —La chica ató la bolsa a su cinturón. —Llámeme cuando lo necesite.
—De hecho, te necesitaré en dos días. —El noble entrelazó sus manos.
—¿Solo dos días? ¿De qué se trata?
—Ambos hemos aprendido mucho del uno al otro, y creo que estamos en confianza. ¿No crees?
—Esto... creo.
—¡Qué graciosa eres! —Sirvió una copa de vino y se la tendió. —El mundo necesita profesionales de tu calibre, personas dispuestas a lo que sea. Creo que llevas muchos años haciendo trabajos demasiado... como decirlo... pobres.
—¿A qué se refiere? Estoy bien en el nivel en el que estoy.
—Me refiero a que la altísima nobleza me ha pedido que mande a matar a cierta persona algo más o menos relevante que un noble. —Su mirada se tornó un poco más seria. —Y más o menos más letal.
—No sé por donde va esto. Sin rodeos, dígamelo ya. —Dijo con algo más de emoción que de costumbre.
—Matar a una caballera de la orden platinada.
¡¿Es que este tío está como una cabra!? ¡Y una mierda! ¡Solo un enfermo mental lo haría! ¡Niégate! Se exclamó así misma en sus adentros.
—¿Sí? Esto... ¿Seguro que esa información es verídica? —Preguntó ella. Vale, puedes irte. Con trescientos tengo para mudarme si hace falta.
—Seguro. Está calificado por la misma orden de acero platinado. La mismísima Lady Roland.
¡ROLAND! ¿LA MISMA ROLAND? Hay que negarse... ¡Niégate!
—Pues...
—Diez mil Piñales dorados a quien la mate. —Dijo con falso pesar. —Pero... lamentablemente no se te ve dispuesta. ¿No? Tu vida es muy preciada como para perderla por mil piñales.
¡Diez mil! Con eso puedo comprarme una casa mejor, podré tener mi propio jardín con piscina, comer cuatro veces al día... ¡Un sueño hecho realidad! Sin contar mi nuevo nivel de categoría como mercenaria independiente...
—Acepto.
—Pero necesitarás compañía, sola morirás.
—¡¿Qué?! —Exclamó con horror. —¡Puedo sola!
—Lo siento, pero la organización de los neutralistas, los presos mercenarios selectos por el reinado, exige mandar uno de sus representantes para la misión. Es para garantizar que ambos salgáis vivos.
—Si buscan una garantía fija... ¿Por qué demonios no mandan al ejército? O que lo hagan como siempre. ¡Que manden una caballera como ejecutora!
—-En este caso, hay que matar a una caballera de la organización, pero lamentablemente nadie puede ir. ¿Sabes por qué?
—No, estoy algo perdida últimamente. ¿Por qué?
—Los sectarios están atacando los alrededores de Nova Urlia. Hay presencia de muchos enemigos poderosos y una especie de infestación de monstruos. La realeza no puede mandar tropas oficiales a por una caballera ahora, así que dependen de mercenarios.
—¿Y qué?
—Todos los mercenarios que han mandado acabaron a trozos.
—¿Así que los mercenarios somos los únicos peones útiles ahora?
—Exactamente. ¡Pero es temporal! —Aclaró. —La secta de Vega intenta desangrar la paciencia del reino mientras estamos aquí sentados, ahora mismo. ¿Lo pillas?
—Así que la situación es grave... Demasiado. Bien, acepto el encargo. No solo por el dinero, sino por la gloria del reinado.
—¿Ahora eres patriótica?
—Lo justo y necesario. Ahora... ¿Quién es mi compañero?
—Oh... pues es...