Gustaf Wayland esperaba a su primo Gilbert. Sentado en un banco de jardín a la luz de una farola eléctrica. Qué locura, nada más entrar a la ciudad, eran notorio los avances culturales y tecnológicos de Nova Urlia. Los edificios de arquitectura anticuada resaltaban demasiado entre las carreteras bien adoquinadas y los cables de cobre cubierto. Era el perfecto choque de lo moderno y lo antiguo. Pero si había algo que resaltaba entre todo, era el mismísimo Gustaf, quien para colmo portaba una armadura de cuero negro y una espada larga en la cintura. Su aspecto decía mucho de su actitud, alguien de campo, puede que de otra época. El porqué de sus pintas se explicará... en menos de dos minutos.
Movía nerviosamente el pie, algo normal en Gustaf cuando tenía pendiente un trabajo. Miró de izquierda y derecha, después hacia atrás y por si acaso, ojeo los tejados. Su primo no vendría, de eso seguro.
Se levantó.
Estiró los brazos.
Notó el peso del cuero sobre sus hombros y su cinturón grueso repleto de cuchillos.
Intentó subirse la capucha, pero recordó que se le había arrancado peleando contra un monstruo en una misión anterior. Avanzó por las calles brumosas a la luz de la luna creciente. Nadie salía de casa cuando había un monstruo cerca, por eso estaba él, expectante, nervioso, algo frustrado.
Dejó una nota antes de irse.
Caminó cerca de la plaza de los caballeros, moderna, lujosa y repleta de estatuas siniestras de tétricos guerreros de un pasado aún más oscuro. No se detuvo a mirar los detalles, pero uno podía notar el extraño azulado del cobre oxidado, eso solo significaba que el monstruo que buscaba estaba cerca. Puede que vosotros no lo podáis oler, pero en aquel momento había un toque acre en el aire, entre la bruma blanquecina y misteriosa. Gustaf seguía aquel olor tan familiar hasta llegar a una panadería, donde varios olores se mezclaban, el pan, el chocolate, la crema dulce, las frutas... y como no, un Ghoul. Era el extraño olor de la podredumbre superpuesto al olor de los hornos, lo que le hacía dudar realmente.
¿Ese monstruo estaba en la panadería?
¿Cerca del callejón que tenía al lado?
¿En las alcantarillas?
No, era aún más lejos. El panadero parecía mirar desde la ventana de la cocina a aquel hombre extraño de armadura, sin mangas, que por algún motivo utilizaba pantalones estrechos y sin llevar guantes, sus brazos eran fornidos y muy definidos, algo decía que su cuerpo era más elástico que robusto. El cocinero notó que el joven de cabellera castaña y larga le miraba por un segundo. Cerró la cortina. Gustaf sé apresuró con decisión, el monstruo parecía movilizarse más rápido de lo que un muerto viviente es capaz. El hombre empezó a acelerar el paso, corría por las calles vacías y oscuras de la ciudad. Una llovizna muy leve empezó a caer mientras corría, un fenómeno peculiar, niebla y lluvia, todo a su vez, como si existieran unas nubes superpuestas o la bruma perteneciera de algún lugar inexplicable. Finalmente, notó un olor nuevo, era... ¿El monstruo? ¿En un interior cercano? Alzó la vista, sorprendido. Estaba enfrente de la gran universidad de Erwins Crunch.
Gustaf analizó la recepción vacía, era un mal día para ponerse a trabajar, por suerte era festivo y nadie le fastidiaría. Avanzó sin cuidado por el edificio, elegante, lujoso, repleto de esculturas muy variadas. Furiosos filósofos con bigotes graciosos esculpidos en mármol, estatuas de cuerpos perfectos e imponentes que representaban a los antiguos humanos. Todo allí era siniestramente glamuroso. Su único defecto era la facilidad con la que se podía entrar a robar. Saltó a la recepción en búsqueda de una guía turística, pues era su primera vez en el interior de una universidad. Agarró un pequeño folio gastado, un mapa básico que enseñaba las clases más básicas a los estudiantes primerizos. El cazador cerró los ojos al oír un sonido peculiar, un golpe en el piso superior.
Bien, genial... Lo tengo en la segunda planta. Pensó mientras miraba el folleto. La sala de exposiciones para medicina.
El joven caminó tranquilamente por los pasillos, ojeando cuadros de paisajes, curioseando aulas, leyendo algunos carteles indicativos. Moverse por los pasillos oscuros y fríos era más cómodo de lo que podía parecer.
Andar y perderse en sus pensamientos, eso hacía.
Le dio vueltas al porqué su primo tardaba tanto, el que le habría pasado de camino a la quedada. La luz lunar era particularmente bella aquella noche, se percató mientras subía los escalones. Ya en el segundo piso, avanzó hasta uno de los grandes ventanales, desde las alturas era apreciable el enorme barrio comercial y no solo el barrio, sino toda la ciudad. La universidad de Erwins Crunch estaba situada encima de una colina gigantesca, exactamente en el centro. Eran apreciables los picudos edificios llenos de detalles innecesarios. Gárgolas que se posaban bajo los pináculos, que a su vez hacían de decoración para los pilares conectados a arbotantes pegados a las paredes de roca negra. Casi todos los grandes edificios tenían grandes arcos muy característicos, vidrieras multicolores y exageradas estatuas pegadas a las paredes, como si estuvieran fusionadas con las paredes bajas. Gustaf no entendía por qué construían los edificios de maneras tan tétricas, era un malgasto de recursos innecesario.
"El corazón del mundo es el saber" velaba una de las citaciones raras de la esquina, pegado en la pared, al lado de una puerta de hierro cerrada a cal y canto. Al parecer, los fundadores de la ciudad se tomaron esa frase al pie de la letra, pues en la universidad era donde todos los eventos se hacían. Pero Gustaf era del profundo oeste, donde solo hay aldeas hechas de ladrillos rojizos. Lo más glamuroso del campo eran los enormes campanarios y relojes de engranaje. La electricidad en aquellos pueblos lejanos parecía magia negra (pues ya conocían la magia real).
El chico de pueblo avanzó por los pasillos, pasando entre arcos de madera con rostros grabados en su interior. "Los ojos son el espejo del alma" decía un grabado en la pared, que era una citación directa a uno de los viejos profesores difuntos. Vaya a donde vaya, uno aprendía algo nuevo con los detalles de la universidad.
Se paró enfrente un portón semiabierto. De allí provenía el olor fétido. Antes de entrar, se percató que había un arañazo en la pared, a juzgar por la forma, se debía una garra de cinco dedos. Los gules más comunes no solían tener unas uñas tan largas, a no ser que alguien modificara su cuerpo adrede. Sigilosamente, caminó, desenvaino la espada de su cinto y analizo cuidadosamente el aula de prácticas.
Era un lugar espacioso, las mesas altas del aula formaban un semicírculo al rededor de una camilla de acero vacía. La pizarra estaba llena de dibujos muy elaborados, eran piezas del cuerpo humano, hechas de manera en que se pudiese ver el músculo y hueso. Menudo profesor más talentoso el que haya dibujado esto. Pensó Gustaf.
Una probeta cayó desde lo alto de una mesa, quebrándose y llamando la atención del chico. Una sombra delgada correteó cerca de él. El joven rápidamente cerró la puerta de una patada para que no hubiese ningún ápice de luz en la sala. Se escuchó un chillido agudo, después la exclamación de un joven pidiendo silencio.
—¡Calla Joe! —Exclamó una voz femenina.
—¡Que alguien encienda la puñetera luz! ¡Paso de tener a esa cosa suelta y a oscuras!—Dijo una voz masculina.
El portón se abrió, la luz reveló a dos jóvenes de la universidad, bien vestidos con trajes elegantemente puestos, de colores apagados. Uno de ellos tenía un cardenal en la mejilla, se lo hizo de camino a la universidad con las prisas. El olor era mucho más desagradable.
—¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis aquí? —Preguntó Gustaf enfundando su arma.
—¡Estáis en un lío muy gordo! ¡Que hay un muerto viviente suelto!
—Esto... ¿Un muerto dices? —Dijo el joven nombrado Joe. —¡Ni idea! ¿Como que un muerto?
—¡Maldita sea! ¡Si es un miembro de la orden de los neutralistas! ¡Lo sabe todo!—Exclamo la chica, cubierta de tierra de arriba a abajo. ¿Excavaron tumbas y llevaron al cadáver hasta aquí?
—Bueno, bueno, bueno... ¿Qué ha pasado? —Gustaf adquirió una postura más inofensiva, un rostro empático.
—Queríamos adelantar nota de anatomía y nos tomamos un chiste del profesor muy literalmente, suele pasarnos.
—¡Pero no así, Joe!
—¡Calla Cloe!
—Callaos los dos. ¿Sabes qué diablos habéis traído a la universidad? —Gustaf se llevó las manos al cinturón, sonriendo como si estuviera a punto de soltar un chiste.
—¿Un muerto? —Preguntó Cloe de manera retórica. —¡Lo sabemos! ¡Es ilegal! ¡No nos descuarticé, señor! —Suplicó aterrada, repentinamente. —¡No sabíamos que cobraría vida!
—Oh, yo no. —Señaló detrás de ellos. —El de atrás puede que lo haga si tiene hambre. ¿Sabéis? Tenéis mala suerte, habéis pillado a uno de garras largas, por eso el arañazo que dejasteis en la puerta. Seguramente experimentaron con ese bicho antes de enterrarlo.
—¿Mala suerte? —Preguntó Joe aterrado. —¿Detrás? ¿Experimentos?
Algo se escuchó detrás de ellos dos, una tercera figura misteriosa que caminaba perezosamente por el lugar hasta quedarse quieto detrás de ellos, casi invisible por la oscuridad del lugar. Notaron un aliento fétido cerca, un calor extraño en sus orejas, un balbuceo sin sentido. Los dos jóvenes se volvieron lentamente, indecisos de observar lo que tenían detrás. La curiosidad les ganó, se volvieron del todo para ver lo que tenían detrás. Gustaf sonrío ampliamente, el chiste estaba por rematarse.
El Ghoul estaba desnudo, con un cuerpo esquelético que conservaba una carne pútrida, llena de tierra y barro. Aún tenía escaso pelo en su cabeza casi calva, enseñando los pocos dientes que tenía con cierto aire amable. Carecía de ojos.
Los jóvenes gritaron y corrieron despavoridos hasta tropezar. Habían cargado todo aquel tiempo con un muerto viviente.
—Menudo susto. ¿He? —Gustaf se acomodó el cinturón. —Tranquilos, no mata humanos. Por ahora. Solo tenemos que llevarle de vuelta a su agujero. —Notó que el metal del tirador de un archivador empezaba a oxidarse. El Ghoul estaba a punto de despertar su estado violento. —¡A prisa! ¡Que no tenemos toda la noche!
Los universitarios se miraron con los ojos llorosos, no querían acercarse.
—¡Paso!
—¡Ni loca!
Gustaf se acercó al muerto viviente, lo tomó del brazo como a los niños pequeños y empezó a andar junto a él. Se frenó al notar que aquellos dos no le seguían.
—¡Andando! ¡Vosotros os habéis metido en el lío! ¡Más vale que participéis!
Ambos notaron un escalofrío, asustados por el hombre joven que tenían delante, el muerto viviente, y las consecuencias que podrían acarrear si no hacían algo rápido. No podían suspender otro año de carrera.
Estaban a las puertas del vestíbulo principal, guiando a un no muerto para que no se perdiera por el camino. Uno no se podía acostumbrarse estar al lado de un cadáver, pero sí podían entender poco a poco el comportamiento sumiso y relajado que tenía. Por ejemplo: cuando se le hablaba directamente parecía entender las palabras, asentía y negaba con la cabeza, a veces soltaba algún ruido débil. Gustaf les había explicado que los muertos vivientes no se alimentan, pero que pasada la media noche se volvían agresivos. Los universitarios se lo preguntaron el cómo era que él sabía sobre monstruos. Normalmente, solo los altos cargos de la universidad de Erwin eran quienes podían entender aquella información secreta. Aquel hombre era una caja de misterios, era casi tan joven como la pareja universitaria, pero en actitud parecía un viejo furioso. El Ghoul avanzaba lentamente junto al mercenario hasta la puerta principal. Repentinamente, el monstruo soltó un alarido y se alejó de la salida, movido por un instinto primal. Salió disparado con tanta fuerza que el mercenario quedó sorprendido. El monstruo cayó al suelo de rodillas y se tapó el rostro, parecía llorar.
—¿Pasa algo? Tranquilo.
Gustaf sonó más amable de lo normal, como si tratase con alguien humano. El primer paso para comunicarse con los muertos era tratarles como si estuviesen vivos.
El Ghoul empezó a temblar en una extraña convulsión grotesca. Eso solo significaba que estaba empezando a volverse violento, un monstruo desatado sería un riesgo demasiado grave. El mercenario desenfundó la espada y la clavó en la cabeza del monstruo.
—Fin del asunto. —Concluyó con frialdad. —Lo muerto no vuelve a morir, por eso mismo es mejor incapacitarlo. ¡Vamos a empezar a desmembrarlo! —Dijo con extraña alegría.
La pareja se quedó petrificada.
—¡¿Cortarlo a pedazos?! —Exclamó Cloe.
—Sí, a pedazos. ¿Quieres que se recomponga y nos abra la tapa de los sesos?
—¡Pero si dijiste que no mataban a nadie! —Exclamó Cloe.
—Pasada la media noche, querida. Ahora vamos a...
Joe gritó de manera terrible al notar que alguien le apuñalaba por la espalda, Gustaf y Cloe se alertaron, incapaces de saber lo que estaba ocurriendo. El cuerpo del joven cayó pesadamente al suelo dejando una gran mancha roja, esa imagen perduraría para siempre en la joven estudiante, que solo podía temblar, hiperventilar, y luego gritar.
Pero si el puto monstruo está en el suelo... Así era, el Ghoul estaba a los pies de Gustaf. Una luz cegadora inundó la sala, una bomba milagro, Gustaf sabía muy bien lo que era, se las habían lanzado mucho durante sus misiones. De hecho, ya sabia quién era el culpable de todo aquello. Cultistas. Dos cuchillos largos intentaron apuñalar al mercenario, quien esquivó el ataque. Cloe parpadeó varias veces, aturdida, notó como la oscuridad empezaba a engullir el ambiente otra vez. Tembló, trastabilló y se quedó en el suelo.
El mercenario desenfundó la espada, los dos sectarios atacaron al mismo tiempo. El joven guerrero hizo un mandoble mientras sus enemigos atacaban a su cuello con las dagas, confiados de que podrían eliminarle. Excepto que él no era un hombre común. Mientras Gustaf blandía su espada, hizo una pequeña seña con sus dedos, corazón y pulgar. Una energía verdosa recorrió sus venas, el fluir del maná empezó a correr hasta las venas del cuello. Las hojas hicieron contacto con la piel, causando que el poder mágico de protección le salvase de una muerte segura. Los cuchillos fueron repelidos por un escudo verdoso y cristalino. El mandoble de Gustaf cortó las cabezas de ambos sectarios a la vez, un chorro de sangre salpicó violentamente su rostro y una fuente sangrienta salpico el techo alto. El mercenario miró a Cloe.
—Vete, llama a las agencias. ¡Nos ataca el clan Vega!
La muchacha reaccionó, torpemente se levantó y atravesó la puerta de un golpetazo, pero se topó justo con quien no debía de toparse. Un alto pontífice, enmascarado con una careta de sol plateado y sonriente, vistiendo una túnica roja escarlata con retoques negros. Era inconfundible.
—Mh.... Veo que un sucio mercenario se ha interpuesto. ¿No era que esta universidad cerraba por las noches? Pensar que terminamos con todos los guardias...
Gustaf miró a su alrededor, tres sectarios surgieron de las sombras una vez más. Notó una punzada de terror al ver como el pontífice extendía su mano hacia el rostro de la aterrorizada mujer. Sus dedos lentamente empezaron a adoptar una zarpa punzante de hueso puro, deformando su mano de manera grotesca.
Gustaf reaccionó a tiempo, su filo silbó en el aire cuando lanzó una primera estocada, atravesó el cuello de uno de los sectarios. Los dos enemigos restantes arremetieron lanzando una daga rojiza. El mercenario se echó hacia la izquierda rápidamente para esquivar los dos filos, pero las dagas se redirigieron hacia la posición de Gustaf. Aquello no lo esperaba, se agachó y a escasos centímetros evitó los cortes. Brincó con la espada, giró el cuerpo usando todas sus fuerzas. Notó como los sectarios hicieron un extraño gesto con los dedos al mismo tiempo mientras extendían la palma de sus manos. Los dedos, corazón y anular de los esbirros brillaron y una pequeña luz roja recorrió desde sus muñecas hasta el pecho, extendieron la mano derecha y de sus palmas salió un chorro de sangre hirviente a presión, Gustaf activó nuevamente su habilidad. El escudo verdoso y cristalino ahora era semejante al color de una esmeralda, y cubría su cuerpo de cintura para arriba. Solidificó nuevamente el maná sobre su cuerpo. El chorro a presión fue repelido a duras penas, las manos de los sectarios se quemaron de manera grave. Las dagas anteriormente arrojadas, que yacían en el suelo, volvieron volando por orden psíquica de los enemigos hacia el mercenario para apuñalarle por la espalda. Gustaf estaba acorralado. Rodó temerariamente por el suelo, evitando el impacto. Aquellas dagas eran de un acero extraño, no podía bloquearlas con magia, bien lo sabía él. El mercenario quedó arrodillado delante de los enemigos, quienes prepararon otro ataque similar, esta vez preparando un rayo con los ojos. Aquello era nuevo, pero antes de que disparasen y vaporizasen a Gustaf, fueron asesinados con un rápido corte en el cuello. La mano diestra del mercenario tembló, estaba cansado, había gastado buena parte de su maná y fuerzas.
Cloe permanecía quieta, un movimiento brusco y su cabeza sería arrancada. Ella escuchó muchos rumores sobre los pontífices, pero jamás vio a uno de cerca. Estaba intentando mantenerse firme, deseaba correr, pero no podía. Gustaf preparó un cuchillo arrojadizo.
—¡Suelta a la chica! ¡Ya no te quedan hombres! —Exclamó.
—Tengo entendido que la gente como tú nos caza a nosotros.
—Sí, ahora suéltala. Ella no merece esto, no te la lleves.
—El culto de Vega necesita súbditos.
El suelo empezó a temblar y se formó una pared negra, dicha pared se partió por la mitad, creando una puerta de carne palpitante que lentamente se abría para mostrar una fuente de luz roja. Eran los famosos portales de los sectarios de Vega.
Estaban por llevarse a Cloe, quien inevitablemente lloraba del terror. Suplicaba y pataleaba cuando notó que la garra se cerró y la atrapó. Gustaf lanzó una daga al enemigo, pero fue repelida de un simple manotazo.
El Ghoul de antes era arrastrado por otro dúo de locos fanáticos. Estaban por llevárselo junto a la chica.
El mercenario no podía hacer nada, a no ser... que quieran llevarse a la mujer con vida.
Empezaron a arrastrar a Cloe, la mujer se empezaba a hundir en aquella extraña pared de carne, aquel grotesco portal infernal. Todos sabían lo que pasaba cuando la secta de Vega te secuestraba a alguien, algo terriblemente atroz sucedería si se la llevaban.
Por favor, perdóname. Es la segunda vez que esto sucede. Pensó el mercenario sin encontrar solución al asunto.
Gustaf preparó una segunda daga, el nuevo pontífice se preparó para repeler el impacto.
El cuchillo silbó en el aire.
Atravesó la frente de la chica, quien se terminó por hundir en el muro de carne y desaparecer junto al muerto viviente.
El último enemigo se quedó petrificado.
—¿La has matado?
—Así no la torturaréis. Mejor que se ahorre el sufrimiento innecesario.
—Veo que eliges muy bien tus cartas. Debes de ser alguien muy fiel, algo burdo, pero fuerte al fin y al cabo. ¿No te ha temblado el pulso?
—Sí, puede que me arrepienta para siempre. Pero ahora eso no importa. —Intentó señalarle con la espada, pero esta estaba ya quebrada, inutilizada por el impacto anterior. La sangre hirviente fundió su hoja. Arrojó la espada al suelo y preparó sus puños. —Vas a morir esta noche.
—Estamos solos, creo que va a ser una buena pelea. —El Pontífice sacudió su túnica.
Gustaf apretó sus puños, los pegó a su cuerpo. El dedo, corazón y pulgar, se pegaron a sus palmas, redirigió el maná a sus nudillos y se formó una gran capa de cristales punzantes. Hasta la magia defensiva era una buena ofensa.
Brincó con un respingo hacia su enemigo. El pontífice extendió sus dedos. Cinco púas de hueso salieron disparadas. El mercenario evitó el ataque y asestó un puñetazo directo en el estómago del enemigo.
—Bien... Me gusta. —Murmuró el pontífice.
Gustaf recibió un zarpazo en el cuerpo, intentó bloquearlo con magia, pero fue inútil, su poder no era capaz de repeler el ataque. El pontífice atacó con todo lo que tenía. Gustaf contraatacó golpeando en las muñecas del enemigo, atacaba en el momento indicado al cuello, corazón y costillas. Era una pelea mano a mano muy veloz. En un momento, recibió un corte profundo en el puente de su nariz. El ritmo de la pelea poco a poco se intensificaba más hasta que el mercenario falló en un mal momento. El pontífice soltó un rayo por los ojos que le dio de lleno en el hombro, fue un ataque débil hecho adrede. Gustaf fue cortado otra vez en el pecho, un traspié hizo caer al mercenario al suelo. Su maná se agotó.
—Tener a un neutralista como tú sería una hazaña. —Le tomó del pie. —La chica no nos sirve muerta, pero tú, en cambio... —Recibió una patada tan fuerte que le rompió la máscara a la mitad.
—¡Y una mierda! —Gritó Gustaf.
—Tú lo has pedido. Haremos que el sufrimiento sea menos liviano para ti. ¿De acuerdo?
—¿No llegas tarde a algún sitio? —Le dijo Gustaf con una sonrisa agotada en el rostro.
El pontífice hizo una mirada confusa.
—¿Tarde dices? No... tenemos todo el tiempo para divertirnos.
Sonó al atronador ruido de un mosquetón desde las cercanías, una bala atravesó una larga distancia hasta impactar en el hombro del Inquisidor, de la herida empezó a emerger un humo grisáceo, dejando claro que aquel ser no era del todo un hombre.
Seas quien seas... Debiste apuntar la cabeza. Pensó Gustaf.
Una unidad de seis mosqueteros, un mago de batalla y un caballero habían acudido al rescate. Las unidades avanzaron cuidadosamente por la calle hasta llegar a las puertas de la universidad. El escándalo había hecho encender las luces de los edificios cercanos. El caballero desmontó de su corcel acorazado, su armadura de placa lisa resonó cuando aterrizó en el suelo El caballero de casco picudo tomó su lanza del caballo y la apoyó sobre su hombro. El mago, de duro rostro, se ajustó las lentes que tenía entre el dorso de la nariz. Su mirada era fría, de ojos azules, inexpresivo. Su ropa era semejante al de la tropa armada, una casaca de color rojo vivo, con botones dorados y pantalones negros. Él, a diferencia del resto, portaba una capa negra con el símbolo de honor universitario, un ojo dorado. El caballero se levantó el visor, era Gilbert, con un mostacho negro y algunos mechones de pelo de su melena que asomaban tímidamente sobre la frente. Su cabeza se ladeó.
—Perdón por tardar Gustaf, pero me surgió un asunto. Acabo de llegar de las afueras. —Dijo el caballero. —¿Todo bien?
—¡No! ¡Mata a este bastardo, Gilbert! —Exclamó desde la distancia.
—No me lo digas dos veces. —Gilbert alzó la mano rápidamente. —Es mío.
El Pontífice quiso escapar, pero Gilbert le lanzó el arma, la lanza se le clavó en las tripas al sectario, cayó de rodillas con toda esperanza quebrada, a no ser... El inquisidor entonces soltó un alarido de dolor. Extendió sus manos y se dispuso a cargar un hechizo de fuego poderoso, piromancia, una de las magias más destructivas, pero no devastadoras. Lanzó un ataque al caballero, una bola de fuego rojiza acompañada con magia de sangre, potenciando el ataque, aunque perdiese, se los llevaría por delante. El mago del grupo, Claus, juntó dedo corazón y pulgar, haciendo un círculo casi perfecto. Con su otra mano señaló a Gilbert con el índice y meñique. Un escudo azulado se formó al rededor de su cuerpo, transparente, de energía pura y tan fino como una lámina de papel. La esfera de fuego estalló de manera violenta, el fuego, en lugar de extenderse, se deformó y retorció hasta desaparecer El mago hizo un nuevo hechizo, esta vez directo a la lanza de caballero que tenía incrustada en el estómago su enemigo. De la misma lanza emergieron púas azuladas que agravaron la herida del enemigo. Por si acaso, se aseguraron.
—¡Mosqueteros! —Ordenó el caballero. —¡Disparad!
Todos dieron de lleno, los impactos empezaron a atravesar la piel del pontífice hasta desmembrarlo, las balas estallaban al tacto del fuego que, a su vez, destrozaban aún más al enemigo. Nunca era suficiente para un pontífice, siempre estaba bien rematarlo todas las veces que fueran posibles.
El cadáver ardiente cayó al suelo a pedazos, calcinado, restos de carne quemada, esparcidos por le suelo. Gilbert se quitó los restos de ceniza que tenía en el hombro con la mano. Su mirada casi inexpresiva cobró un aire triunfal al mirar a su primo.
—Esas heridas dejarán cicatrices. —Señaló Gilbert. —¿Todo bien?
—Esto ha sido caótico... —El mercenario se quedó tumbado en el suelo, con el rostro poco a poco siendo teñido de rojo por la herida de su nariz que sangraba de forma alarmante tras el combate. —Perdón por el escándalo.
—Estamos en deuda contigo, has... — Gregorio interrumpió la conversación familiar.
—¿¡Pero qué coño has hecho!? ¡Aquí hay un universitario muerto! —Exclamó histérico el mago.
Dos, dos universitarios. Mierda...
Pensó Gustaf.