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Capítulo 9. La casa del masaje

Corona de flores rojas · por msolfere · 15 de agosto de 2026

     “Plenitud. El centro del placer”. En serio, con ese eslogan parece más un burdel que un spa.

Miguel había llegado al sitio indicado por su jefe, el cual resultó que era una casa de masajes. Si bien no estaba prohibido tener uno (salvo los que ofrecen masajes eróticos), se rumoreaba que ahí realizaban algo más que solo unos toquecitos en los hombros adoloridos.

“La propietaria se llama Petrona”, recordó Miguel, mientras ingresaba al local. “Suele atender a los clientes personalmente, pero casi siempre está la recepcionista. Bien, quizás también aproveche para relajarme un poco. ¡Estoy tan tenso!”

La recepción era bastante acogedora, había sillones mullidos donde se sentaban los clientes a esperar su turno y las paredes lucían blancas e impolutas. A un costado vio un mostrador, en donde se encontraba la recepcionista, que llevaba un maquillaje discreto y los cabellos recogidos en un rodete.

Ella lo miró y le sonrió, mostrando sus frenillos sin ninguna vergüenza.

     Bienvenido a “Plenitud”. ¿En qué le puedo ayudar?

     Eeeeh… vine a hacerme un masaje… supongo – respondió Miguel, quien repentinamente se sintió incómodo.

     Sí, tenemos unos paquetes para tratar espalda, brazos y hombros – le explicó la joven – también hay para pantorrillas, bíceps y plantas de manos y pies, así como métodos de masajes con codos, manos y rodillas. Para los nuevos, ofrecemos descuentos de hasta el 20% y una tarjeta de regalo que pueden darle a algún amigo, pariente o pareja, como guste.

“¡Nde! ¡Demasiada información! No pensé que una simple casa de masaje fuera tan… amplio”, pensó Miguel, indeciso por la respuesta.

Mientras se debatía qué decirle, se abrió una puerta por detrás del mostrador e ingresó en la recepción una mujer de edad avanzada, con cabellos enrulados y de brazos gruesos. La recepcionista giró la cabeza hacia ella y exclamó:

     ¡Doña Petrona! ¿Pasa algo?

“¡Es la propietaria!”

     Se acabaron las lociones – le respondió la señora a la joven, mientras le entregaba unos billetes – andá a comprar más, en la tienda Mayorista.

     Enseguida, señora.

La recepcionista se retiró, mientras que Petrona tomó su lugar. Contempló a Miguel de arriba abajo y comentó:

     Sos joven, parecés que hacés mucho ejercicio y te has lesionado recientemente. Decime, ¿acaso sos policía?

“¡Es bastante perspicaz!”, pensó Miguel. “¿Qué le digo? ¿La verdad? El jefe no quiere que sepan que está la policía, quizás deba mentirle. A ver…”

     Soy contador – mintió Miguel – practico boxeo en mis tiempos libres, pero… bueno, en el último ring tuve un rival muy jodido.

     Se nota – dijo Petrona, con una media sonrisa – por eso tenés la cara hinchada. ¿Qué otros lugares te golpearon?

     No te puedo decir, señora. Me duele todo el cuerpo. Por eso vine aquí, me lo recomendó un amigo. Solo… sean gentiles, por favor.

Petrona hizo apuntes en su agenda. Luego, arrancó un ticket con número, se lo pasó y le dijo:

     Esperá tu turno. El baño está al fondo a la derecha. Cuando termine la sesión, podés abonar con tarjeta, cheque o efectivo.

Una vez recibido el ticket, Miguel se sentó en uno de los sillones y sintió que su cuerpo se relajaba.

Los muebles de su casa no eran nada confortables, ya que los había comprado de una casa de empeños y tuvo que mandar a tapizarlos. Ahí captó el porqué su hermana siempre le instaba a dar una vuelta por alguna mueblería para mejorar sus sillones.

El oficial notó que había bastantes personas esperando, por lo cual se tardaría un montón. Incluso había regresado la recepcionista con los productos, haciendo que Petrona se retirara del lugar y la dejara a cargo.

Ante eso, Miguel se puso de pie e hizo amago de ir al baño, cuando escuchó que sonaba el teléfono instalado en el mostrador. La recepcionista lo tomó y dio su saludo corporativo, para luego mantener el silencio y, al final, decir una misteriosa frase:

     Ndohapy pái la mecánico kuera. Jagua ru’ái hina. Ñañanimi.

“Mmmmh… no pensé que hablara un guaraní tan fluido”, se dijo Miguel, mientras se dirigía al baño. “Ya casi no veo que los jóvenes empleen el idioma autóctono. ¿O será acaso alguna clave?”

Una vez dentro del baño, anotó todo lo que había visto y oído en una bitácora de mano. Si bien lucía como cualquier casa de spa y masaje, esa única frase le pareció totalmente extraña. Quizás no bastaba con solo hacerse pasar por un cliente para desentrañar su misterio.

………………………………………………………………………………………………………………………………………

Cuando le llegó su turno, fue atendido por la mismísima Petrona, lo cual le intimidó un poco debido a sus gruesos brazos.

     Estamos cortos de personal – se excusó la señora, mientras lo hacía sentarse en una silla de madera – además, a vos te hace falta unas flexiones bien fuertes para relajar las tensiones musculares. Y solo yo puedo aplicarlo a los hombres rudos.

Pronto, Miguel sintió las manos de la mujer sobre sus hombros desnudos, presionándolo tan fuerte que le dio la sensación de que le rompería los huesos. Pero, poco a poco, el estirón se fue esfumando, logrando así una sensación de relajación plena.

     Noto unos moretones por la espalda – señaló la señora, mientras seguía masajeándole los hombros – supongo que no tocaremos esa zona. ¿Le gustaría tratar las piernas?

     Puede ser – le respondió Miguel – ahí no me he lesionado.

     El boxeo es muy violento – dijo Petrona, esta vez, llevándolo a acostarse sobre una camilla – a mí luego no me agradan esas cosas, no entiendo el porqué los hombres disfrutan tanto de pegarse. Póngase boca abajo para trabajar en las pantorrillas.

Miguel obedeció. Llevaba una toalla atada por la cintura, así es que debía moverse con cuidado. En eso, sintió que la mujer le aplicó una loción por la piel, diciéndole:

     Esto te hará sentir como nuevo.

Sus manos pasaron por las pantorrillas como dos grandes tenazas, lo cual hizo que Miguel lanzara un pequeño quejido. Sus músculos se iban aflojando y quizás fuera por la loción que sintió que su piel se volvía tan suave como la seda.

Una vez culminado con el masaje, la señora le dijo:

     Ahora quédese quieto por unos instantes, que ya vuelvo.

Petrona salió de la pieza y Miguel se quedó ahí, boca abajo, sin saber qué hacer.

Tuvo deseos de seguirla, pero temía ser demasiado evidente con sus intenciones. Aun así, su trabajo era descubrir el misterio del local y el porqué incomodaba a los vecinos. Así es que se bajó de la camilla, se ajustó aún más la toalla por su cintura y caminó de puntillas hasta la puerta.

La entreabrió un poco y, ahí, la vio hablando por teléfono, en una sala más chiquita y sin iluminación.

     Ese vyro… Alonso es hombre muerto, señor. Lo juro por Dios… sí, entiendo… hoy toca pirañitas y…

El peso de Miguel hizo que la puerta se moviera ligeramente, provocando que rechinara. La mujer pareció notarlo, porque se interrumpió y giró la cabeza en esa dirección.

Por suerte, el oficial logró ocultarse a tiempo, pero notó que la toalla se le había caído al suelo. Se agachó para recogerla y se percató de que Petrona retornó a su conversación con el remitente desconocido.

     Sí, la policía ya está vigilando, aquí por suerte no llegaron, así es que seguimos con el negocio… entendido, le aviso cuando la “harina” y los “caramelos” se distribuyan correctamente.

Al escuchar que colgaba el teléfono, Miguel corrió rápidamente hacia la camilla, no sin antes volver a colocarse la toalla para tapar su vergüenza.

La mujer tardó un poco más en ingresar a la pieza, seguro reflexionando sobre la llamada. Luego, cuando Miguel escucho que la puerta se abría, levantó su cabeza y le preguntó:

     ¿Ya terminó la sesión?

     Por ahora, sí – le dijo Patrona, quien se veía realmente agotada – el pago se abona en la recepción. Vuelva pronto y… cuídese.

 

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