Miguel se acercó a un teléfono público, metió unas monedas y marcó el número de su jefe. Cuando este lo atendió, le dijo sin vueltas:
— Señor, soy Miguel. La casa de masaje es una tapadera, los escuché hablar en clave y mencionar “harina” y “caramelos”.
— Bien. Mandaré unos policías civiles a que vayan al lugar y recaben las evidencias de cualquier actividad ilícita.
— ¿Y no sería mejor allanar ahora el local? Aún sigo cerca, puedo ir por otra vuelta y…
— Miguel, basta. No vayas a meterte en otro lío, hina, que mucho ya te aguanté por el respeto que le tengo a la fiscala Alma (que en paz descanse). Aníkena que si jugás con mi paciencia, te meto a caminera. ¡Entendé pa!
Miguel dio un pequeño bufido, pero no podía replicar nada. Así es que, antes de que se le acabara el tiempo de llamada, respondió:
— Está bien. Regreso a casa. Cualquier cosa, a la orden, general.
Colgó el teléfono y dio un largo suspiro, mientras veía que el cielo se nublaba. Pronto comenzó a llover, pero eso no le importó. Siguió caminando, mientras la gente a su alrededor corría con los hombros encogidos, algunos ocultándose debajo de los techitos de las despensas y, otros, pidiendo algún taxi errante para no demorar en regresar a sus casas.
Sus pasos lo llevaron hasta una tienda de ropas, donde decidió ocultarse por un rato. La vendedora se acercó a él y le preguntó:
— ¿Le interesa algo, señor?
— No… solo… miraba – comenzó a decir Miguel cuando vio un maniquí luciendo un conjunto para hombre conformado por una campera de cuero marrón, una camisa a cuadros azul oscuro y unos vaqueros rectos sujetados con cinto.
La vendedora pareció percibir su fijación y le señaló:
— Ese conjunto le sentará muy bien a usted, caballero. Vení, probate y nota cómo lucís como John Travolta en un santiamén.
Miguel volvió a fijarse en la vendedora y la siguió, dejándose llevar por su entusiasmo. Pese a que ya había gastado demasiado en la sesión de masajes y, luego, en el teléfono público, estaba seguro de que pasaría una buena temporada sin comer si se decidía a comprar esas ropas.
Aun así, llovía mucho y estaba completamente mojado, por lo cual requería de algo seco para evitar resfriarse. Por otro lado, ese conjunto de ropa casual le sería perfecto para llevar a cabo su plan, aun si con eso su jefe lo terminaba asignándole el tedioso cargo de policía caminera.
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El nuevo fax que había encargado al fin había llegado a la oficina. Sergio se sentía feliz, debido a que muchos de sus clientes buscaban enviarle los casos por escrito, ya sea como textos o en fotos.
“Con esto, modernizaré mi oficina”, pensó Sergio, mientras le pagaba al distribuidor. “Ya solo me falta una computadora con la cual pueda agilizar el análisis de datos y seré todo un tecnólogo”.
Desconectó el viejo teléfono de disco giratorio y, en su lugar, colocó el telefax. Probó que funcionara bien y, apenas hizo una copia de una foto que tenía entre sus cosas, recibió una llamada.
Lo atendió y escuchó una voz femenina, diciéndole:
— ¿Señor Sergio?
— Sí – respondió el detective - ¿Quién habla?
— Soy Rosita, la del restaurante.
— Ah, sí, Rosita – comentó Sergio, notando también que el sonido era bastante bueno – recibí tu mensaje, pero no pude comunicarme más con vos después de eso. ¿Está todo bien?
— Sí, todo bien. Me quedé sin monedas nomás. Supuse que te llegó porque me enteré de que Alonso está preso. Pero ahora te llamo porque tengo otra información que darle. ¿Puede darme un minuto de su tiempo?
— Sí, te escucho.
— Resulta que mi papá hablaba con una tal Petrona, ella tiene una casa de masaje llamada “Plenitud”, pero puro bola es. Ahí venden esas cosas raras. Le había comentado eso a la señora fiscala, pero parece que no pilló nada y lo desechó.
— ¿Y vos creés que en verdad es un “doble comercio”?
— ¡Sí! Los vecinos se quejan mucho porque, por la noche, sobre todo, se reúne mucha gente. Hay pirañitas, motochorros, que huelen cola de zapatero y todo apesta. Mi hermano ko iba a esos lugares, pero nunca decía bien dónde pa que era. Igual si vas y pillás algo… hasta ahí nomás te digo.
— Entiendo. Gracias, Rosita, por tu ayuda. Si recordás algo más, avísame.
Escuchó que Rosita colgaba el teléfono, de seguro volvió a llamar en uno público y por eso hablaba deprisa. Miró hacia la ventana y notó que comenzaba a llover. El cielo gris le trajo nostalgia, ya que le recordaba el día en que Lucía y él se habían separado.
También llovía ese día y ella no paraba de llorar. Él le dio un último beso, como intento de persuadirla de seguir luchando por su amor, sin importar que los señalaran por no tener hijos. Ella lo empujó y salió corriendo, perdiéndose entre el tránsito, llevándose parte de su corazón para siempre.
Suspiró, para luego tomar el teléfono y marcar el número del servicio de mensajerías. Recordó que Lucía usaba bíper desde hace un tiempo, por lo que decidió enviarle un mensaje avisándole que se compró un fax y que podía enviarle el informe de su análisis por ese medio.
Una vez enviado el mensaje, colgó y se dispuso a buscar la casa de masajes “Plenitud” en la guía telefónica.
Cuando lo encontró, notó que no estaba demasiado lejos del videoclub, pero sí ya daba para ir en coche. Tras palpar aquellas páginas amarillas, se dijo en voz alta:
— Quizás estén trazando una ruta en pleno microcentro. Si trazara cada lugar visitado en el mapa… así tendría un mayor panorama.
La lluvia, poco a poco, se detuvo. Ya estaba anocheciendo, así es que se dispuso a partir rumbo a la casa de masajes.
Llamó a un taxi y, cuando este llegó, no demoró por ningún instante en subirse en el vehículo e indicarle al taxista la dirección de su destino.
Al llegar, se asombró ver que el local lucía como una simple casa de masaje y spa para el público. Ya estaban cerrando, por lo que no podría ingresar ahí para espiar sus movimientos como un cliente infiltrado.
No obstante, dio un pequeño recorrido por el inmueble, dio vuelta a la manzana y se topó con la parte trasera que salía a la calle paralela. Ahí atisbó a un par de niños de la calle, con las ropas rotas y expresiones perdidas, como si estuvieran drogados.
Estuvo a punto de acercarse a ellos, cuando escuchó una voz conocida, diciéndole:
— ¡Vos ya otra vez!
Sergio se dio media vuelta y se topó con Miguel, quien lucía un curioso conjunto que para nada le iba, a su parecer.
— Ya no estamos en la dictadura, chamigo – le dijo Sergio, encogiéndose de hombros – ahora la calle es libre, se acabó la opresión policial.
— Ja, ja, qué pesado – Miguel hizo una mueca – no todos los policías fuimos malos. ¿Sabés? Así es que no generalices.
— Bien, como sea – Sergio le dio la espalda y se fijó en una puerta de hierro situado en la parte trasera del edificio – Rosita me llamó y me dijo que aquí hay bicho raro.
— Mi jefe también me dijo lo mismo – comentó Miguel – pero él me pidió que no interviniera esta vez, mandarán policías civiles a inspeccionar mejor.
— Y algo me dice que no le vas a hacer caso. ¿No?
Esta vez, Sergio se giró para confrontarlo y notó que Miguel movió la cabeza a un costado, mientras se sonrojaba. Se preguntó si se había metido en algo bochornoso para hallar la verdad y terminar, como siempre, con las manos vacías.
— Tengo mi placa conmigo. ¿Sabés? – aclaró Miguel – pensé que si me infiltraba, luego podría revelar mi identidad para mantenerlos a todos a raya sin salir lastimado.
— En verdad sos tan ingenuo – dijo Sergio, dándose una mano en la frente – no puedo cuidar de vos cada rato.
— No necesito que me cuides. ¡Soy policía!
— Y yo soy un experto en criminalística, investigador y cinturón negro con honores – le recalcó Sergio – calmate, chamigo y, por una vez, hacele caso a tus mayores. Ahora quédate calladito que vemos de cómo infiltrarnos sin armar tanto kilombo.
Miguel estuvo a punto de replicar, cuando vieron que un grupo de sujetos armados con pistolas se acercaron al local, lo cual los hizo ponerse en máxima alerta para ver qué lograban descubrir de ese sospechoso movimiento.