El taxista conducía con calma por las caóticas calles del centro, mientras Sergio oteaba los caramelos que halló en el videoclub. A simple vista, parecían caramelos de miel comunes, de esos que se repartían en los cumpleaños infantiles. Pero por experiencia, sabía que los traficantes de drogas se las ingeniaban para distribuir aquellas sustancias de las formas más variopintas posibles.
“La imaginación es el límite”, pensó Sergio, mientras el taxista se alejaba poco a poco del centro. “Los criminales van a diez pasos por delante de los policías. Los tiempos cambian, ahora ya nadie se toma en serio el orden y la justicia”
El tranvía se atravesó por el camino, causando que el taxista se quejara por frenar precipitadamente. Sergio ignoró los reclamos y siguió mirando el caramelo, mientras se preguntaba una y otra vez qué tipo de droga podría contener en su interior.
Tras media hora de trayecto, llegaron a la periferia, en donde se levantaba un laboratorio clínico forense. Sergio pagó al taxista, bajó y se quedó contemplando la fachada rectangular y sin adornos del edificio por unos segundos. Una serie de sentimientos cruzaron por su mente, dado que la persona a quien vería era más que una química laboratorista talentosa en su rubro.
Era su exesposa.
“Me pregunto cómo estará Lucía”, pensó Sergio, mientras ingresaba al lugar. “Hace mucho no hablamos, pero bueno, ambos hemos estado muy ocupados últimamente. Espero que esté libre para atenderme”
Fue recibido por la recepcionista, una joven en sus veinte, de cabellos encrespados y cara lavada, lo cual se estaba volviendo cada vez más común en esa década, donde las mujeres rehuían del maquillaje sobrecargado para lucir una imagen más “seria”.
— Buenos días, señor – le saludó la recepcionista - ¿Qué se le ofrece?
— Buenos días, señorita. Estoy buscando a la señora Lucía. ¿Se encuentra disponible?
— Sí, la señora Lucía está libre. ¿Con quién tengo el gusto?
— Dile que la visita Sergio.
La joven dejó su puesto para buscar a Lucía, mientras que Sergio se sentó en una inconfortable silla de plástico que colocaron ahí para las visitas. Vio que también ingresaban otras personas, algunas sosteniendo frasquitos con orina, quizás para hacerse algunos de esos análisis médicos.
No tuvo que esperar mucho cuando la recepcionista regresó, diciéndole:
— La señora Lucía lo aguarda en su laboratorio. Puede pasar.
Sergio transitó por un pasillo estrecho, que lo condujo a una puerta donde se leía “análisis forense”. Al entrar, se topó con la mujer con quien antes había compartido parte de su vida.
Lucía llevaba una bata blanca, tenía los cabellos cortos y teñidos de rubio, con un labial rojo intenso y un rímel negro que hacían resaltar sus pestañas. Sergio la recordaba como una mujer simple, de cabellos oscuros y largos y que no usaba maquillaje. Supuso que le llegó la crisis de los cuarenta y buscaba, a toda costa, aparentar ser más joven.
Dio una pequeña sonrisa y atinó a saludarla con un:
— Hola.
Ella dio un pequeño suspiro y también le saludó:
— Hola.
Quedaron en silencio por unos segundos, hasta que Sergio recordó el motivo de su visita, y le dijo:
— Lamento molestarte, pero estoy en un caso y… no pude pensar en otra persona más que en vos para resolverlo.
— Déjame adivinar – dijo Lucía, llevándose un dedo al mentón - ¿Es sangre coagulada? ¿O una sustancia ilícita?
— Es más complicado que eso – le respondió Sergio, mientras le mostraba los caramelos – están repartiendo esto en los colegios y lo descubrí mientras investigaba el asesinato de la fiscala Alma. Seguro que viste las noticias. ¿No?
— Sí, escuché en la radio que mataron a una fiscala – dijo Lucía, mientras contemplaba los caramelos – dijeron que fue su ex pareja, pero algo me dice que no es así. Por eso estás investigándolo. ¿Es verdad?
— Digamos que sus padres me contactaron – añadió Sergio, encogiéndose de hombros – normalmente, suelo entregar estas evidencias a la comisaría, pero esta vuelta decidí recurrir a vos porque quiero acelerar las cosas, evitarme tanto protocolo.
— Sí, la policía es un caso raro en este país – comentó Lucía, mientras tomaba los caramelos – se meten en cosas turbias que, luego, pasan por alto. Pero claro, si hacen lo que deberían hacer, se les acaba el negocio. ¿No?
Lucía se acercó a una mesa, donde había algunos instrumentos de laboratorio y una enorme computadora personal. Sergio siguió contemplándola, mientras recordaba haberla conocido por unos amigos en común. Eran jóvenes idealistas, que creían que un futuro mejor era posible cuando derrocaran a Stroessner del poder.
No obstante, la vida real distaba mucho de ser un cuento de hadas.
Se casaron demasiado jóvenes, nunca consiguieron tener hijos y los problemas comenzaron.
Lucía entró en depresión por los abortos espontáneos, mientras que Sergio intentaba persuadirla una y otra vez de que dejara de intentarlo y pensara en su salud. A él nunca le interesó tener hijos, pero sus respectivos familiares no paraban de hablar sobre el tema cada vez que se reunían los fines de semana a comer asado.
Dado que el divorcio recién se legalizó en 1991, ellos siguieron casados hasta esa fecha. No obstante, comenzaron a dormir en habitaciones separadas para, luego, terminar viviendo cada uno en un departamento distinto al otro. Eso dolió muchísimo al detective, dado que él sí se veía con ella, envejeciendo juntos y disfrutando de su hogar en algún pueblito lejano del interior.
Mientras Lucía colocaba los caramelos en un contenedor, Sergio comentó:
— La fiscala era tutora de un joven que, ahora, es policía. Fue él quien requisó los caramelos y me permitió que te los entregara para analizarlos.
— ¡Qué raro! – dijo Lucía, girando su cabeza para mirarlo – creí que detestabas a los policías.
— Y los sigo odiando – recalcó Sergio, mientras inflaba las mejillas – cometieron crímenes atroces contra la humanidad y atentaron a los derechos humanos durante la dictadura stronista. Muchas personas inocentes perecieron y hay varios que siguen desaparecidos. Pero él… es diferente. En verdad se preocupa por proteger a los débiles y capturar a los verdaderos criminales, solo que es algo… impulsivo.
— Vaya, parece que te enamoraste de él – le dijo Lucía, en tono irónico.
— ¿Pero qué decís? – dijo Sergio, con un tic en el ojo.
Lucía soltó una pequeña risa, logrando así relajar las tensiones. Luego, volvió el silenció para, al fin, rematar con un:
— Los resultados tomarán unos días, pero cuando lo obtenga, te estaré avisando.
— Gracias, Lucía. Espero que nos volvamos a ver, pero en otras circunstancias. Quizás… para salir a tomar algo… como amigos, claro.
— Sí. Como amigos.
Lucía le dio la espalda, como indicándole que ya había llegado la hora de marcharse. Sergio lo captó, por lo que se acercó a la puerta y, antes de salir, se despidió:
— Hasta pronto, Lucía.
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— Aún no entiendo el porqué te metiste en esto de ser policía. Podrías haber sido contador, o administrador.
— Ya basta. No soy un niño.
La hermana de Miguel estaba atendiéndole las heridas que obtuvo tras la pelea en el videoclub. Pese a que el oficial estaba fuera de servicio, de igual modo seguía en modo alerta y metiéndose en cada pleito a costa de su integridad.
Para Miguel, fue algo humillante el haberse dejado derribar por un vulgar mecánico y ser socorrido por la persona que más detestaba. Pero no podía replicar nada, dado que Sergio era mucho mayor y lo aventajaba tanto en fuerza como en experiencia.
— Decime, Miguel. ¿En qué andás metido? – le preguntó su hermana, tras terminar de revisarlo.
— Bueno, yo…
Antes de responderle, la conversación se interrumpió por una llamada. La mujer atendió para, luego, mirar a Miguel y decirle:
— Es para vos.
Miguel tomó el teléfono y escuchó a su jefe, diciéndole:
— Recibimos una denuncia y requerimos de investigación sin tener que intervenir. ¿Será que podés ir a ese lugar haciéndote pasar por un civil? Sé que estás en descanso, pero el personal es limitado y todos están ocupados en otras cuestiones.
Miguel dio un suspiro, pero no tenía de otra que seguir las órdenes de su jefe. Al final, le preguntó:
— Está bien. ¿En dónde me tengo que ir?