— Al fin una noche libre.
Miguel se sentía exhausto. No había dormido bien y las guardias nocturnas lo agobiaban. Lo peor era que, una vez más, se topó con el fastidioso detective que no hacía otra cosa más que interponerse en su trabajo.
— No entiendo qué pensaron los padres de Alma al contratarlo para resolver su asesinato. ¡Conmigo es suficiente!
Llegó a su casa y se llevó la sorpresa de que le esperaba su hermana mayor, quien había pasado a visitarlo.
— ¡Miguelito! ¿Qué tal? ¡Te ves más delgado! – su hermana se acercó y le saludó con besos en las mejillas.
— Estoy bien, Mana – le dijo Miguel, intentando esquivarla, pero sin éxito, ya que ella logró tomarle la cara con ambas manos.
— ¡Che Dios marangatú! ¡Parecés un póra! Ya mismo te preparo caldito, seguro tenés hambre y ni siquiera te alimentás bien. ¡Eso es por estar soltero!
Miguel suspiró y la dejó ser, mientras se echaba en el sofá. Había rentado una pequeña casa luego de que su hermana se casara para dejarla formar su familia, pero ella insistía en que vivieran todos juntos en un sitio tranquilo. Sabían que el abuelo materno había comprado un terreno hacía décadas, en un pueblito alejado de Asunción. Así es que el proyecto era construir una casa ahí, donde todos pudieran ir.
Mientras la mujer cocinaba, Miguel le preguntó:
— ¿No te apetece ver una película?
— ¿Tenés algo nuevo para ver? – le preguntó su hermana, desde la cocina.
— Ahorita no, pero puedo pescar algo por el videoclub. Regresaré para la cena.
— Está bien, te espero. Seguro vendrá mi marido con el bebé más tarde. ¡Vas a conocer a Antonito! ¿No te emociona?
— Bueno, chau, hablamos luego.
Miguel se puso de pie y salió de la casa. Aunque se llevaba bien con su hermana, ella solía tratarlo como a un niño y eso le molestaba. Creía que si se independizaba y la dejaba formar su familia, las cosas cambiarían. Pero ella seguía visitándolo, ya sea para cocinarle o para ayudarlo a limpiar la casa, mientras la oía criticarlo por su “vida de soltero”.
Trató de despejar su mente y recordar algún videoclub que estuviera cerca de donde vivía.
“El único que conozco bien es ese que está en el edificio donde vive aquel detective aficionado”, pensó Miguel. “¿Y si mejor pego la vuelta? No, mejor voy a por lo seguro. Ojalá no me lo encuentre, mucho ya le banqué hoy”.
Tal como lo había dicho, el videoclub estaba muy cerca, por lo que fue ahí caminando. Contempló por un instante el edificio, preguntándose si el detective Sergio ya estaba en su casa o seguía en su oficina. Recordó que, después de lo sucedido, casi no se dirigieron la palabra. No obstante, intuía que Sergio descubrió un modo en que se entretejía la red de tráfico de drogas y sentía que la caja del videocasete era una valiosa pista.
“¿Será que con eso… intentaba decirme algo?”, se preguntó Miguel, mientras ingresaba al videoclub. “¿Usan los videocasetes para comercializar con drogas?”
Como iba sin su uniforme, lucía como un civil más y Arandú no se alarmó ante su presencia. En su lugar, solo atinó a avisarle:
— Ya estamos por cerrar.
— ¿Tan temprano? – le preguntó Miguel – ok, seré rápido.
— No se preocupe, don. No tuve muchos clientes hoy, tómese el tiempo que quiera.
Mientras el policía miraba algún título que le pudiera gustar a su hermana, otra persona más entró al local. No obstante, al oficial le extrañó percatarse de que se trataba de Alonso, el mecánico a quien había interrogado horas antes en su taller.
“¿Qué hará acá este boludo? Porque no tiene pinta de que vea películas”.
Pronto, se fijó que llevaba una campera de cuero, el cual contenía un bolsillo secreto, ya que metió su mano ahí adentro. Sus instintos le indicaban que estaban en peligro, por lo que de inmediato giró la cabeza hacia Arandú y le ordenó:
— ¡Al suelo!
Tal como lo vaticinó, Alonso sacó del bolsillo secreto un arma y disparó directo hacia Arandú. Este se agachó a tiempo por detrás de la caja, cubriéndose la cabeza con ambas manos y acuclillándose en posición fetal.
Miguel tomó dos de las cajas de video y las lanzó al mecánico, uno en la cabeza y otro en la mano, con el propósito de hacer que se le soltara el arma.
Si bien logró eso, no previó que el bandido correría hacia él y lo empujaría directo a uno de los estantes. Pronto, su cuerpo quedó tendido ante la pila de películas desparramadas por los costados, con un “Rambo” por un lado, y un “El retorno del Jedi” por el otro. Tomó “La Sirenita” y la lanzó hacia el bandido, pero este esquivó el proyectil y se sentó sobre él, dispuesto a estrangularlo.
El policía consiguió zafarse, dándole una patada en la entrepierna, para luego empujarlo a un costado y sujetarlo de las muñecas por la espalda.
Arandú asomó su cabeza por la caja y vio el forcejeo que se armaba entre sus estanterías desarmadas. Por suerte, el teléfono estaba a su alcance, por lo que dio con él, marcó el 911 y, una vez atendido, dijo:
— Policía, pronto, asaltaron mi negocio y estoy en peligro.
Mientras Arandú llamaba a la policía, Alonso logró empujar a Miguel hasta hacerlo chocar contra otro estante y, esta vez, todos los títulos de los clásicos del cine mudo se le vinieron por la cabeza.
Una vez libre, Alonso se dispuso a escapar cuando un hombre alto le bloqueó el paso y le dio un golpe de puño cerrado en el estómago, dejándolo sin aliento.
Era Sergio, quien casualmente estaba regresando a su casa y vio lo sucedido en el videoclub.
Al reconocer a Alonso, recordó que le había mostrado aquella caja de videocasete y se preguntó si había sido demasiado evidente.
“No es como si este fuera el único videoclub que existe en Asunción”, pensó Sergio, mientras buscaba con qué atarle las muñecas, en tanto esperaban a la policía. “Eso quiere decir que la red criminal solo apuntó a este local. ¿Será por ser el más accesible a su ruta?”
Miguel, quien se sentía muy adolorido, notó por el suelo unos pequeños envoltorios de plástico, que parecían caramelos de miel, y se le habían caído a Alonso durante el forcejeo. Pero el color era raro, no lucía como miel, sino que más bien era oscuro, estirando a negro.
Las sirenas ya se escuchaban a lo lejos. Sergio se acercó a Miguel, ya que también notó los paquetitos. Los tomó con un pañuelo y dijo:
— ¿Estos son de Alonso? ¿O los encontraste aquí?
— Son de Alonso – respondió Miguel, mientras se masajeaba las zonas adoloridas – parecen caramelos… pero no estoy seguro.
Sergio los olisqueó, pero no notó ningún aroma propio de la marihuana o cocaína. Aun así, al igual que Miguel, también le parecía extraño el color. Así es que tomó una decisión:
— Llevaré esto a una persona que conozco. Ella podrá investigar mejor. Suele participar en análisis de laboratorio y medicina forense para casos judiciales.
— Si está acreditada para esas investigaciones químicas, está bien. No le veo el problema – le dijo Miguel, mientras veía que los policías ya ingresaban al local – mi hermana se molestará por dejarla esperando con la cena.
Ambos hombres tuvieron que dar testimonio de lo ocurrido, mientras Arandú lloraba por ver parte de sus videos originales arruinados por las balas esquivas. Alonso, por su parte, fue esposado y metido en uno de los coches, custodiado por dos oficiales que lo llevarían a la comisaría más cercana para su detención preventiva.