Tras la droga incautada por Sergio, la policía optó por aumentar la vigilancia en los barrios afectados y en donde hubo hallazgos y registros de la distribución del cannabis prensado. Si bien el detective tuvo cuidado en no mencionar el videoclub, tal como se lo prometió a Arandú, sabía que tarde o temprano la policía rondaría por la zona para inspeccionar cada local.
“Espero no meterme en problemas con esto”, pensó Sergio, mientras se tomaba unas pastillas tranquilizantes para conciliar el sueño.
Al día siguiente, cuando entró en su oficina, revisó los mensajes grabados en el contestador automático. Hubo uno de la mamá de la fiscala, preguntándole si había alguna novedad. Otro par de mensajes eran de esposas celosas que querían comprobar si sus maridos eran infieles. Pero el último captó su interés, porque era de la mesera que confrontó el día anterior y se negó a darle su testimonio.
— Buenas, señor. Discúlpame la hora, pero no pillé un teléfono público cerca del trabajo. Soy Rosita, la del restaurante. Seré breve, porque se me acaba el tiempo y che sogue para gastar monedas: visita a Alonso, del taller mecánico, que está en la misma vereda que mi restaurante. Es un tipo malo y la otra vez…
La comunicación se cortó, lo cual alertó a Sergio porque podría ser indicio de que la captaron. No obstante, recordó que había mencionado hablar sobre las monedas, así es que era claro que habló desde un teléfono público y se habría quedado sin monedas para otra llamada.
Abrió de inmediato la guía telefónica y comenzó a buscar el dichoso taller, por si lograba dar con su dirección y número de fax.
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Miguel estaba refunfuñando, dado que la guardia nocturna le sentó muy mal y, también, porque recibió la orden de interrogar a un sujeto que fue acusado por manosear a una adolescente en su área de trabajo.
— Alonso Hernández, 28 años, con antecedentes de maltrato hacia su ex concubina, que lo denunció. También posee acusaciones por piropear a colegialas, pero nada grave. No hay pruebas en su contra, pero esta vuelta hay testigos. Andá y averiguá todo para saber si le metemos o no preso.
Eso fue lo que le dijo su superior, aunque a Miguel le resultaba contraproducente que un pervertido estuviera todavía suelto, pese a sus antecedentes.
— Demasiado inútiles nomás somos – comentó Miguel, mientras conducía hacia el taller mecánico – por eso la gente prefiere a los detectives aficionados como ese… señor. ¡Ugh! ¡Espero no encontrármelo en la cuadra!
Lastimosamente, el susodicho estaba ahí, rondando cerca del taller mecánico. Estacionó el vehículo, se acercó y le preguntó:
— ¿Qué hacés acá?
— Hola, buen día también – le dijo Sergio, con un tono irónico en la voz.
Miguel dio un gruñido y, sin mirarlo, comentó:
— Será mejor que circule, señor. Estoy a punto de captar a un potencial pedófilo.
— Eso suena grave – comentó Sergio – los pedófilos dan asco. ¿Y pensás que está por acá?
Miguel, esta vez, lo miró y le respondió:
— Es lo que me dijo el jefe. Se llama Alonso y trabaja acá, en el taller.
Sergio se puso serio, dado que Rosita lo había mencionado en el mensaje de voz. Se preguntó qué relación podría tener el tráfico de drogas con la pedofilia, salvo si los distribuidores buscaban captar a menores para forzarlos a vender sus cuerpos a cambio del cannabis.
Tras dirigir una mirada rápida al taller, dijo:
— Bien, podemos entrar juntos, ya que también buscamos a la misma persona, pero con diferentes objetivos. Así es que no te precipites como la otra vez.
— ¿Cómo es esto? ¿También te metés con viejos verdes? – le preguntó Miguel, alzando una ceja - ¡Bien! ¡Hacé lo que quieras! Pero esta vuelta me llevo el crédito.
Al entrar, vieron un salón con paredes sucias de aceite y moho, junto con una larga mesa llena de herramientas y un auto con el motor exhibido al aire. Ahí se encontraba agachado un joven trigueño, con vaqueros rotos y estatura mediana. Sergio le calculó unos años más joven que Miguel, aunque poseía una complexión más delgada y perfiles afilados del rostro.
Miguel se acercó al mecánico y le preguntó:
— ¿Señor Alonso?
Este se incorporó, lo miró de arriba abajo y, al notar su uniforme de policía, puso una expresión de fastidio y le preguntó con desdén:
— ¿Ahora qué hice?
“Por lo visto no es la primera vez que lo aborda la policía”, reflexionó Sergio, mientras contemplaba las herramientas. “Quizás deba explorar sus antecedentes y averiguar su historial delictivo relacionado con el mercado de las drogas”.
— Una testigo anónima lo denunció por acoso sexual contra una menor en el área de trabajo – le respondió Miguel, sin vueltas – Así es que decime, tavyrón, ¿qué te pasa por la cabeza?
— Nde vyro, un accidente nomas fue – le dijo Alonso, a la par que señalaba el carro – la única cosa que toco acá es esta chatarra. Ando muy ocupado para andar detrás de las putas.
— No era una puta, era una estudiante de escuela.
— ¡Igual! Nena, vieja, joven… ¡Todas son putas!
— ¿Buscás alguna adolescente conflictiva a quien venderle los comprensados? – intervino, esta vez, Sergio.
Tanto Miguel como Alonso lo miraron, como si recién se percataran de su presencia. Sergio le mostró al mecánico una caja de videocasetes vacía y comentó:
— ¿Sabés? En una tienda de videos escondían cannabis prensado, pensando que nadie lo pillaría. Dicen que varios negocios ocultan sus verdaderas mercancías así, escondidas entre paquetes, para armar auténticos distribuidores de sustancias ilícitas. ¿Será que buscás menores desesperadas para hacerlas adicta al veneno?
— ¿Pero qué pasa acá? – preguntó un contrariado Alonso, cuya llave mecánica cayó al suelo, haciendo que un molestoso ruido metálico irrumpiera en el salón – primero el acoso y luego las drogas. ¿De qué circo salieron? ¿Saben qué? ¡Lárguense de acá! Que puedo demandarlos por invasión a la privacidad. ¿Eh?
Miguel fulminó con la mirada a Sergio y este solo atinó a encogerse de hombros. Luego, dio un último vistazo a las herramientas distribuidas por la mesa y le dijo al mecánico:
— Regresaremos. Y más te vale no te hagas del ñembotavy que la suerte no se repite dos veces. ¿Estamos?
Así, el policía y el detective se marcharon con las manos vacías, pero con una pista más que los acercaba a resolver el caso.
Tras ver a las dos figuras alejarse, Alonso tomó el teléfono instalado en el fondo del taller, marcó un largo código numérico y esperó el retorno.
Fue así que escuchó una voz femenina saludarlo:
— Centro de masajes “Plenitud”. ¿En qué le puedo ayudar?
— Pásame con la Patrona – le respondió Alonso – es una chispa que no puedo apagar.
Alonso mencionó la contraseña que únicamente usaba para hablar con aquella persona. La secretaria lo sabía, por lo que de inmediato activó el modo espera y transfirió la llamada a la destinataria indicada.
Tras unos segundos de espera, escuchó una voz femenina más gruesa y profunda, diciéndole:
— ¿Diga?
— Patrona, vino el polibandi – le explicó Alonso – pensé que era porque le toqué el trasero a una mitakuña, pero luego mencionaron que rastreaban los distribuidores de drogas.
— ¿Pero vos no tenés el comprensado en tu taller a la vista?
— ¡Claro que no! ¡No soy tavyrón! Pillé un método para llevarlo sin que lo noten, pero ese es otro tema. El mambo es que me mostraron una caja de video y dijeron que pillaron la mercancía en una casa de video.
La voz detrás de la línea dio un largo respingo. Luego de un breve silencio, le ordenó:
— Andá al videoclub que ya te dije la otra vez y dispará al propietario. Hacé que parezca un suicidio, así no buscan evidencias. Pero que no te siga nadie o nos jodemos todos. ¿Estamos?
— ¿Y si hay clientes en el videoclub?
— Aguardá a que esté vacío para actuar. Sé rápido, no metas la pata.
— Entendido, patrona.
Cuando cortó la llamada, Alonso se acercó a la mesa, abrió uno de los cajones que había por debajo, sacó de ahí una pistola y, mientras le cargaba las balas, murmuró:
— Todo sea por la patrona.