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Capítulo 5. El informante misterioso

Corona de flores rojas · por msolfere · 15 de agosto de 2026

     Vaya, quien diría que el videoclub instalado debajo de mi departamento sea clave para el caso.

Tras retornar a la misma calle donde había transitado, pero esta vez en sentido contrario, se percató de que el único videoclub con que se topó por el camino era el mismo del edificio en donde vivía. Aun así, no estaba seguro de si ahí trabajaría el tal Arandú, dado que no era de alquilar películas. Prefería verlas por televisión y, así, aprovechar los cortes publicitarios para ir al baño o tomar aperitivos.

     Bueno, no pierdo nada con intentarlo.

Entró al local y apreció las cajas de videocasetes distribuidos en largos estantes, todos reflejando los títulos de las películas y ordenadas por género: acción, comedia romántica, misterio, infantiles y ciencia ficción, fue lo que consiguió percibir a simple vista.

En la caja, se encontraba un hombre de unos treinta años, de piel tan blanca que parecía enfermo. Sus ojos azules y cabellos rubios tampoco ayudaban a su frágil aspecto, aunque no parecía ser un albino, sino, más bien, un alemán.

No obstante, cuando se acercó a él, le habló en un perfecto español paraguayo.

     ¿Qué se le ofrece, señor? ¿No sabés qué elegir? Tengo lo último en estrenos de cine, 100% originales, ninguno pirata.

     No vine a alquilar, sino a hablar con vos – le respondió Sergio - ¿Cuál es tu nombre?

     Arandú, a su servicio.

     Bien, Arandú. Estoy investigando una red criminal que surgió en este barrio y me indicaron que podía preguntarte si sabes algo al respecto.

El alegre rostro del propietario del videoclub, pronto, se tornó serio y repleto de preocupación. Tras meditarlo por un instante, le explicó:

     Conozco a mucha gente, no sabe la cantidad de personas que buscan una película para pasar el rato. Pero también escucho cosas. ¿Sabés? Y en una de esas pillé a alguien mencionar de un tal comprensado.

     ¿Comprensado?

     ¡Sí! – Arandú agitó la cabeza con energía – me pareció raro luego, parecía un tipo normal, pero hablaba solo. Así es que me acerqué para ver si estaba bien y me di cuenta de que estaba volado. ¡Sí! ¡Parecía mirar a la nada!

     ¿Y qué hizo luego?

     Pensaba llamar a la policía, pero se fugó… ¡Con la cajita de la videocasete! – en eso, Arandú se acercó a uno de los estantes, tomó una de las cajas de videos y lo abrió, revelando que estaba vacío – obvio no iba a dejar las cintas aquí, esto es solo para marketing, ya que las tengo en mi depósito por si a algún boludo se le ocurra robarme.

     Oh, eso sí es inteligente – Sergio giró la cabeza hacia los estantes – Cualquiera puede tomar el video y largarse, hay mucho sinvergüenza.

En eso, le surgió un pensamiento extraño y, por el cual, consideró que Rosita pudo haberle sugerido hablar con Arandú. Pero antes de formular la pregunta, este continuó con su relato.

     Días después, vinieron dos sujetos más raros todavía, pero no parecían volados. Uno de ellos miró los títulos y, el otro, se me acercó y me dijo: ‘Oye, joven, quiero comprar tu negocio. ¿Qué dices?’. Obvio me negué, porque este es mi sustento y no sé hacer otra cosa. Aunque me mostró un cheque y todo, con el doble de valor del local, no acepté. Era claro que iba a usar esto para quien sabe qué.

     Temo, señor, que su negocio quedó en la mira.

     ¿Cómo así?

Sergio se acercó hasta el centro del salón comercial, extendió su mano hacia una de las cajas, la abrió y, en su interior, reveló que contenía marihuana prensada.

Arandú, al ver esto, palideció y exclamó:

     ¡No! ¡Yo no vendo drogas! ¡Lo juro!

     Sí, le creo – dijo Sergio, mientras sacaba de su bolsillo un pañuelo para tomar la droga sin contacto directo con la piel – querían usar el videoclub para establecer su red de tráfico de drogas, pero como te negaste, pues te quisieron tender una trampa y, así, arrebatarte el negocio a la fuerza. Suerte que pasé por aquí a tiempo.

     ¿Y qué debo hacer ahora? – preguntó un nervioso Arandú.

     Conozco a un policía que puede ayudarnos – le respondió Sergio, manteniendo la calma – por ahora, deja que entregue esto y buscaré alguna justificación del hallazgo. Te voy a cubrir, hina, a cambio de que me ayudes a desbancar esta red criminal de una vez por todas.

     ¿Cómo así? Por cierto, no me dijiste tu nombre. ¿Acaso sos Sherlock Holmes?

Sergio se rio al escuchar tremenda comparación. Luego, dio un suspiro y comentó:

     Sí, también fui un fan de las historias de Sherlock Holmes y, por eso, me volví detective. Solo quiero que me informes de cualquier cosa relacionada con las drogas o alguna actividad sospechosa que vuelvas a detectar en tu negocio y alrededores. ¿Estamos?

Arandú abrió la boca de la sorpresa. Pese al miedo, le emocionaba la idea de ser el asistente de un detective y más si lo iba a mantener lejos de los problemas. Así es que asumió con la cabeza y respondió:

     Como digas, Sherlock. Seré tu Watson. Podés venir cuando quieras y te suelto el chisme.

Sergio sonrió, mientras agitaba la mano en señal de despedida y salía del local.

Aun si cumpliría con la promesa de encubrirlo, no estaba seguro de lo que haría si la policía frecuentara el local. Así es que no tenía más opciones que acudir a Miguel para que le diera la mano, aun si le disgustaba la idea de formar un equipo con él.

Y mientras llevaba la droga a la comisaría, el oficial Miguel estaba rondando por las calles, próximo al restaurante “Las Delicias”. El lugar ya estaba por cerrarse y, de ahí, salió Rosita, quien se puso el abrigo para protegerse del clima fresco propio de mediados de año.

Pero apenas dobló la esquina, un maleante le bloqueó el paso y, con un cuchillo en la mano, le dijo:

     ¡La bolsa o la vida!

Miguel, de inmediato, se acercó al ratero y lo empujó, para luego apuntarle con la pistola y ordenarle:

     ¡Quiero ahí! ¡Manos arriba!

Luego de esposarlo, lo encerró en su vehículo. Rosita se acercó a él para agradecerle, pero entonces, lo reconoció como el amigo de la fiscala Alma y le dijo:

     ¡Señor Miguel! ¿Qué hace aquí?

     Estoy en mi turno, muñeca – le respondió Miguel, cuyas mejillas se sonrojaron – por cierto, ¿Cómo van las cosas con tu papá?

     No muy bien – le respondió Rosita – no me habla y seguro que lo van a soltar porque la fiscala falleció. Solo ella estaba en contra de que lo liberaran aun con fianza.

El rostro de Miguel se ensombreció, dado que Rosita era una de las tantas personas que depositaron su confianza en Alma. Pero debido a su asesinato, todos estaban en la incertidumbre de no contar con alguien que los protegiera de las represalias. Así es que respiró hondo y le dijo, con seriedad:

     Voy a matar a todos esos hijos de puta, les haré sufrir lo que ellos le hicieron a Alma y a la gente como vos. Sí, sé que soy un policía y debo ajustarme a la constitución, pero… ¡Al carajo! ¡El sistema está jodido!

Rosita, sin inmutarse y con una voz fría que no era propio de ella, le dijo:

     Matalos. Si pillás que mi papá tuvo que ver, matalo igual. Esto se tiene que acabar y no veo otra solución que la justicia por mano propia.

Miguel se estremeció con esas palabras y lamentó que la dulce y gentil de Rosita se volviera fría y desalmada. Intentó enfriar su mente y, más calmado, le dijo:

     Llamá a un taxi, te acompaño hasta que tomes uno y estés sana y salva.

     ¿Y qué hay del ratero?

     No irá lejos – Miguel golpeó el capó del auto con su cachiporra, como indicándole al detenido que lo tenía vigilado – además, soy policía, mi obligación está en proteger a los civiles como vos.

Por alguna razón, Rosita recordó al misterioso detective que visitó su restaurante horas antes e intuyó que fue Miguel quien le habló de ella. Pese al miedo, también quería llegar al fondo del asunto y más al descubrir que el asesinato de la fiscala fue para evitar que exhibiera la red criminal al público.

Minutos después, vislumbró un taxi vacío, acercándose, por lo que hizo señas para llamar la atención. El taxista se detuvo y ella logró subir al auto, no sin antes despedirse del oficial:

     Chau, hablamos luego.

Una vez que el taxista pisó el acelerador para llevarla en la dirección indicada, Rosita miró la tarjeta que le dejó el detective Sergio. Ahí no solo figuraba el número de teléfono, sino la dirección en donde se situaba su oficina.

“Quizás deba llamarlo”, pensó Rosita. “Pero lo haré en un teléfono público, por si esos bandidos pincharon el que tengo en casa”.

La noche era tranquila, con un tránsito disminuyendo gradualmente. El taxista permaneció en silencio, lo cual Rosita agradeció porque tenía mucho que meditar sobre los últimos acontecimientos surgidos en su vida, sin que nadie la interrumpiera.

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