Miguel recordó aquella vez, en que su madre lo presentó a la fiscala Alma. En ese entonces, era un chico de catorce años, quien estaba roto emocionalmente por la violencia doméstica sufrida en casa.
Ella se encargó de cuidarlos tanto a él como a su hermana, ya que la pobre madre se encontraba gravemente enferma, debido a la sobrecarga de trabajo y a los años de maltrato físico y psicológico por parte del esposo.
Con el tiempo, al joven Miguel le interesó el sector de la justicia, pero no se veía sentado en un escritorio como fiscal, sino recorriendo las calles para atrapar a los criminales. Así es que decidió ser policía, proteger a los inocentes y hacer sentir orgullosa a la mujer a quien consideraba su segunda madre.
Por eso, le dolía no haber podido protegerla, evitar que la asesinaran y que la prensa redujera el caso como mero crimen pasional. Ella merecía ser recordada como la heroína que era, quien andaba en un caso muy importante y velaba por la seguridad de las víctimas de aquella nefasta red criminal.
Tras culminar con la inspección en el bar, Miguel llevó a Sergio a su casa en un vehículo policial. A lo largo del camino, no se dirigieron la palabra, lo cual el oficial agradeció porque no estaba de ánimos para conversar.
Al llegar, Miguel notó que el detective vivía en un edificio con departamentos de dos pisos, el cual tenía unos salones comerciales en planta baja. Uno de ellos era un videoclub, un local que ya habría visitado en una ocasión cuando quería alquilar una película que no pudo verla en el cine. Antes de que Sergio bajara del auto, el policía comentó:
— Vivís cerca de mi casa.
— Oh, qué casualidad – comentó Sergio, como si no le diera importancia – aunque mejor así, porque algo me dice que nos volveremos a ver con más frecuencia. Quien sabe, quizás te pida una cita.
— ¡Nde puto! ¡Andá a la esquina con los travestis, mejor!
— Uy, tranquilo. Igual no sos mi tipo.
Miguel dio un resoplido, mientras se arrugaba la frente con una mano. Luego, como si recordara algo, le dijo:
— Andá al restaurante “Las Delicias” que está bajeando esta calle y preguntá por Rosita. Ella trabaja ahí de mesera, te puede ayudar.
— Hey, que lo de antes era solo una broma.
— ¿Nde tavy piko? ¡Ella ko fue quien contactó con Alma para el caso de las drogas! – Aclaró Miguel – Puede que ella la haya instado a investigar la red criminal, será un buen inicio para tu investigación.
— Bueno, señor Miguel. Gracias por el dato.
Una vez que Sergio bajó del vehículo, Miguel pisó el acelerador y se alejó de inmediato. Pero en lugar de entrar a su departamento, decidió ir hacia la dirección indicada por el oficial, instantes antes, para continuar con su trabajo.
“Aún no anochece”, se dijo Sergio. “Así es que el local seguirá abierto. Con suerte, Rosita estará en su turno y podré hablar con ella”.
Tras caminar unas cuantas cuadras, llegó al restaurante “Las Delicias”. Era un salón simple, con paredes amarillas y mesas de madera. Cada una llevaba un mantel estampado en cuadros y contaban con saleros como centros de mesa.
“¡Qué lechuché!”, pensó Sergio, mientras se dirigía hacia la caja.
Fue atendido por una señora con sobrepeso, cabellos enrulados y ojos chicos. Él la miró y le dijo:
— Hola, estoy buscando a Rosita. Me dijeron que trabaja acá.
— ¿Sos su chongo? – le preguntó la cajera, alzando una ceja.
— No, pero necesito hablar con ella urgentemente.
— Uf, otro admirador. Si pedís algo podés hablar con ella. Así es que sentate y esperá a que te atienda.
El detective no tuvo otra opción más que cumplir con las indicaciones de la cajera gruñona. Se sentó casi al centro, como para asegurarse de que lo vieran. Y mientras repasaba mentalmente los últimos acontecimientos, escuchó una suave voz, preguntándole:
— ¿Necesitás algo, don?
Sergio levantó la mirada y casi abrió la boca de la sorpresa al ver a Rosita. La cajera tenía un punto al considerarlo “un admirador más”, porque la mesera en verdad era muy hermosa. Tenía el cutis fino, sin granos ni protuberancias en el rostro, los labios gruesos y los ojos grandes, con largas pestañas naturales que resaltaban aún más su mirada.
No obstante, recordó para qué estaba ahí y trató de enfocarse, ignorando la belleza de quien pronto sería testigo clave de su investigación.
— Solo quiero un café – le respondió Sergio – y necesito hacerte unas preguntas. Si las respondés, te daré el doble de propina.
— Marche el café y la charla. Entendido.
La mesera parecía extrañada por la petición de su nuevo cliente, pero no opuso resistencia. Siempre le venía bien un extra y más si, con eso, compraba algo más suculento que no fuera porotos para su cena.
Como no había tantos clientes y ya estaban por cerrar, el café fue servido enseguida, por lo que la mesera no tuvo inconveniente de sentarse delante de Sergio, curiosa por saber qué quería preguntarle.
— Me imagino que ya sabés lo que le sucedió a la fiscala Alma. ¿No es así?
— Sí. Fue horrible – dijo Rosita, mientras se mordía los labios – demasiado guapa ya era, todavía no puedo creer que acabara así.
— En realidad, me pidieron investigar su asesinato – le explicó Miguel – un contacto mío que no diré quién es, me indicó que vos la conocías bien. ¿Cuál era tu relación con ella?
— La conozco… pero no como una amiga y ni siquiera conocida – la mesera bajó la mirada, como si evitara mirar al detective a los ojos – fue… por un problema.
— ¿Cuál problema?
— Le pillé a mi papá traficando con drogas en las escuelas y facultades – respondió Rosita, esta vez, mirándolo con pena – mi hermano era adicto y falleció, yo le culpé a mi papá por instarlo al consumo de cocaína y lo denuncié. Ahora está en la cárcel, pero seguro sale porque la fiscala falleció, era ella quien impedía que lo soltaran.
— ¿Y tu papá formaba parte de alguna red de tráfico? ¿O era solo un distribuidor solitario?
El rostro de Rosita palideció ante esa pregunta, movió los dedos con nerviosismo por un rato y, al final, se puso de pie, diciendo:
— ¿Sabés qué? Dejá nomás la propina. Mucho ya me arriesgué con la fiscala, no pienso hacer lo mismo con vos.
— ¡Esperá! – le dijo Sergio, poniéndose de pie también y tomándola de la muñeca – Si temés que te pase lo mismo que a ella, yo…
— ¡Soltame, nde vyro!
Dado que Rosita gritó, todas las miradas de desaprobación se dirigieron hacia Sergio quien, pronto, la soltó, sintiéndose juzgado.
Al final, sacó de su bolsillo su tarjeta de presentación, junto con unos billetes, se los colocó en su mano y le dijo:
— Si cambiás de opinión, llamame. Yo no voy a dejar que te pase nada, lo juro.
— No es por mí, es por vos – le dijo Rosita, esquivando la mirada – la fiscala también me dijo lo mismo y mirá cómo terminó – se fijó en la tarjeta con los billetes, los guardó en el bolsillo de su uniforme y continuó – buscá a Arandú, tiene un videoclub arribando la calle. Él te va a ayudar.
— Gracias por el dato – le dijo Sergio, antes de marcharse – igual esperaré a que me llames, no importa la hora. Si no atiendo, podés dejarme mensaje de voz en el contestador automático. Aunque sea una pequeña anécdota, un mínimo detalle que a vos te puede resultar insignificante, a mí me va a servir mucho.
Tras eso, se retiró del restaurante, sin percatarse de que Rosita comenzó a lagrimear.