Como lo había prometido, el detective Sergio contactó a los padres de la fiscala por teléfono y les informó sobre lo que acababa de descubrir en su investigación. Estos le agradecieron por el trabajo y le dijeron que seguirían esperando a que pudiera esclarecer los hechos.
Durante la llamada, Sergio les preguntó:
— ¿Qué tan involucrado se encuentra el oficial Miguel en este asunto? Sé que era un allegado de la familia e intuí que podría saber algo.
— Él estaba en otro lado – le respondió la señora – solo sabemos que la apoyaba en su investigación, pero… ya sabés, información clasificada.
— ¿Te causó problemas? – le preguntó el señor – hace un rato hablamos y él parecía molesto.
— Ah, sí, tuvimos una discusión – le explicó Sergio – pero no se preocupen, no fue grave. Seguiré investigando y si encuentro algo más, les aviso. Que tengan un buen día.
Colgó el teléfono y se sentó en el sillón de su oficina, el cual quedaba dentro de un antiguo edificio del centro de Asunción. Por un instante, recordó cuando había alquilado ese lugar para iniciar con sus servicios como detective privado. La gente solía acudir, creyendo que se encontrarían con algunos de esos artilugios extraños vistos en las películas de detectives, cuando lo cierto era que solo poseía lo esencial: una libreta con bolígrafo, una lupa, guantes anti dactilares, una pistola para defensa personal, una radio portátil, una cámara fotográfica automática y una mini grabadora. Planeaba comprarse un fax, pero de momento se las arreglaba bien con un teléfono antiguo, de esos que poseían un disco giratorio en lugar de teclas para marcar un número.
Mientras contemplaba su oficina, el teléfono sonó, por lo que atendió a la espera de recibir algún nuevo caso o un informe del que ya iba trabajando.
Pero, en realidad, era una llamada proveniente de la comisaría.
— Señor Sergio, el representante del acusado accedió a la entrevista agendada a las nueve horas a partir de mañana.
— Entendido – fue lo único que respondió Sergio, antes de colgar y agendar su próximo interrogatorio.
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Al llegar, la mayoría de los policías lo miraban con recelo, dado que Sergio les dio aún más mala fama del que ya tenían tras su participación en el hallazgo de los archivos del terror. El detective los ignoró y se dirigió de inmediato en la sala de interrogatorios, donde ya le esperaba el acusado con su abogado.
El exmarido de la fiscala era un hombre menudo, de unos 48 años, piel morena y ojos oscuros. Por un instante, Sergio se preguntó qué le había visto la pobre difunta, ya que le parecía un hombre demasiado feo como para repeler a cualquiera.
Pero en lugar de comentar sobre su apariencia, solo atinó a concentrarse en el interrogatorio.
— Buenos días, señor – le saludó, sentándose en una silla situada delante de él, el cual estaba separado por una larga mesa – soy el detective Sergio y me contrataron para resolver el caso del asesinato de la fiscala Alma.
— Soy inocente, lo juro – dijo el exmarido de la fiscala – no hay pruebas de que haya estado ahí y…
— Los investigadores hallaron huellas dactilares que coinciden con las tuyas – le recordó Sergio – puede que usted no haya disparado el gatillo, pero claramente fue quien encargó el montaje de la corona de flores o los realizó con sus manos.
— Mi cliente no ha ido a ninguna florería ni hecho encargo alguno por teléfono – intervino el abogado – no hay registros de transacción monetaria reciente proveniente de su tarjeta y chequera.
— Pudo haber pagado en efectivo – comentó Sergio, con calma – además, las flores no parecían ser colocadas de manera profesional por alguna florista, sino por un aficionado. Decime, ¿acaso tenés interés en la florería? ¿Estudiaste algún curso a distancia?
— ¡Eso es de putos! – bramó el acusado, con el ceño fruncido – ya dije todo lo que sabía: estaba en mi casa, viendo televisión, sin enterarme de nada.
— No hay ningún libro o revista de armado de flores entre sus pertenencias – intervino el abogado – también contactamos con las florerías y viveros de la ciudad, ningún local recibió encargos recientes de flores rojas ni armajes de coronas. Mi cliente no posee interés alguno por esas cuestiones y no los tendrá, así es que este interrogatorio es inútil.
— Solo intento llegar al fondo de los hechos – dijo Sergio, fulminando al abogado con la mirada – aquí nadie acusa a nadie, solo digo lo que me revelan las huellas digitales presentes en las flores. ¿De verdad no manipuló ninguna planta estos días? ¿O no visitó a la fiscala? ¿Aunque sea algún encuentro casual en un sitio público?
— Mmmmh…
El acusado meditó las preguntas del detective, por unos instantes. Luego, abrió los ojos, como si recordara algo, y le respondió:
— Nos vimos en un bar un par de semanas antes, lo cual me pareció raro porque ella no es de ir a esos sitios de mala muerte. Hay gente que nos vio, seguro les confirma si se acuerdan de mi cara. Pensé que algo malo le pasaba, así es que me acerqué y le invité un trago, como amigos, claro. Yo nunca le deseé el mal, las cosas no funcionaron con nosotros, pero eso no quiere decir que deba odiarla ni dañarla. Ella solo me dijo que se metió en un kilombo, pero hasta ahí nomás. Bebimos un rato y se fue, fue la última vez que la vi y si hubiera sabido lo que iba a pasarle… - el hombre respiró hondo, mientras sus ojos se humedecían – solo recuerdo que me quedé un poco más a terminar mi cerveza y largarme también.
— ¿Estabas bebiendo? – le preguntó Sergio - ¿En qué bebías?
— Bebí cerveza, lo normal – respondió el acusado – era un vaso cervecero de vidrio. Y había servilletas. ¿Pensás pio que alguien tomó mis huellas digitales de esas cosas?
— Es factible – le respondió Sergio – de casualidad, ¿recordás cuál era el nombre del bar?
— Bar Leo.
— Bien. Gracias por su tiempo.
El detective Sergio salió de la sala de interrogatorio y estuvo a punto de dirigirse hacia la calle, cuando se topó con el oficial Miguel. Este, al reconocerlo, se acercó y, sin siquiera saludarlo, le preguntó:
— ¿Acaso no recordás lo que te dije si volvía a ver tu cara?
— Sí, y no me importa – le respondió Sergio, haciendo que el oficial se ofuscara más – mirá, estoy tras una pista y yo a mis clientes no les voy a fallar. ¿Acaso no querés que descubra el misterio? Entonces cállate y seguime, que seguro te va a interesar.
Miguel dirigió su mirada hacia un grupo de oficiales de más alto rango y uno de ellos, que parecía ser su superior, le hizo un gesto aprobatorio con el dedo, como indicándole que le siguiera al detective. El policía respiró hondo y lo siguió hasta el bar, resignado.
Una vez ahí, se encontraron con un señor barbudo, corpulento, que los miró con cara de pocos amigos. Sergio se acercó y le pidió:
— Dos tragos, por favor.
En la barra se sentaron y, una vez acomodados, Miguel le cuestionó por lo bajo:
— ¿Qué pretendés con esto?
— Simulá un poco, chamigo – le dijo Sergio - ¿Qué no sabés lo que dicen las chismosas sobre este bar?
Sergio acercó su vaso en sus labios, pero Miguel solo giró la cabeza a un costado para notar cualquier movimiento sospechoso. Fue así que notó a una pareja muy peculiar, conversando, sentados en una mesa situada al extremo opuesto del bar.
Eran un hombre y una mujer, extremadamente delgados y con unas ropas oscuras como si fuesen púnkers. La mujer se puso de pie y tomó a su pareja de la mano, simulando saludarlo. Pero la perspicacia del policía le hizo notar que ambos tenían las palmas ahuecadas, como si se pasaran un pequeño paquete.
“¿Será el chico que le entrega algo a la chica? ¿O es al revés? ¿A quién seguir?”, se debatió Miguel.
Fue así que la mujer se dirigió hacia la puerta y Miguel, al final, hizo amago de seguirla, cuando dos sujetos extraños le bloquearon el paso.
— Yo que vos la dejo – le dijo uno de ellos, con una sonrisa pícara – mirá que pasa un patotero a asaltarnos y vos andás flirteando con una pendeja.
— Ya quisieras, tavyrón – le dijo Miguel, mientras extendía una mano al frente – vení, soltá la mercancía o no respondo.
La tensión en el bar aumentó, lo cual incomodó a Sergio porque la intrepidez de Miguel podría entorpecer su investigación. Así es que, sin dudarlo, se acercó al oficial, le abrazó por los hombros y, dirigiéndose a los bravucones, les dijo:
— Discuuuuulpen a mi amiiiiiigo, es que está muy borraaaaacho.
Ignorando las quejas de Miguel, lo arrastró hasta acercarse lo suficiente al hombre que quedó sentado en la mesa del bar, para tropezarse y caer sobre él. De ese modo, consiguió que soltara de sorpresa el pequeño paquete que le había entregado la mujer unos instantes antes.
Dicho paquete cayó al suelo, abriéndose por el impacto y revelando así su contenido. Era unos bloques de hierbas comprimidas de fuerte olor, que todos detectaron al instante como marihuana prensada.
Miguel, ante esto, sacó su pistola, apuntó al hombre y le ordenó:
— ¡Arriba las manos!
Los dos sujetos hicieron amago de abalanzarse sobre él para derribarlo, pero Sergio tomó su pistola también, los apuntó con ella y les advirtió:
— Puedo alegar que disparé en defensa personal, así es que sean buenos chicos y cálmense, o les irá peor.
Los hombres se detuvieron y levantaron sus manos también, mientras Miguel sacaba las esposas para arrestar al implicado.
Luego de eso, vinieron refuerzos que intervinieron el lugar, descubriendo así que era un sitio clave para la comercialización de drogas duras como cannabis, opio y cocaína.
Mientras incautaban los paquetes y contenían a los implicados, Sergio detectó que los vasos de vidrio estaban fuertemente marcados por huellas dactilares. De ese modo, volvió a recrear la escena, en la que vislumbraba a la fiscala, bebiendo una cerveza con su ex. Luego, ella se retiraría y él se quedaría un poco más, de seguro bebiendo del mismo vaso. Más tarde, se marcharía, con la cerveza a medio beber y, así, hacer que algún intrépido pasara una cinta adhesiva para obtener la huella digital que desviaría el foco de atención de la prensa ante un presunto crimen pasional.
“La fiscala no solía frecuentar estos sitios”, recordó Sergio, que lo escuchó decirle al acusado. “En ese caso, ella no estaría aquí para relajarse o ahogar sus penas, sino para investigar este lugar relacionado con las drogas”.
Se acercó a Miguel, pensando que al estar buscando lo mismo pese a sus incompatibilidades, merecía saber de su descubrimiento. Aparte, conocía mejor a la fiscala, por lo cual podría serle útil para resolver este misterio.
Respiró hondo y le dijo, sin vueltas:
— Faltaban unos papeles en el despacho cuando fuimos a analizar la escena del crimen y, en el interrogatorio, el acusado dijo que encontró a la fiscala por acá, semanas antes, cuando claramente no era de las que bebían en los bares a solas. Vos que la conocías más, ¿sabés en qué andaba metida?
— Investigaba una importante red criminal que empezó a operar en Asunción hace poco – le respondió Miguel – yo la ayudaba… a veces. Ella no quería involucrarme, aunque le insistía en ser su asistente personal para su investigación. ¿Acaso pensás que ella…?
— Sí, ella no fue asesinada por su ex pareja por despecho ni pasión, sino que “alguien más” la hizo callar porque se metió en donde no debía. Ahora, oficial, nos toca a nosotros continuar con su trabajo. Es la única forma de evitar que más inocentes perezcan en este jodido mundo de las drogas.