El cuerpo ya había sido retirado para su análisis en la morgue, pero los policías todavía estaban revisando el lugar que se encontraba franqueado por franjas amarillas. No obstante, el detective Sergio mostró sus credenciales y lo dejaron pasar, alegando también que fue contratado por los mismos familiares de la víctima para resolver el caso.
Miguel, quien había llegado primero, se acercó a él y le dijo:
— No hay mucho que ver aquí. Todo fue registrado con fotos y parte de las evidencias fueron recolectadas.
— ¿Aún no hicieron la limpieza, verdad? – le preguntó Sergio.
Miguel negó con la cabeza, aunque su expresión parecía de desconcierto. En eso, Sergio comentó:
— Ojalá las cosas fueran tan fáciles como las películas, pero acá en Paraguay es todo vyrorei nomás.
— Che, eñecalmapa nde detective trucho – dijo un ofuscado Miguel – no sabés las ganas que tengo de llegar al fondo del asunto, no sos el único kape.
Sergio hizo rechinar sus dientes, cosa que molestó aún más a Miguel. El detective le dio la espalda y le dijo:
— Llevame al lugar de los hechos, mientras más rápido mejor.
Fueron hasta el despacho instalado cerca de la sala, en donde vieron unas cintas blancas que moldeaban el cuerpo recién retirado, como una especie de silueta. Sergio lamentó que lo sacaran, le habría sido más rápido analizarlo in situ para determinar cómo surgió el ataque.
El policía le pasó las fotos, en donde se vislumbraba el cadáver ensangrentado y la corona de flores rojas, que también habían retirado. Luego, se fijó en la silueta, donde había unas manchas de sangre cubriendo parte de la alfombra.
— Le dispararon primero en la cabeza y, luego, en el pecho – comentó Sergio.
— ¿Cómo sabés eso? – le preguntó Miguel.
— Hay más sangre en el área del torso que de la cabeza – señaló Sergio – El cadáver estaba boca abajo, según las fotos. Seguro el impacto de las balas también influyó que terminara en esa posición.
— El segundo disparo fue por la espalda – le explicó Miguel – creemos que la bala la atravesó y, por eso, está la mancha en el suelo.
Sergio meditó las palabras de Miguel. Luego, contempló la ventana, se acercó a ella y corroboró que no tuviera barrotes. Las persianas estaban en lo alto y los cristales eran corredizos, con un marco de madera de esos antiguos que se trancaban al abrir.
— Es bastante grande como para que un adulto entre aquí – en eso, Sergio se dirigió a la puerta – dos personas entraron, uno la abordó de frente y, otro, en la espalda. Por cierto, ¿tienen las balas?
— Solo tenemos la que quedó en su cabeza – le respondió Miguel – la del pecho, como dije antes, le atravesó desde la espalda. No sabemos dónde paró, porque no coinciden los ángulos del disparo con la posición del cuerpo. Es todo muy confuso.
El detective se acercó al escritorio, donde visualizó a la fiscal sentada de espaldas a la ventana. Seguían todavía ahí algunos documentos de su trabajo, pero percibió que faltaban papeles por el gran hueco que se revelaba en la pila de archivos.
— Era casi de madrugada – comentó Sergio, en un susurro – la fiscala estaba quemándose las pestañas acá, seguro era una investigación compleja.
Levantó su mirada hacia la parte superior de la puerta, opuesta a la ventana. Ahí había un cuadro, que poseía un enorme agujero producto de una bala incrustada en el marco.
— El ataque inicial fue por la ventana – continuó – ella logró esquivar el primer disparo a tiempo y trató de escaparse por la puerta, hasta que…
Es así que contempló cómo el segundo atacante ingresaba por la única vía de escape que había en el despacho, dándole el tiro de gracia en la frente. El que ingresó por la ventana, la remató apuntándola por la espalda. Aquella tercera bala quedaba en paradero desconocido, por lo cual pudo haber impactado en el segundo atacante… aunque no halló rastros de sangre hacia esa zona. Así es que dedujo que pudo tener puesto un chaleco antibalas por si las dudas o sería otra cosa.
De vuelta su mirada se desvió hacia otro punto del despacho. La mujer no consiguió siquiera llegar hasta la puerta, apenas había bordeado la mesa. Por lo tanto, su cuerpo estaría medio girando en cierto ángulo para que, al atravesarle la bala de la espalda al pecho, se perdiera en algún lugar.
Tras meditarlo por un buen tiempo, se acercó hasta el costado de la puerta, donde estaba la biblioteca. La razón por la que la bala se perdió fue porque rebotó en una pequeña figurilla de bronce y terminó perforando el concreto que unía la pared con el techo.
En eso, señaló hacia el punto del rebote, donde claramente se veía una grieta pronunciada. Miguel, con una expresión de asombro, preguntó:
— ¿Cómo lo supiste?
En lugar de responder la pregunta, le indicó:
— Llevá las balas del cuadro y del concreto para inspeccionarlos luego. Hay que saber el tipo de arma y propietario de las mismas.
— Pará un momento – lo interrumpió Miguel, agitando las manos - ¿Te creés mi jefe, acaso? ¡Aquí no mandás!
— ¿Querés que se haga justicia o no? – le preguntó Sergio, esta vez, endureciendo la voz – Mirá, sé bien que sos el protegido de la fiscala, así es que si tanto la apreciabas, más te vale hacer bien las cosas o terminarán archivando el caso como un patético crimen pasional. ¿Vas a querer eso?
— ¡Ni se te ocurra! – le advirtió Miguel, con los brazos cruzados – por esta vez lo dejo pasar, pero si la próxima vuelvo a ver tu fea cara, te mando una suspensión de tu licencia.
Con esas palabras, se separó de él para hablar con los demás policías y proceder con la recolección de las balas perdidas halladas por el detective Sergio.