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Capítulo 19. Ajuste de cuentas

Corona de flores rojas · por msolfere · 15 de agosto de 2026

     Eaguantá nde gusto kue, la polibandi tavysho.

     Ndére piko la huísio pokä, iladrón partida.

El cañón de la pistola era como una barra de acero al rojo vivo que perturbaba a Miguel, quien esperaba que sus colegas lograran localizar a Sergio para protegerlo en cuanto buscara un modo de salirse de ese embrollo.

     ¿Sos comediante, piko? – le preguntó el sujeto – ahorita mismo te ponés en cuatro y caminás como el perrito que sos de tu chongo.

Miguel hizo amago de agacharse, pero luego, con un movimiento arriesgado, giró y logró aferrarse a las muñecas del bandido, mientras gritaba:

     ¡Eikéna nde revikuápe!

El bandido disparó, pero la bala terminó impactada por el tronco de un árbol. Justo en esos momentos, la banda musical del club nocturno comenzó con su show y, con los ruidos fuertes de los parlantes, nadie escuchó el ruido de afuera y siguieron disfrutando de la noche.

No obstante, los oficiales de refuerzo sí lograron escuchar los disparos y acudieron rápidamente para ayudar. Fue así que dos de los policías tomaron al bandido por detrás y lo inmovilizaron por el suelo. Un tercero se acercó a Miguel y le preguntó:

     ¿Estás bien?

     Sí, lo estoy – le respondió Miguel - ¿Y Sergio?

     No está en el baño. Demasiado mucho le buscamos y vinimos aquí porque escuchamos tiros.

Mientras conversaban, vinieron tres sujetos más, haciendo disparos al aire como advertencia. Los policías dispararon también y uno de ellos le dijo a Miguel:

     Buscale a tu amigo y lárguense. Nosotros nos encargamos.

Miguel atravesó el patio a ciegas y se ocultó por detrás de unas cajas vacías que halló por los pasillos.

Desde ahí, vio a los bandidos y a los policías atacase entre sí, algunos recibiendo heridas y, otros, logrando esquivarlas y ocultándose en cualquier objeto que les sirviera de escudo.

Mientras se debatía entre continuar buscando o ayudar a sus compañeros, contempló a tres hombres saliendo de la otra sección del edificio, con uno de ellos dando indicaciones como si fuera el jefe.

     ¿Será ese? – se preguntó Miguel, mientras metía su mano en el bolsillo de su pantalón – desde aquí le puedo disparar…

Sin embargo, notó que no tenía su arma, lo cual le alarmó. Se preguntó cómo la había perdido y lo único que pudo pensar era en que Sergio se la sacó cuando se dirigía al baño.

     ¿Pero qué le pasa a ese pelotudo? ¡Dejarme desarmado en plena balacera! ¡Vyrorei la James Bond!

Resignado, salió de su escondite y se dirigió hacia el sitio donde vio aparecer a esos hombres.

Al llegar a la otra sección del edificio, se encontró con las dos puertas, pero estaban cerradas. Respiró hondo y optó por dejarse llevar por el azar, tirándose hacia la izquierda.

Pero apenas la abrió, un enorme puño salió hacia adelante, con la intención de golpearle la cara. Miguel logró esquivarlo, lo tomó del antebrazo para contenerlo y, con un ágil movimiento, le dio un rodillazo en el abdomen.

El hombre que lo atacó en verdad era bastante grande y corpulento, pero eso no le preocupó dado que fue entrenado para enfrentarse a toda clase de adversarios. Tras lograr derribarlo, notó que se le caía su pistola al suelo, por lo cual la alzó y la apuntó con ella unos segundos, hasta que escuchó una voz en el interior del cuarto, preguntando:

     ¿Qué está pasando?

Miguel guardó la pistola en lo más profundo del bolsillo de su pantalón y, aprovechando que el guardia estaba recuperándose del repentino golpe, ingresó a la pieza para rescatar al rehén.

Era Sergio, a quien vio con las muñecas fijas con las cintas grises y un sudor frío recorriendo su rostro. El detective, al ver al policía, le dijo con reproche:

     Demasiado mucho tardaste.

     Ay rapo. ¿Te pensás piko que soy Flash? – le cuestionó Miguel.

     Eñecalmapa, chamigo. Mejor liberame.

     Si me prometés que no me vas a sacar más mi pistola, nde tavyrai la Sherlock Holmes trucho.

     Sí, sí, entendí. Solo apúrate, que el jefe se está escapando.

Miguel consiguió romper con las cintas que bordeaban la muñeca derecha y estaba a punto de despegar las del lado izquierdo, cuando el guardia que logró derribar se acercó a él y lo empujó contra la pared.

El oficial no previó ese ataque y sintió un enorme dolor en la zona de su cuerpo donde surgió el impacto. Intentó defenderse, pero su adversario lo tomó de las muñecas y lo mantuvo aprisionado por la pared, como si intentara cortarle las vías de respiración y circulación sanguínea.

     Nde tavy… ¡Soltame, carajo!

Sintió un rodillazo en las costillas, que lo dejó sin aliento. Sus muñecas fueron liberadas, pero pronto sus mejillas sintieron el impacto de las bofetadas a palmas abiertas, que lo dejaron aturdido.

Parecía que los golpes no acabarían, si no fuera porque Sergio, quien logró liberarse por completo, tomó al hombre por la espalda y le contuvo los brazos hacia los costados.

Ahora le tocaba a Sergio pelearse contra el bandido y, ahí, Miguel se percató de que realmente era enorme. Si el detective ya de por sí era bastante alto, el bandido lo era aún más, con el añadido de que lucía mucho más robusto y musculoso.

Pese a sus habilidades de karate, Sergio no logró contenerlo por mucho tiempo y, al instante, fue derribado por el suelo.

El guardia se colocó sobre él y le propinó dos fuertes golpes en la cara, a puño cerrado. Miguel se acercó y le sujetó del brazo, mientras gritaba:

     ¡Largate, Sergio! ¡El jefe se está escapando! ¡Yo me encargo!

     ¡No me voy! – dijo Sergio, poniéndose de pie y propinándole al bandido una patada en la entrepierna - ¡No te dejaré solo!

El sujeto, finalmente, se quedó en el suelo, mientras se sobaba la zona golpeada. Ahí, Miguel y Sergio, como si se hubieran puesto de acuerdo por primera vez en sus vidas, levantaron sus puños y asestaron el golpe final, dejando al hombre inconsciente.

Una vez culminada con la pelea, ambos se masajearon las zonas heridas, mientras recuperaban el aliento. Pero no tenían tiempo de relajarse, porque debían salir de ahí a buscar al jefe antes de que se escapara.

Así es que salieron de la oficina y vieron que algunos oficiales uniformados ya estaban ingresando en el edificio. Sergio notó que Humberto se dirigía por la puerta derecha, por lo que dio media vuelta y se dirigió ahí, siendo seguido por Miguel.

Humberto parecía no percatarse de que era seguido, porque en ningún momento giró su cabeza para confrontarlos. La pelea en el patio seguía acrecentándose y la fiesta en el club continuaba, ignorando lo que sucedía en el edificio.

El jefe de los narcotraficantes abrió la puerta y entró, pero cuando estuvo a punto de cerrarla, Miguel puso un pie para bloquearla.

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