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Capítulo 20. En nombre de la justicia

Corona de flores rojas · por msolfere · 15 de agosto de 2026

Humberto quedó impactado al ver a Sergio y Miguel ingresar al laboratorio, en donde se encontraban algunos paquetes repletos de la mercancía ilegal, sin cerrar. También se encontraban un par de muchachos, que se colocaron en un rincón y, por sus ropas salpicadas con polvo blanco, intuyeron lo que estaban preparando.

     ¡Aihuepete! – exclamó Sergio, mirando por la mesa – marihuana, cocaína… ¡Y hasta heroína! – señaló una jeringa que estaba por el suelo - ¡Tiraste la casa por la ventana!

     ¿Así es que este es el jefe? – preguntó Miguel, mientras apuntaba a Humberto con la pistola que le arrebató al bandido – Así te quería ver, nde bandido.

Humberto retrocedió unos pasos, mientras levantaba las manos. Los ojos de Miguel brillaban con furia, mientras pensaba en las mil y una maneras que deseaba torturar al asesino de la fiscala Alma.

Sergio, que pareció notar sus sentimientos, le dijo:

     La fiscala dio su vida para destapar esta red criminal. Está en tus manos exhibirlo al mundo, que todos sepan cuál es la cara del narcotráfico en el país y que la gente nunca olvide lo que hizo.

Miguel tomó aliento. Seguía sosteniendo la pistola con firmeza, mientras Humberto le desafiaba:

     Vamos, dispará, sé bien que querés esto. Fui yo quien mandé balear a la fiscala y mandé la corona de flores rojas, con las huellas de su ex chongo. ¿No querías vengarte acaso? Si no me matás, quizás le mande esas mismas flores a tu familia.

Miguel dirigió el cañón de la pistola hacia una de las piernas de Humberto y disparó. Este gritó, haciendo que los muchachos se asustaran y corrieran del lugar.

Sergio se acercó y estuvo a punto de apoyar las manos por los hombros de Miguel, cuando este le dijo:

     Se me resbaló nomás. No pensaba matarlo. Lo voy a esposar y lo entrego a la policía.

     ¿Vos piko creés que nací ayer? – le dijo Sergio, dejando que Miguel hiciera lo suyo - ¡Obvio que lo hiciste a propósito! Pero bueno, me haré del ñembota y digo que no vi nada. ¿Está bien?

     Ou hina – fue lo único que comentó Miguel, mientras le colocaba las esposas a Humberto.

Los vehículos policiales comenzaron a aparecer de a poco, mientras el espectáculo del club nocturno era interrumpido debido al allanamiento policial. La gente que pretendía pasar una noche agradable, quedó impactada al ver una hilera de sujetos, siendo esposados y colocados en hileras, con las cabezas agachadas.

Aparte, el barullo aumentó con la presencia de la prensa, donde una periodista de buena apariencia comenzó a hacer su reporte en el lugar de los hechos.

     Hoy, el club nocturno fue testigo de una balacera policial tras hallarse un presunto comercio oculto de sustancias ilícitas en su depósito. La policía declara que un detective fue capturado tras infiltrarse en el lugar para su investigación privada, por lo cual intervinieron para su rescate.

La reportera comenzó a acercarse a los oficiales para entrevistarlos y que explicaran cómo acontecieron los hechos. Miguel, quien la contempló de lejos, gruñó y prefirió evadirla, mientras le decía a un suboficial:

     Encargate vos, este es el jefe y hay que vigilarlo bien que no intente nada.

El suboficial tomó a Humberto y lo llevó hasta uno de los coches policiales. Miguel y Sergio, por su parte, quedaron al margen, mientras se respaldaban en un vehículo estacionado para tomar aliento. Tras un breve silencio, el policía le preguntó al detective:

     ¿Por qué me sacaste la pistola?

     Disculpame, es que vi que no estabas en condiciones de pelear y quería alejarte del peligro – se excusó Sergio – de seguro no fuiste aún al médico.

     Debiste decírmelo, entonces.

     Si te lo decía, no me harías caso.

     Puedo ser flexible a veces. ¿Sabés?

     Lo dudo.

Miguel gruñó, aunque en el fondo reconocía que Sergio tenía razón al notar que las lesiones de sus anteriores enfrentamientos no sanaban del todo. Así es que tendría que ir con el médico para que no terminaran agravándose.

Luego de otro silencio breve, Sergio musitó con lástima:

     Igual ni me sirvió estar armado, porque de todos modos me capturaron. Como sea, lo pasado pisado. Al fin podré cerrar este caso y decirle a los padres de la fiscala que mi trabajo ha terminado.

     Seguro te pagaron muy bien para arriesgarte tanto así. ¿Verdad? – le preguntó Miguel, alzando una ceja.

Sergio soltó una risa, mientras que Miguel lo imitó. Ambos comenzaron a reír fuerte, sintiendo que toda esa tensión acumulada desde el inicio del caso se había disipado y, al fin, podían seguir con sus vidas.

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El cementerio estaba cubierto de una extraña neblina, producto del cielo gris que surgió en pleno setiembre. Dos hombres se situaron delante de un mausoleo con la apariencia de una casita de dos techos y paredes pintadas de celeste. En su interior, se encontraba la foto de la fiscala, en donde situaron una rosa blanca como símbolo de pureza de su alma.

Sergio nunca había sido un devoto cristiano, pero ese día sintió deseos de pasar por la tumba de aquella mujer que nunca conoció, pero de quien guardaba un profundo respeto. Quería expresarle su agradecimiento por señalarle el camino correcto y decirle que concluyó con la investigación que ella inició para desbancar aquella red criminal que azotaba Asunción en el terror.

Por su parte, Miguel quería estar junto a ella una vez más. No pudo asistir al velatorio ni al entierro porque se negaba admitir que había muerto. Sin embargo, juró pasar por su tumba cuando lograra capturar al verdadero responsable de su asesinato para entregarlo a la justicia.

Mientras la velaban, Sergio le preguntó a Miguel:

     ¿Sigue Humberto en prisión?

     Sí. Sigue – le respondió Miguel – pero con lo corrupto que está el sistema, no me sorprendería que terminaran largándole por algún soborno que daría por debajo de la mesa.

     Al menos la gente ya sabe quién es. Tendrá que mover muchos hilos si quiere recuperar todo lo que le quitamos en la operación.

Miguel dio un suspiro. Una pequeña lágrima recorrió su mejilla, pero lo secó con una mano y comentó:

     Mi hermana comenzó a construir una casa en un terreno que tenemos en conjunto en el interior. Quiere que me vaya a vivir ahí, con su familia, porque cree que es lo mejor para mí.

     ¿Y qué pasará con tu trabajo?

     Ahí también hay una comisaría. Tal vez consiga que me trasladen para contentarle a mi hermana.

     ¿Y querés eso? ¿Dejar todo lo que lograste acá para mudarte con tu hermana en medio de la nada?

Miguel dio un suspiro. Si bien disfrutaba vivir solo, lo cierto era que los últimos acontecimientos lo llevaron al límite. Además, sabía que su hermana estaba preocupada por él más que nada por su oficio repleto de riesgos. Pensaba que la única manera de tranquilizarla era si accedía a vivir con ella y conocer, de paso, a su pequeño sobrino que nació ese año.

Pero en lugar de responderle al detective, le preguntó:

     ¿Y qué hay de vos? ¿Te vas? ¿O te quedás?

     Me quedo – respondió Sergio – pero ya no tomaré más estos casos peligrosos, ya que me percaté de que me estoy volviendo viejo para tantas corridas. Mejor perseguiré infieles, que es lo que tanto me piden ahora. O analizaré documentos falsos, algo aburrido, pero sencillo.

     Hablás como un abuelo.

     Mira quién lo dice.

Los dos se miraron. Pese a que tuvieron sus roces, al final aprendieron a tolerarse y dejar sus prejuicios a un lado para honrar la memoria de una mujer que admiraban.

Cuando terminaron de velar los restos de la fiscala, cada uno se fue por su lado, sin percatarse de que su espíritu los contemplaba, alegrándose de que esos valientes hombres continuaran con su investigación para, al fin, poder descansar en paz.

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