La noche llegó y el club nocturno deslumbraba con su cartel de luces LED que brillaban más que las estrellas.
Sergio se colocó un chaleco negro y portó unos lentes sin cristales para intentar transformar su apariencia. Miguel, en cambio, se puso una camisa blanca con corbata desajustada, pero llevó una campera de vaqueros color oscuro, logrando así un look más casual.
A diferencia de la casa de masajes, el club nocturno estaba abierto al público y no había necesidad de decir ninguna contraseña. No obstante, el guardia que los recibió los miró de arriba abajo y comentó, de forma despectiva:
— El bar gay está a la vuelta.
— Disculpa, caballero, pero no somos pareja – intervino Sergio, sin atreverse a mirar la cara que puso Miguel – en realidad, venimos a por las damas para… ya sabes.
— Aaah, me parecía luego, je je – el guardia aligeró su expresión y se hizo a un lado – pasen, sin drama.
Al entrar, vieron a un grupo de personas de distintas edades a lo largo de una barra. Había música lenta y una banda estaba preparándose para tocar, por lo que algunos ya estaban preparándose para lucirse en la pista de baile.
— Creo que debiste traer a tu hermana – le dijo Sergio a Miguel, por lo bajo – así no pasaríamos semejante papelón.
— Ella es de casa, no le gustan estas cosas – comentó Miguel, mostrándose malhumorado.
— Bueno, solo decía. Mejor… sentémonos a tomar algo.
Ambos se sentaron en la barra y pidieron cerveza. Sergio no paraba de analizar cada detalle del lugar que, en apariencia, lucía como un club nocturno normal. También se percató de que Miguel comenzaba a masajearse las zonas donde recibió golpes hacia pocas semanas, pensando que todavía seguiría teniendo heridas por todo el cuerpo y considerando que debió haber aprovechado sus días de descanso para ir al médico.
“A este paso, no podrá pelear”, pensó Sergio, mientras veía el mango de la pistola asomándose por el bolsillo de su pantalón. “Lo mejor será que me defienda solo. Lo lamento, Miguel, pero es por tu bien. Sos joven y tenés toda una vida por delante”
Con ese pensamiento, tomó delicadamente la pistola y se la sacó, sin que Miguel se diera cuenta.
Un poco después, notó que dos sujetos no paraban de mirarlos con intensidad. Esto le dio mala espina, por lo que le dijo a Miguel por lo bajo:
— A las dos y cuarto a la derecha, nos descubrieron.
Miguel miró de reojo y también notó a los sujetos, lo cual le intrigó. Tuvo ganas de ponerse de pie para confrontarlos, cuando sintió la mano de Sergio apoyándose sobre su hombro.
— Voy al baño. Quizás solo me buscan a mí. No me tardo.
— Espera, no podemos separarnos…
Sergio se puso de pie y se alejó lo más rápido que pudo, ocasionando que esos dos hombres también se movieran en diferentes direcciones, como buscando acorralarlo. Ante esto, Miguel se levantó también y fue a por uno de ellos, eligiendo al azar.
Sus pasos lo sacaron de la sección del bar y lo dirigieron directo al patio interno del edificio, perdiendo a su objetivo de la vista. Por suerte, portaba en su cinturón el walkie-talkie, con el cual podía comunicarse con sus colegas que permanecieron en las calles en caso de problemas.
— Aquí, Miguel, están apuntando hacia Sergio. Son dos sujetos con trajes blancos rayados. Necesito refuerzos. Cambio.
— ¿Dónde estás, Miguel? Cambio – le preguntó uno de los oficiales, que captó el mensaje.
— Salí del bar, estoy en el patio interno. El detective está en el baño, vayan a protegerlo. Cambio.
— Está bien. Iremos a respaldarte. Cambio y fuera.
Apenas terminó de conversar, sintió el cañón de una pistola tocándole la espalda.
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Sergio se metió en el baño e ingresó en uno de los cubículos, dejando la puerta medio abierta. El sujeto que había contemplado antes también entró, pero no para hacer sus necesidades, sino para buscarlo.
Lo supo porque no paraba de mover la cabeza e inspeccionar los cubículos con la mirada. Sergio, quien antes le había robado la pistola a Miguel sin que este se diera cuenta, la tomó, salió de su escondite y lo apunto con ella.
— ¡Quieto ahí!
El sujeto levantó las manos a los costados y miró el arma, manteniendo la calma.
— Llevame ahora mismo con tu jefe – le ordenó Sergio – si hacés alguna macanada, te meto bala.
El sujeto dio media vuelta y caminó despacio, mientras Sergio lo seguía, sin dejar de apuntarlo.
Se alejaron del bar y se dirigieron a la otra ala del edificio, donde lucía tranquilo. Sergio contempló dos puertas cerradas y el sujeto lo llevó a la que estaba a la izquierda.
La abrió y, apenas la cruzaron, dos cañones de pistolas lo apuntaron a cada lado de la cabeza.
— ¡Qué mbore! ¡Esto es trampa! – dijo Sergio, mientras el sujeto a quien había amenazado antes se dio media vuelta para confrontarlo.
— Aquí está el jefe – le dijo, con una media sonrisa – si me disparás, te dispararán y no contás el cuento.
— Basta, es suficiente – dijo una voz proveniente de las sombras.
Los hombres dejaron de apuntar a Sergio y lo llevaron delante de un escritorio antiguo. Le sacaron su pistola y, sin siquiera dejarlo defenderse, le fijaron las muñecas con cintas grises americanas por el apoyabrazos de una silla. El detective lamentó que no fueran sogas o siquiera unas esposas, porque así podría liberarse más rápido que con esas cintas fuertes.
Una vez desarmado, indefenso e inmovilizado, la voz desconocida que habló antes se manifestó bajo la luz de una lámpara.
Era un hombre de cabellos canosos, sin vello facial, pero con algunas arrugas que denotaban su avanzada edad. Llevaba una camisa celeste claro y un discreto anillo de oro en el dedo izquierdo anular.
Ante eso, Sergio comentó:
— Te imaginaba más… intimidante.
— Graciosillo. ¿No? – le dijo ese hombre – bien, un poco de humor antes de morir no viene mal.
Sergio sintió que uno de los bandidos lo tomó de los cabellos y lo hizo levantar la cabeza en dirección al techo, a modo de exhibir su cuello. Por un instante, sintió que ahí acababa todo, hasta que escuchó al jefe decirle a su subordinado:
— Tranquilizate, chamigo. Estamos en una charla amistosa. Sé más cortés con nuestro invitado de honor, que vino gentilmente a nuestra cueva para visitarnos.
Las manos se desprendieron de sus cabellos y Sergio sintió que su corazón se le estaba escapando por la garganta.
Tras esa breve interrupción, Sergio le preguntó:
— ¿Quién sos?
— Me llamo Humberto – se presentó el hombre – soy dueño de este prestigioso club nocturno que me llevó muchos años de sacrificios levantarlo.
“Querrás decir, muchos años sacrificando a gente humilde, evadiendo impuestos y distribuyendo drogas en el bajo mundo”, quiso decirle Sergio, pero se abstuvo del comentario debido a su situación.
— ¿Sabés qué? Estos días estuve conversando con tu querida amiga, Rosita – continuó Humberto, logrando captar la atención de Sergio – le pedí explícitamente que te guiara en los lugares claves para analizar tus movimientos. Pude matarte antes, por supuesto, pero me intrigaba saber hasta dónde lograbas llegar.
— Seguro la amenazaste. ¿No? – le dijo Sergio, con molestia – te haces del gallito con las mujeres y los niños, pero no con un hombre de verdad. ¡Das asco!
— Pero si yo le tengo un profundo respeto a las mujeres – le dijo Humberto, con una voz de falsa inocencia – si incluso le dejé ir a tu querida Rosita.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué me decís de Petrona? ¿O la fiscala Alma?
— Lo de Petrona fue lamentable, medio vyra era ella. Y la fiscala Alma… - Humberto dio un ligero suspiro, mientras intercalaba su anillo entre sus dedos – he sido clemente con ella, se le advirtió que no metiera sus narices en el asunto, pero la bien terca seguía insistiendo. Al menos me aseguré de que no la violaran, como sé que hacen muchos vyros en este negocio.
“¡Bingo! ¡Admitió que fue él quien mandó matar a la fiscala!”, pensó Sergio, mientras se miraba las cintas que inmovilizaba sus muñecas. “Si tan solo hubiera una manera de decírselo a Miguel… Debo ganar tiempo antes de que me maten y escapen de su mira”.
— Sos un monstruo. ¿Sabés? – le dijo Sergio – te creés la gran cosa detrás de ese escritorio, jugando a ser “El Padrino”, cuando lo cierto es que sos un lekajá partida, que trafica con cannabis y se pajea con mita’is que ni saben hablar bien. Vas a ver cuando venga la policía y la prensa te exhiba. ¡Voy a arruinarte!
Humberto, en lugar de enojarse, soltó una fuerte carcajada como si le acabaran de contar un chiste graciosísimo.
Cuando se calmó, mostró una sonrisa maliciosa y le dijo:
— ¿La policía? ¡Yo soy quien la controla! ¡Y también controlo este maldito gobierno gestionado por políticos inútiles y vagos! Para que te lo sepas, Tacumbú es uno de mis castillos y yo soy el rey. Así es que no importa lo que vos o tu amiguito polibandi hagan, siempre serán humillados.
Sergio estuvo a punto de decir algo más, cuando se escucharon disparos. La puerta se abrió, pero Sergio no pudo ver quién era por estar de espaldas. No obstante, por la voz, dedujo que se trataba de un muchacho.
— ¡Patrón! ¡La cana está aquí! ¡Atraparon a unos cuantos y se acercan más acá!
Humberto se puso de pie y se salió del campo visual de Sergio. Los demás hombres también lo siguieron, pero antes de que se retiraran todos, escuchó que Humberto le decía a uno:
— Vigílalo.
Sergio sintió la presencia del hombre, que estaba a sus espaldas. No podía determinar su aspecto, pero sí escuchar su respiración y el sonido de su arma, siendo cargada.
“Bien. Sigo vivo… por ahora”, pensó Sergio, volviendo a mirarse las manos inmovilizadas. “Ahora todo depende de Miguel. Espero logre encontrarme antes de que lo encuentren a él y lo hagan pedazos”