Los policías no paraban de contemplar al grupo de travestis que habían capturado, tras la denuncia dada por unos civiles que vivirían en el centro. Miguel, quien había lidiado con ellos en la noche anterior, fue convocado para que diera testimonio ante su jefe.
— Medio raro fue todo, general – le explicó Miguel – el travesti quería balearle al detective Sergio en su oficina y por eso tuve que intervenir.
— ¿Será que podés reconocer su cara? – le preguntó el jefe – capturamos a muchos travestis por la noche, pero no sabemos cuál es el que decís que empezó con el atraco.
— Voy a procurar. Estaba muy oscuro y casi no se veía nada.
Miguel, en compañía de su jefe y otros dos oficiales de rangos superiores, se acercaron a los travestis que no paraban de hacer gestos obscenos con sus expresiones faciales. Fue ahí que el policía identificó a uno de ellos, que llevaba el pelo celeste fosforescente, vestía de látex y tenía el maquillaje corrido por el sudor. Si bien no mentía al no conseguir visualizar los rostros en la oscuridad, lo cierto era que le avergonzaba tener que reencontrarse con ese sujeto que lo manoseó durante el atraco. Temía que si sus colegas se enteraban de ese hecho, lo tildarían de homosexual.
Respiró hondo, señaló con el dedo al travesti de peluca celeste y dijo:
— Se parece al que intenté capturar.
Los oficiales se acercaron al sujeto y lo llevaron a la sala de interrogatorio, el cual Miguel no participó esta vuelta.
Mientras interrogaban al sospechoso, Miguel hizo trabajo de oficina, donde leyó documentos e informes relacionados con el caso de la red de tráfico de drogas y el asesinato de la fiscala Alma. Si bien los cargos contra el ex fueron levantados, todavía quedaba descubrir al verdadero culpable del crimen.
“Solo sé que está relacionado con las drogas”, reflexionó Miguel. “Alma debió destapar algún agujero y meter su cabeza ahí, por eso la mataron. El detective dijo que los asesinos se llevaron unos papeles. ¿Serán parte de su investigación? Si tan solo los muertos hablaran…”
Ya era de tarde cuando terminó con su trabajo, por lo que optó por regresar a su casa. Mientras conducía, pasó por el departamento de Sergio y quedó un buen rato mirándolo. El videoclub ya había cerrado, así es que no había mucho por hacer ahí.
Al día siguiente, tal como lo acordaron, Miguel fue a buscar a Sergio para llevarlo a su oficina. No obstante, él le hizo una propuesta inusual:
— Quiero que me acompañes a recorrer la ciudad en tranvía.
— ¿En tranvía? ¿Por qué? Es más rápido en coche.
— Vení conmigo, así vas a saber.
Miguel condujo un buen trecho, hasta llegar a una de las estaciones. Ubicó el vehículo en una esquina y lo dejó a cargo de otro oficial que pasaba cerca.
— Creerás que me volví loco, pero esto es justo lo que necesitamos hacer para resolver el caso.
— ¿Pero qué tiene que ver el tráfico de drogas con el tranvía?
Sergio no respondió y, en su lugar, hizo señas al tranvía que se acercaba hacia ellos para que se detuviera. Una vez que logró detenerlo, se subieron, abonaron el pasaje y procedieron con el trayecto.
No había demasiada gente, por lo que se sentaron en el medio del vehículo. Reconocieron a algunos vendedores ambulantes, entre ellos una chipera y una yuyera, que seguro bajarían en algunas de las plazas para vender sus productos.
El tranvía pasó por el restaurante “Las Delicias”, haciendo que Miguel suspirara, dado que le recordaba a Rosita, quien ya para esas alturas estaría en el exterior rehaciendo su vida.
Tras eso, sus pensamientos fueron interrumpidos, cuando Sergio le señaló:
— ¡Mirá! ¡El bar Leo!
Miguel reconoció aquel bar donde descubrieron al primer distribuidor de cannabis prensado. Más tarde, también notó que el tranvía pasaba por el videoclub y, un poco después, bordeó la casa de masajes de Petrona, el cual seguía clausurado.
— ¿Te fijaste? – le preguntó Sergio – todos esos lugares que pasamos siguen el camino de los rieles. Así se ubican mejor los traficantes.
— ¿No será casualidad nomás? – le cuestionó Miguel – todavía no vimos otros lugares como para…
— No necesariamente usarían el tranvía como medio de transporte – recalcó Sergio – quizás solo se guíen por los rieles, o quien sabe. Ya luego verás que no es pura coincidencia, con mi último hallazgo se resuelve todo.
Pasaron por el club nocturno, donde Sergio y Miguel bajaron. El detective señaló el área donde la filmadora de Arandú detectó a Petrona y comentó:
— Aquí fue donde se le vio a esa… mujer, por última vez, con vida.
— ¿Cómo lo…? – comenzó a preguntar Miguel, pero Sergio agitó su cabeza, como indicándole que no le preguntara nada.
— Como no estoy liado con la policía, tengo mayores libertades para recorrer y hacerme mis aliados – comentó Sergio, sin dejar de mirar el edificio – así es como la gente confía en mí y me ayuda un montón.
— Entendí – dijo Miguel, dando un ligero suspiro - ¿Y qué harás ahora, Sherlock?
— Esta noche me infiltraré en el edificio – le respondió Sergio – analizaré cada movimiento del personal y recabaré tanta información como pueda, haciéndome pasar por un “cliente” del club nocturno.
— Es peligroso. ¿Y si te descubren?
— Debo hacerlo – Sergio puso una expresión de susto y sus hombros temblaron – no quiero morir, pero lo que le hicieron a la fiscala, a esos niños, a Rosita y a Arandú no tiene nombre. Alguien tiene que detener a estos criminales antes de que sufran más inocentes.
— Entonces vení conmigo a la comisaría – le dijo Miguel – hablaremos con mi jefe y le contarás de tu hallazgo. Lamentablemente, no podemos allanar propiedad privada sin una denuncia previa.
— Lo sé – Sergio dio un suspiro – está bien, estoy listo para dar mi testimonio.
Tomaron un taxi para recuperar el vehículo policial y, de ahí, partieron rumbo a la comisaría.
Pero, al llegar, se encontraron con los policías yendo de aquí allá, porque unos cuantos de los travestis capturados comenzaron a pelearse entre sí y llegó al extremo de la violencia física.
— ¿Qué está pasando? – preguntó Sergio.
— ¡Nada! ¡Pelea de putas! – respondió un oficial que pasaba cerca, trayendo las esposas y la cachiporra para contener a los conflictivos.
Miguel decidió evadirlos y llevó a Sergio directamente hasta la oficina del jefe. Este no paraba de gritar improperios a los subordinados, exigiendo que regresara el orden.
— Señor, el detective Sergio desea dar un testimonio – le dijo Miguel.
El jefe de policía, tras notar a su subordinado, respiró hondo y, al lograr calmarse, le preguntó al detective:
— ¿Descubrió algo sobre el caso que está investigando?
Sergio comenzó a explicarle, brevemente, cómo logró alinear los locales intervenidos con ayuda de un mapa, determinando así que usaban los rieles para transitar entre los comercios asignados para distribuir las drogas. También le explicó que un testigo vio a Petrona ingresar a un club nocturno en pleno día y que fue el último sitio donde se la vio con vida.
Esto dejó pensando al jefe, que luego comentó:
— El travesti que señalaste ayer, Miguel, dijo algo sobre un club nocturno. No mencionó quién lo encargó asesinar al detective ni dio su localización. Será quizás ese que menciona el estimado.
— ¿Entonces autorizará el allanamiento? – le preguntó Miguel.
— ¡No tan rápido! – le respondió el general, agitando el dedo índice en señal negativa – esperá que na, vamos a hacer las cosas bien esta vez. Vos y el detective – señaló a Sergio con la cabeza – van a ir primero, juntitos, como buenos amigos que son, a “buscar putas”. Afuera se quedarán algunos oficiales, vestidos de civiles, a respaldarlos en caso de que pase algo. Ahí dentro, toman fotos de cada cosa que ven y cuando terminen, se me salen de inmediato. ¡Nada de distraerse! Que esto es serio hina, no vayan que na a liarse con una bandida de esas por calentones. Si muestran que existe algo raro, intervenimos ese lugar y listo. ¿Quedó claro?
— Clarísimo – respondió Miguel – haremos lo que nos digas.
— En ese caso, llevaré mi cámara – dijo Sergio – tengo una instantánea, de esas que entran en cualquier bolsillo.
— ¡Perfecto! – dijo el general, dando un aplauso – bien, pueden retirarse.
Los dos hombres salieron, pensando que las cosas salieron mucho mejor de lo que esperaban.
Mientras salían de la comisaría, Sergio le preguntó a Miguel:
— ¿Estás listo para otra noche loca?
— Ni te lo imaginas – le respondió Miguel, cuyos ojos brillaron por la determinación – esta noche, al fin, pondremos en evidencia a esos bandidos y honraremos la memoria de Alma, que en paz descanse.