Sergio se sintió aliviado al ver que Miguel estaba dispuesto a conducir, pese al reciente trauma que sufrió. El detective notó los restos de chipa y el vaso vacío del cocido, percatándose así de que había pasado por el restaurante “Las Delicias” antes de llegar a la oficina.
A modo de romper la tensión, preguntó:
— ¿Cómo está Rosita?
— Asustada – respondió Miguel – se larga al exterior.
— ¿La dejarán irse?
— Ya dio su declaración y se dio el juicio contra su padre, no le veo el problema.
— ¡Lástima! Era muy hermosa, la más bonita de Asunción.
Miguel soltó una pequeña risa ante el comentario, lo cual le sorprendió a Sergio dado que, durante todo ese tiempo en que interactuaron, nunca le había visto reír.
Cuando el oficial llegó al departamento, Sergio le dijo:
— Gracias por salvarme.
— Solo hice lo que me mandaron – se excusó Miguel, sin mirarlo – la verdad que me tardé porque pensé que esos travestis iban a por servicios.
— ¿Entonces eran travestis los que querían balearme?
— Sí, esos malditos… lamento decirte esto, pero por un momento pensé que eras de la otra vereda y por eso no actué a tiempo.
— Mmmmh… tuve esposa. ¿Sabes?
— ¿En serio?
Miguel giró la cabeza, mostrándose genuinamente asombrado por la repentina revelación. Pero se topó con una expresión de tristeza, por lo que intuyó que algo malo le sucedió en su relación amorosa y prefirió no indagar más en el asunto.
Sergio dio un suspiro y, antes de bajar del auto, le dijo:
— Mañana me tomaré el día libre. Pero si querés, podés pasar a buscarme pasado mañana, a las 8, por si notes que sigo en peligro.
— Está bien. Pasaré por ti pasado mañana. Si viene otro oficial diciendo que yo le envié, no le creas.
— Lo tendré en cuenta. Hasta luego.
Miguel esperó a que Sergio entrara al edificio. Cuando cerró la puerta, dio un par de vueltas por la manzana hasta asegurarse de que ya no habría más sorpresas desagradables en esa noche.
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Cuando despertó, ya era mediodía. Sergio nunca había dormido tanto, por lo que le atribuyó a esas noches de insomnio y pesadilla que padeció por su temor a morir.
Abrió la heladera y notó que solo le quedaba un huevo y una jarra con agua. Optó por comerse el huevo y resistir hasta mañana.
Una vez terminado su modesto almuerzo, encendió el televisor y vio el noticiero del mediodía. La reportera mostraba una expresión seria, pero tenía una voz tan potente, que logró espabilarlo.
— Tras los últimos sucesos, se presume que hay una peligrosa red de tráfico de sustancias ilícitas repartiéndose en las escuelas y centros educativos. Estas vienen en forma de caramelos de miel, captando a niños y adolescentes para volverlos rápidamente adictos.
“Bueno, era de esperar que saliera esto en el noticiero”, pensó Sergio. “Me pregunto si saldrá también sobre los avances en la investigación del asesinato de la fiscala”.
Tal como lo vaticinó, la reportera continuó con su reporte:
— Según nuevas investigaciones sobre el asesinato de la fiscala Alma, se presume que ella iba tras esa red criminal. La policía menciona que los maleantes requisaron unos documentos que podría ser el avance de su estudio. Dado la falsa acusación contra su ex pareja y bajo la presunción de inocencia, el hombre será puesto en libertad y sin cargos.
Sergio reflexionó sobre lo visto en las noticias y, en el fondo, se alegró de que el exesposo de la fiscala fuera liberado. El hombre lo pasó fatal, ya que no solo debía lidiar con el duelo, sino, también, tolerar que la sociedad lo tildara de asesino.
No obstante, recordó lo de la noche pasada y volvió a temblar. Aunque le costaba admitirlo, si no fuera porque Miguel estaba cerca, habría muerto esa misma noche en su oficina. El oficial lo detestaba, de eso no había duda. Pero estaba dispuesto a protegerlo si con eso lograba hallar al verdadero culpable de quien fuera su tutora.
Dio un suspiro, para luego decidir ir al videoclub y conversar con Arandú. Quería saber si estaba bien, así como despistar a algún posible espía que analizara sus movimientos. Siempre había sido un hombre rutinario, por lo cual consideró que la mejor forma de protegerse era cambiar sus hábitos.
“Hoy iré al videoclub. Mañana, le pediré a Miguel que conduzca en otra ruta”
Antes de salir, estuvo a punto de ponerse su saco de cuero cuando recordó lo que le dijo su exesposa. Sonrió, pensando que solo intentaba advertirle del peligro. Así es que cambió por una campera color verde musgo con bolsillos, se colocó la capucha encima y bajó a planta baja para ir al videoclub.
Vio a Arandú en el recibidor, como siempre, y le saludó:
— Hola, joven.
Este, al reconocerlo, exclamó:
— ¡Oita, Sherlock! ¿Qué tal? ¡Tanto tiempo!
— ¿Cómo va el negocio? – le preguntó Sergio.
— Va bien, gracias a Dios – le respondió Arandú – ya no viene más gente rara acá, así es que no hay novedad. Ahora también ando estudiando un curso de filmación para hacer mis propias películas. ¿Querés ver lo que ya filmé?
Antes de que Sergio le respondiera, Arandú encendió un pequeño televisor que estaba colgado de una esquina del techo, introdujo el videocasete en el reproductor instalado debajo y, con el control, le dio al botón de “Play”.
Arandú grabó algunas escenas cotidianas del centro de Asunción, como la plaza Uruguaya, el Palacio de los López y el Cabildo. También notó que se subió al tranvía para recorrer los alrededores y aplicar el efecto paneo.
La filmación enfocó lugares que ya conocía, como el bar Leo, el restaurante, el SPA… y llegó a un club nocturno, cuyos carteles Led estaban apagados por ser de día.
Fue así que el detective percibió a Petrona en la escena, por lo que inmediatamente le pidió a Arandú:
— Pausá el video.
Arandú le hizo caso. Al ser en cinta, pronto surgieron las líneas de distorsión, pero de igual modo consiguió ver a Petrona acercándose al edificio.
La señaló con el dedo y le preguntó:
— ¿Sabés quién es?
— No – respondió Arandú, con sinceridad – filmé a muchas personas, no me fijé si era conocido o no.
— ¿A qué hora hiciste esto?
— Creo que durante la tarde. Me tomé el día libre y no abrí el negocio. Era eso o salir de noche y a mí me da miedo, muy inseguro salir cuando oscurece todo. ¿Acaso la conocés?
— Sí… eso creo – dijo Sergio, entrecerrando los ojos – yo creo que tenés talento para esto.
— ¿De verdad? – preguntó un entusiasmado Arandú.
Sergio le dio una palmada en el hombro y solo atinó a decirle:
— Gracias.
Después de eso, salió del videoclub y retornó a su departamento. Volvió a extender su mapa, donde trazó los locales intervenidos. La filmación casera lo ayudó a comprobar su teoría de que usaban lo rieles para armar su red de tráfico y agilizar el traslado de las drogas. Ya solo quedaba ir al dichoso club, donde se dirigió Petrona en el día de su liberación, para cerrar así con el último eslabón que le quedaba para resolver el caso.