Debido a que retornó a sus actividades, Miguel volvió a recorrer las calles con su uniforme de policía y coche policial. No obstante, su jefe le solicitó explícitamente que protegiera al detective Sergio, tras las muertes repentinas de dos de las piezas claves para desmantelar aquella red criminal que inundaba Asunción en el terror.
— Ese hombre puede cuidarse solo – se dijo Miguel, mientras conducía en su vehículo – no lo entiendo, primero actúa como si fuera Superman para, luego, volverse una gallina.
Giró por las calles hasta detenerse en el restaurante “Las Delicias” en donde trabajaba Rosita. Se le antojó comprar algo para comer en el camino y, así, resistir un poco más su larga ronda. Por otro lado, también quería ver si la mesera se encontraba bien, aparte de que le agradaba apreciar su bello rostro que resurgía como una flor en medio del pantano.
La vio atendiendo a un par de señoras y, cuando terminó de anotarles el pedido, lo notó y se acercó a él para saludarlo.
— Señor, me alegra volver a verlo por acá – le dijo Rosita, mientras tomaba su libreta - ¿Qué pide hoy?
— Hoy quiero para llevar – le respondió Miguel, dedicándole una sonrisa amable – dame dos chipas pirú y un cocido.
— Enseguida.
Rosita fue a la cocina por los pedidos. Luego, regresó con dos bandejas en sus manos. En una, llevaba dos botellas de coca cola de vidrio y, en la otra, las chipas con el cocido, dentro de una bolsa de papel madera.
Primero entregó la bandeja de las botellas a las señoras para, luego, retornar con Miguel. Cuando le indicó el precio, él le preguntó:
— ¿Cómo va todo?
Rosita dio un suspiro de tristeza y, en voz baja, le respondió:
— Estoy asustada. Me enteré de que Alonso y Ña Petrona fallecieron. Seguro me hacen a mí.
— No. Eso no va a pasar. No lo permitiré.
Rosita negó con la cabeza y, mientras recibía el dinero de Miguel que incluía la propina, le comentó:
— Me largo de acá, a Buenos Aires, mañana.
— ¿En serio? – le preguntó Miguel - ¿Por qué?
— A mi papá lo van a largar pronto – le respondió Rosita – ya no es seguro aquí. Tengo amigos que me van a ayudar a empezar de cero… yo creo que vos deberías hacer lo mismo. Sos demasiado bueno para ser policía, merecés un trabajo mejor.
— Estoy bien así – le dijo Miguel, mientras se ponía de pie y tomaba el paquete – pero si vas a irte, no te detendré. Te voy a extrañar, muñeca.
Rosita le dio un suave beso en la mejilla para, luego, retornar a su trabajo.
Miguel salió del restaurante, sintiendo un enorme pesar en el corazón porque ya no la vería más. Era de las meseras más bonitas que tenía el lugar y siempre era un placer ser atendido por ella. Más allá de que coincidieran con la fiscala Alma, él siempre sería parte de sus admiradores secretos.
Por suerte, el tráfico era tranquilo y llegó a la oficina del detective, que lindaba con la plaza y la parada de taxi. A lo lejos, atisbó el tranvía pasar lentamente por los rieles, trayendo a unos pocos fieles pasajeros que todavía seguían usándolo, dado que la mayoría de la gente prefería ir en taxi o colectivo por ser más rápidos.
Miguel consiguió estacionar y, una vez acomodado, apagó el motor. Mientras vigilaba, se comió las chipas, intercalando cada bocado con el cocido para facilitar el paso por la garganta.
Unos niños de la calle estaban limpiando parabrisas de los coches estacionados más cerca y, una vez que recolectaron las monedas dadas por los conductores, se marcharon.
Poco a poco, el cielo se oscureció y Miguel percibió que ya iban saliendo las prostitutas para ofrecer sus servicios en las esquinas. También notó a unos cuantos travestis en la otra cuadra, que llevaban ropas más provocativas que las mujeres. Pero eso no le sería demasiado extraordinario si no fuera porque uno de ellos miraba con mucha atención hacia el edificio donde Sergio instaló su oficina.
Pero, luego, intentó autoconvencerse:
“Seguro ese hombre tiene sus gustitos, siempre me pareció que era medio trolo. Pero bueno, no lo juzgo. Seguro que alguien de su edad, soltero y sin compromiso, estará desesperado por algo de afecto, aunque venga de alguien con sable”.
Fue ahí que notó que uno de los travestis se acercaba a la entrada del edificio, portando un arma, lo cual ya le resultó digno de su entera atención, porque era claro que ingresaría al lugar para algo más que hacer sus servicios.
Salió del coche, se acercó con sigilo y se abalanzó sobre el sujeto, situando la pistola bien lejos de la puerta y las ventanas, mientras gritaba:
— ¡No salgas, Sergio! ¡Es peligroso!
El detective Sergio, quien estaba a punto de pedir un taxi para regresar a casa, escuchó los gritos y disparos y permaneció en un rincón. Pero al identificar la voz de Miguel, presionó sus puños y se dijo:
— ¡Qué maricón soy! ¡Miguel nio está ahí por mí y yo no hago nada! ¡Pero esto no va a quedar así!
Así es que caminó a gatas hasta su escritorio, tomó la pistola que estaba sobre él y se dirigió lentamente hacia la salida de emergencia del edificio.
Miguel, por su parte, consiguió sacarle el arma al travesti, pero este le dio un codazo en el mentón y logró zafarse.
El oficial lo persiguió, corriendo con todas sus fuerzas por una de las calles vacías del microcentro. Pronto, se vio recorriendo un estrecho callejón que lo conducía a la otra calle.
Pero apenas dio un pie fuera del callejón, dos sujetos lo abordaron por detrás y lo inmovilizaron. Uno de ellos le tapó la boca para que no gritara por auxilio. Sus dos brazos estaban torcidos por la espalda y unas piernas se entrelazaron a las suyas, de forma tal que ni pudiera zafarse siquiera con patadas.
Un travesti con peluca verde fosforescente y traje de látex ajustado se le acercó de frente, le palpó la entrepierna y, con una voz amanerada, le dijo:
— Takulo me ponés con semejante escopeta, nde polibandi.
Miguel se movió frenéticamente ante el manoseo, mientras gruñía. Pero el pervertido le colocó un cuchillo por su cuello y, con una voz más dura, le advirtió:
— Tembo nde’ava, nde pajero. Que si andás de vuelta por acá con tu chongo pegando trolos, te vamos a balear como a tu patroncita.
Se escucharon unos disparos a lo lejos, provocando que los hombres soltaran a Miguel y se largaran de ahí rápidamente, desapareciendo entre las sombras.
Quien disparó fue Sergio, como señal de advertencia para decirle a sus casi verdugos de que estaba armado y no dudaría en defenderse. El detective encontró a Miguel, con las rodillas y las palmas de las manos tocando el suelo, mientras tosía.
Sergio extendió la mano como para ayudarlo a levantarse, pero el oficial lo esquivó, diciéndole:
— ¡No me toques!
Ignorando el rechazo, lo tomó del brazo y lo forzó a levantarse de un estirón, notando que temblaba. Aunque no consiguió ver cómo lo manosearon, pudo intuir que los bandidos lo traumaron de algún modo, así es que le dijo con un tono firme y sereno:
— Te arriesgaste por mí y eso es lo que cuenta. ¿Estás en condiciones de conducir? O si no, conduzco yo y te llevo a mi casa a descansar.
Miguel se sintió un idiota al dejarse ayudar por Sergio cuando le ordenaron protegerlo, por lo que se alejó unos centímetros y, mientras se abrazaba, le dijo:
— Así estoy bien. Puedo conducir, te llevo a tu casa y yo me largo a la mía. No es nada personal, es solo que… no me gusta que me toquen.
En silencio, Sergio lo acompañó hasta llegar al coche policial.