Sergio comenzó a tener pesadillas consecutivas, que terminaban por despertarlo en plena madrugada, sin poder conciliar el sueño después. Tras la liberación de Petrona, estaba seguro de que si seguía investigando, tendría el mismo destino que la fiscala Alma.
Aunque se consideraba un hombre frío y calculador, seguía siendo un ser humano. Sabía que su oficio estaba repleto de riesgos y, aun así, nunca fue consciente de lo grave que podría resultar.
Por tres días, después del fallido interrogatorio, su mente lo atormentaba, por lo cual optó por limitarse a los trabajos de oficina. A medida que pasaba el tiempo, se hundía en archivos recopilados tras reunir las pistas sobre el caso, con algunos recortes de diarios donde figuraban los locales intervenidos a lo largo del mes.
Hasta que una llamada lo cambió todo.
El teléfono sonó en pleno mediodía, rompiendo con su concentración. Decidió alzarlo y se llevó la sorpresa de que la persona que lo llamaba era Lucía.
— Hola, Sergio. ¿Qué tal todo?
— Bien – mintió Sergio, dado que en fondo deseaba refugiarse en sus brazos – ¿Pasó algo?
— No, es solo que… bueno, no importa. ¿Leíste el diario de hoy?
— No, no tuve tiempo – Sergio bostezó, debido a la falta de sueño - ¿Pasó algo?
— Encontraron un cadáver en el río.
Sergio colgó, salió de su oficina y logró pillar al canillita, a quien ya le quedaba un único ejemplar del diario que vendía y no quería marcharse sin antes culminar con su trabajo.
Se acercó a él y le dijo:
— Dámelo.
Le extendió el billete, sin preguntarle el precio porque se lo sabía de memoria. El canillita lo tomó, le pasó el periódico y le dijo:
— Gracias, señor.
El detective volvió a encerrarse en su oficina, cerrando la puerta con llave y manteniéndose bien lejos de la ventana, por si a alguien se le ocurriera dispararle a distancia.
Hojeó el diario hasta llegar a la parte que le interesaba y leyó esta impactante noticia:
¡MACABRO HALLAZGO! ENCONTRARON EL CADÁVER DE UNA MUJER FLOTANDO EN EL RÍO PARAGUAY
El cuerpo fue presuntamente lanzado por el puente remanso durante la madrugada y la víctima ha sido reconocida como la señora Petrona Cáceres, de 51 años. Hace poco, la mujer fue acusada de orquestar una red de tráfico y prostitución infantil y puesta en libertad condicional. Se presume que su macabro asesinato responde a un ajuste de cuentas.
— ¡Nderakore! ¡Esto cambia todo! – bramó Sergio, llevándose una mano en la cabeza - ¿Pero por qué la mataron? ¿Fue por lo que nos dijo en el interrogatorio? Entonces, eso quiere decir que…
Al instante, tomó el teléfono y llamó a la comisaría, marcando el código directo para hablar con el jefe. Este lo atendió:
— ¿Diga?
— Soy el detective Sergio – le respondió Sergio, con voz acelerada - ¿Cómo está el señor Alonso? Sé que lo derivaron a Tacumbú, pero después ya no supe más nada de él.
— Sigue ahí, no se va a escapar – le dijo el jefe policía, con una voz apagada – nos está proveyendo de mucha información, así es que lo tenemos bien vigilado.
— Llévenle ya a otro lugar – le solicitó Sergio – están matando a todos los implicados en la red de drogas y que dieron su testimonio, nadie se salva.
— Calmate, está todo bien… espera un momento…
Sergio percibió que el jefe policía no colgó el teléfono, sino que lo situó a un costado. Pudo percibir también que estaba hablando con alguien más, por lo que dedujo que se trataría de algún oficial que ingresó en su oficina, interrumpiendo la conversación. Pero no logró descifrar de lo que hablaban.
Tras esa interrupción, el jefe retornó y, con una voz llena de incomodidad, le dijo:
— Señor Sergio, quizás esto le interese: el señor Alonso se suicidó.
— ¿Cómo?
— Sí. Se ató una sábana por los barrotes y se ahorcó. O eso dicen los forenses, medio rara era su posición. Quizás tengas razón y están acabándoles a todos.
— ¿Entonces eso quiere decir que estoy en la mira? – se preguntó Sergio, en voz alta – Ellos me vieron la cara, seguro que a este paso, yo…
Sergio hizo una larga pausa, su corazón no paraba de agitarse ante el temor de ser asesinado. Pero el jefe, con una voz compasiva, le dijo:
— Te mandaré al oficial Miguel para que te proteja, ya que lo conocés mejor. Hará una ronda ahí en tu oficina y cubrirá a los policías que rondan por tu zona por las noches. Así es que si pasa algo, ya sabés con quién acudir.
— Entiendo, señor. Te lo agradezco. Cualquier cosa lo vuelvo a llamar.
Tras culminar con la llamada, Sergio se sentó en su sillón y volvió a reflexionar sobre los últimos acontecimientos surgidos. Sin contar con la fiscala Alma, ya había dos personas que fueron asesinadas por el mismo caso. Recordó a Rosita y el temor expresado en ella por instarla a que lo ayudara con su testimonio. En ese entonces, no era del todo consciente del peligro en que se metía y actuó con poco tacto.
Y aun así, ella se arriesgó, llamándolo en dos ocasiones para apoyarlo en su investigación.
Luego, recordó a Arandú, el cómo también pretendió que fuera su “Doctor Watson” para, luego, exponerlo a una lluvia de balas. Si no fuera porque Miguel estaba ahí en su día libre, el joven no viviría para contarlo.
Al menos, él ya estaba a salvo, porque la policía comenzó a rondar por la zona y su caso quedó como un mero asalto a mano armada. Todo era gracias a que logró cubrirlo con el asunto de la droga prensada y desviar la atención de los oficiales hacia otros asuntos.
Fue así que llamó al videoclub y esperó a ser atendido por el propietario.
— ¿Hola? ¿Quién habla?
— Hola, Arandú. Soy el detective Sergio. No sé si te acordás de mí.
— ¡Ah, sí! ¡El Sherlock Holmes paraguayo! ¿Qué tal? ¿Necesitás mi ayuda!
— Solo quería saber si los chicos malos ya no te molestaron más.
— La verdad es que todo está tranquilo desde que la policía pasa por acá. Pero si pillo algo nuevo, te aviso. ¿Está bien?
— Está bien. Gracias, hablamos luego.
Después de colgar, sintió que su corazón iba calmándose poco a poco. Si bien el miedo todavía seguía, pensaba que todavía tenía probabilidades de resolver este caso sin morir en el camino. Solo debía confiar en las personas correctas y actuar con más inteligencia para hacer justicia.