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Capítulo 13. Las trampas del sistema

Corona de flores rojas · por msolfere · 15 de agosto de 2026

El día del interrogatorio llegó y los dos estaban igual de hastiados por la falta de sueño. No obstante, Miguel estaba dispuesto a resistir un poco más si, con eso, se acercaba a la verdad. Sergio se tuvo que tomar al menos tres tazas de café para espabilarse y poder estar con todas las capacidades mentales para dirigir las preguntas.

Ambos hombres entraron a la sala de interrogatorio, donde ya se encontraba Petrona, sentada en una silla de hierro y esposada de manos hacia adelante.

La mujer los miró con una expresión neutra, como si no le preocupara su situación. Miguel la contempló por unos instantes y le dijo:

     Señora Petrona Cáceres, usted ha sido arrestada por traficar con drogas y forzar a menores de edad a prostituirse en estado de inconsciencia. Se le acusa de armar una red criminal basada en el narcotráfico y estar relacionada con los propietarios del Bar Leo y el taller mecánico “Alonso”, recientemente intervenidos. ¿Es eso correcto?

     No sé de qué me habla – le respondió Petrona, fingiendo demencia.

     ¡No se haga! – le dijo Miguel, presionando los puños – el señor Alonso confesó que usted le dio la orden de atentar contra el señor Arandú como “medida desesperada”. Así sos, si no conseguís lo que querés, los sacás del mapa.

     Oh, es ese “Alonso” – dijo Petrona, con una voz relajada – no le hagan nomás caso, está loco. Seguro le dio su chiripiorca.

     Temo, señora Petrona, que el señor Alonso fue muy detallado con su testimonio – intervino Sergio, al ver que los nervios de Miguel estaban a punto de colapsar – verá, el mecánico tenía un extenso historial como acosador y maltratador, pero usted lo ayudó a estar lejos de prisión a cambio de que la ayudara a repartir “caramelos de miel” que, según análisis de laboratorio, resultaron contener cannabis tratado. ¿Qué la motivó a dedicarse al comercio de drogas? ¿Acaso no ganaba bien con su SPA?

Petrona comenzó a reír aún más fuerte. Esta vez, Miguel no aguantó más y, golpeando la pared con un puño, bramó:

     ¡Respondé a las preguntas!

Petrona dejó de reír, pero contempló al policía con burla y le desafió:

     ¿Y si no quiero, qué me harás? ¿Eh? ¿Me vas a torturar? ¿Violar? ¡Ya no estamos en la dictadura! Ahora tengo derechos. Quiero a mi abogado o no diré ni pio.

Miguel respiró hondo, sintiendo que todo el karma generado por sus anteriores colegas le pesaban sobre los hombros. Luego, sacó del bolsillo de sus pantalones la foto de la fiscala Alma que recortó del diario, se lo mostró y le dijo:

     Ella era una buena mujer, defendía a los inocentes y cuidaba a las víctimas de la tortura y violencia. Pero gente como vos la mataron. La que merece pudrirse en la mierda sos vos, no esta fiscala. Así es que no intentes buscarme porque me vas a encontrar.

Petrona contempló la foto con frialdad. Luego, dirigió su mirada hacia Miguel y, con un tono neutro, le respondió:

     No tuve nada que ver con su asesinato. Solo soy una más de este largo eslabón. Así es que al pedo me detienen, porque no conseguirán nada con intimidarme. Llamen a mi abogado ahora mismo si no quieren sufrir de las consecuencias.

………………………………………………………………………………………………………………………………………

Por intervención proveniente de altos mandatarios y soborno de por medio, Petrona fue puesta en libertad condicional. Su abogado, ya presente, gestionó los trámites para liberarla y asegurarse de que no volvieran a detenerla, apelando al habeas corpus.

La mujer salió de su celda contorneando sus caderas, mientras miraba a los impactados Miguel y Sergio, que no daban crédito a lo que acababa de suceder. Ella solo atinó a lanzarles besos desde lejos, meterse en un taxi y alejarse rápidamente de la comisaría.

El taxista condujo siguiendo los rieles del tranvía, tal como se lo indicó su pasajera. El abogado, que la había acompañado, se bajó en la antigua estación del ferrocarril y le pasó un fajo de billetes para abonar parte del pasaje.

El cielo nublado amenazaba con expulsar otro torrente de lluvias intensas, así es que no había motivos para demorarse más. Petrona solo pensaba en volver a su casa, a tomar un té relajante y acostarse. Pero antes, debía ver al líder de la organización, ya que su local fue intervenido y necesitaba otro lugar para continuar con el negocio.

Tras seguir los rieles, el taxista llegó hasta un edificio de estilo colonial, con una fachada desgastada por la falta de mantenimiento. La mujer bajó, pagó al taxista y, una vez que este se retiró, ella dio un par de pasos hasta ser franqueada por dos sujetos extraños.

No obstante, ella no se asustó, sino que atinó a decir:

     Quiero ver al señor Humberto.

Los sujetos dieron un paso al costado y le señalaron una puerta de madera. Ella, decidida, se acercó y la abrió.

Entró en el recibidor, el cual conducía a un bar nocturno que se encontraba cerrado al ser fuera de horario. Pero en lugar de dirigirse ahí, caminó hacia la otra ala del inmueble, que era el que más le interesaba.

Ahí, vio un par de puertas, siendo una la que llevaba al laboratorio clandestino donde preparaban las drogas. En la otra, en cambio, se encontraba la persona a quien quería ver y que, de seguro, tendría mucho que decirle.

La seguridad que tenía instantes antes en la comisaría se disipó. Sabía que ese hombre no perdonaba nada, así es que debía ser lo más complaciente posible para salir viva de ese lugar.

Tocó la puerta un par de veces y escuchó un:

     Adelante.

Entró despacio. La oficina era pequeña, pero elegante. Tenía algunos cuadros de marcos dorados, con una biblioteca repleta de libros jurídicos y un escritorio de madera antiguo, de esos que se utilizaban en los despachos de los años setenta.

Ahí, vio a Humberto, cuyo rostro estaba oculto tras las sombras, dado que la oficina estaba bien oscura porque las persianas se encontraban cerradas y no había foco encendido.

Petrona se sentó en una silla situada delante del escritorio, tragó saliva y le dijo a Humberto:

     Señor, le agradezco por haberme sacado de la cárcel. Sé que le fallé, pero le juro que, la próxima, tendré más cuidado.

     Calma, amiga – le dijo Humberto, mientras hacía un gesto con las manos como indicándole a algún ente invisible que se acercara – yo sé que vos sos muy astuta. No cualquiera sostiene un doble negocio ni se enriquece por ello, por eso te admiro.

Una sombra pasó al costado de Petrona, lo que le causó que se le erizara la piel. Pero pronto se percató de que se trataba de la secretaria personal de Humberto, quien le traía café en una bandeja.

     ¿Por qué no bebes un poco? – le invitó Humberto a Petrona – seguro no dormiste bien, esto te ayudará.

La secretaria le pasó la taza de café humeante a Petrona, quien la tomó con ambas manos. El líquido marrón lucía normal, sin ningún aroma extraño. Así es que, confiada, tomó dos sorbos y comentó:

     Está delicioso. Gracias.

     El sabor de la muerte siempre es dulce. ¿No lo crees?

Al instante, Petrona sintió que la tráquea se le cerraba, impidiéndole respirar. Soltó la taza, que impactó por el suelo y esparció el líquido mortal por los costados, manchando la alfombrilla situada por debajo del escritorio. La mujer cayó a un costado, sintiendo que se le nublaba la vista y se le hinchaba la cara por la falta de oxígeno.

Tanto Humberto como su secretaria contemplaron la escena, con frialdad. Petrona seguía agonizando, sin poder articular palabras de súplica y auxilio, ahogándose en su propia saliva.

Y cuando dio su último aliento, Humberto murmuró:

     Lamentablemente, revelaste la cadena de mandos con tu estúpida compasión. Por eso, querida, debemos poner fin a nuestra asociación y tomar rumbos distintos. Espero que disfrutes de tu largo viaje al infierno.

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