Saltar al contenido
Explorar novelas

Capítulo 12. El sabor de un caramelo

Corona de flores rojas · por msolfere · 15 de agosto de 2026

     ¿Sos o te hacés? ¡Te dije bien que no te metieras!

Luego del allanamiento, Miguel se presentó ante su superior, dado que él mismo lo solicitó tras enterarse de lo que hizo. El oficial se tragó la sermoneada con estoicismo, mientras pensaba en aquella niña drogada a quien intentó salvar y su carita carente de alegría.

     Sabes bien que no podemos ir contra la ley – continuó su jefe - ¿Qué tal si era puro bola nomás? ¿Pensaste que podría pasar algo peor? ¿Eh?

     Bueno, gracias a eso le atrapamos a esa… señora – se atrevió a responderle Miguel, evitando emplear algún insulto – esa depravada arruinó a todos esos mita’is que, seguro, fueron vendidos por sus propios padres por unos mil’i.

     Hay protocolos que seguir. ¿Entendés? Uno de esos niños pudo haber muerto. Incluso… ¡Vos podrías haberte muerto! ¿Cómo pensás que se sentiría tu hermana si te pasa eso?

Miguel agachó la cabeza, quedándose sin argumentos tras ese último remate. El general dio un largo suspiro y, tras un atisbo de compasión, le dijo:

     En tres días se acaba tu descanso, pero podés interrogar a la señora Petrona antes, si eso es lo que deseas. Bien, podés retirarte.

     Gracias por todo, general.

Era bien entrada a la noche y el cielo se volvió a nublar, indicando que retornarían las lluvias. Por suerte, su cuñado fue gentil para ir a pasar por él, dado que no le permitían usar el vehículo policial durante sus días de descanso y se le acabó el efectivo para pedir un taxi.

Mientras lo esperaba, Sergio se acercó a él y le preguntó:

     ¿Qué te dijo el general? ¿Te echará?

     No. Solo me retó – respondió Migue, mientras contemplaba el cielo gris oscuro, sin estrellas – dijo que podía asistir al interrogatorio, pero… no sé cómo reaccionaría si resulta que esa depravada fue quien planeó la muerte de Alma. Si así es, yo…

Miguel cerró sus puños e hizo rechinar sus dientes. El detective Sergio, en el fondo, podía entender su pesar. Aun así, sentía que todavía estaban muy lejos de resolver el misterio y tendría mucha tela que cortar.

………………………………………………………………………………………………………………………………………

La lluvia caía sin parar, tanto que varias calles se inundaron y hasta se aislaron avenidas enteras en las afueras de Asunción. Por suerte, Sergio había optado por pasar la madrugada en la oficina que en su departamento, aunque su cuerpo estuviera tan adolorido que echaba de menos acostarse en una cama.

Mientras se relajaba en el sofá que había comprado para sus visitas, se miró la herida del brazo que ya había sido suturada y se dijo:

     En verdad que ya estoy viejo para esto. ¿Llegará la hora de dedicarme a casos menos riesgosos? Últimamente, recibo muchas llamadas para perseguir infieles, quizás pueda especializarme en eso. O a lo mejor, enfocarme en las estafas y documentos falsos, aunque suene aburrido.

Se levantó del sofá y se acercó a la ventana. Dudaba que tuviera clientes con esa lluvia, por lo cual aprovecharía las horas muertas para reunir todas las evidencias recopiladas y trazar, en un mapa, los lugares intervenidos.

Tomó la guía, en donde se incluía el mapa de Asunción, y marcó con resaltador dichos lugares.

     Bar Leo fue donde rompimos con la primera red del prensado… el videoclub, que estaba en la mira de los narcos… el spa “Plenitud”, que en realidad traficaban con menores y drogas, recientemente intervenido… ¡Un momento!

Tras mirar una y otra vez, notó que los tres locales lindaban con las vías del tranvía, formando casi una línea recta. Marcó también la casa de la fiscala, que estaba a unas cuadras de la estación, por lo cual ella pudo haber deducido esa posibilidad para rastrear la red de drogas basadas en el trayecto del tranvía para agilizar su circulación.

     ¡Nderachore! ¿Por qué no pillé esto antes? – se dijo Sergio – me habría ahorrado un montón en taxi. Pero… ¿Y si usan el tranvía para distribuir las drogas? Si resulta que vienen en forma de caramelos, sería más discreto así. ¿O no?

Mientras analizaba el mapa y su reciente hallazgo, el sonido del teléfono interrumpió su pensamiento. Lo tomó y escuchó la voz de Lucía, diciéndole:

     Hola, Sergio. Ya terminé con el análisis. Me dijiste que ahora tenés fax. ¿Puedo enviártelo por ahí?

     Sí, claro. Por supuesto – le respondió Sergio – ahora llueve mucho y demasiado kilombo va a ser pedir un taxi para retirar el informe.

     Dale, te mando.

El fax comenzó a emitir un pitido, señal de que pronto recibiría la copia.

Tal como lo vaticinó, el papel comenzó a asomarse lentamente, como si fuera impresora. El detective vio que el informe incluía algunos gráficos y tablas, lo cual agradeció porque, así, entendería mejor el estudio realizado por su exesposa.

Una vez culminada con la entrega, Lucía le comentó:

     En verdad estoy asustada por vos. Lo que pillé es… ¡Dios! ¡Es lo más turbio que analicé en mi laboratorio!

     ¿Es droga? – le preguntó Sergio.

     Peor que eso. Solo… lee el informe. Así sabrás de qué hablo. Y algo más…

Sergio notó que Lucía hizo una breve pausa, mientras la escuchaba respirar hondo. Tras unos segundos que le parecieron eternos, ella continuó:

     El departamento de investigación de delitos de la policía me solicitó analizar más de estos… caramelos. Les hablé de los que me pasaste, pero creen que hay más variedades. Así es que tendré una semana muy ocupada.

     Lo entiendo – dijo Sergio – perdón por involucrarte en esto, te prometo que te lo compensaré.

     Lo único que quiero es que te cuides. Con que estés bien me basta y sobra. Y, por favor, tira ese chaleco de cuero que siempre usas, no te sienta nada bien. Es todo. Hablamos luego.

Una vez que finalizó la llamada, Sergio se sentó en su escritorio y leyó el análisis enviado por Lucía. En él se enlistaba, a detalle, los ingredientes que tenía los caramelos, entre los que figuraban el azúcar, colorante, miel de abeja… hasta que notó aquellos que llenó de pavor a la mujer.

     Partículas de las hojas de cannabis quemados y molidos, fragmentos molidos de huesos de animales y… ¿Materia fecal de roedor común? ¡Esto da arcadas! ¿Algo más? Dice sustancias químicas derivadas del metal y… ¿un gramo de pétalos de las flores de marihuana?

El detective sabía que el cannabis, por lo general, se extraía de las hojas. Pero en los últimos tiempos, también comenzaron a incluir las flores en la versión prensada, que venía en forma de ladrillo para facilitar su traslado.

No obstante, le sorprendió, y aterró a la vez, que los traficantes comenzaran a producir caramelos de marihuana para pasar desapercibidos de los centros de control.

“¡Claro! ¡Nadie sospecharía de unos inocentes caramelos!”, concluyó Sergio, mostrando una mueca de asco. “Quién sabe de qué otros modos los distribuirían, quizás en varios alimentos y bebidas de locales sin tanto control”

En su mente se le vino la investigación perdida de la fiscala Alma y dedujo que ella pudo haber pillado algo, de ahí que la mataron. Pronto tembló y se alejó de la ventana, como temiendo que alguien ingresara en su oficina para darle el mismo fatal destino. Pero al estar en el piso más alto del edificio, era seguro que nadie entraría por ahí.

El sonido del teléfono le erizó la piel y le hizo dar un salto. Con las manos temblorosas y preso del pánico, descolgó y preguntó:

     ¿Diga?

     Hola – escuchó que decía la voz de Miguel, lo cual le sorprendió – Solo quería decirte… este… gracias, por lo de la otra vez.

Poco a poco, el pánico de Sergio se esfumó y sintió una extraña sensación de gratitud hacia alguien que, seguramente, pasaba por los mismos miedos. Solo que, en su caso, era aún peor, porque él sí conoció y convivió con la fiscala, por lo cual estaba dispuesto a dar su vida para vengarla.

     Sos fuerte, Miguel – le dijo Sergio, suavizando su tono – pero no podés con todo solo. Aunque solo lo hago por trabajo, también quiero llegar al fondo del asunto. Así es que te pido que me avises cuando irás al interrogatorio, estaré presente aunque sea por apoyo moral.

     Será mañana – le dijo Miguel – no dormí bien y me duele la cabeza, seguro es por el golpe. Yo… te agradecería que me acompañaras, así será más fácil.

     Claro, estaré encantado de ayudarte. Hablamos luego.

Sergio pensó que a Miguel le habría dolido en su orgullo, no solo el darle las gracias por salvarlo en más de una ocasión, sino también el pedirle ayuda para asistirlo en el interrogatorio. Se preguntó si los padres de la fiscala no tuvieron algo que ver, porque sabía que un hombre difícilmente cambiaba de parecer ni mucho menos halagaba a otro.

Dio un bostezo, mientras contemplaba los informes y el mapa. Consideró que ya había tenido suficiente y dio por concluida su jornada laboral.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a msolfere en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: El Clamor de Libertad del Mundo que Perdí · 𝐻𝒶𝓈𝓉𝒶 𝓁𝒶𝓈 𝑒𝓈𝓉𝓇𝑒𝓁𝓁𝒶𝓈 · SIETE NOCHES DE SANGRE