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Capítulo 11. Infierno disfrazado de paraíso

Corona de flores rojas · por msolfere · 15 de agosto de 2026

Los hombres cuchicheaban entre sí, mientras se acercaban a la puerta. Uno de ellos notó a los niños y les entregó unos caramelos, que ellos tomaron y devoraron de forma voraz.

“¿Serán los mismos caramelos que mandé a Lucía para analizarlos?”, se preguntó Sergio. “El análisis todavía no concluyó, pero si llegaran a ser comunes…”

Los hombres entraron, junto con los niños que los seguían como zombis. Miguel se colocó al lado del detective y le preguntó:

     ¿Cómo entraremos, ‘Sherlock Holmes’?

     Nos haremos pasar por clientes, por supuesto – le respondió Sergio, ignorando la burla – emplean una contraseña, hay que saber cuál es.

     Estamos muy lejos para escuchar algo – comentó Miguel – pero si nos acercamos demasiado…

     ¡Shhh! ¡Alguien más viene!

Ambos hombres se ocultaron detrás de un árbol de tronco grueso y vieron a tres hombres más acercarse a la puerta. Uno de ellos repetía una frase en voz alta, como si fuera un mantra:

     Golpear maricas no es pecado. Golpear maricas no es pecado.

     ¿Querés callarte, nde vyro? – le regañó uno de sus compañeros – media Asunción te escuchó, chamigo.

Se hizo silencio. Tanto Sergio como Miguel se percataron de que esa era la contraseña para entrar al local clandestino.

Una vez que sus objetivos atravesaron la puerta, Sergio le pidió a Miguel:

     No te separes de mí.

Ambos cruzaron la calle y se situaron delante de la puerta de hierro. El detective golpeó un par de veces con los nudillos, se abrió y de ahí, se asomó la cabeza del guardia. Era un hombre calvo, de cara rollita con doble papada y con un ojo de vidrio.

     ¿Clave? – les preguntó.

     Golpear maricas no es pecado – le respondió Sergio.

     Pase.

Sergio entró primero, seguido de Miguel. El guardia cerró la puerta de hierro y se vieron caminando por un estrecho pasillo mal iluminado.

Llegaron hasta un salón bastante amplio, donde notaron algunos elementos propios de la casa de masajes, como las camillas y las lociones. Pero estaban arrinconados en un rincón, como meros estorbos.

Algunos de los hombres que vieron antes por la calle, estaban de pie. Otros, se sentaban en sillas de plástico, conversando entre sí. Unas chicas vestidas con bikini negro repartían tragos y cigarros a los comensales, quienes las contemplaban de forma golosa.

Los niños que habían visto antes estaban con otros más en un rincón, todos recogidos de la calle y con miradas perdidas. Una niña de cara sucia y pelo desaliñado mascaba el caramelo de miel que le entregaron y un señor alto y grasiento se acercó a ella, colocándole una mano sobre su cabeza y preguntándole:

     ¿Te gustó?

     Hée – respondió la niña – ‘quedo más.

“¡Carajo! ¡Ni habla bien y ya la meten en estas cosas!”, pensó un asqueado Miguel, quien ardió en deseos de darle un golpe a aquel depravado.

Sergio apoyó una mano sobre su hombro y le dijo al oído:

     Sigamos caminando.

Miguel movió la cabeza y lo siguió.

Al otro rincón de la sala reconoció a Petrona, quien estaba sentada sobre una silla de plástico cuyas patas estaban dobladas tras su voluminoso cuerpo. Sus brazos gruesos se agitaban cada vez que contaba los billetes entregados por los clientes clandestinos, mientras sus ojos adquirían un extraño brillo avaricioso. Uno de ellos, que estaba tomando fila, le consultó:

     ¿No tenés pa alguna más joven? Así como de 10 años… o menos.

     Está esa mitakuña’i de allá – le respondió Petrona, extendiendo su dedo grueso en dirección a la niña del caramelo – pronto perderá la conciencia y ahí le podés hacer lo que quieras.

Para el oficial, esto ya era demasiado.

Se acercó de inmediato a la niña, la rodeó de la cintura con un brazo y gritó:

     ¡Que nadie la toque!

Todos, incluso Sergio, giraron la cabeza hacia su dirección. Petrona, quien no parecía reconocerlo, le dijo con calma:

     Espera que tu turno, papito iletrado. Hay más niños aquí, de todas las edades, sexos, colores…

     ¡Basta! – gritó Miguel, sacando inmediatamente su placa con la mano libre y extendiéndola a la vista de todos - ¡Soy policía y están todos arrestados!

De inmediato, los hombres sacaron sus pistolas y las apuntaron hacia él. Sergio se acercó rápidamente a Petrona, la inmovilizó un brazo y la apuntó con su pistola, amenazándoles:

     ¡Que nadie se mueva o disparo!

Tal como lo previó, los hombres bajaron sus armas, revelando así que Petrona en verdad era una persona importante para ellos.

Sergio la arrastró hasta Miguel y, sin dejar de apuntarla con el arma, les dijo:

     En verdad son unos puercos. Venir aquí a drogar niños y violarlos después… ¡Se merecen el infierno!

Miguel se percató de que los niños no se inmutaban por la repentina tensión. Estaban tan drogados que ni sabían dónde se encontraban parados, como si sus mentes se situaran en otro mundo, lo cual lo llenó de rabia e impotencia.

Petrona, pese a su condición, comenzó a reír y comentó con ironía:

     ¡Oh, vamos! ¿Son héroes, acaso? Lo único que lograron conseguir es que van a salir de acá… ¡Cortados en pedacitos!

Uno de los hombres empujó a Sergio, haciendo que este soltara a Petrona. La mujer comenzó a huir y Miguel la persiguió, mientras esquivaba a los sujetos que intentaban detenerlo.

Se hizo una lluvia de disparos. Varios salieron heridos. Sergio consiguió ocultarse detrás de una de las camillas de hierro, aunque no pudo evitar que una bala le rozara el brazo, causándole mucho dolor. Los niños se agruparon en un rincón, acuclillándose en el suelo y tapándose los oídos con sus pequeñas manos. Uno de ellos, que parecía haber vuelto de su trance, se alejó y se escabulló en la oscuridad, logrando escapar de aquel infierno disfrazado de paraíso.

Petrona corrió por otro pasillo opuesto, hasta llegar a la misma sala donde, horas antes, le había hecho masajes a Miguel. Este logró alcanzarla y la estrelló contra la pared. Pero ella tomó un frasquito de vidrio situado en un estante y se lo aventó en la cara, haciéndole sangrar.

Miguel quedó con un ojo cerrado debido a la herida y, pronto, sintió que el pesado cuerpo de Petrona lo aprisionaba por el suelo, inmovilizándole las muñecas con sus regordetas manos y colocándole una rodilla por el abdomen, impidiéndole respirar.

     Ajá, ya te recuerdo – le dijo Petrona – sos el “boxeador” de hace un rato. Decime la verdad, ¿acaso sos detective? ¿Un espía? ¿Qué mierda sos?

     T… te voy a destrozar, puta – masculló Miguel, mientras forcejeaba – vas a pagar por todo lo que le hiciste a los niños y a la señora Alma.

     ¿La señora Alma?

Miguel consiguió darle un fuerte cabezazo a Petrona, logrando atontarla. Tras ese impacto, ella lo soltó y fue él quien terminó encima de ella, poniendo sus manos por su cuello para estrangularla.

En eso, sintió el cañón de una pistola sobre su sien, junto con una voz gruesa y dura, advirtiéndole:

     Soltala o te vuelo los sesos.

Miguel se incorporó lentamente, mientras Petrona se ponía de pie y se situaba junto a su cómplice, recuperando el aliento.

Pero esa situación no duró mucho, porque apareció Sergio en compañía de un policía civil, irrumpiendo en la escena. El detective apuntó al hombre y el policía a la mujer.

     Traje refuerzos – le explicó Sergio a Miguel, sin esperar que se lo preguntara – luego decís que no necesitas que se te proteja.

     Lo tenía todo bajo control – masculló Miguel, aunque evitó mirarlo - ¿Y ahora qué?

     Allanaremos este lugar – respondió, esta vuelta, el policía civil – uno de los mita’is escapó y pescó a un oficial en su ronda nocturna, dando testimonio. Este antro será clausurado y los responsables, encarcelados.

Tres oficiales más entraron en el lugar, acorralando a los pocos clientes que no consiguieron escapar a tiempo. Las meseras se reunieron con Petrona, quien fue esposada con las manos por la espalda y custodiada por dos comandantes que la llevaron hasta el vehículo policial.

Sergio se acercó a Miguel y, con un extraño gesto de amabilidad impropio de él, le colocó un pañuelo sobre la herida de su cabeza, mientras le decía:

     Así no llegarás muy lejos. ¿Qué diría la fiscala si te pasara algo en tus incursiones? ¿No pensaste en que se angustiaría por ti?

Miguel dio un ligero suspiro, mientras contemplaba el lastimado rostro de Sergio. Luego, notó que tenía uno de sus brazos envueltos en un trapo y le preguntó:

     ¿Te dispararon?

     Solo fue un roce – respondió Sergio.

     Yo… quería matarla – murmuró Miguel, refiriéndose a Petrona – ella seguro fue quien planeó la muerte de Alma, pongo la mano al fuego.

     A veces, es mejor retirar la mano – dijo Sergio – de lo contrario, terminarás quemándote. No me gustaría ver eso, ya que, aunque me cueste admitirlo, sos el único policía que vale la pena en este país.

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