La tarde caía con un gris melancólico, casi anestésico, que el invierno siempre trae consigo a la capital. El aire, cargado de smog y el aroma a café de los oficinistas apresurados, envolvía el ruido ensordecedor de los motores, formando la pesada cubierta sonora de una ciudad moderna. Allí estaba Daniela Aldunate, absorta frente a la cartelera del Teatro Municipal. Sus dedos recorrían los nombres de los actores y actrices con una lentitud que parecía llevar un duelo silencioso. Acariciaba el cristal como si fuera una obra donde su propio nombre hubiera figurado, buscando el calor de una nostalgia imposible. Imaginaba su nombre allí, una fantasía que en ese instante sentía como una herida abierta; la triste certeza de que, por muchas razones que sí lograba entender, las riendas de su vida y de los escenarios ya no le pertenecían.
Estaba tan inmersa en esa despedida silenciosa de sus sueños, que no notó la presencia a su lado. No fue hasta que escuchó una respiración fuerte y arrastrada, ecos de unos pasos acercándose sobre la acera, que se percató de que alguien estaba invadiendo su momento.
Daniela se tensó. Es extraña la forma en que el cuerpo reacciona ante lo desconocido; esa alerta primitiva que nos hace desconfiar cuando dejamos de estar solos y sentimos una mirada encima. De reojo, vio a un joven. Tenía una palidez extrema, como si su piel fuera de papel, tratando de contener una anatomía débil y enferma. Observaba el mismo cartel que ella con un desprecio absoluto que le desencajaba el rostro..
—Es una pérdida de tiempo —dijo el hombre. Su voz rasposa fue una interferencia que obligó a Daniela a girarse.
—¿Perdón? —respondió ella, frunciendo el ceño—. El teatro no es una pérdida de tiempo. ¿estas consiente que es el arte?.
—¿Perdón? —respondió ella, frunciendo el ceño—. El teatro no es una pérdida de tiempo. ¿Estás consciente de que es arte? A diferencia del cine, esto ocurre en tiempo presente. Es vivo, se alimenta de la energía inmediata de quienes están ahí. ¿Acaso tienes algún problema con eso?
Luis la miró por primera vez. Sus ojos no aparentaban ser los de un joven de su edad; no tenían brillo. En su lugar, albergaban un gris opaco, la mirada de quien ha visto perder todo lo que conoce y ha tenido que aprender a observarlo sin poder hacer nada. Parecía apagado, como un televisor transmitiendo solo estática. Cargaba con el peso de una verdad personal que lo consumía. Soltó la información de la forma más seca posible:
—Yo era un niño muy enfermo... —dijo Luis, bajando la voz a un tono confidencial mientras su mirada se perdía en el horizonte—. En 2004, logré escabullirme una tarde de mi habitación en el Hospital del Salvador. Terminé en un pequeño parque del recinto, un error de diseño en un lugar tan frío. Tu hermana, la doctora Aldunate, era mi tratante. Solo por casualidad, ya que ella no atendía niños. Fue en ese lugar donde ella me encontró. Tú estabas de visita. Dudo mucho que lo recuerdes, pero me miraste con esa misma mezcla de lástima y curiosidad que tienes ahora. Esa sensación de estar ante algo que está a punto de quebrarse.
Daniela retrocedió. Su mente intentó clasificar la historia como un cliché, una trama barata de teleserie diseñada para implantarle un recuerdo falso. Miró al joven con escepticismo; su fragilidad parecía auténtica, pero la realidad se manipula fácilmente.
—Podrías ser cualquier niño —respondió ella, a la defensiva—. Efectivamente, mi hermana Elisa trabajaba en ese hospital, pero rara vez traía sus problemas de pacientes a casa. Y las matemáticas no cuadran. ¿Si ella te cuidó hace trece años, hoy deberías ser un adolescente de 17 años, no alguien de mi edad? O envejeciste muy rápido, o todo esto no tiene sentido.
Luis asintió levemente, como si estuviera ante un error en el sistema que ya había anticipado en sus simulaciones. Metió la mano en su abrigo y sacó un objeto: un reloj de bolsillo, con la tapa desgastada por el roce de décadas.
—De donde vengo, las cosas son diferentes —explicó Luis—. En este lugar todo es extraño. El tiempo y las cosas cambian constantemente, y cada vez que me acostumbro, algo vuelve a cambiar. Es doloroso. Siento que la cabeza me va a estallar. Es una variable creada a la fuerza para ajustarse a las necesidades de El Proyecto. Pero si necesitas una prueba, pregúntale a tu madre por qué falta este reloj en la caja de recuerdos de tu padre.
Daniela palideció.
—Elisa me lo prestaba en mis noches de crisis —continuó él—. Me pedía que escuchara el tic-tac, que sincronizara mi pulso con él para calmar mi corazón. Me contó que era de tu padre, y que no me preocupara por perderlo, porque eventualmente los objetos siempre regresan a casa y a sus dueños.
La muesca en la tapa de plata era inconfundible. Era el reloj de su padre, desaparecido hacía una década, en la misma época en que él se fue. El aire pareció desvanecerse en la calle.
—Vengo de un 2062 donde este reloj es el único testimonio tangible de que tu familia existió —añadió Luis—. Y en mi universo original... tú nunca llegaste a Europa.
—El sistema borró muchos datos. O tal vez modificó la memoria colectiva, no podría explicarlo ahora. Por eso hoy no me recuerdas.
En ese instante, una carpeta de color ocre se deslizó del abrigo de Luis, cayendo al suelo frío. Daniela se agachó de manera automática para recogerla. El papel se sentía helado. En la esquina superior, un sello rojo proclamaba una sentencia ineludible: EL PROYECTO. Debajo, una nota mecanografiada con gélida precisión administrativa:
"Sujeto: Daniela Aldunate. Estado: Vector Crítico detectado en 2021. El traslado a Europa debe ser inmediato, mediante su propia decisión si es posible; todas las otras variantes han sido fracasos de líneas. Firma: Isabel Frezán, Protocolo de Seguridad Temporal."
Daniela dejó caer la carpeta como si el papel le quemara las manos. Temblaba, consumida por los nervios y la incomprensión. Tuvo que aferrarse a la estructura de piedra de la cartelera para no caer. El ruido de la ciudad se convirtió en un zumbido blanco, aislándolos del resto del mundo. Miró a Luis detenidamente, y ya no vio a un extraño. Sintió el terror absoluto de quien descubre que su vida es un archivo administrativo a punto de ser despachado.
Observó el reflejo de ambos en el cristal del teatro. Él, pálido y fuera de lugar; ella, negando el informe que reclamaba su exilio. Lo comprendió de inmediato: no eran dos personas conversando en una calle de Santiago. Eran un error del sistema que la realidad intentaba corregir.
—Necesito... necesito sentarme —logró articular Daniela, con la voz reducida a un susurro—. Crucemos. Hay un café allá enfrente.
—Camina conmigo... —respondió Luis, apoyándose pesadamente contra la pared—. No puedo seguir sosteniendo mi propio peso aquí.