La 501 permanecía detenida a las orillas de Waldstille. Un terraplén alto nos hacía visibles para parte del pueblo.
Si miraba hacia abajo, unas pocas casas sueltas se esparcían como semillas diminutas en un bosque de gigantes carmesíes.
Casas similares, aunque nunca iguales. Algunas con patios al frente, otras al fondo, todas cubiertas por musgo y raíces. De madera roja, de uno o dos pisos, daba igual: parecían haber crecido como setas entre los árboles ancestrales.
Apenas había niebla salvo la que cubría el río que alimentaba al Bastión. La temperatura había comenzado a bajar desde el mediodía y aunque los niños, enérgicos y alegres, no parecían querer dejar de correr, podía notarse que el frío les afectaba. Sus padres pronto los llamarían para volver a casa.
Y nosotros seguimos aquí hasta que despejen las vías...
Había vuelto al pueblo junto a la 501 tras nueve días...
Esta vez habíamos traído junto a la maquinaria y suministros, a un grupo de botánicos provenientes de la capital. Un incordio que deseé valiera la pena ante la posibilidad de ver a Milena de vuelta, sin embargo... cuando llegamos a la estación, ella no estaba, y durante las siguientes horas tampoco la vi.
Emmerich casi me da un abrazo cuando vio mi cara...
— Debe estar ocupada... —concluí en voz baja, apoyándome con los dos brazos sobre el frío marco de la ventanilla.
Pero los Dioses a veces daban misericordia.
Tras preparar la vuelta a Yggdrasil y partir, un aviso inmediato por radio no hizo detenernos. Las vías que llevaban de vuelta a la ciudad habían sido cortadas. Un accidente con la caldera de otra locomotora había retrasado la vuelta por lo menos mediodía; llevábamos una hora y media, y ya me encontraba ansioso por seguir.
Quería verla, aunque fuera en la distancia, pero a la vez, aún me sentía mal por lo de su libreta. Se la había manchado. Estaba seguro de que parte de sus dibujos se habían arruinado.
Lo había arruinado y para colmo, intenté darle la mano.
— ¡¿Quién demonios ofrece la mano a una dama?!—me dije, sin saber si golpearme o tirarme del tren—. Es una mujer, Konrad ¿Cómo vas a ofrecerle la mano a una mujer...?
La 501 un pareció reír. El susurro de su grave silbato liberó apenas la presión de mi pecho. Apreté con fuerza mi camisa, mi corazón no perdía el momento. Parecía querer escapar de mi pecho ante la mínima oportunidad.
Logré sentarme en el asiento junto a la ventanilla.
Soy un tonto... siquiera la conozco, puede que incluso a duras penas sepa cómo me veo... Pero es que es tan, tan... Y yo demasiado egoísta.
Dejé pasar los minutos como si el tiempo no fuera una constante de peso en mi trabajo...
Las calles de piedra se vaciaron lentamente. El humo de las chimeneas comenzando a brotar como señal de familias unidas. Cada majestuoso Zû'Jalhar, despedía la tarde con el mecer de sus marchitas hojas. Muchas se resistían a caer, aferrándose a las ramas como yo a la ilusión de verla.
No entendía por qué, pero algo en mi pecho me orillaba a esto.
Reconocía la ansiedad tomar prisionero a mi corazón. A la incertidumbre poblar mi mente de la misma forma que la bruma del rio cubría el pueblo segundo a segundo. Mis dedos, curtidos y polvorientos, jugaban a tocar el piano contra la pared de metal.
Un ruido exacto, como un metrónomo cansado. Calmo y angustioso al mismo tiempo.
No recordaba si lo había oído en alguna obra de teatro; tampoco recordaba haber asistido a demasiadas, pero en aquel repiqueteo metálico, encontraba la soledad sin cura de los meses en las vías...
El manto blanco de la luna suplantó el ultimo atisbo cálido del sol. Waldstille se vestía de tonos oscuros, apenas rotos por las solitarias farolas que alumbraban las esquinas de intermitente amarillo. Sombras diminutas se movían tras los cristales, mientras yo, desde mi propia ventanilla, observaba la vida pasar sin emoción
Daba igual que no intentara pensarlo. Que me alejara hacia las válvulas de la cabina, que anotara los valores como si con ellos luego fuera a rellenar un informe. Milena poblaba mi mente con su sonrisa y esa actitud alegre que esperaba, no fuera solo delirios míos.
Finalmente decidí avanzar. No hubo noticias por la radio; sabía que el accidente había sido mucho más adelante. Podía permitirme avanzar unos kilómetros más.
Con varios golpes secos del convoy y el chirrido de las ruedas motrices patinando en los rieles, la 501 comenzó a moverse de nuevo. El peso de los vagones nunca era demasiado para ella, y aunque lleváramos tres más, los hizo moverse con solo soplar unos segundos demás...
Nos alejamos de Waldstille en cuestión de minutos. El bosque oscuro nos absorbió y el Rio Eisflüsschen pronto nos hizo compañía.
— El mundo se detiene conforme avanzamos... —pensé en voz alta mientras observaba el rio detenido en el tiempo.
Sus aguas reflejaban la luna con una nitidez extraordinaria. No importaba la velocidad ni la vegetación que se interpusiera, podía ver incluso las estrellas en él.
Apagué la luz de la cabina y, a oscuras, viajé unos minutos.
Aquel paisaje no lograba calmar mi alma; la adormecía lo suficiente para que no doliera tanto su ausencia...
Cruzamos un pequeño puente de piedra que sorteaba un arroyo que confluía en el Eisflüsschen. Tras este, una pequeña costa rocosa donde unas casetas de pescadores se erguían vigilantes. Un carruaje sencillo aguardaba junto a ellas, a unos diez metros de las vías.
No tenía intención de detenerme... y, sin embargo, corté el vapor a los pistones.
Hasta el momento no había visto señales del accidente, pero ya debería estar cerca.
Lo siento, 501, pero no quiero tener yo un accidente contigo
Como si leyera mis pensamientos, ella hizo crujir su metal al adentrarnos en una curva. La caldera giró y la luz del foco alumbró lo que había más adelante: un grupo de ingenieros y varios hombres del Barón apostados junto a las vías, como si esperaran algo más que un tren.
Una figura conocida parecía hacer señas con las manos. Nos detuvimos junto a él.
— ¡¿Konrad?! —clamó con sorpresa Emmerich, escudriñando de caldera a cabina a la 501—. Pensé que estabas en el pueblo, llorando con nuestro precioso atardecer...
— Prefiero llorar en la noche —respondí con una media sonrisa, señalando con mi cabeza el carruaje y a los ingenieros.
— El accidente con el tren —explicó, encogiéndose de hombros—. Me trajeron desde la estación para ayudar. No hay mucho que un vejestorio como yo pueda hacer sin su vieja compañera.
Asentí, y de inmediato Emmerich soltó una risa seca antes de atragantarse con algo y golpearse el pecho. No sabía si él fumaba, pero a quienes conocí que lo hacían, tosían con el mismo catarro moribundo.
Se aclaró la garganta y, tras respirar fuertemente, volvió a mirarme, esta vez con los ojos entrecerrados.
— Te tengo una pequeña sorpresa —afirmó, entornando aún más sus ojos, los tenía prácticamente cerrados—. Bueno, dos —corrigió antes de rascarse la nariz.
— Aún falta para mi cumpleaños... —murmuré, apoyándome sobre el frío marco de la ventanilla.
— El Barón Sepheline está interesado en los servicios de la 501 —comentó, acercándose a ella, golpeando una de las ruedas motrices—. Y la segunda... tu chica desaparecida, Milena... está allí —señaló hacia el rio.
Antes de que él terminara la frase, mis ojos ya habían encontrado su silueta... Estaba de espaldas a nosotros, casi en la orilla del muelle. Parecía observar el rio y el bosque más allá de este por igual.
El cielo nocturno se veía precioso, quizás también lo veía.
A su alrededor, un hombre del barón permanecía cerca, rifle en mano. Milena no parecía notarlo. Esta vez no llevaba su libreta bajo el brazo.
— Como no cierres la boca, se te va a meter un insecto —me advirtió de inmediato, Emmerich con los ojos en blanco—. Ve a hablarle por lo menos. Así hice yo con el mío cuando lo conocí.
Parpadeé, con el pecho apretado, intentando recuperar el norte. Cerré los ojos un segundo más, y al volver a abrirlos giré hacia el interior de la cabina. Emmerich río y como un susurro en el bosque, se alejó.
Salí de la cabina. Necesitaba aire.
El golpe de la puerta reverberó en mi alma a medida que bajaba del tren.
No sabía bien qué hacía, pero algo en las palabras de aquel elfo había encendido algo en mi pecho. Una presión más fuerte, alimentada por mi inseguridad, que me hizo atravesar el camino de tierra junto a la vía en dirección al muelle.
Aquel miedo encontró letargo apenas aquel refinado hombre echó voz al cielo.
— ¡Maquinista! —rugió como un oso, un grito gutural y agresivo, con extraño deje melodioso que no llegó a espantarme.
Me detuve en seco. Enderecé mi espalda y levanté el cuello en la dirección de donde provino el grito.
Grata fue mi sorpresa cuando encontré la figura de tres hombres acercándose a mí desde mi derecha. Dos de ellos permanecían armados con armas largas y uniformes de paleta boscosa. El tercero, dueño de aquel grito capaz de espantar bestias, era apenas más bajo que yo. Su porte distinguido y monóculo asomando por el bolsillo del pecho lo hacían destacar incluso sin la galantería de la nobleza imperial.
Cabello caramelo, cenizo, peinado hacia el lado. Sus ojos, apagados por los años, aún conservaban la agudeza traviesa de una juventud revoltosa. Unas pocas arrugas decoraban sus mejillas y una sonrisa cortés que, lejos de la 501, me hizo sentir fuera de sitio.
El Barón Sepheline en persona.
Yo solo quería hablar con ella... no con usted...
— Señor —saludé con una reverencia formal—. El operario Emmerich mencionó que usted está interesado en nuestros servicios.
— Lo veo bien informado, me gusta —respondió sin romper su sonrisa—. No quiero abrumarlo con detalles innecesarios entonces. Entenderá que es prioritario despejar la vía. Una cuestión logística que está afectando tanto al Bastión como a usted.
Incliné la cabeza como gesto de entendimiento y durante esos instantes donde mis ojos estuvieron lejos de juicio, los posé sobre ella.
Apenas se había movido. Ahora cruzaba los brazos detrás de su espalda, entrelazando los dedos, absorta en la belleza que la voracidad del imperio había preferido ignorar por décadas, y que ahora, parecía querer consumir una astilla a la vez...
— No es mi intención ponerme reiterativo, pero estamos esperando... —la voz del Barón era como un eco distante para mí—. Esperamos visitas importantes...
Milena comenzó a desperezarse bajo la luz de la luna. Primero arqueó la espalda, con las manos tras la cintura...
— Usted no tendrá que... —El Barón parecía no encontrar silencio.
Luego sus hombros, cruzando un brazo detrás de su nuca... Su flexibilidad era envidiable.
La vi, y, por un instante, el mundo entero se desdibujó.
Si me atreviera a acompañarte ¿me ayudarías a hacerlo...?
— Su tarea y la de su máquina es sencilla —afirmó el Barón con una firmeza y solemnidad, que me fue imposible no asentir de vuelta, aunque no hubiera escuchado nada.
Conforme, el Barón se aclaró la garganta para luego darse la vuelta junto a sus hombres. Se alejó despacio. El tiempo debía ser infinito para él. Volvió hacia el carruaje, donde lo esperaba su modesto séquito. Todos por igual le rindieron pleitesía antes de volver a sus labores, Emmerich entre ellos.
¿Cuál es mi labor ahora?
No me atreví a decirlo en voz alta, no con su serena mirada recorriéndome desde el muelle.
Levanté mi mano en un saludo tímido —mi mano entrecerrada, buscando atrapar mi alma que se escapaba entre mis dedos—. Ella me devolvió el gesto, esbozando una sonrisa inquisitiva.
Levantó una ceja, y por un segundo, su rostro entero pareció dibujado por la luna
«Hola» Pareció decirme desde la distancia, y de inmediato balbuceé mi respuesta, sin saber realmente qué di a entender. Rio, cubriéndose la sonrisa y de inmediato dándose la vuelta hacia el río, dejándome en vilo, mi corazón alocado, mi mente infundida por una energía e impulsividad infantil.
Me di la vuelta, la 501 de perfil, enorme, pesada y poderosa como pocas en la región. Desfogaba vapor en cortas estelas, sus colosales ruedas de acero, llamándome.
Observé el convoy de vagones extendiéndose por más de un centenar de metros desde la carbonera. Troncos macizos de corteza roja. Tablones aserrados con precisión...
Subí al tren, dispuesto a ser de ayuda.
No sé qué es lo que quiere que haga el Barón, pero si ella me está mirando, sé lo que debo hacer
Desenganché el convoy y, sin perder más el tiempo, volví a la cabina.
No comprobé demasiado, la 501 siempre estaba lista para marchar, y sabiendo que Milena estaba cerca, sabía que no iba a traicionarme.
Solté los frenos. Moví el regulador y controlé el corte de vapor. Sin peso, la 501 reaccionó de inmediato.
El vapor escapó con un pesado siseo y los pistones chirriaron al empujar las bielas.
Una vuelta... dos... tres.
La 501 se movía despacio, alejandose del convoy, su enganche, abierto; una mano que volvía a separarse y que esperaba abierta quien la correspondiera...
— Estoy nervioso, 501... —susurré a la caldera, manteniendo mi mano firme en la palanca inversor—. Nos estará viendo ¿no...? Oh Gran Vundra, no quiero quedar en vergüenza —recé con los ojos en el cielo estrellado.
La 501 avanzó bajo el escrutinio de la mayoría, el Barón Sepheline en especial. Tenía sus ojos abiertos, escrutándonos junto a sus hombres.
Lo entendí rápido.
Ustedes no querían que me moviera ¿no? Ya es muy tarde, responderé cuando vuelva a por los vagones
La figura del Barón pronto quedó atrás. La oscuridad del frondoso bosque lo absorbió y las estelas de vapor espesaron la bruma que nacía desde el río.
Apenas logré sentirme más tranquilo, su presencia y mirada permanecían grabadas en mi mente a medida que tomábamos velocidad. Entendía que no estaba bajo prueba, mucho menos que perdería el trabajo, aun así, aquel temor no desapareció pronto...
Recorrimos las vías por varios minutos. El paisaje nocturno apenas encontró cambio. Los Zû'Jalhar sostenían en silencio el cielo estrellado. Sus grandes raíces se perdían entre la maleza espesa y la propia oscuridad, incluso cuando el foco amarillento foco de la 501 las alumbraba, éstas parecían esconderse más.
Como yo cuando ella me dirige la mirada...
Más adelante, varios destellos, como señales mudas preventivas, comenzaron a encandilarnos desde la distancia. Reaccioné con tiempo. Sabía que más adelante estaba el accidente, y la 501 pareció resentir la presencia de quien quizás, sería una prima lejana herida, silbando lágrimas de vapor mientras nos deteníamos.
Más de una docena de personas acampaban a ambos lados de las vías entre máquinas y cierras para metal. El que parecía el vigía me advirtió de inmediato lo evidente: los restos de una locomotora descarrilada obstaculizaban por completo la vía.
La caldera había reventado y, lejos de permanecer en los rieles, la maquina había descarrilado en diagonal, como si hubiera tomado una curva sin éxito. La mitad yacía acostada sobre las vías. No había forma que personal a pie lograra siquiera cortar y mover hacia el lado una porción del tren.
— Estamos esperando al vagón grúa —explicó al paso el vigía enano, señalando la maquinaria inútil y a sus agotados compañeros—. Era imposible mover los bastidores. Pensábamos que podríamos descarrilarla hacia un lado.
— Y solo lo empeoraron —bufé, sacando toda mi cabeza por fuera de la ventanilla—. Apártense, corran la maquinaria y pónganse a resguardo por las dudas, la empujaremos fuera de las vías.
Mi respuesta sorprendió al enano que, por un instante, no pareció comprender lo que quería hacer. La oscuridad y el cansancio parecían haber hecho mella en su conciencia. No fue hasta que la 501 comenzó a moverse de vuelta, que por fin lo comprendió.
— ¡Muévanse, muchachos! —exclamó de repente a todo pulmón, cual capataz luego de encontrarse a sus hombres sin hacer nada—. ¡Retiren las sierras, los martillos, todo!
El personal se levantó despacio, con la torpeza de quien ha trabajado mucho y madruga sin ganas.
Soné el silbato. Su canto estridente reverberando en la inmensidad del bosque mientras avanzábamos. La 501 se preparó. Sus bielas comenzaron a rechinar, la caldera pareció gruñir de adentro hacia afuera. Teníamos vapor estable y la locomotora descarrilada se perfilaba perfecta ante el amarillento foco.
Despacio, 501, despacio... no es la primera vez que besas otra locomotora. Ahora solo le besaras la panza... ¡¿Qué demonios estoy pensando?!
Golpeé mi frente contra la esquina de la ventanilla para purgarme de aquella tontería. Sentí la incomodidad naciendo desde mi estómago como un cosquilleo que me erizó la piel. Me imaginé diciéndole eso a Milena. Era tonto y vergonzoso, pero no podía dejar de pensarlo: ella y yo, hablando de la vida y de repente, soltar una sandez como esa...
— Por el amor a todos los Dioses —apreté mi mano libre contra mi pecho—, perdónenme por pensar esas cosas.
Por suerte nadie podía leer mi mente, siquiera la 501 que ahora yacía a punto de chocar con la otra locomotora. Su silueta metálica se distorsionó cuando el foco frontal quedó por encima de la otra máquina, y pronto, tocamos con ligereza su metal abollado.
No encontramos apenas resistencia. Las placas de acero parecieron hundirse cuando la 501 las empujó, generando de inmediato, una serie de crujidos y chirridos metálicos que pronto envolvieron el complejo esfuerzo mecánico de la Eisenstärke. Densas nubes de vapor se expandieron a nuestro alrededor, desdibujando los alrededores mientras que las chispas y el hedor a metal quemado llenaban las narices de todos.
El vigía enano junto a unos pocos valientes, acompañaron nuestro esfuerzo, dando señales con las manos para marcar nuestro progreso.
Según interpreté, no estaba habiendo problemas, decían que avanzáramos sin miedo, y lo hicimos. Aumenté el corte de vapor a los pistones. Más crujidos y chispas saltaron conforme la 501 parecía sacar del camino a la locomotora descarrilada, orillándola hacia el bosque, donde los Zû'Jalhar, impasibles, le abrieron hueco entre sus raíces.
— ¡Un último empujón, Maquinista! —pidió uno de los que acompañaban al vigía—. ¡La cabina se resiste, hay una curva más adelante, ahí se saldrá de la vía!
Como si la 501 lo oyera, pegó un pequeño salto hacia adelante, sus ruedas patinaron y la estructura de acero sufrió el golpe. Un crujido agudo se elevó por sobre el mundo. La locomotora descarrilada se arrastró entre chispas y humo, podía ver su silueta alargada moverse, zigzagueando, generándome una ansiedad tal al no lograr sacarla del camino, que casi hizo que diera toda potencia a la 501.
Por suerte, ella reaccionó antes, embistiendo cual minotauro en fuga la pared que la retenía.
Fue un golpe súbito, contundente; no lo vi venir. Sin embargo, funcionó. La máquina descarrilada se ladeó hacia la derecha, cayendo por el peso de su caldera y ruedas fuera de las vías. La empujamos hasta el final y continuamos avanzando una decena de metros hasta detenernos, mientras las raíces y helechos comenzaban a reclamar el cadáver de metal.
La 501 pasó limpiamente, y al retroceder donde los enanos, igual.
El resto de los trenes podrán pasar sin problemas...
Nos detuvimos cerca de los enanos, y ellos, agotados sin haber hecho nada, celebraron entre ellos, como si hubieran empujado la locomotora por sí mismos. Uno incluso alzó una botella como brindando a nuestra salud, y por un segundo, creí que me invitaba... pero no. Era para él mismo; unos pocos me agradecieron sí desde la distancia, mientras que el resto, simplemente se sentó alrededor del fuego de su improvisado campamento.
No intenté acercarme. Me sentía ajeno a pesar de todo... Pese a eso, no me fui. Tomé asiento junto a la ventanilla que daba al rio, y me quedé allí, viendo las ramas de los colosales arboles mecerse mientras el jolgorio terrenal comenzaba entre botellas de alcohol y cantos desafinados.
— Realmente no sé por qué hicimos esto —pensé en voz baja antes de suspirar—. Me salió... del alma, 501. Un impulso, como el tuyo durante los últimos instantes antes de sacar el tren de las vías... Extrañamente me llenó...
Sentía orgullo, de mí, de la 501, de lo que habíamos hecho. Habíamos ayudado al Bastión de Waldstille con este pequeño gesto, aunque también me sentía egoísta.
Sino hubieras estado ahí, Milena, mirándome ¿Habría podido hacerlo? ¿Me hubiera esforzado siquiera...?
Quería creer que sí. Pero no tenía la respuesta, o tal vez, no me correspondía...
Había sido un día largo. Demasiado incluso para no haber hecho demasiado, y aún debía volver por la carga.
Resoplé y con resistencia, me levanté. Nuestra labor comunitaria estaba hecha. Era momento de volver a nuestro verdadero trabajo...
El camino de vuelta fue el mismo y al mismo tiempo no que el de ida. La 501 no respondía de la misma forma moviéndose en reversa. Su traqueteo era diferente, su metal chillaba como si fuera a romperse, y ver hacia atrás era tan difícil en solitario, que pocas veces me gustaba viajar así más de doscientos metros.
No hubo suerte ni milagro durante la vuelta.
Solo un viaje lento. Angustiante al tener que paliar el doble de carbón y ver como el vapor se perdía sin importar qué, con cada suspiro seco de los pistones. Las estelas de vapor se extendían hasta el rio, la distancia no parecía mucha, aunque nuestro reflejo era casi imperceptible en la oscuridad.
Pronto alcanzamos las casetas de pesca. Me sentí aliviado. La 501 silbó de alegría y apenas reenganchamos el convoy, sentí que el dolor que hacía latir mis músculos valió la pena. Pero como en esos juegos infantiles de sube y baja, los Dioses me golpearon con el escrutinio silencioso de los hombres del Barón, y el muelle del rio vacío.
El Barón se había retirado poco después de enterarse por radio que la vía había sido despejada. Emmerich lo había acompañado... Milena había vuelto con ellos.
Solo su recuerdo estirándose bajo la luna perduraba en mis retinas.
— No sé ni por qué me duele el pecho —susurré, mordiéndome la lengua mientras atravesaba la carbonera para verificar los acoples del convoy—. Tiene su vida y trabajo. Me saludó, la saludé, y ya está. Así es esto... —Hinqué la rodilla frente a los enganches, ambos se habían aferrado.
Las manos se volvieron a juntar...
Comprobé los seguros, revisé la conexión de vapor y en cuanto pude volví a levantarme. Una ligera comezón invadió mi estomago cuando lo hice, y al siguiente me detuve frente al pasillo de la carbonera.
Apoyé mi mano en la pared de metal, y respiré hondo.
De nuevo no sabía por qué me desesperaba. Quería verla, sentir aquellos ojos avellana sobre mí. Deseaba ver la sonrisa de Milena siempre, pero al mismo tiempo me resignaba. No encontraba punto medio. Deseaba descifrarlo, como a la 501. Entender el porqué de mi corazón alborotado, la presión en los pulmones, las ideas extrañas que ahora llenaban mi mente donde podíamos hablar con soltura y reír sin decir mucho.
Apenas hemos compartido palabras... ¡No puedo pensar así, simplemente no!
Pero no importaba las vueltas que le diera, el muelle seguía vacío, la luna era testigo de ello, y los hombres del Barón se habían desvanecido como sombras en el bosque oscuro. Estaba solo a excepción de la 501, que, testaruda como siempre, bufaba vapor como preámbulo de una noche interminable de trabajo.
Bufé con ella y avancé hacia la cabina. No quería pensar nada más esa noche.
Partimos junto al convoy hacia Yggdrasil. Ya nos habíamos retrasado demasiado y, con la vía despejada, no tenía excusa alguna para quedarme más tiempo.
Volvería en nueve días si los Dioses nos lo permitían, tiempo suficiente para pensar en silencio.