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Un Papel Arrugado, Un Dibujo Regalado

Cada Nueve Días · por Tália The Crimson Wolf · 18 de julio de 2026

La Mansión Sepheline quedaba en el extremo este de Waldstille, a la vista de todos, pero protegida sutilmente por el bosque. Un camino de piedra musgosa guiaba hasta los envejecidos portones de bronce, donde un joven guardia te revisaría y abriría el paso. Pocos tenían permitido entrar a la propiedad; sin embargo, el Barón Sepheline no parecía, en el fondo, ser un hombre que negara la palabra a nadie.

Durante mi caminata por el pueblo, en dirección a la mansión, no oí queja alguna sobre él. Salvo, tal vez, algún impuesto impopular o decisiones que no convencieron a todos. 

Las calles estaban cuidadas, las casas parecían diminutos baluartes de una época pasada, combinados con los avances más modernos que un lugar como este podía permitirse. Había puestos sueltos de comida y manufactura local.

«No parece irles mal...» Pensé para mí mientras me alejaba por la musgosa calle que dirigía a la mansión.

Allí me revisaron. Luego de juzgarme por mi mala elección de ropa y una ducha apurada, me llevaron hasta el jardín trasero. Me reservé cualquier queja. Sin la 501 cerca, me sentía fuera de lugar.

La fachada de la mansión seguía el estilo imperial preindustrial: frisos tallados, revoques de piedra rojiza, grandes ventanales pensados para observar el bosque durante las estaciones más lluviosas y frías, como Velgrun y Nostrah. Enredaderas frondosas trepaban por la cara lateral del edificio hasta alcanzar el tercer piso, donde el tejado de tejas con buhardillas remataba la construcción como un recuerdo de otros tiempos.

El sol de la tarde le otorgaba a la mansión un aire melancólico que en absoluto me desagradaba —igual que todo en el Bastión—. Rodeamos la mansión por un cuidado camino lateral de grava para alcanzar el jardín, mismo que de inmediato sentí, olía a flores que no sabría nombrar.

Soy una mancha de hollín en una postal imperial...

Allí aguardaba, sentado frente a una modesta fuente de piedra blanca, el Barón Sepheline con su cabello caramelo cenizo algo agitado por el viento y su monóculo en el ojo, leyendo con detenimiento lo que parecía una carta sencilla escrita a mano.

Aguardé a pocos metros en silencio a que terminara de leerla. El Barón no parecía muy complacido con el contenido. Su frente manchada se arrugaba cada tanto, sus ojos se detenían en algunas líneas puntuales... La carta tenía el sello de la nobleza de la capital. Seguramente de algún familiar del Barón, o algún negocio demasiado complejo para alguien del pueblo llano como yo.

— Maquinista —me llamó con letargo él, sin despegar del todo sus ojos de la carta—. ¿Konrad, sino me equivoco? Acérquese, disculpe que no pueda recibirlo en la puerta como acostumbro —explicó al mismo tiempo que doblaba la carta en tres, guardándola en su modesto abrigo de piel.

— No soy más que un maquinista, su señoría. No considero merecer tal gesto hacia mí —respondí, llevando la mano al pecho con una reverencia más torpe que elegante.—. Uno de sus hombres me informó que quería reunirse conmigo.

— Fritz, buen muchacho. Ágil y lleno de energía. Conozco a sus padres desde antes de que él naciera —murmuró con la mirada aún fija en el agua de la fuente—. Lamento haberlo importunado así, Konrad. La labor que usted ejerce cada nueve días es importante. Muy importante para mi pueblo.

Con algo de esfuerzo, el Barón se puso de pie. Tomó un bastón que descansaba a un lado del banco de madera y, con un corto suspiro de alivio, recostó parte de su peso en él. Se quitó el monóculo también, dejándolo en su bolsillo interior del pecho.

Por un instante casi me atreví a preguntar qué le había sucedido. La última vez que lo vi en el descarrilamiento, no parecía necesitar del bastón. Pese a esa chispa de curiosidad, guardé silencio, esperando que él terminara de arreglarse el cabello, peinándoselo hacia el lado. Luego me hizo una serena seña con la cabeza para que lo siguiera. Lo hice sin pensar...

Tímido, no abrí la boca y lo acompañé un paso por detrás.

El Barón me guio por el jardín, emitiendo pequeños comentarios sobre las preciosas flores blancas que llenaban las masetas de cerámica y las jardineras de ladrillo a los lados del camino.

— Esas flores fueron traídas por mi esposa desde Ymir —comentó con orgullo, deteniéndose para contemplarlas—. Siempre me parecieron extrañas, brotan pequeñas florecillas amarillas desde su centro. Aunque no compartí el gusto con mi esposa, éstas de aquí siempre se robaron mi atención.

Mientras el Barón disfrutaba de las flores, dejé que mis ojos fueran a la deriva. Necesitaba algo de movimiento, que alejara la ansiedad del momento. El Barón me trataba bien. A pesar de haber desobedecido sus órdenes en su momento, no parecía guardar molestia; y era en esa indiferencia cordial, que encontraba mis peores miedos.

Sonreí con cortesía frente a los comentarios del Barón, y este, pareció disfrutar mi escucha muda.

Seguimos caminando unos metros más hasta llegar a una modesta cabaña de madera rojiza en el borde boscoso de la propiedad. Fue allí, bajo un colosal Zû'Jalhar, donde me indicó tomar asiento...

— Espero que mi hija no se moleste —murmuró el Barón, secándose la frente con un pañuelo de tela—. A ella no le gustaba la mansión, así que mandé construirle esta cabaña... Siempre tuvo ojo para los detalles.

— Tiene buena visión de la mansión, el jardín y parte del bosque —reconocí, observando los alrededores con disimulo.

El silencio precedió mis palabras; los Zû'Jalhar la tomaron. El mecer de sus hojas, el canto inquieto de los pájaros con la venida de la noche, y el silbido del viento cortando entre los árboles más pequeños.

La hija del Barón parecía estar fuera, la puerta a nuestra espalda estaba cerrada, las cortinas igual.

No parecía que volvería pronto...

— Disculpe que haya postergado el motivo de traerlo hasta aquí —dijo el Barón con una seriedad cansada. Giró su cabeza hacia mí, sus ojos firmes—. No tuve el tiempo de agradecerle lo que hicieron usted y su máquina con la locomotora descarrilada. Si bien no era lo que tenía planeado, fue efectivo, y valoro mucho eso.

— Discúlpeme usted por desobedecer —hice lo mismo, evitando solapar en tono sus intenciones—. Me crie bajo la practicidad, vivo y trabajo en ella como maquinista. Además, confío en la 501... Ella fue construida para grandes cosas, empujar un tren descarrilado es solo una fracción de lo que estaba destinada a ser. Y quizás —añadí sin pensar— yo también...

Los labios del Barón se torcieron en una mueca, mientras que sus ojos parecieron tirar de su cabeza hacia la cabaña a nuestra espalda.

Intenté no parecer invasivo mirando aquel gesto; desvié mis ojos hacia el lado opuesto, mi semblante serio, poco abierto aún a la cordialidad de aquel avejentado zorro de la corte.

Para mi sorpresa vi, sobre una rustica mesita junto a la puerta, una abultada bolsa de cuero con dos lápices de grafo grueso sobresaliendo. Hojas arrancadas y arrugadas en bolas se mecían sobre el suelo. La brisa era poca y los trazos en esos papeles maltratados parecían pesar más que una de las piernas del Barón, que parecía aletear con el vaivén del viento.

— Nuestra Reina... —suspiró el Barón—. Está exigiendo más madera. Las fábricas de armas al sur la necesitan. No sé si la queman toda como combustible, o estamos nutriendo de rifles a más tropas que las que ya tiene nuestro ejército. Pero las exigencias están...

Volví mis ojos hacia él y me desabroché un botón del cuello de la camisa.

Siento que algo me ahorca... necesito aire...

Me remangué hasta los codos, esperando que el aire fresco acariciara un poco más mi piel y sentirme así más a gusto. Mi pecho comenzaba a molestarme y no podía dejar de mover los dedos de los pies.

Resoplé lejos de la vista del Barón.

— Estuve hablando con sus superiores, Konrad —prosiguió el Barón de repente con un tono más reflexivo y apagado—. Contrataré sus servicios para una pequeña expedición al oeste, siguiendo el cauce del rio. Allí la tierra es más fértil, perfecta para la tala y siembra de árboles.

Arqueé una ceja y asentí.

Trabajo era trabajo, y este en particular me sacaría aún más de la rutina que tenía de venir cada nueve días. Aunque a simple vista, no parecería alejarme demasiado de lo que ya tenía.

— ¿Alguna pregunta, Maquinista? —me inquirió, recostándose sobre el respaldo de su silla. Soltó una disimulada mueca de dolor cuando extendió ambas piernas—. Intuyo que tendrán que traer más maquinaria desde Yggdrasil, hacer una para aquí, y luego seguir.

— Ninguna pregunta, su señoría —respondí con una sonrisa conciliadora.

— Si es así, entonces no queda mucho para hablar —se rascó el entrecejo y, pareciendo dubitativo entre levantarse o no, se quedó sentado, gruñendo como una maquina vieja—. Sé que parece exagerado haberlo traído aquí por tan poco, pero quería hablar un poco con usted, conocer en persona a aquel que tanto apoyo a brindado a mi pueblo.

— Espero haberlo complacido, su señoría —dije, en un intento vago de terminar la conversación pronto—. Si me permite, me retiro. Comenzaré a preparar las cosas para el viaje.

Aquel zorro viejo me devolvió una sonrisa, y con un leve movimiento de cabeza, me liberó de aquel yugo silencioso.

Me levanté sin emitir quejas y de inmediato, di un paso fuera lejos de la cabaña.

La brisa fresca me golpeó, y la sentí tan reconfortante, como cuando dejaba la cabina de la 501 atrás, luego de pasar horas paleando carbón y regulando válvulas. Respiré hondo y entrecerré los ojos antes de dar otro paso hacia la mansión.

Tras dar aquel paso, me detuve. El gruñido somnoliento del Barón se mezcló con el sonido del papel siendo golpeado por el viento. Reconocí su origen y curioso, miré la mesita junto a la puerta por encima de mi hombro.

Una hoja arrugada temblaba con el viento, dudando si soltarse... Pegaba pequeños saltos entre el resto de los papeles. Los lápices que sobresalían de la bolsa fueron testigos de cómo en un instante, la hoja saltó, y, como si jamás hubiera estado arrugada del todo, se extendió en el aire.

Los trazados a lápiz y las sombras a carboncillo fueron apenas visibles por no más de un segundo.

La hoja voló libre, el viento haciéndola navegar el aire como lo hacían las propias que caían de los árboles. Éstas la acompañaron, y cuando me alejé, pensando que aquella hoja rebelde se había perdido, la vi flotar frente a mi nariz.

Dudé un segundo, antes de extender mi mano hacia ella, tomándola como quien toma uno de esos pompones blancos que vuelan libres por las praderas.

Alisé los bordes de la hoja con mis dedos.

Esto... una...

— Una luna... —murmuré, confuso, entrecerrando mis ojos como si así pudiera ver más allá del sombreado a carbón.

Una luna grande, amarillenta por el color del papel, era delineada por finos trazo, y sombreada en parte de su contorno, resaltando su figura celestial sobre la oscuridad azabache de noche.

Pasé mi pulgar sobre ella antes de bajar mis ojos al resto del dibujo.

El polvillo negro apenas se adhirió a la yema de mi dedo. Había sido dibujado hace días. La hoja había absorbido el carbón, y el agua de aquel sinuoso rio, que se delimitaba por el sombreado de los muelles y los árboles del bosque... No tardé en reconocerlo cuando una sonrisa ya recorría mi rostro de mejilla a mejilla.

La noche del descarrilamiento... así que sí tuviste la libreta ese día, Milena...

Al final del día, ella parecía no separarse demasiado de ella.

Una salida al bosque, junto al rio y con la luna como confidente, era material perfecto para dejar volar la creatividad.

El estilo de Milena parecía sencillo. Pequeños trazos sobrepuestos. Chiquitos, apenas presionando el lápiz sobre el papel. El sombreado era quizás más fuerte pero uniforme; apenas se notaba el granulado de la hoja.

Aguardé unos segundos en silencio con el dibujo en la mano, esperando que mi respiración se calmase antes de doblar con cuidado la hoja y guardarla en el bolsillo más limpio de mi camisa. Apreté aquel bolsillo con mi mano por encima de la tela y bajo el silencio del jardín de la Mansión Sepheline, recorrí el camino decorado por las flores blancas en dirección al portón de bronce.

Allí, el guardia me revisó meticulosamente. Sus manos me recorrieron casi de pies a cabeza. Tuvo la decencia de no presionar donde no debía, pero el crujido del papel en mi pecho cuando pasó su mano, lo hizo levantar una ceja al juvenil guardia de piel dorada y ojos amarillentos.

Saqué el dibujo como si fuera un tesoro y lo desplegué para él.

— Es una luna preciosa ¿No le parece? —afirmé con una sonrisa ilusionada.

— No puedo dejar que se lleve algo de la mansión —respondió él con tono firme, listo para arrebatarme el dibujo.

Corrí la mano, protegiendo aquel tesoro, luego retrocedí un paso. Mi cabeza ladeada, mis ojos bien abiertos. La misma brisa que me entregó el dibujo, ahora hacia volar mi cabello, y con él, el polvo de carbón impregnado en mi alma.

Desafié su mirada. Sabía lo que hacía, ese dibujo era un regalo de los Dioses. Naegra me lo concedía, una obra de arte que, para el mundo, no era más que un papel arrugado.

— No lo haga difícil por favor —pidió conciliador, el guardia, extendiendo su mano hacia mí—. Son reglas que se aplican sin excepción.

Lo escudriñé. No iba a dárselo. Para él era un papel, para la mansión igual.

El viento mismo se rebeló para que lo tuviera en mis manos... y no pienso regalárselo a nadie

No lo dudé. Lo volví a doblar y lo guardé en mi camisa.

Aquel gesto no fue pasado por alto y de inmediato, el guardia dio un paso al frente. Llevaba un revolver en su cintura. Su mano se posó sobre la empuñadura curva; la mía se cerró en un puño, y la otra la mantuve entreabierta, adelantándola como testimonio de que no quería pelear.

Negué el peligro en mi mente, aunque esta me presionara, empujando pavor en mis venas cual vapor en un pistón. Di un pisotón y me planté en el sitio; el guardia aferró su mano en el revolver y, con un gesto sutil, pareció desenfundar. Lo vi y mi cabeza rápido se dio a la idea de abalanzarme hacia él.

Quizas sea exagerado, pero no te lo daré. Tendrás que amenazarme con más que eso...

Troné mis dedos contra mi palma y el crujido sostenido dio pie a que el guardia entendiera que iba enserio.

— ¡¡¡Johann!!! —Un grito agudo atravesó el área de la entrada.

Pegué en un brinco y como un resorte, mi puño saltó hacia la cara del guardia, detenido únicamente cuando percibí aquel acaramelado cabello rojizo por la silueta de mi ojo.

— ¡Baja el arma, Johann! —exclamó ella, su rostro como el de una fiera mientras su cabello ondeaba al viento—. ¡Es un invitado de mi padre! —rugió, volviéndose hacia mí con el mismo gesto.

Bajé mi mano al instante, escondiéndola tras mi espalda cual niño chico luego de arrojar una piedra.

Me paré recto y apreté los labios. Tragué saliva por los nervios.

Sus ojos avellana cayeron sobre mí, intensos, ardiendo como el fogón de la 501 a plena carga. Parecían centellar; eran preciosos...

— ¿Y usted se rebaja a pelear con el guardia? —preguntó con un tono apenas menos irritado.

El guardia frente a mí apenas pudo respirar, en cambio yo, sonreí.

— ¡Señorita Sepheline! —reverenció el joven, con la mano que tocó el revolver en su pecho y la otra detrás de la espalda—. Intentaba explicar...

— ¡¿Amenazando con un arma?! —Ella no le dejó tiempo, se movió hacia él con un dedo acusador—. Te conozco desde niño. Te cuidé de joven para ayudar a tu madre, jamás has levantado el arma de tu padre contra nadie.

Corrió su cabeza hacia un lado, avergonzado. Sus labios temblaban, y, aun así, se volvió hacia ella con la mirada firme y el pecho apenas asomando entre la tela holgada de su uniforme.

— Intentaba apropiarse de un objeto de la mansión —afirmó, señalándome antes de volver a una posición firme.

Milena me miró de inmediato, sus ojos entrecerrados, escudriñándome de arriba abajo para luego enfrentarme. De repente percibí su altura, era más baja. No lo había notado antes, pero aquello no la hizo menos intimidante a mis ojos. Se paró firme ante mí, una mano en la cintura, mientras que, con la otra, parecía jugar con su indicie y pulgar, frotándolos ansiosamente.

Nos miramos el uno al otro. Ella me escrutó, sentí su respiración pesada presionar mi cuello, cosquilleándome mientras contenía mi sonrisa.

Me iba a saltar el corazón del pecho sino decía algo.

Eres hermosamente adorable...

— Es solo una hoja que voló al viento —respondí con un oxidado tono grave. De inmediato saqué el dibujo del bolsillo y, con un atisbo de duda, se lo entregué—. Su padre estuvo cuando la hoja voló. No me dijo nada cuando la tomé.

Ella tomó el dibujo doblado y con una delicadeza medida, lo extendió para sí.

Johann se había hecho hacia un lado, su ceño fruncido aún, reflejado en la gruesa ventana de su caseta al lado del portón de bronce.

Evité mirarlo demasiado; no parecía caerle bien...

— Tiene usted un muy mal gusto... —siseó ella, devolviéndome de repente el dibujo, empujándolo contra mi pecho—. Lo tiré por algo, pero si lo quiere, quédeselo, quizás le sirva para encender aquella enorme caldera.

Su rostro sereno escondía demasiado. Sus mejillas se habían abultado y enrojecido, esquivaba mi mirada lo justo para no sentirme amenazado. Dio un paso al costado y se cruzó de brazos antes de darle una seña al guardia para que abriera el portón.

Mientras este se abría hacia adentro con un zumbido eléctrico, volví a doblar el papel frente a la mirada de Milena.

Esta vez no hubo sonrisas, y me dolió.

Fue como si mi corazón dejara de latir, y al mismo tiempo, un agudo dolor se extendiera por mi pecho, pasando por mi estómago, contagiándole el malestar hasta llegar a mis caderas.

Cuando el portón se abrió, yo ya había guardado el dibujo en mi bolsillo. Observé de reojo a Milena. No quería dejar de verla, aun estando ella enojada. Era como un juego, un placer que abrazaba mi pecho, y que hacía que el hormigueo en mis piernas dejara de ser molesto, para convertirse en una prueba de mi perseverancia al seguir mirándola desde la distancia.

Atravesé el portón con el corazón en vilo, y cuando por fin se cerró... ella seguía allí, observándome desde el otro lado de lo que ahora parecían barrotes dorados.

Su mirada era pesada y su postura un intento perpetuo de no encorvarse bajo el peso de las hojas que caían de los Zû'Jalhar. Guardianes que, como Johann, preservaban que nada escapara de la mansión sin permiso.

Algo en mi pecho ardió al notarlo, pero cuando me di cuenta, Milena se había esfumado en silencio, uno que llenó de ruido mi corazón.

Dudé en darme la vuelta. Di un paso hacia la mansión, pero Johann, ahora relegado a perro guardián, me amenazó con la mirada. Su caseta era su fortaleza, y el portón su paso y abismo a custodiar. Era infranqueable...

Asentí.

Giré con todo mi cuerpo hacia Waldstille, y me perdí en mi mente.

La 501 me esperaba en la estación.

«Debo preparar las cosas para el viaje de vuelta...» Me dije para no titubear, siguiendo la empedrada calle hacia el pueblo... 

 

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