Avanzar. Y avanzar. Abrir la puerta del fogón... palear carbón... cerrar...
Hacía meses que repetía la misma rutina... y nunca terminaba de cansarme.
Extrañaba al fogonero. El último que tuvo la 501 se retiró poco después de que me asignaran como maquinista
Era un buen hombre, honrado, trabajador —quizás en extremo—, hablaba mucho. Bastantes historias del pasado. Llegué a considerarlo un mentor mientras compartimos cabina. Pero la edad no perdonaba. Una mala caída bastó para que el retiro lo alcanzara antes que sus rezos.
Durante nuestros últimos días juntos, le rezaba a Thön por un retiro digno. Le llegó rápido... aunque no como esperaba
— Viejo suertudo... —murmuré para mí, dejando reposar mi brazo contra la ventanilla de la cabina.
La 501 resoplaba mientras avanzábamos, como si también echara de menos su voz fumadora. Desde que él se fue, no había más charla en la cabina.
Solo vapor, repiqueteos interminables... crujidos metálicos...
Incluso al cerrar los ojos, podía imaginar las ruedas girando, empujadas por las enormes bielas.
Prefería tenerlos abiertos de igual forma. Más allá de la ventanilla, los parajes boscosos y el río Eisflüsschen, se teñían de unos tonos anaranjados, como si la luz del sol se derramara a través de la niebla matinal de Velgrun, acompañada por la caída de las hojas marchitas. En conjunto, todo confluía en un cuadro cálido y pintoresco.
Razón suficiente para ignorar el cansancio ocasional de llevar la 501 en solitario.
Una dama terca y glotona. Eisenstärke pura sangre —O eso leí en el informe cuando me asignaron—. Construida para avanzar sobre las salvajes tierras del norte, tirando de decenas de vagones mientras se mueve entre montañas y curvas traicioneras; relegada ahora a una simple línea forestal cerca de la frontera...
No sabría como sentirme si fuera ella...
Demasiado musculo y tracción para quince vagones cargados con comida y maquinaria de segunda mano.
Ella no se quejaba mucho así que yo tampoco...
Recorrimos los últimos kilómetros sin mucho esfuerzo. La mañana seguía joven. Oía los pájaros comenzar a cantar; se espantaban cuando hacía cantar el grave silbato.
Nadie compite con la 501 en mi guardia...
Era un juego infantil para no aburrirme hasta llegar al Bastión. Por suerte el tiempo, aunque de paso lento si prestaba atención al cuadro exterior, avanzaba en pocos parpadeos si volvía a la rutina.
Una dualidad preciosamente agobiante.
Pasaron unos minutos tras la última bandada que espantamos cuando a lo lejos, entre el vapor de los pistones y las trazas negras del humo de la chimenea, la robusta torre de señales de la estación apareció a un lado de la vía. El andén estaba vacío, como siempre.
Pocos trenes llegaban a Waldstille en estas fechas.
Semanas atrás, había oído que en veinte días solo habían recibido seis trenes, uno de pasajeros que traía personal industrial, otro más pequeño que trajo refacciones de emergencia para las sierras. Y el premio mayor se lo llevaba la 501 —y eso que habíamos ido y venido vacíos una vez por un error en la bitácora.
Ya me parecía raro que nos pidieran venir antes de los nueve días... Pero fue un viaje bonito, llovió en la ida y la vuelta... Y ella estaba ahí también
Pasamos la torre de señales y de inmediato, ésta avisó que el único andén estaba ocupado.
Desaceleré y en poco tiempo, la estación nos recibió con su silencio habitual.
¡Pssssss...!
Con una serie de bufidos cansados, la 501 purgó parte del vapor de sus pistones sobre el andén. Los operarios y estibadores se acercaron desde ambos lados del andén. Lucían cansados. Los enanos, sobre todo: lo que les faltaba de altura y paciencia, lo compensaban con gruñidos y quejas mientras trabajaban...
Dejé descansar a la locomotora. No íbamos a movernos pronto, además necesitaba que revisaran unas fugas en la caldera. Llevaban crispándome los ojos desde que dejamos Yggdrasil atrás.
Abandoné la cabina y me dejé caer en la unión entre cabina y carbonera. Solté el cuerpo, dejé una pierna colgando en la escalera, y apoyé la cabeza contra el metal húmedo de la carbonera, listo para descansar los ojos unos minutos.
El tiempo fluyó lento. Waldstille parecía moverse a la mitad de ritmo que el resto del mundo. Nadie corría, como mucho caminaban con prisa, y cuando comenzaron a descargar los primeros vagones, apenas pareció que la tarea les pesara. Trabajaban con una mezcla de ganas y resignación que rozaba el equilibrio perfecto.
Ustedes abúrranse de descargar cajas a medio kilómetro por hora, yo ya hice mi trabajo...
Recorrí con mis ojos la estación.
No era muy grande, lo justo como para almacenar cientos de toneladas de tablones y troncos de los Zû'Jalhar que crecían con majestuosidad más allá de las vías y la estación. El propio edificio principal parecía estar construido de dicha madera ahora musgosa. Una grúa vieja pero bien mantenida, se movía silenciosa de izquierda a derecha sobre su eje a la orilla del andén.
Todo aquello me aburría. A diferencia de las vistas a través de la ventanilla, este panorama parecía repetirse sin fin. Como esas películas innovadoras que pasaban en los teatros de las ciudades grandes... siempre en el mismo bucle... Pero había algo —o alguien— en esta estación que hacía que la espera, fuera soportable.
Ahí estás... preciosa y habladora como siempre...
Desde la esquina opuesta de la estación, una joven humana, de cabello caramelo rojizo ondulado, se acercaba caminando. Su ropa rústica de colores terrosos hacía juego con su abultado bolso cruzado al pecho. Caminaba con una gracia élfica, contorneando sus caderas con una picardía inconsciente que me robaba la mirada, la respiración... incluso el juicio...
Como era usual, cargaba su gran libreta amarillenta, esta vez contra el pecho. Sus ojos avellana, llenos de entusiasmo, clavados en la imponente caldera negra de la 501.
Nadie la acompañaba, pero disfrutaba de hablar con todos, incluso si solo era un saludo. Como si cada palabra suya fuera una brisa que arrancaba el letargo de quien la recibiera.
— Buenos días, señor Aurel —inclinó la cabeza frente a un hombre de aspecto tosco y camisa de tirantes que pasaba a su lado—. Tito Gregor, ¿Cómo se encuentra hoy? —preguntó a un estibador veterano que se secaba el sudor frente a una caja.
Saludó a medio andén por su nombre, mostrándoles su sonrisa radiante. Les hablaba con un tono cálido que, aunque no fuera para mí, sentía como pequeños golpes en el pecho.
Por un instante, nuestras miradas se cruzaron. Asentí, incapaz de sostener el peso de mi pecho alborotado, y desvié la vista hacia la cabina, luego hacia el otro lado de la unión. Allí, el sol se colaba entre las copas de los árboles y el humo de las chimeneas de los hogares.
La estación no tenía un muro exterior... podía ver parte de Waldstille sin dificultad; no quería eso. No, no con ella allí...
Con una torpeza disimulada, volví los ojos hacia ella.
Se había sentado en un banco a mitad de la plataforma. Nos separaban unos diez metros; quince, si mis ojos se confundían con el latir de mi corazón.
Cruzó ambas piernas en el banco y, de inmediato, sacó unos lápices de su bolso, comenzando a realizar pequeños trazos en el papel...
Me intrigaba saber qué hacía.
Siempre te acercas a inspeccionar a la 501... ¿Por qué lo haces...? ¿La dibujas? ¿La diagramas por fascinación?
Mi mente se llenaba de preguntas.
No me atrevía a decirle ninguna.
Era mejor así. Los dos en nuestro mundo... Mejor no romper su concentración.
Te ves tan hermosa así. No te molestaría jamás... aunque muera por saber lo que dibujas.
Ella siguió trazando en su libreta. Su delicada muñeca se movía despacio, pareciendo no aplicar demasiada fuerza en el papel. La otra mano sostenía el borde, apretándolo. Las hojas no parecían resentir su tacto, así como yo mi carencia de palabras al verla.
La 501 resopló; el vapor escapó cerca de las ruedas, como si se acicalara sola. Pocos repararon en ello. Con trabajo entre las manos, preferían centrarse en él que detenerse en una inutilidad automática como esa. Extrañamente, ella tampoco prestó atención. Había recostado la mejilla sobre la mano, comenzando a sostener un lápiz entre el labio superior y la nariz a modo de juego...
Dio vuelta la hoja luego de un tiempo y, tras suspirar como lo hizo la 501 momentos antes, metió la mano en el bolso, sacando una tablilla de madera roja y un par de hojas blancas con renglones técnicos. Sin perder el tiempo, pareció comenzar a rellenar espacios. Su muñeca de repente se comenzó a mover inquieta, soplando con esfuerzo su acaramelado cabello lejos de la cara.
La hora de dibujar ha terminado. Asumo que es señal para que me mueva también...
Bajé al andén y enseguida empecé a moverme a lo largo del convoy de vagones.
Necesitaba distraer mi mente de ella... aunque mi pecho caía presa de la ansiedad, y el aire, entremezclado con la grasa de los vagones y la frescura del bosque, se volvía difícil de respirar...
Revisé meticulosamente las uniones de los vagones. Las ruedas, la desgastada suspensión. Intercambié palabras con los estibadores.
— Una semana pésima, Konrad —reconoció Emmerich, un delicado elfo del que me había hecho amigo en mis últimas visitas.
A diferencia del resto, Emmerich actuaba con soltura pese a su avanzada edad. Mantenía un físico con pocas arrugas y un pelo rubio atado en moño que apenas mostraba canas.
Era encargado de la grúa desde la última década, y pocas veces lo encontraba lejos de ella.
— Las células de vapor que trajiste para las sierras la antepenúltima vez —continuó con un tono solemne y cansado—, tenían problemas de presión. Una de las hijas del Barón Sepheline se dio cuenta a tiempo. Pero no había forma de obtener otras hasta que volvieras.
Asentí en silencio, y de inmediato volví la cabeza hacia el almacén de madera a espaldas de la grúa donde apoyaba mi espalda.
Decenas de colosales troncos rojizos eran tratados con densas resinas y polvos que irritaban mi nariz, incluso desde la distancia. Estaban siendo preparados para cargarlos...
No me costó encontrar el peso de las palabras de Emmerich. A comparación de visitas pasadas, la cantidad de troncos era menor; no así la de tablones apilados cerca de las vías.
— Ojalá hubieran cargado a la 501 con células nuevas en aquel viaje en balde —respondí con un deje de ironía—. Pero valió la pena —agregué con un susurro, volviendo mis ojos hacia ella.
Hablar con Emmerich me había hecho perder la noción del tiempo.
Cuando volví la mirada, ella ya se había levantado. Caminaba con su tablilla en el brazo por la estación, anotando cosas que, desde la distancia, parecían diminutos dibujos, perfectos para pintar en la carbonera de la 501 como pequeñas leyendas.
Su ondulado pelo se mecía con el viento suave, mientras que el mío, sucio y aplastado por el hollín, permanecía seco, rígido como el metal...
Me refregué la cabeza. Una estela de polvillo negro salpicó el suelo de piedra, adhiriéndose como aserrín en medio del barro.
¿Y así quiero presentarme? ¿Sucio, sudado y apestando a hollín? Tengo grasa hasta debajo de las uñas... en cambio ella...
Sentí la risa agrietada de Emmerich a mi espalda, seguida de su mano en mi hombro, consolándome sin razón aparente.
— La grúa estuvo fallando en la mañana —murmuró de repente, cargando evidente complicidad en su voz—. Mandaré a que la revisen. No podemos arriesgarnos a cargar la madera ahora...
— Aprovecharé entonces para dejar a la 501 con los mecánicos... —respondí sin pensarlo. No le devolví la mirada, tampoco pareció necesitarlo.
Emmerich se alejó poco después, el personal de la estación lo llamaba desde la distancia. Y allí, en la soledad de la grúa, vi como ella terminaba de hacer las anotaciones en la tablilla, luciendo un delicado rubor en sus mejillas.
Volvió al banco de antes cerca de la 501. Hice mi camino de vuelta hacia la cabina, intentando no incordiarla con mis más que ocasionales miradas.
Por un instante, sentí una punzada en el pecho.
Quería acercarme... pero aún no me atrevía.
Subí con los dientes apretados y el corazón latiendo como las llamas del fogón de la 501. Antes de entrar a la cabina, atravesé el angosto pasillo de la carbonera y la desenganché del resto de vagones. Un chasquido metálico, seguido por un chillido oxidado automático, complementaron la imagen del acople separándose.
Dos manos que se agarraban firmes, ahora se abrían para dejar ir, con la certeza de que tarde o temprano, volverían a estar juntas de nuevo...
Había algo en esa imagen... en esa melancolía rota que apretaba mi garganta cuanto más pensaba en ello.
Resoplé. Lo sabía. Lo sabía demasiado bien y, aun así, quería seguir permitiéndome verla, aunque fuera cada nueve días. Aunque no atreviera a decirle nada.
Es mejor así...
Me dije, levantándome para volver a la cabina.
En ella, rodeado por manómetros, válvulas y palancas, volví mi mente al ahora.
Waldstille no tenía talleres ferroviarios en condiciones; sí un taller general cerca de la estación. Una vía lo flanqueaba. Serviría para mantenimiento básico...
Cabizbajo preparé todo. Palié carbón y esperé a que la presión subiera. Los pistones se purgaron solos, la nube de vapor apenas llegó, pero el soplido comprimido de este, sí. La 501 se preparaba para salir, y antes de hacerlo, me volví hacia la ventanilla...
Se había ido.
Solo el recuerdo de su risueña figura permanecía como un espejismo bello. Aguanté la mirada sobre el banco vacío. El personal de la estación pasaba frente a él, como si mantener las manos ocupadas fuera excusa para no mirar el banco vacío.
Ella debía estar trabajando también. Seguramente las anotaciones en la tablilla eran muy importantes.
Cuando estuve a punto de volverme hacia el interior de la cabina, un sutil reflejo desde el banco me encandiló. Un destello. Como si el sol hubiera cometido un error... y se corrigiera al instante.
Tirado bajo el banco, una libreta de grandes hojas amarillas, el cordel de metal ondulado sobresaliendo cerca de una de las patas.
Su libreta... ¡Se le cayó su libreta!
No alcancé a pensar cuando ya había dejado la cabina atrás. Me lancé desde la unión con la carbonera y rápidamente me acerqué al banco.
La 501 desfogó vapor como gesto de alivio y parte de la estación se disolvió en él. Tomé la libreta sin cuidado. La manché. Mis dedos sucios impregnaron la primera hoja con el polvo de carbón. Intenté limpiarlo de apuro, no quería que se traspasara el color; fue inútil. No me di cuenta, la hoja quedó negra...
— Por el amor a los... —me mordí la lengua, esperando que los Dioses no oyeran mis ofensas—. ¿Qué hice?
Fue ahí cuando entre mi temor y angustia, la oí, y el corazón se me dio vuelta.
— ¿Dónde... la dejé...? —gruñó molesta ella, agachada a mi lado, revisando debajo del banco—. No puede estar muy lejos, no me moví tanto...
Tragué saliva. Mi corazón saltando dolorosamente contra mis costillas. Me llevé la mano al pecho y lentamente la miré mejor.
Allí estaba ella con sus ojos avellana escudriñando el suelo de piedra, como si así pudiera encontrar la libreta entre las hendiduras del andén. Permanecía en cuclillas, su abrigo ligero de lana gris se arrugaba como su bolso, entreabierto y revuelto. El dobladillo amplio de su pantalón marrón a cuadros apenas tocaba el talón de su bota de campo.
Si me había visto, me ignoró. Y si no, entonces su libreta valía más que cualquier presencia ajena...
Insuflé todo el valor en mi pecho y sin morderme la lengua, me agaché junto a ella.
Las manos me sudaban.
— Es... —No podía titubear ahora—. ¿Tuya? —le extendí la libreta manchada.
Se volteó hacia mí sin parpadear. Sus ojos fijos en los míos, sus pupilas se dilataron un poco. No supe si las mías igual, sin embargo, hice lo imposible para no romper la mirada.
Volví a extenderle la libreta, esta vez sin preguntar.
Curvó apenas sus finos labios, y de inmediato tomó la libreta. La solté con dificultad, pero no pareció notarlo. Me ofreció una sonrisa mientras asentía, luego se levantó, arreglándose las arrugas de la ropa. Hice lo mismo, aunque con más torpeza.
— Konrad Roderich —me presenté por instinto, mi mano extendida hacia ella en busca de un saludo.
Soltó una risa baja cuando observó mi mano, ennegrecida como su libreta.
La limpié contra mi pantalón desgastado y se la volví a ofrecer, esta vez menos sucia, pero con los nervios a flor de piel.
No podía dejar de verla a la cara. Era preciosa. Sus facciones cuidadas, el sutil maquillaje que apenas se corría con el vapor, y aquellos mechones caramelo que se pegaban en sus mejillas...
La tierra podía tragarme ahí mismo y aún la seguiría teniendo grabada a fuego en mis retinas.
Se arregló un mechón detrás de la oreja, y, pareciendo aguantar la risa, respondió.
— Milena... —su tono era suave, delicado para mi oído incluso. Apretó la libreta contra su pecho antes de darse grácilmente la vuelta, perdiéndose entre el vapor que lentamente se asentaba alrededor.
Hermoso nombre... tan hermoso como la mujer que lo lleva...
No supe cuánto pasé con la mano aún extendida al aire. Rompí a reír. La 501 bufó vapor con cansancio y con un crujido agudo del metal, intentó traerme de vuelta. Pero yo ya no podía volver, no luego de saber su nombre...