Introducción
A veces dicen que la vida no tiene emoción.
Que solo se encuentra en el dinero, en una casa tibia, bajo el crepitar de una chimenea en Nostrah.
Mi madre una vez me dijo que la vida estaba llena de altibajos. No le presté atención, mucho menos en mis últimos años bajo su seno. Padre fue quizás el que menos aliento me dio... siempre distante en la cena, callado en el desayuno, y, sin embargo, sonriente cada que se sentaba bajo la imponente sombra del único Zû'Jalhar rojo junto al río.
Creí oírlo una vez decir que esos árboles se extendían al cielo para sostenerlo...
Su madera, antaño, fue venerada. Fuerte y maciza, capaz de sostener por centurias el peso del firmamento, incluso cuando la ira de los Dioses caía sobre el mundo y los sacerdotes entonaban cantos a Erevan para calmar las heladas tormentas de mitad de ciclo.
Padre siempre fue extraño, Madre también.
Sin embargo, cuando pensaba en ellos, no podía evitar recordarlos juntos bajo el Zû'Jalhar. Aquel árbol los hacía ver diminutos a comparación... Quien diría que habría bosques llenos de ellos más allá de los límites de nuestro diminuto pueblo...
Ya casi no quedan bosques de aquellos colosos rojos.
Nuestra Reina los necesitaba.
La madera que antes sostuvo las súplicas de los sacerdotes ahora alimentaba las fábricas de armamento del sur.
El mundo había cambiado demasiado rápido. Las calles, los hogares, las fiestas, incluso algunas costumbres arraigadas en el ciclo anual.
Pocos hablaban de lo que sucede en la frontera con el Norte.
Jamás le di importancia, y los pequeños pueblos, aquellos que viven ajenos del mundo, tampoco lo hicieron.
El Bastión de Waldstille no fue diferente.
Su bosque oxidado había sido olvidado desde antes incluso de que yo naciera, aunque en los últimos años su nombre volvió a aparecer en los mapas.
Nuestra gloriosa nación nunca encuentra saciedad
Waldstille poseía uno de los pocos bosques de Zû'Jalhar, y la familia del Barón Sepheline, antaño de renombre, encontró hueco en la superestructura industrial como productores madereros.
Poco supe nunca de negocios. Mi labor era otra. Transportar maquinaria pesada y alimentos desde Yggdrasil, hacia el Bastión de Waldstille, siguiendo el serpenteante curso del Eisflüsschen, un río de aguas calmas y cauce poco profundo, tan quieto en las noches que parecía estar congelado. Luego tenía volver con los troncos y tablones a la ciudad.
Una ruta tranquila que recorría cada nueve días.
Nunca había nada nuevo que ver, pero en esa monotonía había algo, alguien que, por extraño que fuera, siempre me hacía volver a Waldstille.
Una joven, una que no importaba cuando la viera, siempre llevaba en su hombro un bolso de tela gruesa café y una libreta grande de hojas amarillentas bajo el brazo...
Aquella joven era extraña.
¿Cómo se llamará...?
Repetí esa pregunta durante todo el viaje.
La Mansión Sepheline aparecía en el horizonte neblinoso, y, bajo ella, la rustica estación de trenes de Waldstille, esperando ansiosa nuestra llegada...