La 501 avanzaba sobre la franja boscosa. Los altos arboles nos veían avanzar, mientras el Rio Eisflüsschen absorbía el agua que fluía desde el bosque a sus orillas.
Densas nubes de tormenta nos habían seguido desde que salimos de Yggdrasil, acompañándonos todo el viaje sin atisbo de calma. La vía que seguíamos era bastante llana y no entraba en curvas pronunciadas, gracias a ello y que el convoy a nuestra espalda era pequeño, viajábamos a una velocidad crucero moderada.
— ¿Y tú... haces esto siempre...? —resopló Emmerich, casi arrojando la pala de carbón por la ventanilla—. ¡¿Cómo puedes hacer esto por horas?!
— Fuiste tu quien quiso paliar, no yo... —me encogí de hombros, ofreciéndole una sonrisa burlona a cambio—. Hace cuatro paladas te dije que pararas; ahora tenemos vapor de sobra.
Empujé un poco más la palanca del inversor, y casi al instante, la 501 pegó un tirón brusco. Los pistones vomitaron vapor y las bielas, como martillos colosales, empujaron las ruedas con más fuerza, provocando que el martilleo contra el suelo se intensificara. Emmerich de inmediato se apretó sus puntiagudas orejas, mostrando una mueca de dolor que pronto desapareció, como el exceso de vapor.
Tiré del inversor hasta dejarlo en un punto anterior y luego solté la palanca.
— De cincuenta y cinco a sesenta y tres... —exclamé con asombro falso, observando como Emmerich maldecía en silencio—. Llegaremos cuatro minutos antes del itinerario. Gracias.
Emmerich gruñó, aferrándose a los salientes de metal de la cabina. Le hice una seña con la cabeza para que se sentara, que disfrutara así la hermosa vista gris del exterior.
Nada de sol, hojas verdes, pasto o aguas tranquilas... La 501 parece tener frio, tiembla demasiado; no quiero bajar la velocidad. Ya estamos por llegar
— ¿Qué te pasa, Konrad? —preguntó Emmerich, dándome un golpe en el brazo antes de sentarse junto a la ventanilla—. ¿Ya la estás extrañando? Me comentaron que ella te defendió cuando fuiste a la mansión de nuestro señor... Ese guardia es un niñato, antes de estrenarse, tiraba piedras a la estación... —se quejó, chasqueando la lengua.
— Era un dibujo... —respondí, apoyándome contra la pared de metal, resoplando como la 501 llevaba haciendo desde hacía horas—. Ella no lo quería y los Dioses me lo entregaron. La Gran Naegra con sus juegos cortesanos seguramente.
Ese viejo se largó a reír de repente. Su risa agotada y falta de aire me hizo sentir indefenso. No pude ignorar la saña con la que lo hacía.
Puso sus ojos en blanco en un momento, volviéndose luego hacia mí cuando vio que me separaba un poco de los controles, y con ello, me encerraba en mi mente.
— La Señorita Sepheline es una mujer de muchos oficios —comentó Emmerich, como si narrara la leyenda de una heroína olvidada—. El Barón es un hombre extraño, habla mucho, a veces poco. Se preocupa un montón por su pueblo, rompo una rama por él... pero —suspiró, mordiéndose el labio—. Lo que sucede en la mansión, es un misterio para muchos.
Realmente yo no sabía demasiado de la Familia Sepheline y Waldstille. Un maquinista que viene cada nueve días y no habla con todos, difícilmente lograría desentrañar algo.
Milena era una flor con un campo desierto alrededor. Podía verla, magnificarme con su belleza, encantarme por su voz y sorprenderme del trato que tiene con todos. Sin embargo, solo veía los pétalos y el tallo. No las raíces, mucho menos la tierra donde había sido sembrada.
Y, aun así, ella me permitió quedarme con uno de sus pétalos, uno que ella decidió olvidar, y que soy incapaz de exponer a nadie más ahora...
— Muchos en Waldstille le tenemos estima —prosiguió, esta vez adoptando un tono más sereno y natural—. Siempre nos ha ayudado, se ha puesto a la orden para las familias. Una vez me ayudó a declarar mis impuestos y poner en regla la casa que comparto con Adler... pero no toda sonrisa es pura, la tuya no lo es —afirmó, negando firmemente con su cabeza.
Aquello me hizo levantar la cabeza, sacarla de mi empozada mente y mirar cruzado a Emmerich.
Este no se sorprendió, y, fingiendo demencia, se encogió de hombros.
Quise rebatirle aquello... pero no pude. Las palabras se atoraron en mi garganta. Solo pude abrir la boca, impotente y rendido. Emmerich levantó las cejas: «Te lo dije» pareció decir, y con una sonrisa, me golpeó con un poco más de fuerza el abdomen. Apenas lo sentí; no se dio cuenta, sin embargo, se levantó, renovado.
Había recuperado el aire y ahora volvía estirar sus hombros como si calentara para algo.
— Ve bajando la marcha, Konrad —gruñó él, mientras se estiraba—. No puedes avanzar tan rápido, te vas a pasar la estación.
— Fuiste tú quien palió más carbón del necesario —respondí con desgana, tomando la palanca del regulador de potencia.
— Sabes que no me refiero a eso... —espetó con calma, apuñalándome con su mirada veterana.
Bufé y desvié la mirada hacia otro lado.
— Lo sé... —reconocí con un suspiro pesado—. Lo sé...
El Bastión de Waldstille tardó en aparecer entre la tormentosa bruma.
Primero fueron unos pocos campos de bayas junto con los hogares rústicos. La luz del interior parecía escapar como en un teatro de sombras, esfumándose ante mis ojos como imágenes turbulentas en la niebla húmeda.
¿Tú también dibujarías esto, Milena...? Yo encuentro consuelo en la lluvia, en su frio, en su forma de revitalizar el mundo, pero tú... ¿Tú cómo la ves?
Continuamos avanzando, el convoy a nuestra espalda chillando mientras nos mecíamos al ritmo de las vías.
Comencé a desacelerar cuando pasamos por el terraplén donde esperé la última vez cuando aquel descarrilamiento ocurrió. Waldstille se veía diferente a través de las gotas que caían en el cristal de la ventanilla. Más apagado, sin gente salvo la poca que no se podía permitir quedarse en casa a descansar. El humo de las chimeneas se perdía en las nubes bajas, y su calor era contenido por las paredes de madera y piedra que ahora parecían llorar...
El andén nos esperaba hasta arriba de maquinaria y gente. Todos se movían con apuro, asegurando cajas y comprobando remaches mientras unos pocos, organizaban a medio centenar de personas con impermeables y mochilas.
Nos detuvimos casi al límite del andén. Más allá de este, la vía se ramificaba hacia una pequeña sección industrial, el propio Bastión si seguíamos derecho, y a la izquierda, dos ramificaciones más que sabría Emmerich a donde conducirían.
— Toca mojarse —bromeé mientras miraba de reojo a Emmerich. Este se resignó a sonreír, y luego de arreglarse el pelo, dejó la cabina. Saltó desde la unión con la carbonera hacia el andén—. ¿El "hasta luego" me lo envías en una carta...? —rematé con ironía antes de apoyarme junto a la ventanilla.
Emmerich se escabulló con agilidad entre el caos de la estación. El viaje de ida y vuelta a Yggdrasil lo debió haber agotado.
Y eso que solo fuiste por recambios específicos de tu grúa...
La misma que ahora se encargaba de cargar tablones en uno de los vagones plataforma. Lo hacía en silencio, mientras una parte del personal del andén se apuraba a descargar los vagones con las necesidades de Waldstille antes de volverlos a cargar, esta vez con lo necesario para la expedición.
Aguardé allí apoyado a que el mundo girara. Nuevamente lo hacía lento. La lluvia más allá del cristal amortiguaba los gritos de los capataces y el personal, sin embargo, si prestaba atención, podía distinguir algunas órdenes. Eran como gritos de un padre enojado. Apenas me recordaban a los míos. Hacía tiempo que no los visitaba... aunque la última vez no había quedado en bueno términos con ellos...
Tampoco terminaba de darle importancia, pero lo sentía como un resquemor en la espalda.
Emmerich sería un buen padre, creo... ¿Emmerich es padre...? ¿Puede serlo acaso...?
— ¿Crees... 501, que sería un buen padre...? —susurré en un instante, viendo como un joven humano sin apenas pelos en el bigote, corría con una carretilla llena de arena húmeda—. Es una pregunta extraña ¿no? Se me ocurrió ahora... Realmente no sé lo que quiero. No sé lo que hago.
"¡Pssssss!" Extrañamente, la 501 desfogó una larga estela de vapor, que no logró condensarse hasta casi alcanzar la cabina. La ventanilla se empañó de repente y cuando pasé el brazo por el cristal para limpiarlo, mi corazón se agarrotó en el fondo de mi pecho.
Allí estaba ella, caminando por la zona techada del andén junto a Emmerich, y una joven que creía haber visto alguna vez como personal de la estación.
Ella observaba el andén con atención, moviéndose entre la gente, indicándole verbalmente a la chica que la acompañaba que fuera anotando cosas. Emmerich por su lado evitó mirarme, lucía concentrado con las explicaciones de Milena, y esta, ajena a mi mirada, continuaba con su trabajo.
Recorrieron la estación dos veces, insatisfechos con algo. No imaginaba qué. La 501 estaba en sus mejores condiciones, salía de mantenimiento cuando emprendimos viaje desde Yggdrasil. Los vagones por su lado... eran vagones: pasajeros, cerrados, con compartimientos, plataformas. El convoy más completo que llevé jamás.
Y aun así... ella parecía dudosa. Arrugaba su nariz enrojecida con disgusto y dirigía su mirada a los vagones.
Les comentó algo a sus acompañantes antes de volverse hacia una puerta cercana del edificio principal para luego entrar. Emmerich no tardó en levantar la mano hacia un grupo de estibadores a mitad del andén que aguardaban en silencio bajo la lluvia y, de inmediato, estos reaccionaron acercándose a él para recibir órdenes.
Ahora qué demonios pasa... ¿Qué hora es? ¿A qué hora tenemos que salir a todo esto?
Me di la vuelta y tomé la tablilla con el itinerario. Allí indicaba que nuestra salida sería en menos de veinte minutos. Un buen margen partiendo que, al llegar, todo estaba listo para descargar y cargar el tren con todo lo necesario. El carbón y el agua se reabastecería en el camino. Sin embargo, no podía quitarme la incomodidad de que algo no estaba bien.
Decidí bajar para revisar, además de usarlo como excusa para mojarme la cara. El aire cargado de la cabina me terminaría sofocando tarde o temprano.
Tomé la chaqueta y el gorro que colgaban a un lado de la puerta, y bajé a la estación.
La lluvia me recibió con un millar de diminutos besos gélidos en la cara. Las gotas caían finas, y las nubes auguraban con truenos distantes que esto podría ser solo el comienzo. Evité meter las manos en los bolsillos y recorrí el húmedo andén de punta a punta, esquivando estibadores mientras detenía gotas con los ojos entreabiertos.
Pocos repararon mí, y en mi interior lo agradecí. No me sentía seguro para hablar con nadie, quería cerciorarme que todo estuviera bien para el viaje; el recuerdo de la mirada tensa de Milena se había soldado a mi mente, pero a pesar de eso, no encontré nada en los más de quince vagones del convoy, salvo algún amortiguador agrietado o zapata desgastada...
Intenté reconstruir lo ocurrido. Emmerich estaba allí, la chica de la estación también... todo parecía normal. Pero su rostro... su rostro tenía algo distinto. Lucía consternado y molesto.
«¿Hay algo de lo que no me esté enterando...?» Aquella duda cruzó mi mente, dejando un rastro de incertidumbre que no hizo más que acrecentarse hasta que estuve de nuevo junto a la 501.
"¡¡¡TUUUUuuuuuufffff...!!!"
— ¿Un silbato de tren...? —pensé en voz alta, reconociendo que venía desde la misma dirección por la que vinimos—. ¿Para qué quieren otro tren? —cuestioné, volviendo mi vista a la imponente figura de la 501 frente a mí.
Recelosa, soltó un soplo de vapor desde sus pistones y, compartiendo mi confusión, sus tuberías y válvulas gruñeron con un eco metálico antes de purgarse como hacían cada pocos minutos.
Permanecí colgado de la escalera de la carbonera unos segundos, intentando divisar el tren entrante antes de subir a la cabina y prepararnos para partir. Fuera la razón que tuviera Waldstille para que otro tren llegara, nosotros tendríamos que salir primero para despejar el andén.
Hice lo mío y preparé todo en la cabina en pocos minutos. Era solo cuestión de quitar los frenos e insuflar vapor en el sistema con el regulador e inversor.
Pero la orden de salida nunca llegó... no como la esperaba yo.
Plack... Plack-Plack-Plack
Estaba de espaldas verificando la aguja de un manómetro cuando golpearon la puerta de la cabina.
— ¡Adelante! Está abierta —exclamé sin prestar atención. Emmerich era educado, ya le había dicho que podía entrar sin tocar.
Plack... Plack...
— ¡Emmerich, pasa de una vez! —grité antes de dar un pisotón y darme la vuelta con los ojos en blanco—. Ya te dije que pue... —En un instante, mi garganta se cerró en un nudo y mis ojos parecieron engañarme—. ¿Milena...?
Unos ojos avellana me observaban desde el otro lado del cristal empañado.
No reparé en observar más. Abrí la puerta, desesperado.
Un crujido agudo, seguido de golpe seco arrebató toda barrera de metal entre nosotros, y por fin, pude verla frente a frente.
Estaba empapada desde la cabeza a las botas. Me miraba con el ceño fruncido y un tembloroso ojo entrecerrado.
Parpadeó una vez; yo dos. Parecía, no: estaba enojada.
Llenó su pecho de aire de repente.
Cerré los ojos y me mordí la lengua, esperando la reprimenda. Le había gritado a la hija del Barón, era lo mínimo que esperaría como castigo...
— ¡Achís! —Estornudó y, sin disimulo, se subió los mocos—. Dejame entrar —pidió con la nariz congestionada.
— ¿Qué? —alcancé a decir antes que ella me apartara del camino, adentrándose en la cabina como si fuera suya.
No entendía nada.
Había aparecido de la nada. Afuera parecía que el cielo caía, las gotas que golpeaban el techo de metal sobre nuestras cabezas retumbaban como granizo fino, pero parte de la estación estaba techada...
Intenté analizar la situación, pero directamente, nada cuadraba. Ella en algún momento se sentó en mi asiento. Como si conociera la máquina mejor que yo, abrió la compuerta del fogón con la naturalidad de quien vuelve a casa. El calor que irradiaba este me golpeó en el rostro, pero fue el verla quitarse el abrigo lo que me hizo sentir las voraces llamas de mi corazón recargado.
¡Pero ¿qué?! ¿Cuándo ella...? ¡¿Por el amor a los Dioses, qué demonios está pasando, y por qué me estoy ahogando en la nada...?!
— Señorita Sepheline... —titubé, masajeándome la frente con una mano, sosteniéndome de la pared con la otra—. Usted estaba... —intenté señalar torpemente el exterior—. La estación... techo, ya sabe ¿Por qué usted?
— Me cansé de la estación —bufó ella, revolviéndose su ondulado cabello, intentando peinarse mínimamente—. ¡Estoy cansada ¿sí?! Mi padre quiere extender la expedición aun cuando esta siquiera empezó, eso son más vagones, más papeleo, más charlas ¡Quiero descansar diez minutos al menos!
Asentí tontamente. Me picaba la espalda y la nuca. Demasiado me picaban. Quería rascarme, pero no frente a ella.
— ¿Te ofrezco algo caliente? —dije, tomando mi mochila a centímetros de sus pies mojados—. Creo que tengo café ¿Te gusta el té...? No sé si tengo té. El viejo fogonero fumaba... ¿Fumas? Tampoco sé si te puedo conseguir tabaco por aquí...
Mi cabeza era un lio. Me sentía con toda la energía del mundo, pero al mismo tiempo, no encontraba forma de liberarla.
Estaba preso de la incertidumbre y la felicidad.
Saqué una abultada bolsa de tela atada por un hilo de cáñamo, y la abrí. El café molido olía fuerte, logré saborearlo en mi garganta con solo respirar cerca de él. Tomé un cazo de metal y apañé un café hervido con un poco de agua calentada por fuera de la caldera. No era el mejor del mundo, pero no tenía grumos y olía fuertemente a café sin destilar.
— ¡Puaj! —Milena lo escupió nada más probarlo—. ¡¿Consideras esto café?! Sabe a metal y, carbón ¡¿Te lavaste las manos siquiera?!
— ¿Lavarme las manos? —repetí, observando las mías. Estaban negras, si frotaba mis dedos, la capa de carbón apenas se desprendía—. ¡Pero si trabajo con carbón! ¡¿Dónde quieres que me lave las manos?! Me voy a quemar si lo hago con el agua de la 501.
— ¡Pues con agua fría, está lloviendo a mares afuera! —me inquirió antes de darle otro diminuto sorbo al café—. Esto sabe horrible... —refunfuñó para sí, bebiendo otro poco más.
En menos de tres sorbos, se tomó el café que le hice, y cuando vi que dejó el cazo a un costado, extrañamente suspiré aliviado. Un peso en mis hombros que jamás me di cuenta de que cargaba, desapareció de repente, permitiéndome respirar en paz.
Observé a Milena escurrirse el agua del cabello, desenredándolo luego con sus dedos en largos mechones acaramelados. Lo hizo varias veces frente al fuego antes de parecer conforme; las puntas seguían húmedas, pero no se lo dije, estaba claramente hastiada y no pensaba molestarla.
— ¿Tú padre quiere extender la expedición? —rompí el silencio con la primera pregunta redundante que se me ocurrió. Aproveché a acercarme a la ventanilla que daba hacia la estación.
— Sí —dijo, volviéndose a subir los mocos—. Desde la capital lo presionan y el no parece saber decir que no... Se puso así luego de que Waldstille volviera a ser relevante; o quizás siempre lo fue, no sé... ¡Achís!
Luego de estornudar, se pasó el dedo por la nariz.
Su cabello se había alborotado de repente, con hebras apuntando en todas direcciones.
Encantadora... ¿Tendré un pañuelo por algún lado...? Creo que tengo uno en la mochila
Mientras me debatía si podía rozar sus dedos con la excusa de buscar el pañuelo, afuera, la situación parecía crecer en gritos a medida que pasaban los segundos. Sin la supervisión de Milena, el mundo parecía volver a un estado más frenético y salvaje. De reojo vi que ella se forzaba a ignorarlo. Miraba la cabina y la caldera con un aire analítico.
Yo, en cambio, intentaba no incomodarla viéndola cada pocos segundos. Realmente quería ofrecer una buena imagen luego de lo sucedido en la mansión. Tal vez no me prestaría atención, sin embargo, no podía quitarme esa necesidad de la cabeza...
Le ofrecí el pañuelo y nuevamente, me recosté contra la pared de metal. Sin la orden de Milena o cualquier otro superior, no podía hacer demasiado.
— Llevaremos más vagones entonces... —concluí, desempañando con la manga el cristal de la ventanilla, observando el caótico movimiento exterior—. Ustedes mandan, yo cumplo —agregué antes de asentir.
— Más materiales y maquinaria —explicó con voz nasal, terminando de limpiarse la nariz—. No me gusta demasiado la idea, tampoco puedo decir demasiado. Iré con ustedes.
Giré mi cabeza hacia ella, mis ojos entrecerrados y mi lengua con una sola pregunta.
— ¿Por qué?
— Mi padre... —pareció querer confesar con voz ahogada—. Busca enseñarme las labores de una Baronesa. Soy la mayor, y aunque esperaba que él no lo recordara tan pronto, lo hizo hace unos días.
Deberes y obligaciones de la nobleza... por un instante me olvidé de ello al verte así...
Guardé silencio. No era un tema en el cual pudiera meterme. Podía ofrecerle espacio y lugar, pero no consejo ni palabrería mundana.
Realmente quería, pero no sabía cómo... Además, las palabras de Emmerich sobre la Familia Sepheline volvían a mí como paternales consejos. Solo la propia familia sabía qué sucedía tras aquella reja de bronce. Para la gente de Waldstille son una cosa, pero para sí, es un mundo completamente diferente...
Dejamos pasar el tiempo en silencio. El calor de la cabina ayudó a Milena a recomponerse; su ropa no se había secado, pero sus mejillas y nariz, seguían levemente enrojecidas.
"¡¡¡TUUUuufffff...!!!"
El silbato se escuchó cerca y, entre las ordenes cruzadas del andén, el suelo bajo nuestros pies tembló. El tren se sacudió y unos segundos después, la 501 desfogó una delgada traza de vapor que luchó valientemente contra la lluvia, antes de condensarse en el ambiente. Milena entendió aquello tan bien como yo.
Se levantó y se preparó para salir.
Más allá de la ventanilla empañada, la estación bajaba su ritmo. La mayoría de la carga había sido subida a los vagones, y la que no, pronto lo haría. Los estibadores habían hecho una última cadena para subirla, mientras que el resto del personal verificaba minuciosamente el convoy en busca de fallas de última hora.
— Gracias... Konrad —Milena ya se estaba poniendo el abrigo, una pequeña sonrisa escapaba de entre sus labios.
— No hay de qué —respondí, embelesado, intentando no sonar demasiado tonto—. Para lo que sea... la cabina de la 501 está a tu disposición...
Ella asintió, su delicada mano sobre la puerta y la otra suelta sobre su cintura. La vi un segundo, y luego subí lentamente con los ojos. Estábamos a dos metros. Era la primera vez que pasábamos tanto tiempo tan cerca.
Recorrí su cuerpo como si en algún momento me viera capaz de pintarlo en papel. Subí rápido, demasiado, nuestros ojos se encontraron y mi corazón dio un salto.
Desistí, desviando la atención hacia otro sitio: los manómetros de la caldera.
Oí su risa nasal en algún punto, y luego, la puerta abriéndose a mi espalda.
El aire frio entró como una frígida bofetada ante mi osadía de querer mirar su cuerpo un segundo más. Al segundo siguiente la puerta se cerró, y el calor de la cabina volvió a llenar el hueco dejado por ella...
Milena se alejó por el andén. El cristal empañado no me dejaba verla bien, pero parecía mirar todo con más calma.
Tragué saliva y sonreí antes de volverme hacia la cabina.
Allí, todo me era familiar, cercano y confiable. La 501 respiraba apacible, el vapor que recorría sus válvulas y tuberías fluía en silencio.
Me senté a esperar, con la 501 como única confidente, y, sin darme cuenta al principio, posé mi mano sobre una bola arrugada. La mesa plegable junto a mi asiento me servía de reposabrazos; casi nunca la desplegaba, pero extrañamente, ahora lo estaba. Cuando dejé caer mi brazo, oí el crujido del papel entre mis dedos.
Levanté una ceja y un presentimiento cálido envolvió mi pecho. Esta vez no hubo viento, solo el latido de mi corazón, acompasado por el desenfreno de mi mente.
Tomé la bola de papel y, con delicadeza, la extendí en mis manos...
Inhalé.
Su letra. Su tono. Ella, de nuevo.
«"¿Aún sigues guardando ese dibujo feo?"» Oí su voz dulce y cansada hablándome mientras leía el encabezado de la hoja.
Más abajo, un delicado dibujo de lo que parecía la estación de Waldstille. El andén como escenario y la vía como foco principal al medio de la hoja. Las columnas que sostenían el techo eran representadas con un trazo fino, y el diseño de la madera representado con líneas difusas.
Dos bancos decoraban la escena y la silueta de los árboles, y la torre de señales a la distancia, marcaban hacia donde mirar...
Una nube negra sombreada a carboncillo se elevaba desde el fondo del dibujo, emanando de una figura distante y gris. La humedad había difuminado algunos detalles, pero algo en mi pecho me hizo imaginar esas manchas como líneas sencillas, y un silbido alegre y distante.
«"Este dibujo me gusta más, quédatelo y quema el otro por favor"» Dijo ella al final de la hoja.
No necesitaba firma. Aquellas palabras escritas a pluma hicieron de su ausencia, algo pasajero, inspirándome a levantarme de vuelta; aunque cuando me di cuenta de que, sin la orden de salida, la 501 no podría moverse, volví a sentarme.
Me sentí como un tonto, pero esa falta de orden me permitiría seguir admirando aquel dibujo unos minutos más... como si al mirarlo, ella siguiera sentada allí, frente a la caldera.