Habían pasado... dos, tres días desde aquella pregunta.
No supe responderle.
Quise hacerlo; balbuceé algo... lo suficiente para que sonriera, aunque no supiera si por mis palabras o por lástima... Cuando la vi irse hacia el interior del campamento, algo en el aire cambió. Una brisa fría envolvió el bosque. La corteza crujió y los árboles se abrazaron con sus propias ramas.
Un escalofrío —como una descarga eléctrica— me recorrió desde el talón hasta la nuca.
Apenas pasó y logré concentrarme, Milena se había desvanecido.
Algo de jolgorio se levantó con el pasar de los minutos. Para ese momento, yo ya había vuelto junto a la 501, y así me mantuve, yendo y viniendo cada cierto tiempo. Las pantorrillas me latían, pensé que parte de mi corazón se había ido allí, más cerca del suelo, de la tierra... del mundo que ella pintaba con la mirada...
No pasó mucho tiempo hasta que percibí las primeras cabañas y barracones simples levantarse a los lados de los serpenteantes caminos de tierra aplastada.
Trabajan como hormigas, de sol a sol, bajo la silenciosa mirada de Milena
Siguiendo una rutina ensayada, ella salía temprano a dar una vuelta por el campamento. El sol a veces siquiera había salido y ella ya estaba revisando la leña de las cocinas. Recorría el lugar de punta a punta ceremonialmente, y tras los primeros rayos, Johann y algunas personas se unían a ella.
Mientras tanto, yo seguía quieto, sin alejarme demasiado de las vías.
Extrañamente no lo sentía incomodo, Emmerich se pasaba por la 501 varias veces al día. A veces con comida, otras con una cerveza que sabrán los Dioses cómo hacia para estar fría. El alcohol era como un aceite, lubricaba los engranajes de mi mente aletargada, y las quejas ociosas de aquel viejo elfo, aliviaban el silencio que consumía mi alma por momentos.
— ¡¿Sabes qué es lo peor?! —exclamó Emmerich, irritado mientras destapaba otra cerveza contra un saliente del cilindro de vapor junto a las ruedas—. ¡Me dejó durmiendo solo el muy bastardo...! No le hablé por lo que restó de día —gruñó antes de darle un trago a la botella.
Hice lo propio y lo acompañé levantando mi botella en respeto a sus lamentos, y bebí.
— ¡Puaj! —Sabía horrible. Una cebada mal fermentada con un regusto agrio que no terminaba de bajar por la garganta—. Al menos está fría... —siseé, dándole otro trago.
— Eres un niño, Konrad —respondió él, quejumbroso mientras me señalaba con la botella.
— Y, aun así, hago que esta señorita se mueva —Sonreí, jocoso, dándole palmadas a una de las imponentes ruedas motrices de la 501—. Dime que haces tú, viejo, además de mover grúas y coquetear con gente de un tercio de tu edad.
Di otro sorbo a la cerveza. El sabor no había cambiado, solo la espuma que se perdía en el fondo opaco de la botella.
— Lo tomaré como un cumplido... —gruñó Emmerich, derrochando media sonrisa antes de dejar de lado la cerveza. Se rascó los pelos mal afeitados de su barba y luego resopló—. ¿Has vuelto hablar con ella?
— Ayer en la noche —confesé, pensativo, evaluando el contenido de la botella—. Luego de que la mayoría se fuera a dormir, me acerqué a las cocinas, tenía hambre... Y allí estaba ella, frente a una olla que le llegaba hasta la cintura y un pan tan grande como mi cabeza.
Pegó un brinco hacia atrás cuando me vio. No me esperaba allí; ni yo a ella. Pasamos unos segundos de silencio antes de que ambos intentáramos decir algo.
Fue un momento extraño, pero cálido, muy cálido
— Me invitó a comer —dije, sonriendo ante el recuerdo de ella mojando despreocupadamente el pan en la olla—. No pude negarme... Me ofreció un plato, yo unos cubiertos limpios de una caja.
— La cena de ayer era caldo de pollo y verduras ¿no? —intentó confirmar, agarrándose el estómago—. Al menos es me dijeron, no comí anoche.
— Se sirvió verduras... —comenté mientras asentía—. Se quejó que no fueran al vapor... los nobles y sus gustos finos —bromeé para luego tomar un sorbo de cerveza.
Sabría horrible, pero gracias a ella, la tarde era un poco más acogedora.
Emmerich apretó los labios, y tras una silenciosa contemplación al campamento, volvió a beber. Vació la botella para cuando me di cuenta, y la dejó apoyada junto a la última, cerca de sus pies.
No estiró la mano en busca de otra. En cambio, se volvió hacia mí.
— Es bueno saber que la Señorita comparte con alguien más —aseguró con una pequeña sonrisa—. La he visto un poco más calmada también, luego de aquel incidente con Johann... aun no me creo que lo hayas golpeado...
— ¡No lo golpeé a propósito! —exclamé, levantando mi voz sobre la suya—. Detuve el golpe de Milena, fue su fuerza la que hizo que lo golpeara de rebote.
Resopló indignado, lanzándome una mirada que, lejos de exculparme, parecía querer hundirme más en la culpa.
Levantó un dedo y, sin temblar, señaló mis brazos.
— Konrad, eres maquinista —afirmó, remangándose la camisa hasta el hombro—, tienes tanta fuerza en un solo brazo, que ni haciendo fuerza con los míos podría moverlo si lo dejas firme. ¿De verdad me estás diciendo que el golpe de la Señorita te venció? Eso es tan absurdo como pensar que yo podría ganarle a Zartheos y Vulmarg en una pelea a puños.
— Me estás comparando con un dios de la guerra y el mismismo Dragón Durmiente, Zartheos —Su comparación era irreverente. Un Dios no se podría comprar con un ser mortal como nosotros—. Fue el momento, Emmerich. No esperaba que ella tuviera tanta fuerza.
No pareció creerse mis palabras; tampoco hacía falta. Era plenamente consciente de que no había sido a propósito. En mi mano solo habitaba el calor de los nudillos de Milena, no el lamento impulsivo de Johann, incapaz de vislumbrar la reacción de quien tenía que cuidar...
«Cuidar... Johann no la cuidó. Aunque se esfuerza, o muestra legítimo interés en hacerlo... ¿Pero qué protección necesita Milena? Está rodeada de gente de Waldstille, todos hablan bien de ella y le tienen alta estima... ¿De qué la cuidan?»
Aquella duda persistió más tiempo del que debería en mi cabeza.
No veía peligro inminente. Nadie asechaba en las sombras en la noche, todos se referían a ella con una sonrisa y palabras cálidas. Podía oler la lealtad de todos hacia el Barón Sepheline, era un buen dirigente, lo había visto en Waldstille; como todos tendría malas decisiones que no lo hacían perfecto, pero...
— Cuidar —murmuré, sosteniendo mi mano frente a mi pecho. La cerré y la abrí. Había atrapado su puño con ella—. ¿Por qué habrían de cuidarla, Emmerich?
— Es una buena pregunta —asintió él, ofreciéndole al bosque un sostenido suspiro antes de estirar la espalda y alejarse unos pasos—. Quizas no haya respuesta clara, como con esas cervezas —señaló—. ¿Por qué saben tan mal si salen del mismo barril que el resto...?
Emmerich se frotó la oreja hasta la punta, como si intentara sacudirse una molestia oculta.
Intenté pensar sus palabras, digerirlas de alguna forma, pero antes de ahogarme en la incertidumbre, levantó un dedo. El sol da la tarde se posó sobre el perfil de su rostro, sus ojos observándome como un espectro del bosque.
— Puede que la fermentación se haya cortado —explicó con un tono demasiado solemne para referirse a simples cervezas—, que la humedad del viaje se haya filtrado en las botellas. Que el lúpulo fuera de mala calidad... ¿Acaso importa? No. Bebiste la cerveza igual, tal vez no fue tu mejor cerveza, pero disfrutaste el momento ¿Vas a dejar de tomar cerveza por eso, Konrad?
— ¿Y si ninguna cerveza vuelve a saberme igual? —cuestioné, bajando la mirada a la botella en mi mano—. ¿Qué pasa si... simplemente todas pierden el sabor?
— Entonces quédate con la que te permita disfrutar el momento, y has que perdure —dijo con convicción, antes de encogerse de hombros y sonreír—. Eres demasiado tonto, Konrad, tanta cabeza tuya, tanto musculo de tren y no sabes apreciar una cerveza... Si te hubiese adoptado, ya mismo te pegaba una patada que dejaras esa deprimente cabina.
— Te romperías el pie antes de hacerme asomar la cabeza un centímetro —me burlé con saña, levantando la cerveza frente a él—. No sabe tan mal después de todo...
La bebí en pocos tragos sin bajar la botella. El líquido descendió como una pesa por mi pecho, pero cuando llegó a mi estómago, una reconfortante cálides me envolvió. Fue como si el frio y la humedad de los últimos días, se evaporara a través de mi piel...
"¡Bang...! ¡Bang...!" Dos estruendos lejanos se filtraron entre los árboles.
Alcé la mirada y por el sobresalto solté la botella, y miré los alrededores...
Bandadas de pájaros negros alzaban vuelo en la lejanía, más allá de los límites del claro, desde las copas se fundían con las anaranjadas nubes.
Las finas orejas de Emmerich se movieron con una sutileza calculada, mientras que en mi pecho hirvió la sangre. La mano de quien habló de adoptarme me detuvo antes de lanzarme hacia delante, cual padre protector con la vista en una tormenta próxima.
Me resigné con dolor a quedarme quieto. El eco de los estruendos reverbera en la caldera fría de la 501.
Decenas de personas asomaban sus cabezas fuera de las tiendas y barracas, como vecinos chismosos sin valor a entrometerse. Pocos parecieron dispuestos a hacer algo. El peligro era solo un susurro en la conciencia de unos pocos, Emmerich no era distante a él, sin embargo, me hizo esperar unos segundos más antes de movernos.
"¡Bang...!" Otro estruendo, esta vez más cerca.
Los Zû'Jalhar se estremecieron, y de sus ramas cayó una lluvia de hojas que, sin esfuerzo, el viento guío hacia los estruendos.
¿Truenos sin relámpagos...? Imposible, el cielo no está empedrado, no hay nubes grises...
— ¿Sabes disparar? —aquella pregunta fría me cayó como un balde de agua fría—. ¡Responde, Konrad! —rugió Emmerich, jalándome del hombro de la camisa.
— ¡Sí, con un demonio, sí! —respondí, apartando su mano—. ¡Mi padre me llevaba a cazar de pequeño y como maquinista tengo instrucción...! —Fue ahí cuando caí en cuenta de lo que sucedía.
Quedé helado.
El corazón se me detuvo, y sentí mis dedos entumecerse.
Miré a Emmerich a mi lado, sus ojos iban y venían desde el bosque a mí.
Se mordía el labio y por momentos, parecía tan dispuesto como echar a correr; la edad y cerveza le conferían una templanza que yo estaba perdiendo.
— Milena... —Su nombre escapó de entre mis labios como un ruego a los Dioses.
— Ven conmigo —dijo y de inmediato echó a correr hacia el campamente—. ¡Ven conmigo, niño! ¡Hoy comeremos carne!
Lo seguí por inercia. Las bandadas de pájaros aun revoloteando en el cielo, incapaces de alejarse del todo de su hogar invadido.
En el campamento, los guardias se coordinaban para asegurar a los trabajadores. Ninguno de ellos nos detuvo. Emmerich agradeció con un gesto simple a uno. Una simple guiñada fue suficiente para que aquel hombre de aspecto rustico y barba cuidada, se hiciera a un lado, abriendo con un gesto apurado la puerta del barracón que custodiaba.
Emmerich atravesó la puerta y en un parpadeo, volvió a salir con un rifle de cerrojo a cuestas y una cartuchera de cintura. Me lanzó la última, ya en mis manos, la abrí: dos cajitas envueltas en papel y aseguradas por cuerda de cáñamo.
— ¿Y esto para qué? —pregunté antes de seguirlo. Iba en dirección al bosque.
— Abre el paquete y pásame las balas —atinó a decir antes de que otro trueno ciego rompiera la fragilidad del bosque—. ¡Otro disparo!
— Parece que el traqueteo de tu tren no te dejó sordo... —bufó él con ironía, tirando del cerrojo de su rifle.
Nos adentramos en el bosque y pronto, lo que comenzó como un trote apurado, se convirtió en una carrera angustiante cuando otra serie de disparos nos arrebató la voz.
El olor a pólvora quemada se filtraba en el aire como una fragancia invasora, y el bosque parecía retroceder, contrayéndose con miedo entre su lluvia de hojas.
Seguí a Emmerich, y este, pareciendo un cazador curtido, siguió el aroma de la sangre como un lupino famélico... de esos que la alta nobleza usaba como sabuesos en sus cacerías.
Corres demasiado rápido, viejo. ¡¿De dónde sacas tanta energía después de vivir más de media centuria?!
— ¡¿La cerveza es tu combustible acaso?! —jadeé, esquivando las raíces que las hojas marchitas y el sol de cara escondían a traición—. ¡Sea lo que sea, debe estar cerca, los últimos disparos vienen de esta dirección!
Antes de avanzar más, el viejo se detuvo en seco. Se volteó a mirarme, sus élficas orejas moviéndose con la misma sutileza de antes. Por un momento, creí que el viento le hablaba y que por eso se detuvo.
Puede que las viejas historias acerca de los elfos hablando con los árboles sean ciertas al final...
Emmerich metió su mano dentro de su abrigo y sacó otra arma, más pequeña y compacta.
— De tiro único —dijo antes de entregármela—. Patea como centauro en fuga y dispara tantos perdigones como para detener a uno a treinta metros.
Una escopeta compacta y ligera, cañón corto, empuñadura curva sin acabados. A pesar del tamaño, pesaba la suficiente para adormecer mi muñeca si la sostenía con una mano.
Forcé mi sonrisa y asentí. Sabía que no había tiempo para explicaciones.
Seguimos corriendo. El bosque se cerraba por momentos, había terraplenes de varios metros, troncos caídos, un paso en falso y una lesión nos ataría al suelo.
El esfuerzo era lo de menos. Tenía aguante y voluntad para seguir. Emmerich no había dicho demasiado, pero desde el medido día, no había visto a Milena en el campamento. Esa certeza se había convertido en una bota que apretaba dolorosamente mi pecho. La pregunta de antes volvió a mí como el regusto agrio de la cerveza.
¿De esto la protegen? ¿Del bosque? ¿De los animales y la incertidumbre?
No encontré respuesta y Emmerich no estaba en condiciones de darme sermones rebuscados.
Las ramas crujían y el suelo parecía resentir nuestro avance. No habían vuelto a haber disparos. Eso era lo que más miedo me daba. Si una ramita crujía, era porque algo la pisaba, si una hoja caía, era porque el viento la arrancó de una rama, pero el silencio luego de un disparo... era la peor resolución posible...
— ¡¡¡ALEJATE!!! —Un grito agudo. Vino desde nuestra derecha.
"¡Bang!" Un disparo siguió al grito, y nosotros a él.
Nos lanzamos entre los árboles y bajamos sin tropezar un terraplén frondoso.
Una nube gris cubrió el sol, y el bosque pareció apagarse justo cuando el olor de la sangre fresca y el barro removido llegó a nuestras narices.
Tomé la escopeta con las dos manos y la levanté, Emmerich hizo lo propio y con un movimiento brusco de cabeza indicó que nos separáramos. Busqué el seguro del gatillo como mi padre me enseñó una vez. Una muesca de metal un centímetro por encima de la empuñadura.
Esta vez no voy a llevarte liebres para la cena, Madre...
Un colosal Zû'Jalhar se interponía entre nosotros y el recuerdo del grito. El árbol era inmenso y su copa parecía tocar el cielo, rasgando las nubes que, como testigos del mundo, parecían seguirnos de cerca.
Rodeamos el tronco. Yo por la derecha, Emmerich por la izquierda...
"¡Bang...!" Un destello anaranjado me cegó desde mi punto ciego y al instante sentí el silbido atronador de una bala cerca de mi cuello.
El ardor fue inmediato, me recorrió la espalda y la cabeza, un dolor agudo que me arrebató la lucidez. Vi el bosque pasar y desvanecerse frente a mí.
Fue demasiado rápido, demasiado... efímero.
Trastabillé. Atiné a cubrirme la cara con el antebrazo. Cerré los ojos y esperé.
Caí entre las raíces expuestas de un árbol, cada una de ellas golpeando mi cuerpo desde todas direcciones. Me bañé en tierra, la sentí en mis labios. Había sangre, barro, grava, se mezclaron en mi garganta antes de sentir que me detenía con un último golpe brusco contra el suelo.
— ¡¿Konrad?! —De repente, oí una voz entre el pitido que atormentaba mi cabeza. El dolor me había adormecido y solo era capaz de percibir ecos distantes—. ¡¿Konrad, Emmerich?! —Su voz apenas se volvió nítida, suficiente para distinguir su timbre angustiado.
— ¡Con un demonio, Señorita ¿qué sucedió?! —Me enfoqué en la silueta de Emmerich frente a mí, moviéndose, buscando algo. Llevaba el rifle en alto.
Sangre... calor... La veía, podía sentirla alrededor. Me apreté el cuello y me asfixié en el dolor de la herida.
Apenas logré recomponerme lo suficiente para que mis ojos distinguieran la figura de Milena. Estaba exaltada, su rostro pálido y sus manos intentando aferrarse al aire mientras a su espalda, otra silueta aguardaba recostada contra el masivo tronco del Zû'Jalhar.
Lo entendí.
Aquella sangre no era del todo mía...
— ¡¿Lograron ahuyentarlo?! —exclamó Emmerich con un grito que pareció coagular mi sangre.
— No lo sé... —El tono de Milena era confuso y agudo, miraba en todas direcciones—. Fue mi culpa... estábamos discutíamos y él, Johann... Nuestros gritos...
Emmerich me miró de reojo. Aun no me había levantado.
Vi el terror en sus ojos, la compasión mezclada con responsabilidad, todo se mezclado en una expresión que no daba crédito a nada.
Milena también me miró. Sus ojos llorosos, el labio que temblaba y la pequeña pistola sostenida por su mano temerosa... la boca del cañón apenas humeaba, pero el calor en él parecía no haberse disuelto en absoluto. Bajó lentamente su mirada al arma, Emmerich le dio espacio, su preocupación ahora era Johann quien tosía sangre y se apretaba el estómago con un brazo lacerado desde el hombro.
Intenté tragar saliva, lo hice, aunque el regusto ferroso tiñera mis pensamientos.
Logré ponerme de pie al segundo intento. Las piernas me temblaban y mi pecho no se llenaba del todo. Sentía la asfixia y el cansancio inundar mis pulmones.
— ¡Konrad, es solo un rasguño lo tuyo, ven aquí! —dijo Emmerich, rompiendo apenas la burbuja que embotaba mi mente.
Asentí para nadie y me tambaleé hacia él. Milena me vio pasar a su lado.
La vi y seguí.
Quería abrazarla y decirle que todo estaba bien; no podía, no si no sabía qué estaba pasando.
Me dolió el alma no poder acercarme.
Quizas realmente lo necesitas, no lo sé. Es lo que... ¡Con un demonio, qué diantres está pasando aquí...?!
Llegué junto a Emmerich y me arrodillé junto a él.
Johann jadeaba frente a nosotros, la sangre fluyendo por sus piernas mientras se esforzaba por no llorar. Apreté su hombro y lo contuve, a la vez, Emmerich intentó visualizar sus heridas.
— Son profundas... —contempló tras una mueca fría—. Moverlo ahora sería condenarlo.
— Ve al campamento —respondí sin rodeos. Aquellas palabras rasgaron mi piel, la sangre de mi cuello fluyó hasta mi hombro—. Puedo ¡Aghhh! —No pude evitar jadear, tomándome del cuello mientras intentaba tragar todo el aire que me fuera posible.
Emmerich se mordió el labio, sus ojos enrojecidos de repente. Temblaba él y yo temblábamos. Miró a Johann desangrarse, luego a mí luchar contra la confusión a su lado y, por último, a Milena, quien lloraba en silencio.
Asintió dos veces, tres, cuatro. Clavó la culata de su rifle en la tierra pringosa de alrededor y se levantó lentamente. Sus rodillas temblaban y cuando dio el primer paso, casi se tropezó con las mismas raíces en las cuales caí. Volvió a levantarse y con el mentón ensangrentado, me miró.
— Te los encargo, Konrad... —susurró con una mezcla de decisión y miedo. Observó su rifle por un segundo y luego se lo entregó a Milena—. Señorita, si esa cosa regresa, dispare. Sabe usarlo ¿Verdad?
— ¿Eh? —Milena rechazó el rifle por inercia, había extendido sus manos, empujando el arma—. Yo no, no, no puedo yo...
— ¡Toma el arma, Milena! —espeté escupiendo sangre, lanzándole una mirada fría que más me dolería a mí que a ella—. ¡Echa a correr, viejo! Antes que ya no sienta el regusto de la cerveza...
Con una imposición férrea, Emmerich dejó el rifle en manos de Milena y comenzó a correr en la misma dirección por la que habíamos venido.
En cuestión de segundos ya había desaparecido entre la maleza, y tras otros pocos más, el crujido de sus pasos se fundió con la serena melodía del bosque en llanto.
Oh Gran Harkrath... asístelo para que vuelva rápido, antes de que realmente no pueda rezarte más...
Centré mis esfuerzos en contener las heridas de Johann.
Había sangre por todos lados, su olor era fuerte, se impregnaba en mis dedos, en mi ropa; incluso atravesaban las machas de carbón que me recordaban mi verdadera labor. Era un maquinista, no un enfermero, y mi lentitud para evaluar heridas era clara. Intenté rasgar parte del uniforme de Johann, improvisando vendas que, con todo el dolor del mundo, forcé en las heridas abiertas.
— ¿No sabes... hacer un, un... torniquete? —Temblorosa, Milena se acercó. Su mirada iba y venía del bosque a nosotros.
— Paleo carbón y abro válvulas —confesé sin mirarla. Johann me miraba, sus pupilas distantes, su boca entreabierta, respirando a trompicones—. ¿Qué los atacó? ¿Qué...? Por los Dioses ¡No para! —grité, apretando una herida mientras el resto no se detenían.
Johann se iba en sangre y no podíamos hacer demasiado.
Taponé cuantas heridas pude, ensordecí mis oídos antes sus llantos desconsolados. Milena también ayudó, pero algo en el bosque le impedía centrarse... Intenté apartar la mirada hacia los árboles. La noche se filtraba entre las sombras, alargándolas con una lentitud impasible.
El ultimo viento cálido azotó con fuerza el bosque.
Las ramas crujieron y los arbustos, de hojas verdes y frutos agrios, comenzaron a moverse contra el viento.
El rostro de Milena palideció. Envolvió de inmediato su mano sobre el cañón del rifle, y con la otra, empuñó el arma con el índice en el gatillo.
Aguardó, temblorosa, pendiente de los susurros del bosque, apuntando hacia los ecos de las hojas. Sus hombros se contorsionaban con cada movimiento y el dobladillo desabotonado de su muñeca —la que sostenía el cañón del rifle—, aleteaba con cada movimiento brusco de izquierda a derecha...
— ¡¿Por qué no ha vuelto?! —se quejó Milena, volteando con los ojos enrojecidos y la piel pálida.
La maleza crujió de repente. Un espasmo golpeó mi corazón cuando lo oí a mi espalda.
Milena retrocedió, Johann vomitó sangre antes de retorcerse bajo un grito ahogado.
El viento se detuvo. El bosque guardó silencio y desde las entrañas de la tierra, una bestia amarronada y herida asomó entre los árboles.
"¡HRUAAAGH!"
Rugió como si exigiera al mundo venganza, parándose en dos patas como un dios de la naturaleza; como esas bestias que habitaban el norte, rezándole a su Diosa en un último acto de cordura.
— Un Uskarld... —balbuceé torpemente, apretando demasiado la herida del pecho de Johann.
Fue un descuido, pero cuando me di cuenta, el grito ahogado en sangre de Johann, se filtró hasta las raíces del bosque.
Apreté su boca en un apuro, me mordió la palma y yo apreté mi boca para no seguir su ejemplo.
Aquella bestia se erguía hasta los tres metros, sus dos patas traseras eran macizas y peludas; mientras que las delanteras, lucían unas garras negras, afiladas y mortales. No pude evitar tragar saliva. Desde el cuello hasta el estómago, mostraba con orgullo una decena de heridas de bala y cortes, la mayoría aun supuraban a través de su pelaje.
Milena retrocedió un paso y un segundo después, la bestia se dejó caer a cuatro patas. Un manto de tierra la envolvió, y sus amarillentas fauces asomaron primero.
Cuántos alces y otros Uskarld habrán sufrido su brutal juicio...
Nos miró como quien ve a tres pajaritos heridos al lado del camino. Una herida abierta —un túnel de carne donde cabría mi dedo— bordeaba uno de sus ojos... Hacía énfasis en el opuesto.
"¡Shk-clack!" Vi a Milena comprobar el cerrojo del arma; había retrocedido otro paso.
— Dispara —siseé, firme, con la mirada divida entre ella y aquella montaña territorial.
— Yo... Dioses, yo. Nos atacó... —dijo antes de recolocarse bruscamente la culata en el hombro.
Alrededor del talón de sus botas, un montículo de tierra se levantaba.
"¡HRUAAAGH!"
Su rugido me congeló. Esta vez no se levantó en dos patas.
«¿Se burla de nosotros...? No podemos huir. Emmerich debe volver; sin ayuda, nuestros huesos serán mondadientes para cuando regrese»
"¡PAF...!"
Parpadeé ante el estallido seco. El hombro de Milena retrocedió, su torso giró y el rifle gritó lo que ninguno se atrevía a decir. Accionó el cerrojo con apuro, un casquillo rebotó en el suelo, y el Uskarld gruñó antes de abalanzarse hacia ella con la fuerza de la naturaleza herida encarnada.
— Mi... culpa... —gimió Johann, su voz ahogada, como un pistón sin vapor.
No me quedé a oírlo, no pude. Corría hacia ella, no me di cuenta hasta que distinguí la fragancia de su acaramelado pelo envolver mi nariz.
— ¡No es momento de echarse las culpas! —rugí al mundo mientras me lanzaba hacia Milena.
El Uskarld avanzó. Empujé a Milena hacia el lado, la vi, me vio.
Cerró los ojos; hice lo mismo.
Sentí el rugido creciente a mi derecha. el aire desgarrado por sus dientes, y su pestilencia remplazar el aroma refinado de Milena mientras me alejaba de ella hasta tocar el suelo.