La primera mañana tras nuestra llegada fue todo lo calma que podía esperar. El bosque exudaba un perfume intenso, resinoso y fresco, tan natural como todo aquello en donde dejaba caer mis ojos. Inhalar aquel aire y llenar mis pulmones era un regalo luego de pasar horas en la cabina encerrado, aspirando cenizas y grasa de las juntas.
Antes del amanecer, una parte de la guardia de la expedición partió hacia el arroyo, acompañados por cartógrafos y botánicos. El resto se quedó alrededor de la 501, ayudando a levantar las primeras carpas e instalaciones básicas; los baños eran prioridad. Por suerte, la mayoría de los vagones de pasajeros contaban con baños básicos.
Suficiente para solventar los apretones matutinos...
No me gustaba la idea de compartir baño con cientos de personas. Saber que donde me sentaba lo habían hecho decenas antes no era mi mayor consuelo. Aun así, no podía ponerme exquisito, mi trabajo había terminado cuando cerré la puerta del fogón y apagué la luz de la cabina.
A partir de allí, yo era un desconocido que comía con el resto para luego verlos trabajar...
— Bonita vista ¿a qué sí? —suspiró Emmerich, acercándose a pie por el costado pedregoso de las vías—. Esas cejas no me gustan, Konrad... ¿Sucede algo? No me digas que ya taparon los baños. Ve al bosque y si preguntan, fue un oso —remató, arreglándose el pelo detrás de sus puntiagudas orejas.
— Fui en la madrugada, mientras todos dormían —siseé, incomodo, antes de chasquear la lengua—. Fue un viaje largo. La tormenta de ayer diluyó mi mente... Extrañamente, me cuesta vivir la calidez de este bosque. Como si Nostrah se hubiera adelantado con sus primeras nevadas.
— Y eso que apenas vamos por la primera semana de Blutmärz, ja —soltó una risa seca antes de golpear mi brazo y recostar su espalda junto a mí contra la carbonera.
Aún falta un mes para la llegada de los verdaderos fríos... pero por qué lo siento en la espalda...
Observé en silencio el bosque junto a Emmerich. No parecía aburrirse, pero sus ojos se movían como si no buscaran nada... como si se detuvieran en detalles que yo era incapaz de discernir.
Intenté lo mismo; apenas pude concentrarme en la resquebrajada corteza de un árbol cuando sentí un nudo en mi garganta... Esperé a que pasara, tragué saliva, parpadeé intentando despejarme, y luego, bajé la mirada hacia el campamento en construcción. Las telas enceradas y lonas eran levantadas, decenas de finas columnas de bronce daban soporte a las tiendas; esqueletos preciosos, resistentes a la corrosión y el tiempo.
En lo que parecía el centro del campamento, enormes ollas eran puestas sobre soportes de acero. Brasas eran empujadas bajo éstas mientras desde arriba, unas pocas personas comenzaban a revolver su interior. Tenues hebras de vapor emanaban y el olor a condimentos siendo picados, llegaba a nosotros con la premisa de una pronta comida caliente.
— No comprendo demasiado... por qué nos trajeron hasta aquí —confesó Emmerich de repente, su tono bajo y áspero, como si hubiese bebido algo que le secó la garganta—. Tengo claro que nos van a pagar; muy bien de hecho —acotó, levantando un dedo.
— A mí igual —compartí, mordiéndome el labio y levantando mis cejas como si así sufriera una revelación necesaria—. Vivo para el trabajo. Veo el paisaje pasar entre estación y estación, y una vez llega el día de pagos, firmo la planilla sin ver los números.
— Una vida... —intentó concluir él. Lo sabía, sabía lo que diría, su mirada caída y la mueca triste que formaron sus labios, confesaron todo.
Monótona y sin color... esa parece ser la vida a la que me reduje... ¿Cómo acabé así...? ¿Qué perdí en el camino, y por qué ahora me lo cuestiono?
Así como su rostro reveló su conclusión, el mío descubrió más de lo que pude ocultar. Emmerich se volteó hacia mí con un semblante serio, sus cejas inclinadas, nariz apretada y labios cuarteados.
— Eres joven, Konrad —afirmó, posando su mano en mi hombro con esa mezcla de firmeza y compasión, una que pesaba más que el silencio
— Me regaló otro dibujo... —confesé sin darme cuenta, mi mente estaba en un sitio y mi corazón en otro—. Hablamos, vino a la cabina antes de salir... fue extraño. Apareció de la nada. Entró como una tormenta, se despojó de, de... —extendí apenas mi mano, intentando tomar su imagen de mi mente.
— Parece terca y decidida como ninguna —asintió él, confirmando mi delirio con una sonrisa paternal—. Creo que le caes bien. En la estación miraba demasiado hacia la cabina...
Volteé a verlo, escudriñando mis ojos hasta casi cerrarlos.
Emmerich sonrió como solo un viejo podría hacer, y de inmediato miró hacia otro lado.
No dijo nada más. Como uno de los tantos milenarios árboles que nos rodeaban, guardó silencio, conteniendo su sonrisa, evitando mirarme mientras yo moría de incertidumbre por dentro.
Quise golpearlo para que hablara... pero no serviría. Al vejestorio se le escapaba la sonrisa, fingía que no me veía, sus ojos permanecían demasiado fijos en una modesta tienda a las orillas del campamento. Un Zû'Jalhar la protegía, y alrededor de esta, un perímetro vacío, roto solo por los arbustos y unas pocas cajas de metal al lado de la entrada.
De no ser por Emmerich, siquiera le habría prestado atención...
— Ve a avisarle que el desayuno estará listo dentro de poco —me pidió, girando su cabeza hacia mí, mostrándome una sonrisa cómplice—. La Señorita trabaja desde temprano en el pueblo, y según escuché, durante el viaje no durmió demasiado.
— ¿Y por qué yo...? —inquirí de inmediato, volviendo mi mirada hacia la cortina de tela que hacía de entrada a aquella tienda—. Soy solo un maquinista ajeno a todos... sería más prudente que fueras tú u otro.
Ir a tocar la puerta de Milena... no era una idea que me entusiasmara demasiado; aunque ella ya había hecho lo mismo en la estación.
Había algo en eso que me incomodaba no quería que me tomara por entrometido, o algo peor. Su mundo parecía ser lo suficientemente pesado como para tener que soportar que alguien como yo se entrometiera.
— ¿Entonces no vas a hacer nada? —murmuró Emmerich, decepcionado. Levantó una ceja y afiló su otro ojo—. No pareces de los que no hacen nada... Vamos, Konrad, es decirle que va a estar la comida, no pedirle una salida a solas al bosque.
— Lo sé, pero... —balbuceé, intentando imponerme a mi inseguridad.
— ¡Pero nada! —espetó, dando un fuerte pisotón que hizo temblar la carbonera a nuestra espalda—. Ve y dile que la comida está, cuéntale un chiste, dile algo del pelo, no sé ¡algo, y luego vuelves!
Sus ojos irradiaban llamas y su voz la fuerza de un gigante del bosque. Me arrebató toda objeción y cuando quise darme cuenta, ya estaba cruzando el campamento, rodeando a los trabajadores.
Las cálidas hojas bajo mis botas crujían junto a las ramitas que nadie había recolectado para el fuego. Pasé inadvertido frente a todos y en menos de un angustioso parpadeo, alcancé la tienda de Milena. Muchos parecían evitarla. Un tenue silencio rodeaba el árbol que custodiaba su lugar de descanso, lo sentía en mi piel erizada, en la sutil fragancia a hierbas y flores que escapaba entre los pliegues de la cortina.
Miré hacia los lados con una mano en mi corazón y la otra apretada en mi espalda.
El bosque era testigo, y los diminutos ojos de los pajaritos que cantaban, ocultaban mis pisadas finales.
Una flor... tengo que presentarme con algo ¿no? ¡Demonios ¿de dónde saco una flor ahora...?! Tiene que haber una alrededor, pero ¿dónde...?
Exploré las inmediaciones como un niño buscando insectos. Di una vuelta, apurado, mi corazón en la boca y mis dedos rígidos como dientes de rastrillo... encontré un arbusto o un árbol de tronco fino y hojas aún verdes. Se escondía a unos pocos metros de la tienda, oculto entre unas rocas. De sus ramas pendían unas flores con forma de copa rojizas con un curioso degradé azulado.
Dudé por un instante.
Eran unas flores muy bonitas...
Tomé un pequeño ramo, no más de seis. Era una pequeña ofrenda. No buscaba grandilocuencias; mi corazón me impulsaba a llevarle más... pero el severo escrutinio de una familia de pájaros moteados me hizo retroceder.
Fue solo un paso, un segundo más de contemplación antes de volver con mi humilde regalo a la tienda. Allí, tomé aire, saqué pecho, y con los hombros encuadrados, avancé con la mano lista para tocar la tela...
— ¡¡¡Que me dejes en paz, Johann!!! —Un estridente grito provino desde el interior de la tienda.
Antes de siquiera atinar a moverme, la cortina de tela voló hacia un lado, revelando su acaramelado cabello revuelto y unos ojos avellana que ardían con furia y desesperación. Quise apartarme, tenderle una mano; entender algo, pero sin haberme prestado atención, me pechó.
Sus ojos cayeron como arpías desesperadas sobre las flores que aún sostenía.
Las arrancó de mí como si fueran mala hierba y las arrojó hacia el interior de la tienda. Las vi volar y sentí como si una parte de mi se perdiera en confusión del momento.
Desaparecieron y, aun así, podía distinguir la dulce fragancia dejada por estas en mis ennegrecidos dedos.
— ¡No me vengas con excusas de mi padre! —bramó ella, acompañando su declaración con una imposición de su dedo índice—. ¡Él no está aquí, así que deja de incordiarme con sus sandeces de viejo...! Estamos a doscientos kilómetros, quizás más del Bastión...
Detrás de Milena, como una sombra, apareció aquel joven de piel dorada y ojos amarillos, vistiendo un uniforme de guardia tan marchito como las hojas que caían de la mayoría de los árboles.
Su bota se hundió en la tierra al cruzar el umbral. No le importó, tenía sus ojos clavados como arpones en la figura desarreglada de quien sabía, era hija y heredera del Barón Sepheline.
— Su señoría me pidió cuidarla —exclamó él con sufrida sumisión. Inclinó la cabeza y avanzó dos pasos antes de detenerse a mi altura—. Son pedidos del Barón, no puedo renegar de ellos, aunque usted me lo pida.
— ¡Te dije que no me trates de "usted"! —advirtió ella, exaltada, levantando con más fuerza su dedo—. ¡¿Es que acaso nadie aquí me ve como otra cosa?! ¡Soy Milena antes que "Señorita Sepheline"!
Intentó alejarse, y cuando Johann lo vio, se adelantó a ella, extendiendo su mano para detenerla. Avanzó frente a mí como un animal de caza, abalanzándose con la timidez de un niño herido, disfrazada de obediencia.
Milena se resistió. Levantó su puño, abrió sus ojos, tanto que creí ver su alma en llamas a través de ellos.
Johann estaba de espaldas a mí, no lo vi bien, pero no iba a golpearla. Su otra mano se extendía hacia atrás, como si sostuviera una cuerda para no caer ambos. Pero Milena, firme y con el aura de un dragón mayor, no reparó en aquello.
Soltó un último grito que despertó al bosque y, sin contenerse, lanzó su golpe a la cara del joven.
Como ella, no pude quedarme quieto.
Avancé hacia ellos y, con miedo, estiré mi mano hacia ella, logrando por un instante, ver mi frenética silueta reflejada en sus ojos. Sus pupilas se dilataron y contrajeron en un segundo, como si dudaran entre huir o atacarme también.
— ¡NO LA TOQUES, JOHANN! —rugí con mi alma desnuda, atrapando la mano de Milena frente a la mejilla del joven.
Sus delicados nudillos se clavaron dolorosamente en mi palma; mis ennegrecidos callos apenas amortiguaron el dolor, y la fuerza del golpe empujó mis nudillos contra la cara de Johann.
Lo golpeé de rebote, haciéndolo retroceder antes de que se agarrara la cara.
Milena volvió a abrir sus ojos.
Respiraba agitada, su puño temblando en mi mano, intentando soltarse mientras parecía no distinguirme del todo. Me diseccionó de pies a cabeza, sus ojos subiendo lentamente por mi silueta hasta que nuestros ojos se cruzaron.
¡¡¡Con un demonio ¿qué acabo de hacer?!!! ¡¿Por qué me metí?!
Solté su puño. Estaba sucio, mis dedos marcados sobre su dorso.
Recé no haberle hecho daño. No habría piedra donde esconderme si así lo hubiese hecho.
— Milena... yo... —titubeé, mi voz presa de la inseguridad de mis acciones. Mis ojos la recorrían de arriba abajo—. ¿Estás... estás bien?
Mis palabras no parecieron calmarla.
Retrocedió, apretando su pecho con su mano limpia, dejando la otra colgar libre.
Sentí los lamentos de Johann a mi espalda. Lo vi de reojo. Se apretaba la boca mientras se tambaleaba, aturdido por todo.
No reaccionó mal como muchos lo hubieran hecho, en cambio, se hizo a un lado y se alejó rumbo al centro del campamento.
Demasiados curiosos se asomaron entre las tiendas, algunos directamente se giraron en nuestra dirección. El espanto y sorpresa ante la situación me hicieron querer desaparecer; me quedé, no podía irme muy lejos tampoco. Emmerich nos observaba desde la distancia, sosteniendo su cabeza con una mano en un gesto que apenas logré interpretar como confusión y burla.
Era decirle que se veía bonita y entregarle una flor... ¡No esto por el amor a los Dioses!
— ¿Qué...? —Milena se relamió los labios, parpadeando y tragando saliva. Apenas lograba respirar con calma—. ¿Por qué, tú?
— El desayuno... está listo... —respondí, incapaz de decir otra cosa—. Emmerich, él... me avisó para que bueno, decírtelo. Yo no, ya sabes, esto —Movía mis manos frente a mí, intentando armar el rompecabezas con mis frases sueltas—. Johann se abalanzó y yo, bueno, es un arte, dicen, y yo, y bueno, esto no era... no era mi idea.
— ¿Estás sudando? —comentó ella mientras yo me debatía qué demonios estaba diciendo.
— ¡¿Qué yo qué?! —reaccioné, poniendo mi grito al cielo. Me pasé el dorso de la mano por la frente—. ¿Estoy sudando? No estoy sudando ¿Así lo parece? Demonios, se me va a pegar el hollín a la piel.
— Ahora tienes la frente negra —agregó en burla, señalando por encima de mis ojos—. En serio, tienes que lavarte las manos... —bufó mientras se cruzaba de brazos.
Por un instante, todo pareció entrar en un limbo. La adrenalina del momento se diluyó entre nuestras respiraciones aun agitadas, y el enojo que parecía haberla cegado, lentamente se convirtió en resignación.
Abrí y cerré mi mano, la misma con la que había detenido su puño. La molestia había desaparecido, pero el recuerdo de su piel tocando la mía no se había ido del todo. Permanecía en mi palma como una calidez que se extendió lentamente por mi brazo hasta alcanzar mi pecho.
No pude evitar sonreír para mí mientras el bosque digería los ecos de violencia entre las ramas y hojas.
Milena tardó un minuto en recomponerse. Sus mejillas aún permanecían enrojecidas y sus mechones caramelo fluyendo con el viento.
Resopló como si todo el vapor de su alma aún necesitara desfogarse.
Emmerich tenía razón: Milena tiene carácter... iba a pegarle a Johann
Aquello solo la hacía más... atractiva. No quería propasarme con ella. Sus nudillos eran de temer, aunque Johann pareció no reaccionar a ellos, siquiera cuando lo golpeé.
Tal vez lo esperaba... tal vez no. Pero no lo esquivó.
Igualmente, la tormenta parecía haber pasado. Como la de la noche anterior.
No sentía que habría una paz plena, pero ese diminuto momento de silencio y presencia, llenaba el vacío de mi corazón como pocas cosas habían hecho en toda mi vida.
— ¿La comida está lista entonces? —preguntó Milena, levantando su irritada mirada hacia mí. Se rascó el cabello antes de mostrar una placentera mueca—. Las tonterías de Johann y mi padre me han quitado el apetito ¿Vas a comer, Konrad?
— No lo sé —respondí, encogiéndome de hombros—. Tengo que seguir revisando a la 501. El viaje fue extenso y el mantenimiento debe serlo aún más ¿Tienes alguna labor hoy?
Milena levantó bruscamente las cejas y se mordió el labio antes de asentir para sí.
— Recibir los informes de los botánicos y cartógrafos —nombró mientras levantaba un dedo de la mano—, gestionar la construcción básica de los barracones, catalogar materiales... Más sencillo es tirarme al arroyo y que la corriente me lleve lejos...
— Terminarías muy al sur —pensé en voz alta, visualizando el mapa de vías en mi mente—. En cambio, si caminas arroyo arriba... encontraras pueblos antes de llegar a la Muralla de Dranschild.
— La cruzaría a pie con tal de librarme de este yugo —confesó entre gruñidos, volviendo su vista hacia la dirección de arroyo—. Esas tierras más allá de las montañas... serían mejor lugar para mí que Waldstille.
Las Regiones del Norte...
Esas tierras no son lugar para una flor tan bella como tú... Quizas las Islas Eienyū al sur de la capital. ¿Pero la Federación...? Es tierra de bestias y traidores. Al menos eso dijeron ustedes, Padre, Madre...
— Es un largo trayecto... —murmuré, extrañamente cansado. Resoplé y luego me detuve a observarla. Esta vez estábamos cerca, su respiración pausada susurrando en mi oído.
Un silencio largo y lleno de contemplación fue su respuesta. Sus ojos parecían perdidos en la inmensidad del bosque, observando cada detalle en él.
Donde para mí había árboles y arbustos, para ella debía haber una milenaria pintura que cambiaba cada segundo. El batir de las copas, las hojas cayendo con una lentitud asfixiante. Había colores cálidos, tonos que se fundían entre el anaranjado y el amarillo, el pasto verdoso, intenso como la mirada que Milena le dedicaba a todo.
Parpadeó una vez. Luego otra, sus largas pestañas ocultando aquellos hermosos ojos avellana.
No sabía por qué, pero luego de todo lo sucedido, mi corazón seguía latiendo a destiempo.
Quizás era ella... su presencia, que mantenía preso mi pecho. No parecía querer jugar con él; conmigo. Milena era ajena al campamento, y yo solo un forastero cruzando el bosque que ella pintaba con su presencia.
Sonreí, sonreí como un tonto embelesado.
Me vio sonreír. Una risa tímida escapó de sus labios antes de mirar hacia otro lado.
Siguió contemplando el bosque mientras me daba la espalda. Desató su cabello y cada hebra caramelo fluyó con el viento como si fuera a desvanecerse frente a mí. Largo y ondulado, cubría más allá de su espalda baja...
Cubre demasiado... y el viento no pone de su parte...
Mordí mi labio antes de hacer lo mismo que ella y mirar en otra dirección.
— ¿Tiraste el otro dibujo? —preguntó ella. Ambos de espaldas y, sin embargo, sentía su voz juguetona en mi oreja.
— Lo colgué a lado de la ventanilla —afirmé sin miedo. Ella quería quemarlo; yo conservarlo junto a mí—. Así cada vez que sea de noche, podré contemplar dos cuadros de un mismo mundo.
— ¡Pffff...! —Soltó una carcajada seca antes de moderarse golpeándose ruidosamente el pecho—. No dibujo tan bien. Para eso te di el otro.
— Ahora tengo dos cuadros entonces... —bromeé, volviendo mi cabeza hacia las vías más allá del campamento.
Allí estaba la 501, dormida bajo la sombra de los Zû'Jalhar. El sol apenas acariciaba su caldera, y el numero blanco en la colosal carbonera se teñía de amarillo. La montaña de carbón que siempre sobresalía por encima del vagón había desaparecido.
Con el estómago lleno, cualquiera duerme hasta tarde...
— Destinada a tanto... —El ondulado cabello de Milena rompió mi concentración desde mi derecha. Bajé la mirada a ella. Se había detenido a mi lado—. Relegada a tan poco...
— Creadas para llevar la gloria del Imperio más allá de la Muralla de Dranschild —dije, sobrepasado por aquel hecho—. Un propósito enorme. Uno que solo las hermanas de la 501 pueden cargar, y que quizás —me mordí la lengua—. Es fuerte, demasiado. No importa cuanta carga, cuanto le tires... ella sigue empujando.
— Quizas el mundo, los Dioses... nuestros padres —continuó ella con un tono apagado, tanto que sentí mi pecho estrujar mi corazón—, nos orillan a esto. La cuidas: el mantenimiento, el carbón... la mantienes viva, Konrad...
¿La mantengo viva? No creo... no sé... no quiero pensarlo
Guardé silencio. Milena me acompañó en el mutismo, contemplando algo que el mundo intentó olvidar, y que ahora parecía sostenerse solo por la voluntad testaruda de alguien al que el silencio le aterraba.
— Quien... —Intenté mirarla, aunque esta vez, mis ojos pesaran tanto como los troncos y vagones que la 501 tiraba en cada viaje—. ¿Quién te cuida a ti?
— ¿Y quién te cuida a ti, Konrad? —respondió ella, esquivando mi pregunta con una sonrisa demasiado lúcida.