Caí con un brazo protegiendo mi cabeza y el otro mi pecho.
La maleza rota me recibió con un abrazo espinoso, y el Uskarld, aturdido por mi último movimiento, atinó a detenerse entre medio de Milena y yo. Johann no pareció cautivar su atención.
Aquello me devolvió un atisbo de paz, pero cuando pensé la razón, temí lo peor para él.
"¡PAF...!"
Otro estruendo, seguido de un eco que reverberó en la distancia.
La bestia se tambaleó entre gruñidos y su atención se centró de inmediato en Milena. La vi tirar del cerrojo, sus dedos ennegrecidos por la pólvora barata mientras revelaba una dolorosa mueca.
Me levanté con el corazón en la boca y la mano extendida hacia la escopeta junto a Johann.
"¡HRUAAAGH!"
El Uskarld no se tambaleó, en cambio, pareció enfurecerse más. Sus patas traseras se enterraron en el suelo, arrancando pedazos de tierra con pasto y hojas secas. Levantó la cabeza, sus fauces abiertas, Milena gritando...
— ¡¡¡AAAAGGGggggghhhh!!! —mi voz escapó en un rugido grave desde mi pecho. Me lancé al suelo y desesperado, tomé el arma.
Los ojos de Johann resplandecieron con un efímero brillo antes de toser más sangre y jadear.
Levanté el arma con las dos manos y sin pensarlo:
"¡PLAAA...!"
El fogonazo iluminó el bosque. La penumbra se diluyó y el miedo que consumía mi corazón desapareció por un instante.
Resistí la patada del arma, mis muñecas rígidas, insensibles a la imperiosa demanda de la escopeta. En cambio, la bestia, sufrió el castigo desde la espalda. El posterior de su pierna derecha se llenó de sangre antes de que la pólvora llegara a mi nariz. Y cuando lo hizo, la cabeza del Uskarld mordió la tierra antes de rodar unos metros hasta parar contra las raíces de los árboles.
El zumbido en mis oídos no me dejó oír otra cosa que mi propia respiración.
Milena se alejó, estaba ilesa...
Los gruñidos del Uskarld se filtraban entre el eco de nuestros disparos y su pelaje ensangrentado, se mecía con violencia mientras intentaba levantarse.
A pesar de los disparos, seguía luchando.
Empujé la bisagra de la escopeta hacia abajo y retiré el cartucho quemado. El hedor a pólvora quemada no hizo menos llevadera la situación. Había sangre allí donde viera. Los gemidos de la bestia, de Johann... el llanto silencioso de Milena. Ella aún sostenía el rifle contra sí, pero su mirada permanecía distante.
Esta vez me acerqué. Sus ojos reaccionaron a mi presencia, rehuyendo como animalitos miedosos. Cuadró los hombros, envolvió sus dedos alrededor del cañón e intentó lucir firme, realmente se esforzó, aunque sus labios temblorosos la delataron.
"¡Hruaaagh...! ¡Hruaaagh...!"
Sin poder terminar de levantarse, el Uskarld seguía gruñendo, lo hacía más bajo; apagado, moribundo. Muy en el fondo sentí pena. Los Uskarld no eran agresivos sin razón, eran territoriales, demasiado. A veces se acercaban a las vías, nos amenazaban a mí y a la 501. Desde la cabina se veían patéticos, pero a tan poca distancia...
Tragué saliva y me volví hacia Milena.
— ¿Estás herida? —Me sentí como un tonto al preguntar tal cosa; no sabía qué más preguntar.
— No... —negó con un tono nasal.
Le ofrecí una sonrisa, aunque en el fondo supiera que, bajo aquel dolido semblante, una tormenta azotaba sus cimientos.
Me dolió verme impotente, no poder ofrecerle el calor que tal vez necesitaba. Quizas era el momento, la situación, mi propia debilidad... no lo supe. Sin embargo, me atreví a extender mi mano a su mentón, levantándolo delicadamente para poder verla a los ojos.
Tomé los mechones de pelo húmedo que se habían pegado a sus mejillas, y los corrí detrás de sus orejas. Apenas reaccionó, suficiente para devolverme la sonrisa y estirar su mano a mi cuello, donde la herida había dejado de sangrar.
Pasó sus dedos por mi piel.
Aquello erizó mi espalda, produciéndome un extraño cosquilleo que se extendió desde mi pecho hasta mi estómago... incluso más abajo. Una desesperación que creció conforme sus ojos me recorrían, y los míos, se perdían en ella.
"¡Hruaaagh...!"
Aquel llanto moribundo rompió la frágil estabilidad del momento. Milena se retiró con la mano a la altura de su pecho, y yo, la vi alejarse con una expresión dolida.
Resoplé y me di la vuelta. Fuera de su vista me mordí el labio. Quería que aquel momento hubiera durado más.
Solo unos segundos, aunque sea... pero no se pudo ¿verdad?
Johann permanecía quieto junto al árbol. Apenas se movía. Con la noche consumiendo los últimos resquicios de atardecer, él parecía ser una sombra más.
A la distancia, oía gritos, ordenes estridentes que se robaban parte de mi atención. Distinguí luces amarillentas acercándose entre los árboles. Si los Dioses aguardaban a nuestro lado, llegarían a tiempo.
Aún había esperanza y por eso no solté la escopeta. Apuntándola hacia el lomo del Uskarld, me acerqué por su costado. Era imponente a pesar de sus heridas; se podría alimentar al campamento por cerca de una semana si no se desperdiciaba demasiado. La tarea más difícil sería moverlo, un carro y decenas de hombres serían necesarios, había bastantes enanos en el campamento, seguro ellos podrían llevárselo.
— Luchaste con valentía —reconocí en voz baja, apuntándole sin bajar la guardia—. Quizas si no hubiéramos llegado, seguirías vivo. Que Zartheos te reciba y bendiga a su lado...
Levanté el cañón sobre su cabeza. No pudo devolverme la mirada, aun así, intentó moverse, alcanzarme con sus garras, pero no pudo. Impotente, gruñó antes de dejarse caer por fin.
Parecía una gran roca sobresaliendo de las entrañas de la tierra.
"¡PLAAA...!"
Con un último destello de luz, la noche cayó para todos...