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Un Fogón Mal Atizado

Cada Nueve Días · por Tália The Crimson Wolf · 18 de julio de 2026

Si hubo vuelta al campamento, no la noté.

El dedo me pesaba, y la escopeta aún permanecía con el cartucho vacío en la recámara. No me atreví a retirarlo; recién me di cuenta cuando desperté en la enfermería. Emmerich me había ayudado a volver. Dijo que colapsé antes de que la ayuda llegara.

Aquello me hizo sentir impotente y no supe por qué.

— Había sangre por todos lados... —dijo con un tono sombrío.

— ¿Cómo está ella? —respondí, mientras la veterana enfermera limpiaba la herida de mi cuello.

Aquella mujer parecía amable, no temblaba el pulso a la hora de desinfectar heridas, sus huesudos dedos se movían con una mezcla de habilidad fría y cansancio...

Emmerich me miró fijamente. En sus ojos había más que juicio, lo distinguía incluso sin que me dijera nada. Aguardó a que la enfermera se retirara a revisar a Johann en el diminuto cuarto contiguo. Nadie había podido entrar allí. La puerta yacía resguardada por un guardia, quizás amigo de Johann.

— Está en su tienda —murmuró Emmerich, tomando una botella de alcohol de un estante, revisándolo minuciosamente—. Dio orden expresa de que nadie la molestara. Una de las cocineras se animó a dejarle comida y agua. Está bien...

— No lo está... —suspiré, poniéndome de pie con un gruñido.

Él solo se dignó en arquear las cejas y asentir en silencio, devolviendo el alcohol a su lugar.

— El propósito de la expedición se dejará de lado durante estos días —afirmó él antes de suspirar y rascarse el pelo—. Se armará un perímetro alrededor del campamento. No quieren otro incidente.

— ¿Qué pasará luego? —me atreví a preguntar, observando de reojo la puerta custodiada por el guardia.

Vi que Emmerich volvió a arquear las cejas, esta vez mostrando una sonrisa más rígida, incluso distante. Lo dejé cabecear en silencio, cruzando sus brazos a la luz cálida de las lámparas de aceite, un gesto que respondía más que sus palabras.

Alguien volverá al Bastión... Es obvio, no hay suministros médicos suficientes para mantenerlo estable...

Gruñí y el viejo elfo asintió en mi dirección.

— Prepararé las cosas, la 501 tiene sus mañas, pero para el amanecer estará lista —Otro viaje nos esperaba. Ida y vuelta.

— Calma, Konrad, aun es media noche —murmuró con voz ronca antes de recostarse contra la ventana y correr apenas sus cortinas—. Es una noche preciosa para salir a caminar.

— Lo tendré en cuenta —dije antes de enfrentar la puerta—. No sé si... Creo que no te agradecí por las cervezas de hoy. De cualquier forma, gracias.

Una sonrisa cansada fue su respuesta, y un movimiento brusco con su cabeza, me indicó que me fuera de una vez.

Dejé la enfermería atrás.

Las bisagras de la puerta no terminaron de chillar cuando la luz de la noche me cegó. Alrededor, todo era bañado por estela blanca. Siluetas altas se formaban al final del camino a mi derecha, allí donde el tosco camino de tierra y madera encontraba su fin en el bosque. Un cosquilleó me recorrió la espalda cuando el viento sopló con un poco más de fuerza, arrancando las hojas de los árboles.

Cada una de ellas parecía flotar, danzando en el aire sin terminar de tocarse. Era mágico y... triste. Lo sentía tan cercano, como si yo fuera una de aquellas hojas...

Caminé por el campamento en penumbra. Solo algunos guardias y algún rezagado con insomnio se cruzaron en mi camino. La cena había pasado hacía unas horas y, sin embargo, el aroma terroso del pescado aún flotaba en el aire, aferrado a las mesas vacías... una de ellas donde compartí una comida con Milena...

Emmerich dijo que te llevaron comida... No he comido nada, tampoco me ruge el estómago. Qué extraño...

Crucé los pasillos entre las tiendas y barracones hasta dar con la vía. Allí me esperaba pacientemente la 501, serena y callada. Los remaches de su caldera brillaron con la luna, mientras que la brisa cortaba con infinitos silbidos sus salientes.

La cabina —cuando entré— estaba envuelta con un aura gélida y seca. Polvo fino llenaba el aire y la luz que se filtraba por las ventanillas, revelaban motas diminutas allí donde viera.

Apoyé mi mano sobre la frígida caldera y cerré los ojos un instante.

El peso del mundo cayó sobre mis hombros de repente. Mis músculos yacían adormecidos; apenas sentía la yema de mis dedos sobre el metal. En cambio, mi corazón latía dentro de una maraña de dolencias encadenadas.

Intenté quedarme quieto, dejar que mi corazón se tranquilizara.

Ya no estaba más en peligro...

Tranquilo, Konrad, ya está todo bien... estamos en la cabina, la 501 nos cubre. Respira... Uno, dos, tres... Uno, dos...

Mi corazón lentamente se reencontró con mi pulso. La opresión que silenciosamente sentí haría explotar mi pecho, se disolvió con el pasar del tiempo; la incomodidad no desapareció del todo.

Alrededor, todo adoptó un poco más de color, pese a que mi preocupación por Milena no desapareció del todo.

Abrí la puerta del fogón para despejarme, el interior estaba lleno de cenizas y carbón mal quemado. Pisé un delicado pedal junto al de la puerta y, con un crujido reseco, la parrilla interior se abrió mínimamente. Una brisa fría entró desde el fondo y al mismo tiempo, la caja de cenizas se purgó a las vías.

Era un trabajo sucio, siempre lo dejaba para lo último pese a ser bastante importante.

Rasqué las paredes con una barra larga, mi brazo estirado en el interior apenas me permitió limpiar por encima una fracción de las paredes del fogón. Me cansé con el pasar de los minutos, la herida del cuello tiraba, un ardor fino que se extendía hasta mi hombro cada vez que me estiraba intentando llegar unos centímetros más al fondo.

Al final lo dejé.

— Es suficiente —bufé con la garganta reseca del polvo de carbón.

Dejé la barra a un lado y me levanté.

Limpiar el fogón era la primera cosa antes de partir... la primera de muchas...

Observé los manómetros, sus agujas dormidas, sin presión. Verifiqué el resto de la caldera por inercia y, por último, las palancas.

Siquiera sabía bien qué hora era. La luna se perdía entre las copas y su luz se filtraba entre las ramas. Bien podría ser pasada la medianoche, como una hora antes del amanecer. No importaba tanto, las estrellas seguían allí, pintando aquel manto azul oscuro como diminutos copos de nieve...

Hace bastante que no veo nieve... ¿Quizás debería ir más al norte? Un contrato, aunque sea ida y vuelta hasta la Muralla de Dranschild. Me alejaría de Waldstille, de sus bosques cálidos y de... de Milena

Cuando pensé aquello —ese posible viaje— no pude evitar sentirme pesado. Algo en el fondo de mi mente, allí donde se decide cómo y cada cuánto respirar, se entumeció. Dolió, luché contra aquel vacío en mi mente, contuve el nudo en mi garganta.

Era prisionero de mi propia asfixia...

— Oh Gran Solmhar... —recé para mí, apoyando mi frente en la ventanilla—. Necesito claridad para mi alma, hoy... la necesito. No encuentro respuestas claras...

Afuera, el campamento seguía mudo, el bosque igual, y, sin embargo, creí oír pasos provenir de algún lado.

El viento se había detenido. Las copas más altas permanecían rígidas, extasiadas bajo la luz de la luna. Los pasos se mezclaban con el crujido bajo de las hojas secas y con el pasar de los segundos, se hicieron más fuertes. Provenía desde el lateral de la 501.

No me atreví a sacar la cabeza hacia afuera; no hizo falta. Caminando como una con la penumbra, una silueta baja y con el cabello suelto se acercaba con una mano acariciando los vagones y la carbonera.

Miré al cielo estrellado.

No sabía si era obra de Solmhar... o simplemente el mundo haciéndose más pequeño a mi alrededor. Mi corazón pateó en mi pecho y con la energía del golpe, me encuadré de hombros antes de asomarme hacia la puerta de la cabina.

Me paré en la puerta y de inmediato, el crujido de los pasos se detuvo de golpe. Una estela de vaho flotó en el aire, apareciendo desde la esquina inferior de la carbonera.

— Está demasiado oscuro para dar un paseo nocturno —dije con un tono casual, acercándome a la barandilla de la escalera.

— Lo dice el que caminó por el campamento luego de salir de la enfermería —respondió ella con reproche. No continuó avanzando—. Estás herido... ¿Por qué estás trabajando?

Se me escapó una risa seca luego de oírla.

Me mordí el labio y luego me estiré hacia atrás, observando la cabina oscura. No había prendido siquiera el fuego.

— Alguien debe trabajar cuando el resto duerme —solté, apenas conteniendo un suspiro. De inmediato me volví hacia adelante, observando hacia el origen del vaho—. Me dijeron que estabas encerrada en tu tienda... estás... muy lejos de ella.

— ¡Soy la hija del Barón! —exclamó de golpe con una mezcla de ira y desesperación—. ¡Puedo hacer lo que quiera...!

No, no lo eres...

— Acércate de una vez, Milena —resoplé sin cuidado, extendiendo mi mano al vacío—. Hace frio y me duele la cabeza, entremos a la cabina, te vas a enfermar si no.

— No quiero... —Se plantó firme en su declaración trémula.

Mi mano extendida se mantuvo firme en el vacío de la noche.

Tragué saliva y solté parte del aire gastado de mi cuerpo. La 501 se estremeció, un eco distante provino de su caldera, como si aún quedara vapor en sus tuberías.

Bajé un escalón aún con la mano extendida, acercándola a Milena. La vi a mi izquierda. Estaba recostada contra la pared de metal, cabizbaja. Apenas podía ver sus ojos avellana a través de sus largos mechones sueltos, sin embargo, la luz de la luna se filtraba entre ellos, dotando al tono caramelo de su pelo, de un brillo que la hizo destacar como una doncella en un taller.

Su dedo pulgar e índice apretaban el dobladillo estirado de su muñeca, y la tela suelta del pantalón a la altura de sus botas, parecía respirar con el aire que corría a ras de suelo.

Insistí con mi mano y con dos dedos corrí su ondulado cabello hacia el lado, revelando unas mejillas enrojecidas y húmedas. Levanté la mirada al campamento, me mordí la lengua y, viendo que no había nadie más, bajé a su lado.

— Ya todo terminó, Milena... —susurré mientras me acercaba a ella—. No hay bestias ni peligro. Estamos tú y yo, y ésta condenada noche... ¿te acompaño a tu tienda?

Tembló... tembló y negó con la cabeza.

Apretó los labios, y su mirada, forzada y sumamente dolorosa, permaneció fija en el balasto alrededor de las vías, como si en él pudiera encontrar una salida del mundo.

Creí percibir que apartó su hombro cuando me acerqué, pero no se fue.

Aquello me reconfortó.

Sus mejillas seguían rojas, las lágrimas secas habían dejado contornos en su piel. La luna los revelaba; pequeños ríos desde sus ojos hasta la comisura de sus labios.

— ¡Snifff...! —Se rascó la nariz y, en una búsqueda de lucidez sacudió la cabeza—. No, no quiero irme —susurró con la voz rota, aferrándose a mi muñeca—, pero es que...

— Vamos a la cabina —sugerí con un leve gesto de cabeza—. Encenderé el fuego, estaremos más cómodos.

— ¿Eh? —su voz tembló y sus ojos de repente se encontraron con los míos.

Un brillo tenue los envolvió, y con él, su piel recobró un color más vivo.

Subió por cuenta propia y mostrando más timidez que aquella vez en la estación, aguardó a que pasara por su lado antes de adentrarse a la cabina.

Milena rompió a toser apenas puso un pie en el interior. Volteé asustado. Se estaba golpeando el pecho con la mano abierta, lagrimas caían de sus irritados ojos. Rápidamente abrí hasta el tope ambas ventanillas, y la brisa limpia del bosque, entró como una ola, lavando el aire de cenizas antes de expulsarlo al exterior.

La cabina se purgó de toxinas y pronto, Milena volvió a respirar libremente.

Maldita ceniza y carbón... Debí haber abierto las ventanas y la puerta antes de raspar el fogón...

Por suerte, Milena no me guardó resentimiento.

Le indiqué que tomara asiento, mientras tanto, me volví hacia el fogón y abrí la puerta con el pedal. Tenía los brazos entumecidos y los hombros doloridos antes incluso de tomar la pala. Pese a ello, Milena estaba a poco más de un metro de mí, no podía flaquear como un principiante.

Comencé a trabajar. Paladas cortas, precisas. No más de cinco...

— ¿Haces eso siempre...? —Tras echar la tercera palada al fondo, Milena rompió mi trance con un tono suave.

— Tenía un... fogonero... —dije entre jadeos, agachándome frente al profundo fogón—. ¿Te molesto si... te pido la lampara a tus pies? No veo nada.

— Creo tener recuerdos de un hombre de pelo encanado y sonriente... —asintió con los ojos entrecerrados, antes de estirar su brazo y pasarme la lampara oxidada—. Chilla demasiado, deberías aceitarla mejor...

Asentí con una media sonrisa, para luego, resoplar por la nariz. Milena no reparó en aquello, simplemente se apretó el tabique, descongestionándose lo justo antes de estornudar.

Me pareció tierno por algún motivo.

Espero que no me haya visto sonreír... seguro pensaría que me burlo de ella

Esperé unos segundos y encendí la lampara de aceite para verificar el carbón en el fogón... Una cama mal tendida de carbón se extendía sin nivelar. Introduje el brazo hacia el interior del túnel y, respirando la densa ceniza del interior, alumbré allí donde el carbón se había acumulado de mala manera.

— No fueron mis mejores paladas, lo admito —Hice una mueca antes de volverme hacia Milena con mi cara tiznada—. ¿Quieres ver un truco de magia?

— ¡AAachis! —Estornudó, cubriéndose con un movimiento elegante, pero sin rechazarme del todo.

Tomé un trapo viejo. El fragmento de mi nombre mal cocido en la tela gris delataba su origen: mi antigua camisa de trabajo. La embadurné en aceite. Mi mano apestó de inmediato, era un olor denso, entre grasoso y acido, que penetraba mi nariz, induciéndome arcadas si lo respiraba demasiado tiempo.

Extrañamente, Milena pudo respirar sin dificultad luego de olerlo por accidente.

Aquel trapo ardió a una velocidad alarmante apenas lo rocé con la llama del encendedor. No esperé a quemarme; lo lancé al interior del fogón, y rápidamente, dejé entrar aire por la caja de cenizas. El fuego del trapo se extendió lentamente sobre la fina capa de carbón sin demasiada dificultad...

Y ahora... la espera. El ritual lento para despertar a los colosos de acero y vapor que mueven nuestro mundo.

— Ponte cómoda, Milena —bufé, con un brazo por sobre mi pecho—, a la 501 le cuesta madrugar. En dos horas podremos movernos, incluso antes.

Dado las necesidades del viaje, no necesitaríamos demasiada presión de vapor. Igualmente era un desperdicio. Quemaríamos toneladas de carbón solo para llevar uno o dos vagones...

«Definitivamente la 501 no fue construida para tan poco...»

— ¿Esperas que sea un viaje rápido, Konrad...? —Los ojos de Milena permanecían fijos en el fogón a mi espalda, reflejando los primeros chisporroteos que darían vida a la caldera.

— Si todo sigue igual... —dije, dubitativo, antes de detenerme.

Chasqueé la lengua y por un segundo me quedé en silencio.

Afuera de la cabina, más allá del delgado cristal por donde entraban aquellos hilos de luz blanca, el mundo parecía no ocultar ninguna trampa. El silencio del bosque se oía como un arrepentimiento sincero a lo sucedido con el Uskarld.

Si habría nubes cuando el sol saliera, no lo sabía, pero algo en mi pecho, o tal vez en el fondo de mi mente, quería creer que al menos el siguiente viaje, nos sería leve a todos.

Me acerqué a Milena por su lado y luego me recosté contra la pared a su espalda. La ventanilla a mi derecha me permitía seguir viendo el bosque y el campamento, mientras que, de reojo, apreciaba cómo Milena se peinaba a tirones su ondulado cabello caramelo.

— Johann está bastante estable según el personal de enfermería —afirmé con la mirada fija en la tosca enfermería cerca del centro del campamento—. ¡Aghhh! —Extrañamente los puntos en mi cuello tiraron como si tiraran de ellos con tenazas.

Milena saltó consternada de su asiento al oírme quejar. Sus ojos fueron directos a mi cuello y su labio inferior tembló apenas dejé de presionarme con la mano. Intentó extender su mano, pero cuando sus ojos buscaron mi permiso, y los míos lo concedieron, dudó. Sus dedos pendieron en el aire como ramitas temblorosas.

Tragué saliva y escondí mi corazón tras un telón de vergüenza.

De repente, cuando creí que ninguno se animaría a nada —que moriríamos en la indecisión infinita—, sentí el calor de sus yemas en mi nuez. Fue extraño, placentero... cálido, muy cálido. Envuelto por aquella caricia, levanté un poco más el mentón y volví a tragar saliva. Sus dedos, el índice y el medio, me hicieron cosquillas al deslizarse por mi piel seca, y lentamente se desviaron desde mi maxilar hasta el contorno de la herida.

Solté una mueca, el ardor se mezcló con el ligero cosquillo.

— ¡Ja...! —Oí su risa. Fue hermoso.

Sus caricias desencadenaron cosquilleos a lo largo de mi espalda, extendiéndose hasta mis caderas. Mi estómago se contrajo y mi corazón saltó, como si de repente, avanzara a ciegas por una vía sin durmientes.

Bajé mis manos por su torso. Despacio, cuidando que ella no se desvaneciera tras cada uno de mis aletargados parpadeos. Mis dedos apretaron con suavidad su ropa y con una lentitud hipnótica, sus labios se curvaron en una picara sonrisa que avivó mi fuego. La dejé seguir el contorno de mi cuello hasta mi hombro, y allí se aferró con su mano, clavando sus uñas, pidiéndome que bajara hasta ella.

Lo hice...

Afuera hay un mundo inmenso, Milena... pero el único que quiero conocer es el tuyo...

Quedamos frente a frente, nuestra piel apenas iluminada por el creciente fuego del fogón, y nuestras respiraciones, mezclándose como una sola, cada milímetro más cerca.

Respiré su aire, su perfume natural —como si el bosque mismo le hubiera cedido una parte de él a ella— y avancé en busca de sus labios. La tomé de la cintura y con un movimiento algo brusco, la acerqué a mí. Milena avanzó conmigo y cuando fuimos a compartir nuestra alma con el otro, la vi...

Una lagrima diminuta, tan pequeña que, cuando cruzó su enrojecida mejilla, solo quedó un rastro húmedo del grosor de una aguja.

Cerró sus ojos y con un gesto infantil, curvó sus labios en busca de los míos.

Me detuve. Clavé los frenos como nunca lo hice con la 501. Porque sabía que, si seguía, no habría marcha atrás.

No... no puedo... sería injusto...

— ¿Qué pasa...? —me cuestionó con tono dolido—. ¿Por qué... Konrad?

— No puedo —afirmé con mi último atisbo de aire, antes de alejarme pese al dolor que consumía mi cuerpo—. No está bien que te haga esto.

Su expresión cálida se desgarró frente a mis ojos. Lo que antes parecían ojos llenos de vida, ahora se oscurecían con la sombra del rechazo.

No quería aquello. No quería rechazarla así, ella no se lo merecía, pero desde su dolor no podía saciar mi ansia de calor. Milena era preciosa, fuerte, decidida... calmada y hábil para muchas cosas, y sabrían los Dioses qué cosas más que me faltarían conocer. Sin embargo, no podía traicionarla así.

«Sería como muchos otros si te hiciera eso ahora»

— Créeme que quiero hacerlo —confesé con los dientes apretados y los ojos bien abiertos—. Pero tomar tus labios, tu cuerpo... —Me mordí la lengua—. Te aprisionaría sabiendo que tu alma llora. No lo resistiría, no me atrevería a volver a Waldstille sabiendo que te robe en un momento de confusión...

Ella simplemente asintió.

No luchó.

No me contradijo. Solamente asintió.

Lagrimas comenzaron a brotar de sus preciosos ojos avellana, y cuando creí que aquella ejecución terminaría en un llanto mudo, oí su corazón romperse. La 501 lloró también. El metal de la caldera se dilató, y los crujidos, como gemidos dolorosos del acero, alcanzaron mi corazón mientras el fuego del fogón reverberaba. Un incendio que se desbordaba y lo único que podía hacer, era cerrar la puerta para que no escapara a la cabina.

Milena se encogió frente a mí. Cayó de rodillas sin que pudiera hacer nada.

No me atreví a ofrecerle mi mano. No me sentía digno.

Me arrepentía, pero al mismo tiempo, no sabía que tanto de aquello era verdad. Realmente no quería aprovecharme de ella.

Esperaba que lo entendiera, que no era su culpa, sino mía por ver cosas que tal vez no existían, cosas que desde la cabina de un tren podían ser un tronco; cuando a pie, podía ser solo una simple astilla.

— Es mi culpa... —sollozó ella, cubriéndose el rostro con las manos—. ¡Es mi culpa! ¡Todo es mi culpa...!

— ¡Milena, espera! —intenté detenerla. Me agaché frente a ella, la tomé de las manos—. ¡Milena, no es tu culpa!

Tomé sus muñecas y sin querer hacerle daño, intenté que no se cubriera la cara, pero simplemente, recibí lo que merecía.

— ¡NO ME TOQUES! —exclamó ella a todo pulmón, lanzándose hacia mí por sorpresa.

La atrapé contra mi pecho, pero su cabeza me golpeó el esternón con la fuerza de un minotauro embistiendo.

Perdí el aire al instante y el dolor subió por mi cuello. Me ahogué despierto. Aun así, no la solté. La abracé con toda mi fuerza mientras ella se revolvía contra mi pecho, golpeando y pateando como un animal asustado.

— ¡Johann casi muere por mi culpa! —afirmó entre lágrimas, incapaz de dejar de luchar contra mi agarre—. ¡Te disparé, Konrad y aun así tú...! Pensé que también te perdía y yo, yo, yo no...

Crucé mis brazos por su espalda arqueada, la envolví entre mi pecho y pese a todo, recosté mi mentón sobre su cabeza, conteniéndola.

— Todo está bien, Milena... —intenté susurrarle al oído—. Estamos vivos. Estoy vivo, no morí, Johann tampoco, hiciste lo que pudiste, Milena ¡Y lo lograste...! Tomaste el arma y disparaste contra el Uskarld...

— ¡¿Y eso qué?! —espetó ella, cabeceando mi pecho.

Su nuca golpeó súbitamente mi mentón. Sentí el impacto recorrer mi mandíbula y nariz hasta mi cerebro. Mi agarre se volvió más débil por un segundo y fue ahí cuando ella se escapó de mis brazos.

Se levantó por inercia y cuando intenté atraparla, ya había atravesado la puerta.

La frígida brisa me abofeteó como el ultimo designio de Milena. Caí de cara al suelo, observando el recuerdo de su último instante frente a mí, desvanecerse lentamente en el umbral de la puerta. Cuando levanté la mano para atrapar mi recuerdo, ya era demasiado tarde.

Recosté mi cabeza contra el suelo lleno de fina ceniza negra. Ya no me importaba ensuciarme la cara...

¿Qué más mal puedo quedar de lo que ya estoy...?

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