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Dejar Fluir

Cada Nueve Días · por Tália The Crimson Wolf · 18 de julio de 2026

Johann era llevado en camilla por cuatro hombres. Ninguno se atrevía a mirarse entre sí. Alrededor de ellos y avanzando con un semblante distinguido, la enfermera los seguía a poca distancia.

La 501 yacía lista. Los Zû'Jalhar la saludaban con sus frondosas copas, meciéndolas como melenas al viento mientras sostenían la incertidumbre de un mundo que, tras la madrugada, parecía más sombrío.

El campamento parecía evitar mencionar la ausencia de Milena. Su tienda aparentaba estar vacía. Emmerich mencionó tras los primeros rayos del sol, que un guardia creyó verla alejarse a pie hacia el bosque... sin embargo, una de las cocineras mencionó verla cerca del rio, mojándose los pies en la orilla durante las preparaciones del desayuno.

Ellos dos no eran los únicos que decían haberla visto.

— ¿Acaso no la has visto también, 501? —bufé con la frente sudorosa, cerrando bruscamente la puerta del fogón.

Quisquillosa como siempre, la 501 hizo extrañas gárgaras de vapor, alterando así los manómetros de la caldera. Saltaron entre picos sostenidos.

— ¡Sí, entiendo la indirecta! —dije, chasqueando la lengua antes de abrir una de las líneas de purga y sentir como el vapor desfogaba desde debajo de la caldera—. ¡No te pongas quisquillosa tampoco, que hoy nos espera un largo viaje ...!

Cerré las válvulas de purga antes de que la 501 volviera a quejarse.

Esperé sentado en la cabina a que terminaran de cargar todo lo que llevaríamos de vuelta a Waldstille. En total regresaríamos con seis vagones y a la vuelta... extrañamente pensar en volver me resultaba lejano...

No sabía cómo me mostraría ante Milena cuando la volviera a ver.

Estuvimos a nada de... ¡Dioses...!

Solo pensar en el calor de sus dedos recorriendo mi cuello, aceleraba mi corazón. La sangre fluyó libre. Me crucé de piernas, incomodo, deseando desaparecer, que nadie se acordara de mí. Incluso huir con la 501.

Milena se había acercado a mí y yo simplemente la había rechazado.

A pesar de sentir mis arrepentimientos como agujas atravesando mi pecho, seguía firme en mi razón. Tomarla en ese estado no hubiera sido lo correcto.

Aunque haberte abrazado antes, quizás eso hubiera sido prudente...

— No lo sé, 501... —confesé, recostado contra mi asiento.

El pasar de los minutos no ayudó a diluir la incertidumbre que me carcomía; solo acrecentó mis peores miedos...

La hora de partir llegó.

Había estado distraído, Emmerich vino en persona a decirme que podíamos partir.

— ¿No vienes? —me atreví a preguntar antes de que él abandonara la cabina.

— No puedo —Negó primero con la cabeza antes de volver sus ojos hacia mí—. Aprovecharemos que partes hacia el Bastión para reorganizar el inventario y duplicar los esfuerzos de construcción. Llegó un telegrama del Barón...

— Apuesto a que a él le llegó uno desde el sur... —siseé, irónico—. Me siento afortunado de que me paguen por transportar cosas y no responder a una cadena de mando.

— Prefiero eso a tener hollín hasta en donde no alcanza el sol —respondió, jocoso, antes de darse la vuelta, no sin antes detenerse un segundo en el umbral—. Lo que haya pasado con ella, Konrad... no te preocupes. La Señorita es fuerte en más de un sentido...

Tras decir eso, bajó del tren. De inmediato coordinó al resto de estibadores y personal para alejarse de las vías.

Si existía una línea entre sus consejos y el trabajo, me era muy difusa de distinguir.

Mientras hacía las ultimas comprobaciones, reparé en que Emmerich ya se había alejado junto al resto de trabajadores.

Chasqueé la lengua y me mordí el labio.

No hubo despedida...

"¡Psssssss... Chufff!"

Sin esfuerzo, la 501 avanzó los primeros metros sobre las vías.

Cerré un poco el corte de vapor y purgué por última vez las tuberías. Una densa nube de vapor nos envolvió. Su calor apenas me reconfortante. El aliento de Milena aún cosquilleaba en mi cuello, trayendo consigo el recuerdo de sus labios.

Estiré mi mano hacia la cadena del silbato y con todas mis fuerzas, tiré de ella hasta saciarme... El silbido fue estridente, negó cualquier pensamiento, reemplazándolo por un pitido que urgía más que cualquier idea. Pese al dolor, funcionó, y cuando la nube de vapor se condensó en una especie de rocío sobre el bosque, el puente que cruzaba el Eisflüsschen apareció más adelante.

Se movía turbulento, arrastrando barro y restos de árboles rio abajo.

Reduje la velocidad. Las zapatas silbaron y la 501 amainó su avance, como el viento luego de una tormenta. Estiré la cabeza por la ventanilla.

Las vías se elevaban cien metros más adelante.

Embotado por el traqueteo, mis ojos se perdieron en las orillas cada vez más cercanas del rio. En la calidez de las hojas que caían no encontré calma, sino pequeños detalles de Milena: En los troncos el color de su ropa, en las hojas su acaramelado cabello, y en los susurros del viento... el eco de su respiración agitada.

Aquello dejó un nudo imposible de deshacer en mi garganta...

Fluyendo entre los siseos del vapor y la melancolía, la 501 cruzó el puente, y yo, yo me alejé de ella una vez más.

En la otra orilla nada cambió. Seguimos avanzando con los Zû'Jalhar como guardianes y el Eisflüsschen como senda esquiva. Me quedé en mi asiento, relamiéndome el alma mientras sobre mi cabeza, sus dos dibujos resistían los envites del viento que cortaban en la ventanilla abierta.

Le había dicho a Milena que guardaba sus dibujos.

¿Mostrártelos hubiera cambiado algo...? ¿Me habrías entendido?

— ¿Sabes, 501? Creo que tú y ella se llevarían muy bien —asentí, con la mirada fija en su segundo dibujo, aquel de la estación—. Dices que si algún día la invito a viajar juntos ¿aceptaría?

Entre soplidos y repiqueteos, un silbido tenue se coló desde la caldera.

Creí entenderlo... aunque con mi corazón latiendo al ritmo del vapor, toda señal podría jugarme en contra.

Tomé una de las palancas frente a mí y corté el paso de vapor a los pistones. Soplé vapor en las líneas con otra palanca y dejé correr libre a la 501 por la vía, los vagones a nuestra espalda acompañaron cada movimiento de la máquina con una simetría casi perfecta.

Por unos segundos, todo fluyó hacia adelante sin esfuerzo.

— Fluir... —murmuré con una creciente sonrisa—. Dejar fluir. ¡Ja! Y hay quienes dicen que los viejos no dan buenos conejos.

Tras pensar aquello, extrañamente, pude ver todo con un poco más de claridad.

Lo que sucedió en la madrugada no desaparecería, pero sí el peso que le daba mientras más le daba vuelta. Entenderlo fue como caminar con los ojos vendados y dar un paso hacia el vacío. No caí, simplemente encontré un escalón para bajar, y al saberlo, podía bajar lentamente.

Esperé a que la calma se asentara en mi pecho lo suficiente antes de volver a abrir a la mitad el corte de vapor.

Otro silbido provino desde la parte baja de la caldera, donde ambos bloques de ruedas motrices se separaban. Una larga estela de vapor seco escapó, impregnando las vías mientras la 501 agradecía, redoblando esfuerzos. Las bielas encontraron ritmo y los pistones dejaron de bufar sedientos. El martilleo en las ruedas desapareció progresivamente hasta convertirse solo en un susurro para mis oídos.

— Velocidad crucero... ¿Cómo fue qué? —murmuré para mí, fijándome en los manómetros y parte de los medidores de la caldera antes de chasquear la lengua en negativa—. No importa. Que fluya así, ahora solo necesito mantener la velocidad.

El viaje de vuelta a Waldstille fue ameno luego de aquella extraña revelación. Una parte de mí no podía deshacerse de la incomodidad, pero la otra, sensata y racional, filtró cada pensamiento. Y con eso, pude trabajar con el corazón más tranquilo...

Las primeras casas comenzaron a verse entre la maleza alta más adelante. Una luz anaranjada lo teñía todo. El Bastión nunca parecía perder su atmosfera cálida.

Prefería esa calma a cualquier bienvenida ruidosa.

Luego de medio día en la cabina con el cuerpo agotado y la mente fluyendo en la distancia, ver aquella imagen a la distancia de Waldstille, de la Mansión Sepheline; ver la estación vacía era un alivio para mi pecho.

Pasó por mi cabeza retirarme a una modesta casa a las orillas del pueblo...

Paz y tranquilidad. Buenos vecinos, un rio al que ir a pescar o bañarse. Si consigo un arma, salir a cazar...

— Pero dejarte, 501... —Tragué saliva y me mordí el labio con un gesto exagerado—. Quizas seguir en las vías unos años más. Padre y Madre decían de aprovechar la juventud, no estoy tan viejo ¿A qué no, 501?

Me aferré a la idea mientras nos deteníamos en el andén.

Decenas de personas nos esperaban con miradas angustiosas. Antes siquiera de que la 501 bufara su último hilo de vapor, parte del personal médico se lanzó al interior de vagón donde debía viajar Johann.

El resto de las personas —en su mayoría estibadores y operarios propios del lugar—, esperaron que la camilla de Johann terminara de bajar antes siquiera de dar un paso hacia los vagones. En un último gesto de respeto, varios se quitaron los gorros al pasar la camilla, y cuando este desapareció tras las puertas de la estación, el ambiente quedó sumido en un silencio espeso.

Apreté los puños y resoplé. Johann ya estaba en buenas manos. En minutos estaría en la clínica, y en un caso extremo, podrían llevarlo a Yggdrasil pagando una buena suma por un expreso...

— ¡Maquinista! —Un grito regio provino del exterior.

De inmediato me acerqué a la ventanilla.

Un hombre de aspecto pulcro y prominente barba negra aguardaba en el andén. Sonreí por cortesía y él me devolvió el gesto antes de arreglarse su modesto chaleco de cuadros y acercarse.

— Permítame confirmar ¿Es usted Konrad Roderich? —preguntó, manteniendo un rostro solemne, evitando cualquier muestra de arrugas.

— Es correcto —asentí, imitando su modestia—. ¿Puedo saber qué necesita?

— Nuestro señor desea conversar con usted en privado —explicó sin desentonar—. Si es tan amable, le pido que me acompañe.

Por el amor a los Dioses, ¿Qué querrá ese hombre conmigo ahora...?

— No tomaremos mucho de su tiempo. Nuestro señor se encuentra a dos calles de aquí —agregó, seguramente habiendo leído mis expresiones—. Es una cafetería recién inaugurada, conozco al dueño; hace un café acompañado de unas masas de hojaldre exquisitas.

Asentí, no por el café y el hojaldre, sino porque sabía que no tenía más opción.

Aticé el carbón dentro del fogón, lo extendí para que no se enfriara demasiado y luego cerré la puerta. La caldera tardaría horas en enfriarse; no quería arriesgarme a dejar morir las brasas tampoco.

Bajé de la cabina completamente tiznado y seguí al hombre fuera de la estación.

La cafetería no estaba lejos como dijo el emisario. Dos calles y un giro a la derecha en la concurrida esquina antes de verla a mitad de cuadra.

Parecía modesta, como todo en el Bastión. Dos grandes ventanales de bronce sobre una fachada rustica en madera y piedra, dejaban ver el interior. Una puerta de madera rojiza, remachada por decoración, daba entrada al establecimiento. El interior no desentonaba con la arquitectura exterior. Pisos encerados, una barra maciza de madera, sillas sencillas alrededor de mesas decoradas con manteles blancos...

Una elfa atendía el lugar. Nos saludó al entrar; no pudo evitar resoplar al ver mi ennegrecido aspecto.

No tuve tiempo a sentir lástima por ella.

— ¡Konrad, por aquí! —nos llamó el Barón, levantando la mano desde una de las mesas centrales—. Quería hablar con usted, ¿le pido algo? Corre por mi cuenta, no se preocupe en pedir.

Intenté negarme con respeto, pero el emisario, fingiendo arreglarse la barba, me propinó un codazo que me fue difícil disimular.

— Un café —pedí con media sonrisa mientras tomaba asiento—. Me hablaron bien de sus masas de hojaldre, pediré probarlas si se me permite.

— ¡Ya lo oíste, querida Yindi! —exclamó con moderación el Barón, elevando mi pedido—. A mi lléname el café y trae un cortado para Stefan, se cuida la barba, dice...

La elfa tomó la orden con precisión y se retiró hacia la barra. Al mismo tiempo, el Barón sacó un sencillo reloj de bolsillo plateado.

— No tomaré mucho de su tiempo, Konrad —dijo con calma, guardando de vuelta su reloj—. El tiempo apremia y nuestra Reina es quisquillosa con los plazos.

Guardé mi voz para desahogarme después, con la 501. Mientras tanto, aguardé el café en silencio.

La elfa, Yindi, se acercó a la mesa con una jarra de café y dos tazas. Las masas de hojaldre vinieron al final. Mitad azucaradas y el resto divididas entre crema y chocolate. Esperé a que el Stefan tomara la primera antes mirar al Barón y tomar una masa azucarada.

— Me llegó el informe del incidente Uskarld —comenzó él, tomando un sorbo de su café recién servido—. Permítame agradecerle de antemano por su rápido accionar. Sé que aún puede sentirse conmocionado por lo sucedido, pero me gustaría ofrecerle la piel de la bestia a usted.

— Temo decirle que en la cabina no tengo espacio para tan prestigioso trofeo —mantuve mi tono sereno, esforzándome por no desentonar con mi forma poco delicada de comer—. Podría pedir que se la entregaran al señor Emmerich, él fue quien se movió primero ante los disparos.

El monóculo del Barón brilló con sutileza. Lo ajustó con delicado gesto y, extrañamente complacido, asintió. Sentí que aquello apenas había limado una de las aristas de su discurso. Un hombre así no me invitaría a un café con el único propósito de ofrecerme una piel de trofeo.

Stefan, el emisario, se perfiló de repente su magnífica barba. No había tocado su café aún. Cruzó miradas con el Barón, y éste, pareciendo entender que mi ambición no eran las riquezas, optó por ser directo.

— Mis hombres en el campamento me han estado informando acerca de sus movimientos con respecto a mi hija... —explicó con un tono más firme y frio.

Se me encogió el corazón cuando lo dijo.

Tosí fingiendo atorarme y luego de limpiarme la boca con una servilleta, enfrenté a ambos hombres con una tímida sonrisa.

"¡Tilín, tilín...!"

Una pareja de ancianos entró a la cafetería. Stefan se levantó antes de que los ancianos nos distinguieran, y como si distrajera a dos animales, se les acercó con la promesa de una charla amena y un café importado. Sin emitir comentario ante ello, el Barón se arregló su cabello con movimientos suaves.

— Entiendo lo que está pensando... —intenté defenderme sin entrar en pánico.

— Alto ahí, Konrad. No lo traje aquí por eso —Su semblante seguía siendo firme, pero su tono me pareció paternal—. Como será de su conocimiento, Milena tiene cierta aversión hacia lo que nuestra posición representa... la entiendo, de verdad que sí, pero no puedo dejar que se aleje demasiado.

— ¿Qué busca de mí entonces...? —inquirí, escudriñándolo sin perder de vista su posición.

— Encarrilarla —sentenció—. Confié en Johann, pero como vio... la situación superó las expectativas. Pese a todo, Konrad, usted demostró un valor que ninguno esperaría de un maquinista. Mi hija tiene afinidad con usted, solo hace falta revisar su cabaña para comprobarlo.

No pude evitar preguntarme qué habría en su cabaña, sin embargo, entendí rápidamente que corría en un campo donde yo no tenía el arma. Si notó mi reacción o no, nunca lo sabría; sospeché que sí.

Para bajar la ansiedad que aquellas palabras habían sembrado en mí, tomé varios sorbos de café. Sabía amargo y estaba tibio; largas trazas de vapor se arremolinaban sobre el borde de la cerámica. Mis labios habían quedado marcados allí, ennegreciendo la pieza.

Hasta en los labios tengo hollín... Qué elegante

— Si hay algo... —resoplé, intentando limpiar la taza con mis dedos. Solo la ensucié más—. Si algo me enseñaron los rieles, es que no toda locomotora puede correr en todas las vías... Hay algo que se llama ancho de ejes. La 501, mi tren no puede maniobrar en las Islas Eienyū ¿No sé si me explico bien?

— Antiguamente se decía que no todos los nobles pasaban las puertas de la Corte Real luego de los banquetes—dijo con un leve tono de sorna; no parecía convencido igual.

— Podemos enviar a un taller a la 501. Podemos pagar a los mejores mecánicos, incluso las mejores piezas encarrilarla—expliqué, dejando la taza de lado, arrimando mis codos a la mesa—. Pero las vías de las islas, más allá de la isla principal, no resistirían el peso de la locomotora. El acero crujiría, reventaríamos durmientes y quien sabe si no usamos el balasto para rascar la escoria del fogón cuando quememos toneladas de carbón intentando vencer la humedad.

Con ambos ojos entreabiertos, el Barón se tomó el tiempo de desmenuzar mis palabras. Entrelazó los dedos sobre la mesa y con un gesto tímido, acarició el borde de su taza.

Recosté mi espalda contra el respaldo y tomé otra masa de hojaldre. No quería desaprovechar el gesto del Barón: tampoco lo explotaría su amabilidad, pero un postre o dos, no supondrían gasto mayor para él.

Estoy encerrado entre la cera del piso y el azúcar de la comida. Este hombre tiene que hacer otro movimiento, no puedo ser su único plan...

— ¿Se está negando a colaborar conmigo entonces? —dedujo, volviendo a la mesa con los hombros rectos y la mirada aguda—. Le estoy ofreciendo algo que muchos jóvenes rogaron por años. ¿Tiene idea, Konrad, a cuántos hijos de buenas familias rechacé para ella?

— Su señoría, por favor, piense en Milena también —repliqué, consciente de mi tono altivo—. Milena no es la única heredera, tiene otras opciones. Al menos qué... —Observé con duda el bastón que descansaba cerca de sus piernas—. No haya tiempo para formar a otro...

Sin romper su encuadre de hombros, el Barón intentó evitar mi mirada. Elevó el mentón por encima de ellos y con el monóculo soltándose de su ojo, se relamió los labios. No fue por culpa del amargo café.

No hubo brillo en su mirada, sino una repentina oscuridad que la envolvió.

Dudé si había intuido más de lo permitido...

Stefan volvió a la mesa durante ese lapso de silencio, y cuando lo hizo, los pelos en su barba se erizaron al ver al Barón en ese aspecto. Me miró de inmediato, y yo a él. Resopló mientras se sentaba.

— Su señoría, creo que es momento que nos retiremos —dijo Stefan—. Pronto caerá la noche, no es bueno que usted esté en la calle para ese momento.

Con la ayuda de Stefan, el Barón se puso de pie. La mitad de su peso cayó sobre su elegante bastón, mientras que la otra, fue sostenida por el hombre cuya barba apenas tenía algo que envidiar a la mía mal afeitada.

Aguardé unos segundos en silencio antes de levantarme.

El Barón y Stefan se fueron primero, dejándome solo frente a una mesa que, sin nadie alrededor, me parecía desconocida. Yindi se acercó poco después, retirando las tazas y las masas de hojaldre que sobraron. Apenas me dirigió la mirada y cuando fue a tomar la taza en la que había bebido, bufó para sí al notar mis huellas negras en ella.

Le ofrecí una sincera disculpa y una pequeña propina antes de retirarme

La conversación con el Barón me había movido más de lo que podía soportar en silencio...

¿Tengo que volver a tu lado para encadenarte...? No, no puedo ni quiero hacerlo. No mereces esto... ni tú, ni nadie. El hollín se lava, pero hay cosas cuyas marcas no se desvanecen fácil...

 

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