El metal chirrió cuando el vapor presionó los pistones. Las ruedas patinaron sobre los rieles húmedos, y la 501 tembló desde la caldera hasta el último tornillo de la carbonera, pujando todo su peso y el del convoy entre densos bufidos de vapor.
Empujé el inversor, controlé los valores y recé en voz baja para que este viaje comenzara tranquilo.
Afuera, la lluvia caía torrencial. En el andén solo quedaban los bancos y columnas. Cualquier curioso sensato observaba desde lejos, resguardado de la lluvia. El vapor se condensaba rápido. La 501 seguía escupiéndolo sin pausa, hasta que, tras una desesperada espera... las bielas giraron.
Con un estridente golpe seco, las ruedas se movieron, y, con ellas, el bosque pareció inmóvil, como si nos entregara al camino.
La lluvia amainó lo justo para dejarnos partir.
"¡¡¡FFFUUUUUUIIIIIIIIIIII!!!"
Soné el silbato hasta enmudecer el mundo. Una demencial presión recorrió mi pecho, y la calidez de sus dibujos en mi bolsillo hizo de aquello, algo leve y pasajero...
Lentamente el convoy fue dejando la estación atrás. Cada vagón se meció y el acero de las vías hizo crujir las ruedas.
Desde la ventanilla pude ver como todo quedaba atrás.
Tomamos la primera curva y la estación desapareció entre la niebla y los árboles. A medida que íbamos tomando velocidad, la 501 comenzó a respirar con más calma, el humo que dejaba escapar al cielo era liberado al pesado compás de los pistones.
Pero dentro de mí, todo seguía tambaleándose, y cuando volví a mirar hacia atrás, solo vi la niebla consumir los vagones. El balasto gris bajo las vías pasaba rápido, los durmientes como escaleras hacia lo desconocido, y mi corazón, envuelto en una capa de empalagosa incertidumbre.
El Bastión de Waldstille lentamente también se difuminó frente a mis ojos. Los gruesos troncos de los Zû'Jalhar tomaron el lugar de las casas y los pequeños edificios. La maleza frondosa las calles de piedra y tierra; y la bruma, mis sentidos.
Será un viaje largo... quizás demasiado, y recién empieza...
Avanzamos despacio; tomar velocidad no era prudente. No había recorrido demasiado las vías más allá de la estación de Waldstille.
No tenía incertidumbre de las curvas ni de árboles caídos; tampoco me atrevía a subir la velocidad. Mi mano, entumecida por el frio, envolvía una de las cálidas palancas. Si la empujaba, más vapor entraría a los pistones e iríamos más rápido.
La eficacia era tentadora, empujar y llegar más rápido, aun sin saber qué había más adelante.
Podía ver el pequeño mapa viejo desplegado en la mesita a mi espalda.
Era una vía con curvas, varias pronunciadas —tampoco me fiaba del todo de lo que mostraban esas borrosas líneas sin color—. Entre curvas había tramos rectos. Allí podría acelerar. Nuestro destino me era incierto, pero sabía que estaba al oeste.
¿Por qué no me han dicho cuál es nuestro destino...? Un lugar fértil, perfecto para la siembra de árboles... quizás está bastante alejado de Waldstille
La duda me persiguió por varios minutos. Purgarla, como lo hacía la 501 con el vapor de sus pistones, era imposible. Podía distraerme, forzar mi mente a otro lado: una válvula, un manómetro perdido en la caldera que siempre parecía estar bien, incluso con la turbulenta imagen del rio Eisflüsschen fluyendo en la distancia.
No veía nuestro reflejo en él. La niebla parecía acumularse en las orillas, volviendo denso y opresivo, algo que, con sol, daría pie a una cálida tarde con los pies en el agua...
Tiré del regulador y ajusté el corte de vapor con el inversor. Purgué las tuberías y verifiqué la presión antes de echar carbón al fogón abierto. Era un proceso lento y pesado... y justo en esos momentos de silencio y movimiento, era en los que más extrañaba al fogonero con sus historias y comentarios repentinos.
La cabina en silencio era una celda con la puerta abierta. Podía verla, atravesarla, pero debía quedarme para que el mundo siguiera girando; o eso me hacía creer para seguir.
Dejé pasar unos segundos. La 501 rugió, sus pistones golpeando el aire con una fuerza demencial que hacía temblar el suelo bajo mis pies. Humo, azabache y denso como la noche, emergió de la chimenea a pulso de pistón. Lo observé a través del cristal frontal junto a la caldera.
Había algo en esas imágenes que el cristal empañado no podía ocultar del todo. Tal vez eran los sonidos guturales, el crujir del acero seguido del golpe seco y los chirridos. O tal vez era solo mi cabeza.
¿Acaso estaré...? No. Estoy bien, debe ser la lluvia y la niebla. Todo sigue allí afuera, solo que no lo estoy viendo...
— ¿No es así, 501? —murmuré entre dientes, golpeando levemente con mi puño su caldera—. Cuando salga el sol, todo estará bien... todo... lo estará.
El sol no salió luego de que cerré y abrí los ojos. Aquella bruma tampoco, y los Zû'Jalhar apenas contuvieron las nubes por encima de sus titánicas copas hasta que la noche cayó.
En mi mente creía que habíamos recorrido cien kilómetros. El mapa susurraba doscientos, y la carbonera —víctima de un pillaje que solo el mal tiempo y la pérdida de calor podrían provocar— confesaba trescientos kilómetros tras cálculos a ojo austeros. El carbón y agua habían sido devorados en cuestión de horas.
La 501 se volvía una dama más caprichosa cuando veía nubes en el horizonte...
Oí un fuerte golpe de metal a mi espalda de repente. Luego un susurro que creció junto con el retumbar de unas botas sobre el piso de metal de la carbonera. Miré hacia atrás por encima de mi hombro.
Una silueta se anteponía con la amarillenta luz del primer vagón detrás de la carbonera.
Entrecerré los ojos, intentando distinguirla... se acercaba; los abrí de golpe, me puse recto y con un nudo en el pecho, levanté el mentón hacia la puerta.
— ¡¿Se puede saber a dónde nos estás llevando?! —bramó como quien se cree dueño del destino, aquella sombra antes de abrir bruscamente la puerta de la cabina—. ¡Llevamos horas moviéndonos y aún no hemos llegado! —remató con sus amarillentos ojos a punto de saltar.
Tardé un segundo en abrir la boca, lo suficiente para recordar que lo conocía de antes.
— ¡¿Johann?! —pregunté, dando un paso atrás, hacia el calor de la caldera—. ¿Acompañas a Milena?
— ¡Responde la pregunta! —espetó él con los dientes apretados y las encías blancas.
— Si supiera con certeza a dónde los estoy llevando, te respondería —bufé, mostrando más incredulidad que miedo. Esta vez no llevaba su revólver consigo—. Nadie me informó de nuestra siguiente parada. Cuando pregunté por radio al personal del primer vagón, nadie supo responder —agregué antes de volverme hacia el mapa.
Según este, en unos minutos cruzaríamos un puente que atravesaba el rio de lado a lado. El mapa no distinguía claro y bosque con precisión, pero había un pequeño arroyo que desembocaba en el Eisflüsschen tras cruzar el puente.
Iba a parar allí si no lo hacíamos antes...
El semblante de Johann apenas se suavizó tras mi respuesta. En cambio, su postura, con un pie y hombro adelantado, encontró equilibrio al apoyarse contra el marco de la puerta; su actitud fue un tema diferente. Pareció apaciguarse, pero algo en las arrugas de su frente y sus nudillos blancos, evidenció lo contrario.
— Le pido disculpas —balbuceó más para sí que para mí antes de relamerse los labios y resoplar—. Algunas personas están inquietas en los vagones y puede que se me haya contagiado.
— Culpa del clima y los baches —resoplé con una sonrisa desinteresada—, no te preocupes. Es normal... ¿Alguna vez has viajado fuera de Waldstille? —intenté mostrarme amigable mientras volvía a mis labores.
— Nunca tan lejos, o al menos —suspiró, masajeándose la frente con los dedos—, que lo haya sentido así. He acompañado al Barón y a su familia en algunos viajes; ninguno con tan poca comodidad como este.
Y lo que nos falta... Sabrán los Dioses qué deparará de nosotros estos días...
Johann volvió a resoplar, esta vez rascándose la cabeza con demasiada fuerza. El cuello de su uniforme, arrugado y descolorido, mostraba dos botones sueltos. Con la otra mano, tiraba de un tercero mientras respiraba pesadamente.
Logró liberarse de este sin mucha dificultad, y de inmediato, ambos sentimos como la 501 giraba hacia un lado.
Apliqué los frenos con cuidado. Unas pocas chispas saltaron desde las ruedas, iluminando con sus anaranjados destellos, la niebla que nos rodeaba. La muralla baja del puente de piedra y acero fue visible a través de la ventanilla por unos segundos. El rio fluía inquieto por debajo de este. Si me esforzaba, creía oír el agua correr, golpeando y dividiéndose entre los pilares.
El convoy nos siguió en silencio. Ya no se mecía demasiado, y la luz cálida que escapaba de las ventanas de algunos vagones, se difuminó en la brumosa noche. No había luna, solo un manto oscuro, roto por nuestro ruidoso avance, y la esperanza de una pronta parada.
Pasado el puente, una efímera playa rocosa nos recibió, y más adelante los troncos de los árboles, como una muralla antigua, nos recibieron bajo su protección. El arroyo que indicaba el mapa era apenas más grande de lo que me imaginaba, y cuando lo cruzamos antes de detenernos, se asemejó más a un pequeño rio lleno de vegetación a los lados.
Nos detuvimos más adelante, menos de medio kilómetro, donde el bosque se volvía menos denso, y los árboles parecían abrirse para nosotros.
"¡¡¡FFFUUUUUUIIIIIIIIIIII!!!"
El silbato reverberó en la noche como el llanto cansado de una colosal bestia.
Secretamente esperaba que eso despertara a todos, y despertara en mí, la sensación de pertenencia hacia el resto.
Johann se había retirado con el resto. Se despidió con un simple gesto y luego, desapareció en la oscuridad de la carbonera antes de ingresar al primer vagón. En tanto yo, me volví a sentir perdido.
Revisé la cabina por inercia, ajusté las válvulas y palancas, controlando de reojo la presión de los manómetros.
El fogón entreabierto me alumbró cuando apagué la luz de la cabina.
Me dolía todo. Era normal, había sido un viaje extraño. Intenté mover los hombros en círculos, estirar la espalda... el dolor no se fue; no lo haría pronto.
Afuera, los primeros hombres bajaban de los vagones cargando grandes linternas eléctricas. La luz de cada una alumbraba más allá de una decena de metros. El bosque, resistiendo los embates de la noche, apenas protegía de la lluvia. A nadie pareció importarle que aquellos que sostenían el cielo, crujieran ignorados, amenazando falsamente con quebrar sus copas.
Aguardé junto a la ventanilla, con el calor del fuego acariciando una de mis mejillas, mientras la otra, caía presa del frio húmedo del cristal. Las gotas caían, el vapor de la 501 se condensaba en chorros blancos, y el bosque, lentamente desaparecía ante mis ojos.
Respiré con calma y di la primera cabeceada hacia el lado.
Mi cuerpo se deslizó como la grasa contra la pared.
No me quedaban fuerzas.
Cerré los ojos, el cansancio arrastrando mis párpados como si tuvieran plomo. Y por un instante, encontré paz en el silencio de mi celda.