— Estás loco si piensas que eso puede salir bien —espetó tercamente ella a mi planteamiento, pero sin despegar su cabeza de mi hombro.
— Si quieres irte caminando hasta la Muralla de Dranschild, solo tienes que seguir la vía —respondí con media mueca, recostando mi cabeza sobre la suya—. También puedes construirte bote y navegar a contracorriente rio arriba.
Milena soltó un leve quejido, presionándose un poco más contra mí, enhebrando sus dedos en los mechos sueltos de caían sobre su cara.
— No es mala idea esa... —murmuró, pareciendo tomarse en serio mi idea.
¿Por eso has ido al rio estos últimos días? ¿Para ver si los barquitos de papel sobreviven a la corriente?
— Me da miedo que lo estés considerando... —confesé, acomodándome sobre el borde de su cama—. Aunque lo que me asusta de verdad es que todavía no soltaste el abrecartas...
— Quiera o no... —chasqueó la lengua, soplando el cabello sobre su nariz—, tengo que seguir revisando todos esos papeles. Faltará un día, quizás dos hasta que esa tormenta llegue. Además, tampoco hay un plan fijo. Decir que me llevarás hasta Opetsk con la 501 suena bien, pero... ¿Qué va a pasar durante el viaje? ¿O luego?
— Dijiste que querías viajar al Norte ¿no? —Le moví delicadamente el cabello que la molestaba—. Si vuelves a Waldstille...
Guardé silencio un momento.
Cuando intenté pensar una forma de explicarle la situación; que su padre me había pedido encarrilarla, que Emmerich ya me había advertido de los peligros inmediatos de llevar a Milena hasta Opetsk, simplemente no pude. Las palabras se atoraron en mi garganta, quería decirlo, pero mi mente, algo en ella me impedía hablar.
El Gremio de Comercio era permisivo muchas veces, sobre todo si había dinero de por medio. Sin embargo, lo que pensaba hacer, iba en contra hasta de ellos.
Pero tampoco quiero dejar que te marchites aquí, o detrás de un escritorio...
— Lo que te propongo no es perfecto, lo sé —reconocí, mirándola a los ojos—. Pero si no es ahora ¿Cuándo crees que podrás tener otra oportunidad de ser libre...? Libre de esas hojas, de los informes, de la rigidez con la que te tratan todos. Yo puedo seguir yendo a Waldstille cada nueve días, incluso antes si sucede algo...
— Pero no sería lo mismo... ¿verdad? —agregó ella con un suspiro. Desvió la mirada hacia el abrecartas y luego hacia su escritorio, donde estaban sus dibujos—. Dicen que las auroras en el Norte son preciosas cuando no está nevando, incluso que al noreste hay pozas termales.
Los ojos de Milena parecieron arder por un segundo, la luz de la lampara se reflejaba en ella. Se veía preciosa... El calor tímido de su cuerpo contra el mío. Así como ella pensaba en pozas termales y se acurrucaba sobre mí, yo no podía evitar pensar que ahora no me hacía falta demasiado para seguir.
Su sonrisa ahora tímida, en sus pupilas dilatadas y en la forma que tenía de observarme como animalito. En aquellos diminutos detalles, encontraba tanta paz como con el traqueto de la 501 en medio del bosque. Crucé mi brazo por encima de su hombro, apretándola contra mí, calmando la opresión en mi pecho. Ella respondió con una burla, arrugando su nariz a la vez que sonreía. Vi sus ojeras como pequeñas bolsas de carbón.
Entendí de inmediato que ella debía descansar.
Intenté alejarme, pero ella, fingiendo molestia, me atrapó la mano, tirando de mí como si pudiera moverme.
— Malo —gimoteó ella con un tono dulce y agudo, apretándome los dedos—. ¿Me dejas a la mitad y te vas? Está muy mal lo que estás haciendo.
— ¿Vas a amenazarme con el abrecartas? —insinué, levantando devuelta mi mentón, exponiendo mi cuello a ella—. No caigo en la misma trampa dos veces...
— ¿Así que quieres que te amenace, grandullón tiznado? —Su tono bajo y coqueto fue acompañado por un ligero jugueteó con el abrecartas, apuntándome con falso desinterés.
Sonreí, bobo, no pude evitar sentirme atraído por aquello.
Con mi mano sujetada por la suya, fingí resistirme un poco —provocando en ella una traviesa risa— antes de finalmente, ceder unos centímetros y acercarme a ella de forma lenta, sin quitarle los ojos de encima. Me desafió de inmediato, acercando la hoja de metal a mi cuello, presionándola cuando no me detuve y seguí hasta hacerla caer de espaldas contra las frazadas.
Sus ojos buscaron descaradamente mis labios, y los míos el contorno enrojecido de sus mejillas.
Aún tenía el abrecartas en el cuello, pero aquello no fue impedimento para acercarme a su oído y soplarle:
— Qué tal si dejas ese peligroso cuchillo y... —Bajé mi tono y, sintiendo el calor de su mejilla rezar la mía, reí con picardía—. Me amenazas de otra forma para que no me vaya.
Su postura varió un milímetro. Arqueó la espalda y suspiró para mí. Tardó un segundo en bajar el abrecartas, lo suficiente para que sintiera la fragancia de su cuello. Lo inhalé como quien se queda sin aire, y bajando por su cuello, le di un beso cerca de su hombro descubierto...
— Oí que será... —respondió ella, jadeando cerca de mi oído—. Una noche muy fría... demasiado, y tú sabes mantener un fuego encendido por horas, grandulón.
— Jejeje... —reí juguetonamente, subiendo por su cuello hasta su mentón.
La vi a los ojos. Ella también me miraba, mordiéndose la comisura del labio, esperando quizás una respuesta; algo, lo que fuera.
Milena estaba recostada sobre la cama, yo encima con mis brazos extendidos, acaparando su atención. Ella había arrojado su abrecartas lejos, me recibía con sus mejillas rojas y el cabello esparcido como un cobrizo abanico sobre la cama.
— Necesitaría buen carbón y revisar seguido ahí abajo —confesé, perdido ya en sus ojos—. Ya sabes, si el fuego se apaga, hay que avivarlo para que el pistón siga empujando.
Una sonrisa fue su inmediata respuesta, y mordiéndose visiblemente los labios, estiró ambas manos hacia el cuello de mi camisa, tirando de mí. No logró tirarme, en cambio, ella pendió de mí, su espalda en el aire y sus caderas en la cama. Se acercó a mi pecho, y susurrando algo que no terminé de atrapar, se dejó caer de vuelta, mostrándome su cuello expuesto.
Un relámpago blanco centelló afuera, su luz entró como un contraste frio que de inmediato fue eclipsado por el color de nuestros cuerpos.
Tentado a cometer una locura con ella, desabotoné lentamente su blusa, mientras ella, con una mezcla de docilidad y decisión, hizo a un lado los tirantes de mi overol. Los tirantes cayeron y con ellos, las defensas de ambos.
El primer botón cedió bajo mis dedos; su aliento tembló apenas, rozándome la mejilla. Su piel pálida —algo enrojecida allí donde yo besaba—, contrastaba con la tez sucia de la mía.
Mi camisa yacía en el suelo, su blusa colgando en el borde de la cama, mientras que nuestras manos, recorrían el torso del otro, aprendiendo a moverse sin presión.
Oh Gran Vundra, bendice este momento, bendícela a ella y a mí. No dejes que nada nos suceda de aquí en adelante...
Los brazos de Milena se cruzaron por detrás de mi cuello, aferrándose a mí para que no bajara demasiado la vista. Sus ojos me recorrían dilatados, reflejando la cada vez más tenue luz de la lampara.
La besé con temor y ella, respondiendo con la valentía que me faltaba, me devolvió el beso, introduciendo su lengua en mi boca, buscando compañía hasta que me atreví acompañarla de la misma forma. Aquello me insufló el pecho con una placentera energía que bajó mi por mi abdomen hasta hacerme perder la paciencia.
— Milena, yo... —La tomé por debajo de sus caderas, apretando con descaro antes de recostarla de vuelta y subir mis manos a borde del elástico de su pantalón.
— Ansioso... —se burló ella, besándome con más ímpetu, mordiéndome el labio antes de bajar por mi cuello hasta mi pecho.
Me empujó de repente.
No entendí; creí haberla molestado. En cambio, cuando reaccioné, sentí su mano bajando por mi vientre hasta perderse entre mi piel y la tela de mi pantalón.
Tanteó con sus dedos.
Aguanté la respiración, me mordí la lengua y cuando sentí la yema de sus dedos tocarme, me quedé helado. Milena se burló y jugando papel más activo, me tomó, envolviendo sus dedos mientras yo simplemente me derretía por ella. Jadeé, agitado, queriendo decir su nombre, llamarla y verla a los ojos.
Tomé un mechón suyo y lo envolví entre mis dedos, tirando de él mientras me moría por abrazarla.
Un cosquilleo cálido llenaba mi cintura. Se movía lento apropósito, la punta de su pulgar me presionaba la punta, mientras el resto de su mano me recorría de arriba abajo, robándome el aliento al punto de inutilizar mi mente.
— Detuve el tren... —susurró jocosa ella, moviendo rápidamente su muñeca mientras me lanzaba miradas provocadoras.
— Calienta la caldera... —Apreté los dientes, le devolví la mirada y tirando de su pelo, la acerqué a mi pecho—. Y el pistón funcionará mejor... Caliéntala mucho y habrá que liberar vapor muy rápido.
— ¿Y si quiero eso? —se atrevió a decir, apretándome allí abajo, haciendo rechinar mis dientes mientras ella actuaba superior.
Me relamí los labios, y cinchando un poco más fuerte su pelo, me arqueé hacia ella, tomando su mentón para besarla.
— Entonces hay que aceitar el recorrido del pistón —soplé en su nariz, bajando de inmediato mi mano hasta donde ella protegía, apretando sus muslos.
Sopló de vuelta. Sus ojos entrecerrados, pareciendo desafiarme incluso cuando sus piernas se encontraron con la cama. La sostuve para que no cayera... aún, y con imprudencia, colé mi mano entre sus piernas. Ardía, Milena ardía allí. Empujé mi pulgar, frotándolo de arriba abajo sobre la tela.
Ella hizo lo mismo conmigo, y pronto, encontré el lugar que la hizo estremecerse de golpe.
Me abrazó, su cabeza en mi pecho, sus piernas y espalda temblando, a punto de caer hacia la cama...
Con un tamborileo lento, la lona de la tienda comenzó a ser golpeada desde arriba. Primero lento, unas pocas gotas que acompañaron el movimiento de nuestras manos sobre el tesoro del otro. Luego una brisa fría se coló desde el suelo como una ola gélida que nos sobresaltó a los dos. Milena se detuvo un momento para mirarme.
Sus ojos, lagrimosos; sus mejillas, tiznadas de negro tras presionarse contra mí; y sus labios, apretados, pidiéndome un beso tímido.
Bajo los primeros destellos de los relámpagos, uní mis labios con los suyos. Un beso pequeño, diminuto a comparación de los anteriores. Milena gimoteó algo, una queja quizás. Sonreí y de inmediato la levanté. Cada musculo de mi espalda lleno de sangre, cargándola hasta la cama.
— Milena... —susurré su nombre desde lo profundo de mi mente, mientras la apoyaba en la cama—. Te ves hermosa...
Me lanzó una mueca de molestia a cambio, sin embargo, su semblante aún orgulloso se desvaneció apenas me paré a centímetros de ella.
Tragó saliva, y encontrándose frente a la palpitación que creía en mi pantalón, me dio una mirada algo confundida.
Esta vez fui yo quien la empujó hacia atrás.
Su espalda de nuevo contra la cama y su cabello cubriendo la mitad su cuerpo. Casi me atreví a tocarla para correrlo; mi intención tampoco era esa. Así, ella se veía aún más hermosa.
Terminé de sacarme el overol —que a esta altura siquiera se sostenía por encima de mis rodillas—, y conservando mi pantalón, terminé desnudarme a medias. Milena también se quitó el resto de la ropa; pude verla por fin. Respiré hondo; mala idea, todo en la tienda olía a ella, y ahora un poco más fuerte...
— No seas bruto —afirmó con modestia ella, recorriendo el interior de sus piernas con sus manos—. Acércate... está frio...
Resoplé, cansado. No pude dejar de mirarla. Todo en ella me atraía.
Di un paso diminuto hacia adelante antes de acompañarla en la cama. Ambos nos acomodamos. El colchón era angosto, y Milena, buscando algo de comodidad, se acomodó contra mi pecho, dándome besitos como si me marcara con sus labios.
Comencé lento. La lluvia exterior niveló nuestra excitación. Protegí a Milena con mis brazos, respirando su espalda mientras ella se aferraba a la mía, clavando sus uñas cada vez que yo me movía bruscamente.
Sentí su calidez aflorar y mi cuerpo fluir con el suyo.
Ella me buscó con la mirada; le respondí moviéndome un poco más rápido, aplacándola, liberándome del yugo tímido que me ataba.
Relámpagos se seguían filtrando entre las hendiduras de la tienda. El frio golpeaba mi espalda y los truenos despertaban en Milena una timidez que se matizaba con mi creciente confianza.
Adentro de la tienda, todo era cálido. Ella, yo, las frazadas. La forma en que tenía de decir mi nombre en voz baja, como si llamarme en voz alta, fuera a romper la realidad que juntos habíamos tejido.
Afuera, la tormenta parecía arecer implacable. En un vaivén de mis ojos, encontré el punto donde el interior de la tienda se abultaba. El viento presionaba con fuerza, la lona pegaba latigazos, dilatándose y contrayéndose, como el metal ardiente de una caldera cuyo fogón dejaba escapar unas pocas llamaradas.
Cerré los ojos, apreté los dientes.
Estás bien, Konrad. Todo está bien. Milena... ella, nosotros... No quiero dejarla. No quiero abandonarla carajo
No pude contenerme más.
La apreté contra mí, sintiendo de inmediato su piel al punto que deseé fundirme con ella y no separarnos jamás.
Milena me miró, llena de lágrimas, y en ellas vi las mías también.
Ambos parecíamos desear lo mismo...
Volví a besarla, esta vez con un poco más de arrebato. Ella correspondió, moviendo lentamente sus caderas, alargando el momento mientras yo tomaba su mentón para que no se fuera.
Con el pasar de los minutos, el fuego en nuestro interior pareció mermar, pero nada nos impidió acurrucarnos el uno contra el otro, compartiendo nuestro fuego mientras la tormenta afuera, lejos de amainar, encontró un punto medio. La lona fue azotada, las ramas de los árboles se mecían con inclemencia, y el frio, tomó todo salvo a nosotros.
Los relámpagos seguían iluminando la tienda como si el mundo buscara asegurarse que seguíamos allí, mientras que yo; aprovechaba el momento para confirmar que ella seguía allí, que el calor que sentía no era un recuerdo, sino un presente por el que me sentía dispuesto a luchar para seguir viendo cada vez que abriera los ojos...