A la mañana siguiente, la 501 me esperaba cargada en el andén de la estación. Los ojerosos estibadores terminaban de cargar los últimos vagones, mientras que los operarios, revisaban meticulosamente el convoy por debajo con linternas.
Los árboles alrededor se mecían con lentitud, húmedo por el rocío que nunca terminaba de asentarse.
Cerca de uno de los bancos, aquel hombre bien vestido y de cuidada barba negra, aguardaba mi llegada. Sostenía un reloj de bolsillo, observándolo con insistencia.
— Llega justo, Maquinista —dijo apenas me vio, guardando por fin su reloj en un bolsillo—. Esperamos que haya tenido tiempo a pensar en la petición de nuestro señor.
— Sí —asentí mientras me acercaba a él—. Pero tengo mis dudas ¿Y si no funciona? Milena no es tonta, se va a dar cuenta. Dudo siquiera de poder convencerla de que me haga otro dibujo.
— Mejor intentarlo y nunca lograrlo, que nunca intentarlo y soñar con lograrlo —respondió él, arreglándose el dobladillo de su manga izquierda—. La Señorita siempre tuvo comportamientos similares, y, sin embargo, nunca se fue muy lejos.
Aquellas palabras me hicieron hervir la sangre. Apreté mi mano intentando calmarme y mostré mi mejor sonrisa. No sería bueno parecer fuera de lugar. Stefan mordió el anzuelo, dude si lo hizo apropósito o no, pero no levantó la voz ante mi postura, en cambio, volvió a sacar su reloj, comprobando la hora.
Con un último chirrido y posterior golpe metálico, el último vagón fue cerrado. La pasarela de madera retirada y la cerradura asegurada. Los estibadores se alejaban, limpiándose el sudor de sus frentes mientras su capataz rellenaba los informes finales. Complacido, Stefan asintió con un gesto ceremonial y de inmediato, se volvió hacia mí.
— Ante el creciente temor, resultado del ataque del Uskarld —comentó con un tono irritantemente formal—, tres partidas de guardias armados, junto con todo el equipo y materiales necesarios serán destinados al campamento. No queremos que suceda otro incidente. Entiendo que no será problema para usted y su majestuoso tren ¿verdad?
— Estaría más que complacido si cada uno de estos movimientos se reflejara en mis honorarios —Trabajo o no, cada vagón ponía estrés en la 501, y por consecuencia, en mí.
El emisario ocultó su condescendiente sonrisa, prefiriendo girarse hacia la 501, observándola con una atención casi obsesiva.
Mi estómago se revolvió ante aquello, pero no pude decir nada salvo bufar, encaminándome hacia la escalera de la carbonera. Subí sin mucho esfuerzo, los músculos de mis brazos ya habían despertado, empujando contra mi camisa.
Revisé meticulosamente la cabina, intentando borrar de mi cuerpo el asco que sentí al ver observada de tal forma a la 501.
— Dudo que le aceptes una cita, 501... —siseé, molesto, terminando de acomodar las herramientas cerca de la puerta del fogón.
El carbón en su interior chisporroteó violentamente y sentí el calor filtrarse entre las rendijas de metal. La respuesta de la 501 me dio el consuelo suficiente para encontrar comodidad en mi asiento junto a la ventanilla.
Finalmente, todo estuvo listo para partir.
Soplando despacio, la 501 tiró de los vagones los primeros metros. Ajusté el corte y moví el inversor hacia delante. El vapor llenó los cilindros, expandiéndose con un siseo constante. No hizo falta parpadear cuando la locomotora dejó el andén, y poco después, el convoy entero abandonó la estación.
Con un traqueteo suave, fuimos tomando velocidad hasta que el martilleo de las bielas se volvió un zumbido en mi oído, y el recuerdo de la barba de aquel excéntrico emisario, se quemó en el interior del expuesto del fogón.
Paleé más carbón en los lados y volví a mi asiento.
Otro viaje silencioso para pensar...
A medida que la 501 avanzaba por el bosque, las imágenes en la ventanilla pasaron frente a mí de forma lenta.
No parecía que avanzáramos rápido y, sin embargo, el viento entraba a la cabina con una fuerza sorprendente. El sol asomaba entre los árboles, los arbustos se mecían con el viento, pareciendo reverenciar nuestro avance al mismo tiempo que los pájaros, nos juzgaban desde las ramas por interrumpir su sueño.
El Bastión de Waldstille pronto quedó demasiado atrás como para diferenciarlo entre la espesura del bosque. El rio en cambio, se acercó a nosotros desde un lado, dispuesto a acompañarnos una vez más. Cuando levanté la cabeza para verlo mejor, una familia de peces saltó fuera del agua, cazando lo que parecían ser libélulas.
Realmente sentía que podía despertarme cada mañana en un lugar así... Era reconfortante y placentero... realmente placentero, y eso que solo lo vislumbraba como algo distante, casi etéreo. En cambio, si miraba hacia delante, allí donde las vías se fundían con la cálida bruma entre los árboles... estaba eso: la bruma.
Veía los Zû'Jalhar sostener el cielo sí, las rocas que rompían desde la tierra, incluso el relieve accidentado donde los árboles aún crecían; todo era lo mismo en ese horizonte. Nos acercábamos, lo cruzábamos, y pese a eso, adelante seguía esa bruma cálida que todo lo envolvía.
Miré hacia atrás. El convoy nos seguía. Los vagones se sacudían en las curvas y desaparecían cada vez que avanzábamos en línea recta, aun así, nos seguían, fieles a los rieles y a la locomotora que tiraba de ellos.
— ¿Y si viajamos al Norte, 501? —pregunté sin demasiadas esperanzas—. O al oeste, más allá de Yggdrasil. Dicen que las costas del mar de Ymir son preciosas. El sur sería aburrido; demasiado industrial y rígido.
La mañana siguió sin que prestara atención, y cuando pasó el medio día, seguíamos a mitad de camino. El rio Eisflüsschen se alejaba por momentos, cubierto por la maleza y los árboles hasta aparecer devuelta en el siguiente claro.
Nadie había ido a la cabina a comentar nada. En la radio solo había estética, rota por los informes del clima.
— Todo persho... terr... cent... torios centrales... —Ajusté la frecuencia de la radio y de inmediato reduje la velocidad de la 501—. Se informa desde el sur una gran acumulación de nubes con dirección al norte. Solicitamos tengan precaución. Informaremos cualquier cambio a la brevedad...
— Y aún no cae nieve... —resoplé, dejando descansar mi mejilla contra el borde de la ventanilla—. Se acercan las fechas frías, 501. El ciclo se mueve y los Dioses nos bendicen permitiéndonos quedarnos en casa.
Al menos en el sur la situación es mucho mejor... Bastantes más edificios y un clima cálido...
Con el silencio de la radio y el traqueto de las ruedas, la tarde llegó, y con ella, el puente que cruzaba el Eisflüsschen. El campamento estaba a tiro de piedra y yo seguía sin saber del todo qué iba hacer con respecto a Milena.
Sus dibujos seguían sobre mi cabeza, colgados, observándome con una pasividad que me revolvía el estómago. Tomé el primero, la luna. Fue durante el incidente del descarrilamiento. Milena había estado ahí, el Barón también, Emmerich, quizás Johann; quizás todos habían estado ahí y no los recordaba...
Ella se había estirado, sonriéndome mientras su padre me hablaba. Yo... yo no podía dejar de verla.
Bajé la mirada, respiré hondo. El dibujo seguía allí, los bordes arrugados entre mis dedos.
Quizás en ese momento no estabas tan mal... ¿No había tanto peso en tu espalda? O quizás sí, y yo no me había dado cuenta. Solo me atrevía a mirarte desde la distancia, y sin acercarme te endiosaba
En retrospectiva me daba cuenta del panorama entero, pero en su momento, todo era ella y su libreta de dibujos. Tantas cosas había detrás de ella, y para mi todo se reducía a la simpleza más básica: el enigma de su belleza y nombre.
Observé el dibujo un segundo más antes de volverlo a dejar junto al otro, el que me regaló. En él, la estación seguía vacía, como cuando nos fuimos, pero seguía estando aquello, esa nube negra que parecía acercarse desde el centro de la hoja. No podía seguir mintiéndome, era la 501.
— A menos que retrates un incendio en la distancia... —dije entre pequeñas risas, acariciando el papel con el pulgar.
La 501 pareció acompañar mis risas. Desde uno de sus domos sobre la caldera, tres estelas de vapor se purgaron. El siseo del vapor a presión opacó el traqueteo hasta que el vapor dejó de salir, y cuando el vapor se condensó en el aire, vi las siluetas de los guardias del campamento en la distancia.
Preparé todo para detenernos. Tiré de la cadena del silbato para avisar a todos de nuestra llegada. A la distancia, los guardias levantaron la mano y se alejaron de las vías, perdiéndose entre los colosales troncos rojizos de los Zû'Jalhar...
Nos detuvimos más adelante, en un intento de andén de madera y remaches recién construido. Los carpinteros aguardaban a unos metros, descansando frente a un brasero, bebiendo después de la jornada.
Emmerich apareció como la sombra de los estibadores. Sin su grúa, el elfo parecía cabizbajo, sin embargo, se recompuso en lo que tardé en revisar los manómetros y atizar el fogón.
— ¡Konrad, tanto tiempo...! —Levantó su mano, acercándose a la cabina.
— ¿Hace cuanto que no nos veíamos? ¿Menos de dos días? —respondí, acompañando el gesto con una cara cansada—. ¿Te cortaste el pelo acaso?
El viejo soltó una risa antes de revolverse el pelo y peinarse con los dedos.
Subió a la cabina sin pedir permiso y arqueando una ceja, señaló con su cabeza en dirección a los vagones.
— ¿Más guardias? —siseó mientras se cruzaba de brazos—. Hablaste con él Barón ¿no es así? ¿Qué te dijo?
En vez de responder, resoplé, encogiéndome de hombros. Negué con la cabeza y desvié la mirada hacia la ventanilla a mi lado.
— ¿Cómo está ella? —Busqué su tienda en el campamento. No había cambiado demasiado, pero había más barracones de madera.
— Por suerte bien —Asintió, pero su semblante apenas se relajó—. Hará menos de medio día que volvió del rio con las rodillas mojadas. Una de las botánicas la acompaño junto a un guardia... No volvió con todas las energías de antes, pero ayer comió en el último turno del comedor junto a unos pocos.
Sonreí apenas y me rasqué debajo de la nariz.
Milena parecía estar recuperándose. A su ritmo, pero recuperándose.
— ¿Qué pasa ahora por esa tiznada cabeza tuya, Konrad? —me preguntó Emmerich, señalándome con la mirada.
— Bastantes kilómetros más adelante... —Me mordí el labio, incapaz de lidiar con la duda—. En la madrugada vi un mapa. Ésta vía sigue hacia el oeste hasta llegar al mar, pero a mitad de camino hay una desviación que llega a Opetsk, al borde de la Muralla de Dranschild...
Emmerich me escudriñó, su mentón marcado junto con su cabeza ladeada hacia su hombro, parecían desafiar de alguna forma mis palabras. Pesé aquellos gestos, no noté hostilidad abierta, solo un juicio sereno hacia lo que yo estaba insinuando.
— El Eisflüsschen es puro... pero tiene demasiadas impurezas, Konrad —advirtió con serenidad—. El carbón no es problema en sí... pero ¿Qué vas a hacer después? La 501 salta a la vista y no creo que quieras dejarla de lado para vivir cosechando garbanzo al pie de la Muralla...
— Ambos sabemos que un día de estos, más pronto que tarde —murmuré, carraspeando antes de tragar saliva—, no va a volver del rio.
Los ojos de Emmerich se abrieron de golpe y, rompiendo por primera vez su firme postura, se acercó a mí a pasos agigantados, agarrándome el hombro.
Me vi en sus pupilas y él, sin parpadear, hundió sus uñas en mí hasta hacerme apretar los dientes.
— ¡No tendrías vida después de eso! —me gritó a la cara, intentando que, de alguna manera, siguiera mirándolo—. El Barón no se va a quedar de brazos cruzados si lo haces. Perderías a la 501 como mínimo, quizás el Gremio te salvaría, pero no volverías aquí.
— Hablaré con ella —dije con voz clara—. El Gremio no responde a la Corona. Hay negocios sí, pero hay una realidad, la 501... así como Milena, no están hechas para Waldstille y estos bosques. Merecen ver más que solo arboles rojos y un rio cada mañana.
— Estás loco, Konrad si piensas que van a salir airosos de esto —afirmó sin soltar mi hombro.
Una risa se escapó desde mi nariz.
Miré a Emmerich a los ojos. Allí estaba yo, reflejado, deshecho sin motivo, y, sin embargo, me sentía capaz de muchas cosas.
Tomé la mano de Emmerich sobre mi hombro y la bajé sin soltarla. Mi mano temblaba sobre la suya. Tenía los dientes apretados, ambos queríamos decir algo más, pero sabíamos que no podríamos convencer al otro de lo contrario. Razón por la que solté su mano y me alejé hacia la puerta.
— "Mejor intentarlo y nunca lograrlo, que nunca intentarlo y soñar con lograrlo" —repetí aquellas palabras como si ahora fueran mi mayor verdad—. Si se te ocurre otra cosa, dime ahora, porque si no...
Mi garganta se cerró en el último segundo. Mi boca quedó entreabierta, inútil.
Me costó un segundo más despegar mi mano del marco de la puerta. Emmerich me miró y yo a él por encima de mi hombro; no me dijo nada. Solamente asintió y me dio la espalda.
Eres un buen hombre, Emmerich...
Tampoco me atreví a decírselo, aun así, algo en mi interior me decía que no hacía falta.
Dejé la cabina y toqué el pasto. Su crujido leve y el eco sordo de mis botas sobre la tierra al comenzar a caminar hacia el campamento, me devolvieron apenas los sentidos. La cabina quedó atrás y con ella, parte de mi razón. El bosque se mecía con calma, las hojas marchitas navegando el aire como si fueran bandadas de pájaros marrones.
Atravesé el campamento en silencio.
No había nada allí que me importara tanto como Milena ahora...
Frente a su tienda, me armé de valor. Sabía lo que debía hacer, pero no cómo, mucho menos la forma. Igualmente me acerqué, corriendo la tela que hacía de puerta.
— ¿Milena...? —pregunté, atreviéndome a dar un vistazo al interior de la tienda—. Permiso...
La tela cedió ante mi brazo y con medio cuerpo adentro, no pude retroceder. Ingresé con pies de plomo y el corazón en la boca. Abrí y cerré mis manos, mis nudillos crujieron a la vez que una modesta lampara de aceite pendía chirriante en el pilar central. Su luz era apenas tenue, suficiente para mostrar una cama hecha y un escritorio de metal lleno de papeles y bolígrafos.
Pensé que tendrías más muebles... Igualmente está mucho mejor que la cabina de la 501
Había un ligero aroma boscoso —concentrado incluso— alrededor de su cama y escritorio.
Seguramente pasas gran parte del día allí, sentada entre papeles inconexos
Me acerqué al escritorio, temeroso. El único rastro de Milena allí era —además de los informes y las manchas de tinta y grafo— su libreta de hojas amarillentas, la misma que llevaba consigo desde que la vi. Dos hojas sobresalían apenas, como si hubieran sido arrancadas y luego vuelto a poner entre el resto de las hojas.
Estiré mi mano hasta casi tocar el metálico cordel que saltaba ondulado sobre el borde de la libreta. Por un segundo no me atreví a tocarlo, no sabía del todo qué cosas podrían estar dibujadas allí.
Podría desnudar su alma sin permiso... pero la duda se diluyó cuando, desde el suelo alfombrado de la tienda, una brisa se coló entre las aberturas de la tela. La libreta apenas se movió, su encuadernado grueso y el cordel de metal, contuvieron la mayoría de las hojas. Las dos que parecían sueltas se despegaron del resto y como si desearan ser vistas, se deslizaron por la mesa.
Tomé por inercia el primer dibujo, sosteniéndolo con mi pulgar e índice.
Bajo la luz moribunda de la lampara, observé el dibujo; tenía algo escrito en la esquina superior derecha.
— "Lleva quince minutos sin asomar la cabeza por la ventanilla..." —Un eco dulce de su voz, resonó con frustración en mi cabeza—. "¿Lo habrán cambiado...?"
El trazo se volvía más firme y pesado en las últimas palabras, parecía que la tinta se había corrido incluso, cayendo como una lagrima por el borde de la hoja.
Una capa de carboncillo, delineado por lápiz, enmarcaba la distancia. El perfil de la cabina de la 501 se mostraba como una fotografía distante. Pero el foco, el centro de la imagen era la ventanilla. Diminutos detalles en las sombras parecían falsear destellos, y con una precisión extraordinaria, el cristal parecía solaparse; la ventanilla estaba abierta, pero el interior, apenas detallado, daba fundamento a la nota escrita en la esquina.
Algo sopló mi nuca, una caricia repentina del viento.
— ¿Qué estás haciendo aquí? —No tuve tiempo a dejar el dibujo en su lugar, cuando una voz acusatoria me enfrentó desde mi espalda—. No te muevas... —dijo de repente, para luego, sentir algo puntiagudo presionar mi espalda.
— No te oí llegar... —murmuré, luchando por controlar mi sobresalto.
En menos de un segundo, el mundo a mi alrededor se comprimió en un minúsculo aliento, mío y suyo. Mi corazón pateó mi pecho desde adentro y sentí que me asfixiaba.
— Tampoco a ti —respondió ella, presionando con un poco más de fuerza aquello en mi espalda—. ¿Por qué un maquinista se metería en la tienda de una dama a estas horas?
— Quería... hablar, ya sabes... la madrugada de ayer —Logré formular sin morderme demasiado la lengua—. Mira, sé que no...
— ¡Cállate! —gritó de repente, empujando lo que intuía, debía ser un abrecartas o una daga—. ¡No digas nada! ¡Fui una ingenua ¿sí?!
— Tú no —intenté replicar, girándome bruscamente hacia ella.
El abrecartas rasgó mi piel a través de mi ropa, sin embargo, el dolor fue mínimo cuando pude verla a ella de vuelta.
Milena... ella temblaba, sujetando el abrecartas con forma de espada con ambas manos hacia mí; lo presionaba sin fuerza contra mi estómago. Cuando extendí mi mano hacia ella, reaccionó lanzando un agresivo corte hacia arriba, deteniéndose bajo mi mentón mal afeitado.
— Konrad, yo... —Sus labios temblaban, como sus muñecas al sostener el filo contra mí—. Yo, yo, yo no, yo pensé que... ¡No lo sé!
— ¡Milena, tranquila! —rogué entre dientes, intentando mirarla en todo momento.
— ¡Casi te mato! —afirmó de vuelta, incapaz de levantar la mirada hacia mí—. Y, aun así, luchaste contra esa bestia y yo...
Su voz se esfumó de repente, como si hasta la brisa más pequeña, tuviera la capacidad de arrebatarle hasta sus lágrimas. Milena intentó renegar de su incapacidad sin lograr romperla del todo.
Di un paso hacia delante, el abrecartas presionó mi piel a través de la barba. Sentí la punzada crecer mientras la punta se hundía levemente sin hacerme sangrar.
Tragué saliva, y con mi otra mano, tomé su muñeca, sosteniéndola a ella y al abrecartas.
Intentó liberarse por instinto, pero yo no la solté, y con la hoja presionando cerca de mi cuello, me atreví a hablar de vuelta.
— Hiciste lo que debías hacer... —dije, apenas dejando de presionar su muñeca—. Si no era yo o Emmerich, era el Uskarld. Hiciste bien al disparar; antes y en ese momento...
— ¿No me odias? —replicó ella, sus ojos hinchados, rojos de tanto llorar en silencio.
— ¿Odiarte? —cuestioné sin maldad, llevando mi mano libre hacia su mejilla, sosteniéndola mientras le mostraba una sonrisa.
Su piel permanecía cálida, como si aún estuviera bajo el sol de la tarde.
— Podría preguntarte lo mismo a ti —Mantuve la distancia, pero sinceré aún más mi tono, hasta volverlo casi un susurro en su oído— ¿Tú me odias...?
¿Luego de no ser capaz de decirte cómo me sentía... de guardármelo, de observarte en silencio sin conocerte...?
Mi pregunta hizo que ella tragara saliva e, incapaz de responder de inmediato, solo pudo levantar la mirada, observándome a los ojos. Sus pupilas dilatadas, mi reflejo en su iris avellana.
Bastó solo aquello para entender su respuesta.
Por fin pude soltar todo el aire que llevaba conteniendo desde quien sabe cuándo, pero que recién en ese momento, me di cuenta de que me había estado asfixiando. Solté su muñeca, y en un gesto de confianza, bajé mi cabeza hasta el nivel de la suya, dejando que el abrecartas apuntara por encima de mi tabique.
— Eres muy fuerte, Milena —afirmé con una mezcla de cariño y convicción—. Si yo no aparecía, seguramente habrías acabado con el Uskarld, no me cabe la menor duda.
— Idiota... —susurró ella, haciéndose la ofendida, pero, sin embargo, bajando el abrecartas.