La tormenta amainó lo justo antes de que anocheciera al día siguiente.
Milena terminaba de preparar su bolso en su tienda, mientras que yo, bajo el toldo de una tienda cerca de las vías, intentaba pensar en cómo lidiar con la gran cantidad de guardias que ahora recorrían el campamento.
A simple vista no parecían demasiados. Uno o dos recorriendo el interior del campamento cerca de la cocina, otros dos en la enfermería, uno por barracón... El frio húmedo me calaba tan hondo en la piel, que preferí suponer números en vez de seguir contando.
Ninguno alrededor de la 501 por suerte... La pobre infunde respeto incluso con ríos de agua cortando entre su carenado sencillo
Esperar a la noche era lo más sensato, sin embargo, ese sería el menor de nuestros problemas; prender el fogón era sencillo, pero calentar la caldera y tener presión de trabajo llevaría dos o tres horas, dos o tres horas en las que estaríamos a mercede de todos. El humo de la chimenea se camuflaría en la oscuridad, pero el siseo del vapor y las periódicas purgas, alarmarían a más de uno.
La 501 no tenía plan de salida. Apenas habíamos regresado hacía un día, y ya estábamos tramando la huida
— ¿Ya se quieren ir? —La voz serena de Emmerich se filtró entre mis pensamientos, y cuando moví mi cabeza en su dirección, lo encontré ataviado con un gran impermeable verdoso—. Te vas a enfermar si no te abrigas, Konrad.
— Aguanto bien el clima, no te preocupes —me defendí con ironía, lanzándole un gesto inquisitivo con la cabeza—. ¿Quieres ayudarnos en nuestro alocado plan?
— Prefiero conservar mi cuello —respondió con una enorme sonrisa antes de pararse a mi lado—. ¿Están seguros entonces de que lo van a hacer?
— Sí —asentí sin pensarlo.
A Milena realmente no le quedaba otra opción. Era huir o quedarse anclada al Bastión de Waldstille. Por mi lado, podía seguir con mi vida sin ella. Al menos eso me repetía. Pero cada vez que lo hacía, el mundo sonaba más hueco. Quizás era la impotencia de imaginarla infeliz... o el miedo de ver una salida y no tomarla, sin saber si habría otra más adelante.
Los Zû'Jalhar eran quizás una buena forma de verlo. Ellos están ahí, sostienen el cielo y su madera es valiosa, pero no pueden moverse. Donde cayó su semilla, es donde vivirán hasta que el mundo decida que no los necesita más allí.
— ¿Nunca te has puesto a pensar si los arboles quieren estar donde están? —le pregunté a Emmerich sin buscar una respuesta.
El parpado de Emmerich tembló de repente y con una expresión descolocada, me miró como si no hubiese terminado de entender mi pregunta. Realmente no esperaba que me respondiera, mi pregunta era tan absurda que, en cualquier otro momento, ni yo mismo sabría qué responder.
A pesar de la incertidumbre de Emmerich, él pareció capaz de responder. Volvió su mirada hacia la 501, observándola con una quietud que me hizo creer que el viejo se había dormido en algún punto, pero no fue eso. Movió su cabeza en dirección al bosque más allá de las vías, donde la lluvia cubría todo, impregnando de brillo las hojas, y resaltando el denso aroma resinoso que desprendían los árboles.
Finalmente, tras cultivar la semilla de la incertidumbre en mi pecho, Emmerich resopló con pesadez.
— No sé que demonios piensas tú que son los árboles, pero dejame decirte una cosa maquinista filosófico —Se aclaró la garganta como si fuera a declarar la verdad oculta detrás de la existencia—. Milena no es un árbol, cabeza de hulla, que no te oiga que la comparás con eso... y segundo... Los arboles no siempre están solos, no si lo ves de el barro que pisamos ahora hacia abajo.
— Yo nunca dije que estuvieran solos —comenté de fondo, sin querer opacarlo demasiado.
— No, pero la respuesta para mi no está en los árboles, sino en la vida misma —aclaró, perfilándose con un gesto de sabiduría, su mentón sin barba—. La vida siempre nos va a cinchar de un lado al otro, no podemos controlarlo, así como los arboles donde van a crecer. Pero los bosques son bosques por algo, así como nuestras sociedades. Son un cumulo de gente; arboles en este caso. Si los ves desde nuestro ángulo, claro, están parados unos frente a otros, sin poder tocarse...
Emmerich levantó a medias la mano y señaló dos arbustos cerca de nosotros. Eran arbustos con pequeñas florecillas de colores cálidos. Ambos estaban separados poco más de un metro.
No entendí a lo que se refería, tampoco supe qué preguntarle para resolverme la duda.
— Pero hay un mundo extraño que no siempre vemos: las raíces —afirmó, gesticulando exageradamente la palabra—. Para nosotros están a un metro, pero seguramente bajo tierra, estén agarrados de las raíces, como si fueran manos. Se comunican de otra forma; igual los hongos... ¿Sabes que se cree que alrededor de Waldstille hay una red fúngica kilométrica?
— Si los hongos distraen a los guardias y me ayudan a calentar la caldera más rápido, por mí que se extiendan hasta donde quieran —respondí, rascándome concienzudamente la cabeza.
— Quizas no todos los arboles puedan decidir donde crecer... —reconoció Emmerich con un tono más calmado de lo usual—. Pero Milena no es un árbol, y tú tampoco. Toma —Me extendió una tablilla de madera con números y nombres anotados.
Tomé extrañado la tablilla, ojeándola sin entender la razón para dármela. En ella había frecuencias de radio, algunos nombres, precios que iban desde unos pocos Drangmarks hasta miles.
Levanté una ceja en dirección al elfo, y este simplemente sonrió.
— Ser viejo tiene sus beneficios —dijo, orgulloso hasta la médula—. Necesitaran carbón, agua, algo de ese fluido raro para que el agua hierva más rápido... Será un viaje largo, Konrad —murmuró, como si al decirlo nos deseara lo mejor.
— Y tanto... —resoplé—. Y eso que ni siquiera ha empezado... ¿Qué vas a hacer ahora, viejo? Dudo que podamos seguir compartiendo una cerveza en un muy buen tiempo...
— Saldré al bosque en una hora con unos compañeros... —explicó por encima, moviendo su brazo debajo del pocho, sacando para mi sorpresa, aquella escopeta que usé para disparar al Uskarld—. Dicen que hay Uskarlds en las inmediaciones, los guardias tendrán que estar atentos a ellos —agregó antes de guiñarme un ojo.
Tanta charla para decirme que nos vas a ayudar a que nos vayamos... Los elfos y sus líneas de pensamientos rebuscadas
Emmerich me entregó la escopeta y tras un fuerte apretón de manos, sentí que ahora más que nunca, tampoco podía fallarle a él.
Se alejó despacio, caminando entre el barro y la lluvia como uno más con el bosque. Intenté seguirlo con la mirada, pero cuando parpadeé por el agua en mis pestañas, Emmerich se había vuelto uno con la sombra.
— Viejo enigmático... —susurré, chasqueando luego la lengua—. Si te hubiera tenido de abuelo por más tiempo, seguro hubiéramos podido pasar mejores momentos.
Aguardé unos minutos bajo aquel toldo antes de cruzar la distancia hasta la 501. La lluvia apenas me molestó. Las gotas frías golpeando mi cara y el viento que iba y venía, se sintieron extrañamente reconfortantes luego de lo sucedido los últimos días.
Ya en la cabina, comencé a preparar todo. Tendría media hora, pudiera que menos antes de tener que comenzar a purgar vapor.
El proceso de encendido era el mismo: atizar el fogón, tirar las cenizas, paliar un poco de carbón y luego tirar un trozo de tela prendida empapada en aceite. Pero al hacerlo, no pude resistir pensar:
¿Cuántas veces hemos hecho el mismo proceso, 501? Prender el fogón, esperar y esperar. Ojalá supieras jugar a las cartas, se haría más pasajero así...
Mientras el fogón entreabierto comenzaba a chisporrotear, iluminando con una calidez tímida la frígida cabina, sentí pasos afuera. El balasto crujía entre sí y la gravilla apenas amortiguaba los sonidos. Mi cabeza voló un instante y con la primera mentira coherente que se me ocurrió, me acerqué a la puerta.
Un guardia seguramente no sabía como funcionaban los trenes tampoco.
— ¡Achis...! —Un dulce estornudo me sacó la mentira de la lengua—. ¡Ayúdame a subir ¿Qué no ves que voy cargada? —demandó Milena como si por un momento, su sangre nobiliaria ardiera de rabia.
Apareció cargando su bolso café cruzado por el pecho, y en su espalda, una mochila tan larga como su pelo suelto hasta la cintura.
Una burla casi se me escapa cuando la vi así, pero no me atreví a nada más que ayudarla a subir. Sus botas pasadas de agua, chasqueaban con cada paso que daba, como si el suelo de la cabina de repente, fuera barro.
La ayudé con la mochila; pesaba demasiado para alguien como ella.
— No hacía falta que trajeras más carbón en tu mochila —siseé con sorna, apoyando aquel pequeño tronco de tela y cuero sobre la esquina de la cabina.
— ¡Bdeeh! —Me sacó la lengua, fingiendo fastidio—. Lo que traigo ahí son cosas que una dama necesita y no espero que lo entiendas —remató, antes de sacarse el impermeable y dejarlo cerca de la puerta del fogón.
Me encogí de hombros, no pensaba rebatir aquello; aunque el contenido de la mochila me llamaba demasiado la atención.
Acaso te trajiste la tienda entera embutida en la mochila...?
Milena se instaló de forma precavida en la cabina. Intentaba no pasar frente a las ventanillas, vigilaba el fogón como si temiera quemarse y me miraba de reojo cada que yo seguía con los preparativos.
— Tienen que contratar a alguien para ayudarte —bufó Milena mientras yo extendía el carbón con una varilla larga—. Te vas a hacer daño en la espalda.
— ¿Quieres ver qué tan mal tengo la espalda? —tanteé, fingiendo quitarme la camisa frente a ella.
Su respuesta fue rotunda. Se cruzó de brazos y me dio la espalda, ofreciéndome diminutos quejidos que no supe interpretar.
Por mi parte, solté una risa seca antes de volver a atizar el carbón. El metal, entre negro y gris por las cenizas, soltó un sutil chillido sobre los bordes del fogón. Levanté una ceja ante aquello y rápidamente alejé el carbón ardiente. Cuando me alejé para ver mejor el interior en llamas, me topé con la mirada inquisitiva de Milena sobre mi hombro.
Antes hubiera saltado, pero en ese momento, le di un beso en la mejilla antes de huir hacia mi asiento.
— ¡Ohhhh! —La cara de Milena quedó en blanco y por un segundo me miró con los ojos bien abiertos—. ¡Me dejaste la mejilla negra! ¡Eres un bruto ¿sabes?!
— No tanto como hace unas horas —Guiñé con picardía.
Ella se puso roja antes de enfurruñarse.
Me ignoró por cerca de una hora, hora en la 501 despertó lentamente. Milena observaba el crepitar del fogón cuando volví a levantarme.
La lluvia aún azotaba con fuerza la ventanilla, dejando correr hilos de agua que desdibujaban el oscuro bosque. Disparos distantes se oían como murmullos entre el golpeteó del agua contra el cristal. No reparé en ellos más allá de una rápida mirada hacia la arbolada.
Los manómetros de la caldera en cambio, se robaron por completo mi atención.
Tenemos presión de trabajo básica... Unos minutos más y quizás podamos partir
Revisé pacientemente cada válvula, palanca e interruptor de la cabina. Sentía el peso de mis decisiones en cada movimiento, aun así, no pude detenerme a pensar. Un temblor leve recorrió el piso bajo mis botas. La 501 estaba despertando del todo.
Pronto no habría vuelta atrás
— Gracias, Konrad... —Milena me tomó de la mano, apretándome con fuerza. Aún tenía la mancha de carbón en su mejilla.
Sonreí, y con mi otra mano, tomé la suya, besándola con delicadeza.
— No agradezcas —le pedí, mirándola a los ojos—. Es lo que elegí, y no me arrepiento en absoluto.
— ¿Nunca te han dicho que eres un idiota? —Entrecerró sus ojos y ladeó su cabeza.
— No lo suficiente —reí, acercándome a sus labios y besándola.
Ella me tomó del cuello de la ropa, y con fuerza, me jaló hacia ella. Sentí los labios cálidos sobre los míos, y su lengua, buscar agresivamente la mía mientras me negaba cualquier retirada.
Me soltó cuando pareció satisfecha y con un último gesto, se relamió los labios frente a mí.
— ¿No te han dicho que eres irresistible? —Le devolví la pregunta con los mismos ojos que cuando descubrí su nombre.
— No lo suficiente —bromeó, antes de robarme mi asiento.
La presión de la caldera seguía subiendo. La noche alcanzaba su punto más oscuro, y Milena, como una dama fuera de su jaula, sonreía mientras miraba hacia afuera...
Con un leve empujón, la 501 comenzó a avanzar. Lo hizo lento, rompiendo la cortina de gotas que se interponía entre nosotros y el bosque profundo. Exhaló vapor y volvió a tirar, esta vez con más fuerza. La cabina tembló y los medidores reaccionaron apenas las bielas comenzaron a encontrar su ritmo.
El bosque permaneció inmóvil, abrazándonos mientras dejábamos atrás el campamento.
No hubo gritos de despedida, tampoco un mensaje que marcara nuestro próximo destino; solo una tablilla llena de números y una cruz fresca en un mapa.
— Hasta aquí llegó mi vida... —La oí murmurar con tristeza. Asentí para mí y seguí con mis labores.
Empujé el inversor de potencia y con la misma mano, luego reduje el corte de vapor. La 501 comenzó a respirar con más calma mientras avanzábamos por el bosque.
Esperé dos minutos antes de encender las luces y el foco frontal, y cuando el zumbido de la luz se volvió una constante más, me di cuenta de lo lejos que estábamos llegando. Detenerse era imposible, y volver, un puente que ya había caído.
— Y a partir de aquí, comienza una nueva... —respondí fuera de tiempo, mientras el foco de la 501 abría una herida de luz entre los árboles del futuro.